Los cielos de Antonella Aparicio
por Florencia Méttola
Llegué a la muestra de Antonella sola, antes que ella misma incluso. No había nadie, salvo algunos profesores de arte, que apenas ubico. Entré tímida. Como El Pasaje queda cerca de mi casa, me bañé y fui. Había quedado en ir a lo de Luchi y Ago, pero me dijeron que mejor nos encontráramos ahí.
Cuando vi la instalación pregunté si podía pasar, me dijeron que sí, pero “solo por las tablas”, como un chiste, “a menos que te quieras mojar”. El lugar era como una cueva acuática, una ciudad hecha de barro, que me remontó a películas como La historia sin fin. Pensé primero en un castillo, como los que hacíamos en la playa en verano cuando éramos niños. Alrededor del espacio (una habitación amplia pintada de blanco y con la luz necesaria), un plástico cubría el piso y se llenaba de agua, que te daba esa sensación de estar en otro tiempo, o viajando en el mismo -me imagino algo líquido, pero liviano-, era algo que ya habíamos visto, que podíamos reconocer, como si el viaje en el tiempo fuera un viaje por el interior de un ser humano, por su intimidad. En una pared, al costado y arriba de las construcciones de arcilla, había unos cuadritos con dibujos hechos en masapan, o algo semejante a una torta de cumpleaños, que me daban la sensación de reproducir juguetes, o pequeños lugares de la infancia. En una esquina, digamos, un pilar sostenía una valija hecha de resina, con objetos favoritos (imagino) de la artista: me acuerdo de un pianito musical, y después algún que otro muñequito, y dicen que estaba ahí su primer juguete: un elefantito, que no alcancé a ver, pero que era obvio que estaba ahí, atrapado con todo lo demás, como abejitas.
La conozco a Antonella desde los trece años más o menos. Fuimos al mismo colegio. Su hermano es muy amigo de mi hermana. Las dos somos de la Banda del Río Salí. Conocí a su mamá, a quién está dedicada la obra, y me imagino que no solo desde el dolor, sino también desde lo más profundo del recuerdo, desde esa mezcla extraña de amor por lo perdido que persiste a fuerza de repetir algo que también nos hizo profundamente felices.
Supongamos que Los cielos es el lugar al que se van (en el mejor de los casos) los seres que más queremos cuando los perdemos, o así nos gustaría pensarlo, y no lo digo desde una creencia cristiana, sino de lo que eso significa para cada uno, o para todos, es decir, un lugar paradisíaco, donde todo es directamente hermoso. Ese lugar donde queremos atesorar lo más preciado. En ese mundo que construye Antonella, no solo guarda en una valija sus recuerdos favoritos, también construye una ciudad donde podemos encontrar figuras como una torre, una gárgola, un melancólico (así llamó ella a un personaje que se quiere tirar de un puente), una jirafa alada, y todo lo que compone afuera o adentro la idea que guardamos de lugar, o ese sitio al que creemos pertenecer, lleno de objetos y deseos encontrados, un lugar donde refugiarse y tal vez reencontrarse, no solo con su madre y amigos y afectos, sino con todo eso que no podríamos nombrar de otra forma.
Después de pasar dos veces por las tablas que van en ele de una puerta a la otra del espacio, perdí la timidez y me acerqué a retirar un catálogo, que es simplemente una postal, donde aparecen agradecidas casi todas personas que conozco y también quiero -amigas que compartimos de toda la vida con Anto, que se van de acá para allá todo el tiempo- hasta que vi el texto de la muestra, y miré de reojo quién era la autora: Lucrecia Lionti, quien vivió siempre en este barrio que rodea a El Pasaje, y no pude evitar pensar, o caer en el lugar común, después de leerlo, de que todo esto está relacionado, que estábamos aquí siempre, por fuera y por dentro de esa ciudad de barro, en el mismo lugar todos, y que vivimos en diferentes aspectos de esa ciudad, de ese mundo llamado Los cielos, tan escondido, profundo y conocido a pesar de que a veces nos alejemos o elijamos el silencio.















