Le dieron de alta con mil condiciones acerca de cuestiones absurdas como que no podía jugar Quidditch por una semana o ir corriendo a todas partes. Aún así, como no quería pasar más tiempo en la enfermería procuró hacer caso de las indicaciones de madame Pomfrey, dedicándose de lleno al estudio. Tras una sesión de dicha actividad, salió de Sala Común en busca de la profesora McGonagall. Estaba bastante atrasado en sus deberes como Premio Anual… entonces, divisó un par de alumnos participando en un duelo fuera de clases. Resopló, decidido a hacerse de la vista gorda hasta que los golpes comenzaron. – ¡Hey, hey, basta! – Tomó a ambos chicos por el cuello de la camisa. – ¿Qué les pasa? – Uno de ellos respondió: – Me llamó sangre sucia – .
¿Para qué ofender a la gente con insultos tan poco elaborados? Con la cabeza inclinada, fija en el duelo suspiró, era lamentable que las personas fuesen tan básicas, la gente no podía ser fuerte ni capaz de algo más que violencia. Soltó una risita burlona al ver como se empezaban a golpear—. Los golpes demuestran lo mucho que te importa que alguien tan patético piense de ti. Ahora, pueden quitarse porque están frente a la puerta del baño de chicas.
Con dos de sus amigos en la enfermería, no había mucho de donde escoger. El ambiente que se respiraba en el Castillo no le agradaba. En realidad, lo odiaba y caminar con cara de lamento por los pasillos, tampoco era una salida. El pasillo estaba semi vacío y el profesor Slughorn estaba en el lugar indicado del día. Aburrido, moviendo su varita de un lado a otro y finalmente apuntando a los pantalones del profesor, que, segundos después, quedaron en el suelo. Una sonora carcajada salió de sus labios y desvió la mirada, tosiendo sin dejar de reír. – Maldita sea… – masculló reparando que no era el único en el lugar que estaba riendo, era una broma básica, pero siempre funcionaba. Escondió su varita cuando el profesor se giraba antes de salir huyendo del lugar avergonzado. – Bueno, no es la peor ropa interior que he visto… – río hablando con la persona más cercana. Recordando el día en que Gideon Prewett se desnudó en el torneo de duelos.
Quizás, había pensado, era la única persona que no se interesaba en lo que había pasado en la reunión de padres, no por los heridos, no por los causantes y mucho menos de los posibles traumas. No era algo que ocupase su mente (el no sentirse mal) porque tenía cosas mejores que hacer, como mandarle esa carta a su madre para saber si estaba bien, o hacer sus deberes. Sin alzar la vista del libro, escucho una carcajada—. Hay peores, créeme pero la ropa interior de Slughorn es lo menos importante para mi —habló sin dejar de leer,¿quién había dicho que era difícil concentrarse en dos cosas a la vez?
Al fin había llegado una de las semanas que más había esperado: la feria de profesiones. Al llegar al lugar donde estaban las carpas se detuvo unos momentos mirando todo a su alrededor pero su mirada rápidamente se desvió hacia la carpa del ministerio, mas específicamente en el área de los aurores.
Su pulso se aceleró tan solo verlos y una sonrisa creció en sus labios a pesar de lo nerviosa que se encontraba, también bastante emocionada ante la idea de poder hablar con varios aurores. Dio un paso hacia ellos un tanto vacilante. — Mi futuro está en sus manos ¿sabes? —le dijo a la persona que se detuvo a su lado sin verla realmente, no podía dejar de ver a los aurores, si todo salía como lo planeado en el otoño estaría en la academia.
Calista solía ser una persona a la que le gustaba prepararse con tiempo y no hacer las cosas al final, Por ello, al saber de la feria de profesiones no dudo en dar una vuelta por ahí a pesar de saber cuál seria su futuro pero eso no quería decir que fuese a conformarse con una sola cosa: alzó una ceja ante los grupitos formados, ¿por qué todos parecían conformarse con mediocridad? Suspiró, mirando sobre su hombro a Watson aunque aquello no intentaba ser un gesto de superioridad—. Tú futuro está en tus manos, no en la de ellos —rodó los ojos, agradecía que el hechizo la protegiese del sol.
We’re dressing ourselves
in lipstick and lies;
fairy tale girls
grown too toxic
to play the princess,
breaking windows
and mirrors and rules.
Honey, what shall we do
with all of this
bad luck?
When the dark draws in
we’re just so terribly
restless, oh,
we’re all so
dreadfully bored.
There’s something crawling
under our skin,
some kind of wickedness
in our veins, and God help us;
we’re going to let it all out.
Twisted - a. davida jane (written for the prompt “there’s something dangerous about the boredom of teenage girls” from mythaelogy)
Había encontrado buenos libros en la biblioteca en los que había pasado la mayor parte de su tiempo leyéndolos, más que nada eran de guerras mágicas que halló traducido a su idioma. Había preferido mantenerse alejado de sus amigos, aunque le gustaba su compañía siempre era mejor permanecer solo y así se dedicó a vagar por los pasillos silenciosos y oscuros, hasta encontrar una banca vacía en un lugar apartado por lo que tomó asiento.
Y estuvo absorto en la historia hasta que pareció escuchar el rasgar de una hoja, apostaba que se encontraba solo pero no era así, Calista se hallaba también a unos cuántos metros sumergida en su propios pensamientos. No deseaba inmiscuirse pero si saludar por cortesía y porque, sentía una pequeña empatía hacía la rubia. – Creo que estamos leyendo lo mismo… – habló cerrando la tapa del libro para mostrar las letras doradas impresas en él.
Pasó la lengua por sus dientes, mirando su dedo sin mucha atención hasta que una voz la sacó de sus pensamientos. Podía considerar a Ivan una persona de su agrado. Las comisuras de sus labios se alzaron en una semi sonrisa—. En realidad, creo que si —hizo lo mismo, aunque era claro que el libro que ella tenía estaba más gastado. Pensó que no le haría daño dejar la lectura un rato, así que le señaló un lugar a su lado. Puso las palmas sobre la tapa del libro, ladeando el rostro—. ¿Qué te parece el colegio?
–¿Có-cómo que me relaje? Había… tantos muertos y sangre –una cosa estaba clara, Risse se acordaría de aquellos rostros durante mucho tiempo, incluso para siempre. No había podido dormir, era horripilante–. ¿Cómo puedes estar tan tranquilo/a? Podemos ser los siguientes. Podemos acabar ahorcados también.
Porque me da igual, no me importan ni me importa quién muera. Se lo tenían merecido, al igual que tú. Ahora deja de llorar e intentar dar lastima —le hizo una ceña para que se fuera, estaba demasiado cansada de todo eso.
Había intentado dormir la noche anterior, sin éxito. Las pesadillas regresaban cada vez que cosas como las del baile pasaban. Greta no podía esperar por volver a Hogwarts, pero nunca creyó que volverían antes de lo planeado por el asesinato de varios estudiantes. Peor aún, había sido prácticamente igual que el día en el que mataron a Elise Bones durante la graduación. Incluso la broma de Halloween volvía a atormentarla, pues pasó toda esa noche que de verdad había muerto gente.
No le quedó otra opción mas que ir a la enfermería y pedir pociones para poder dormir, al menos hasta que las pesadillas pasaran y pudiera estar un poco más tranquila. Cargaba varias botellas de cristal en sus brazos, mientras caminaba de regreso a su sala común cuando la lechuza de su hermana se acercó a ella. La había usado para enviarle una nota a sus padres, contándoles lo que había pasado — Disculpa, ¿Podrías tomar la nota de la lechuza, por favor? — Pidió, a la persona más cercana a ella.
No —era estúpido que las personas no pudiesen hacer nada con sus propias manos. ¿Tan difícil le era? No era mala educación, le daba igual, no era su culpa que la otra no fuese hábil. Siguió interesada en escribir su pergamino, ignorando a la otra. Tenía cosas más importantes que hacer, no iba a distraerse.
Maldita sea. Maldita sea. Hasta la maldita reunión fue…. Estuvo… Bueno, ‘normal’. No había matado a nadie, logró sobrevivir, quizás porque les tenía planeado algo mucho más interesante al finalizar el baile. Menudo espectáculo. Pero al fin y al cabo el idiota era él, ¿qué esperaba? ¿qué todo fuese tranquilo? No. En cuanto esas horribles luces volvieron a encenderse, al leer aquel mensaje, se dio cuenta que estaba yendo en el camino equivocado. Que estaba cometiendo el mismo error. Desde ese momento, sus manos le temblaban más seguido y sus ansias de fumar durante todo el día eran más persistentes. Pero tampoco deseaba enfrentarse a Zack. Casi pudo mirarlo en los rostros de todos esos noruegos. Casi pudo mirarlos a los dos. Era un idiota.
El colegio era insoportable. Por un lado, escuchaba las risas burlescas de sus compañeros de slytherin, riéndose de lo estúpidos que habían sido y también de los que no paraban de llorar. Los otros, los que opinaban de ello sin parar, como si con eso pudieran arreglar algo. Lo ponían nervioso.
Se sentó en una de las tantas bancas, encendiendo el último cigarrillo que tenía, justo cuando las voces asustadas volvieron a resonar. ¿Jamás se callarían? Estaban muertos, muertos. Pensar colectivamente no devolvía a las personas a la vida, estúpidos. —A nadie le interesa —espetó a la persona que estaba por hablar de nuevo. No le importaba si se dirigía a él o no, sólo deseaba que guardarán silencio, de ser posible, que lo olvidaran. Ja, pero tú no puedes hacerlo, habló la vocesilla en su cabeza.
Que lo superaran de una vez, la gente moría todos los días y más si eran traidores. Era una estupidez, y la culpa era suya: ya había discutido con varias personas sobre lo mismo. Calista sabia que ni siquiera los sangre puras estaban a salvo, primero había sido Leon y ahora habían sido los otros. Ella había estado en la reunión, por primera vez Byron le había servido de algo, no se había sorprendido con lo sucedido. Eso no la detenía de llegar a donde quería, no era difícil, ella no trataba bien a nadie—. Ya lárgate a llorar a otro lado, sorpresa, la gente muere. Se lo tenían merecido, y a ti también te va a pasar lo mismo si no lo superas —dijo con tranquilidad. Las muertes que habían sucedido no podían darle igual—. ¿Estás en esos días, acaso?
El muchacho sostuvo el pergamino entre sus manos, una vez fastidiado de hacer la mayoría de sus deberes y buscando relajarse un rato pensó en tomarse un descanso. Y que mejor que continuar con alguno de los pasatiempos con sus amigos que consistía en leer las predicciones hechas en la clase de astronomía en voz alta, que, consideraba un poco ridículas. – Eh, espera. ¿Quieres conocer la próxima predicción que cambiará tu vida? – habló con voz fúnebre cuando dejo de reír, llamando al primer alumno que pasaba en el pasillo. – la profesora Sinistra me dio hoy la insignia del tercer ojo, ohhhhh, esta brotando… – elevó el pergamino como si entrara en trance. – Sagitario, si, uhm. Pueden pegarte herpes, si, mucho cuidado.
La dirás igual —puso las manos en su cintura, casi prefería estúpidas predicciones que escuchar los lloriqueos. Miró al chico de arriba hacia abajo, soltando una risita casi forzada—. Si, imagino que quieres competir con Sybill ahora. No soy sagitario así que, tu ojo está fallando —rodó los ojos.
Los bailes siempre habían sido del agrado de Harmony, y aunque sin dudas disfrutaba de su tiempo a solas, tampoco le gustaba ser el tipo de chica que llegaba a la pista sin una pareja de baile. Había buscado en sus compañeros de casa alguien quien la quisiera acompañar, pero la mayoría ya tenía un compromiso o se negaban a asistir, por unos momentos pensó que sería lo mejor quedarse en la habitación que le había sido asignada y leer hasta que regresaran a Londres, pero por alguna extraña razón había aceptado la invitación de Calista, quizá la desesperación. No podía considerar a la muchacha una mejor amiga, de hecho, no hablaban mucho, pero le había prometido alcohol a cambio de que bailasen juntas un rato, un trato más que justo a su parecer. Así que, ahí estaban, ambas jóvenes frente a la puerta, siendo escaneadas por dos grandulones que aparentemente estaban encargados de que nadie metiese cosas indebidas (drogas o bebidas tóxicas, quizá ambas) y que siguiesen con el código de vestimenta adecuado. Vaya, en Hogwarts todos ya estarían borrachos a ésa misma hora.
Dejó que el joven la mirara y tocara sus costados, no estaba escondiendo nada ahí, y una vez hubo terminado, pensó en adelantarse a conseguirles algo de comer; sin embargo se volvió rápidamente al ver que quien estaba inspeccionando a su llamada “cita”, trataba de sobrepasarse. Había cosas que Harmony podía tolerar y pasar por alto, que no respetasen a las mujeres, no era una de ellas. —Woah, quita las manos de mi chica, bruto. —Dijo llamando la atención de más de una persona, que miró con decepción y una pizca de asco al encargado de la puerta, quien se hizo a un lado sin siquiera mirarlas de vuelta. Suponía eso era un bienvenidas. —Bien, ¿dónde te quieres sentar? Aparentemente todas las mesas están llenas y no quiero ocuparme en el piso, mi mamá me matará si le devuelvo el vestido sucio… Aunque, sería una buena opción de hacerla enojar. Da igual, yo te sigo a donde vayas.
Alzó ambas cejas divertida ante las palabras y la reacción. Dirigiéndole una mirada de asco del chico para dirigirse con tranquilidad al lado de la castaña. Se pasó una mano por el cabello, tenia razón, todas las mesas estaban llenas. Negó, alzando un dedo— Ven —la jaló con suavidad del brazo, dirigiéndose hacia un pequeño grupo con el que había compartido... ciertas cosas. Intercambiando algunas palabras en noruego, dos asientos se liberaron—. Ah, créeme que yo haría eso si llevara vestido pero no, no necesitamos estar cerca del suelo, no aun —le guiñó el ojo, divertida, quitándose la túnica. El hechizo de ocultamiento aun seguía, haciendo que la botella se adhiriese a la túnica sin ser vista—. Bailemos un rato, ven —si, admitía que quería divertirse un buen rato.
Sentía mechones de su cabello adherirse a su frente, en realidad ese pequeño rato de diversión se había hecho bastante largo. Tomó la mano de Harmony, dándole una vuelta, más tarde irían por el alcohol, o quizás ya—. Vamos por la túnica —caminando sin asegurarse que estuviese detrás de ella, todo de pronto se vio sumergido en la más pura oscuridad, sólo para que todo volviese a la normalidad de nuevo. O algo así. Los gritos fueron como una ola, empezando ahogados hasta volverse estruendosos, con dedos apuntando a un puto todo se aclaró; un mensaje demasiado claro, y cuerpos colgando. Una catástrofe para todos, algo que para ella no era nada importante. La gente moría, no había que gritar atemorizados. Todo aquello era como un déja vú, uno mortiferamente aburrido. El director del instituto y la profesora pidieron calma, y que todos salieran; ella no iba a dejar su botella ahí, desde luego que no. Tomó a la chica del brezo después de verificar que era ella para dirigirse a la mesa en la que habían estado, empujando a todos a su paso. No podía darle más de los mismo lo que pasaba—. ¡Bingo! —después de rebuscar sin ver en la túnica la encontró. Nadie las miraba, y habían recibido empujones ya, pero parecía no importarle, no le importaba. Tomó la túnica junto a la botella, empezando a caminar con tranquilidad. Quizás demasiada.
No era que necesitase una cita, pero tampoco era que quisiese estar sola la mayor parte del tiempo. Eridan, la chica con la que había pasado la mayor parte de su tiempo la había invitado pero, para su sorpresa, no había aceptado. ¿La razón? Había descubierto que coqueteaba con Byron, razón suficiente para causarle nauseas. Otros dos chicos la habían invitado, pero eran lo suficientemente estúpidos para hacerla rodar los ojos: a pesar de que no encontraba necesario tener una cita, sabia que probablemente la velada no sería igual de entretenida sin alguien más. Suspiró, agradecía a los hechizos de ocultamiento en la botella, el alcohol siempre era importante.
Si bien, había hablado pocas veces con Harmony Donovan, el que no fuera lo suficientemente molesta y que pareciera no darle importancia a bastantes cosas, le había parecido buena idea para ir con ella. ¿Qué podía pasar? Simplemente se sentaría con alguien para compartir su alcohol (cosa que parecía loco para ella), y evitar personas a su alrededor. Tenia que disfrutar sin idiotas su ultimo día ahí—. Ni se te ocurra poner las manos ahí —señaló a uno de los alumnos que estaban en la puerta, revisando aparentemente que no se entrase alcohol y que el código de vestimenta se cumpliese.
❝— You were given this life because
you’re strong enough to live it ❞
— ¡Por Merlin, Brynja, tenias sólo una cosa que hacer y no pudiste hacerlo! Aunque, ¿qué demonios esperar de ti? Ustedes, mujeres, no sirven para nada. Vuélvete a vestir mocosa, y te juro que si ésta vez destrozas ese vestido, te largas de mi casa y dejas mi apellido. Byron, hijo, ven conmigo —los trozos del vestido rojo vino que había llevado la péquela rubia estaban esparcidos en el suelo, hubiera sido capaz de quemarlo si su hermano no hubiese abierto la puerta, gritándole a su padre lo que la estúpida de Calista había hecho. Había cruzado los brazos, mirado molesta a ambos hombres. ¿Por qué demonios tenía que usar vestido? ¿Por qué le hablaba así a su madre? Valtýr Gibbon nunca parecía estar feliz con lo que su hija menor hacia; y ella no terminaba de acostumbrarse. ¿Por qué era así? Su padre parecía preferir a Byron siempre sobre ella—. Mi preciosa avecita rubia, ¿por qué? Debes hacerle caso a tu padre, es el hombre de la casa. ¿Me quieres contar por qué? —la pequeña acercó, abrazando la cintura de su madre que le acarició la coronilla. Se acercó al gran armario con la pequeña de atrás.
— No me gustan, y me pican. ¿Por qué le debo hacer caso a padre? ¿Puedo usar otra cosa? Mami, ¿por qué dejas que padre te hable así? —había sido una niña inteligente, alguien que había aprendido a leer y hablar rápido. Las esposas de los amigos de sus padres siempre alababan lo avanzada que había sido la niña, y decían lo suertudo de lo que sería su esposo de tener una esposa como ella. Ella nunca quería tener esposo, nunca—. ¿Te pican? Calista, ya te lo dije, es el hombre de la casa, el patriarca. Sí, una falda, ¿quizás? —no era tonta, se había dado cuenta de que su madre había evadido las preguntas. Asintió, una falda no era tan mala y revisó entre sus pequeñas manos la falda blanca circular y la camisa rojo vino. Con el ceño fruncido, se vistió, dejando que su madre arreglara su cabello y colocara la túnica negra sobre sus hombros. Frunciendo el ceño, ambas bajaron la escalera para encontrarse con su padre y Byron, que la ignoraron. Calista hacia demasiadas preguntas, y entendía varias cosas, tenía una mente brillante para una niña de sólo seis años. Había aprendido a hablar en su primer año, y lo había perfeccionado al cumplir los tres, a esa misma edad había empezado a aprender a escribir, todo por si misma pero, a pesar de saber esas cosas, había algo que no sabía. ¿Por qué su padre parecía detestar todo aquello de ella? Aunque, en realidad parecía creer que ella y su madre eran nada.
No era capaz de llevarse con ninguno de los hijos de las amistades de sus padres, todos eran tan… diferentes a ella. Suspirando, se que quedo al lado de Byron que parecía no prestarle atención, aquello era genial pues ella no estaba de humor para que lo hiciera. Había olvidado por completo de quién era aquella mansión, aunque no era como si le importase en realidad. Los más pequeños estaban todos juntos, todos demasiado pulcros, demasiado diferentes a lo que debían ser. La única función de las mujeres es tener hijos y hacernos feliz, no sirven para nada más.
Pero, ¿y si ella no estaba de acuerdo con eso?
No, ella no podía estar de acuerdo con eso, no podía ser así. Siempre había visto como su hermano recibía la atención, los cumplidos, era su hermano a quién su padre llevaba a su despacho para hablarle de grandezas que ella nunca conocería, y eso era injusto. ¡Su hermano era demasiado estúpido! Alzó la vista cuando su madre se acercó a ambos, poniendo una mano en las mejillas de ambos. Byron le dio un manotazo, a lo que ella rodó los ojos. Bestia idiota—. ¿Por qué no van con los demás? Su padre está ocupado y… vayan, ¿sí? —Calista adoraba a su madre, era preciosa y siempre le había dado, quizás era por eso que detestaba que Byron la tratase así, aunque en realidad detestaba a su hermano por el hecho de ser un inútil.— Una estúpida mujer no me dirá que hacer, Merlin —los dos hijos del matrimonio Gibbon tenían bellezas demasiado atrayentes, eran dos copias de sus padres, con todos sus rasgos. Eran muñequitos de porcelana que tenían hilos para moverse al antojo de su padre, aunque Calista ya se había cortado los hilos. Ambos se dirigieron al pequeño grupito con paso elegante sin mirarse, no parecían hermanos más allá del físico.
No le prestó atención al grupo, porque no le interesaban. Las hermanas Black eran simplemente tres niñas que seguían todas las reglas, el menor de los Lestrange parecía sanguijuela pegado a su hermana, los Travers, prefería hacer como si el mayor no existiera, Rosier parecía un adulto amargado en un cuerpo de niño, a los Wilkes era extraño verlos, Mulciber era un idiota, Malfoy aun más, no soportaba como todas miraban a Flint, y ni habar de los Parkinson, aunque en realidad todos ahí eran idiotas para ella prefería ignorarlos, ni siquiera fingir que los escuchaba, aunque lo hacía. Soltó una risita burlona cuando escuchó una vocecita Mis padres dicen que van a empezar a sortera posibles candidatos para casarme con él—. ¿Casarte con él? ¿Tener hijos? Las mujeres sirven más que eso, ¿para qué amarrarse a un hombre toda la vida cuando se es capaz de hacer mucho más? Todos ustedes son tan tontos —con su voz infantil pero decidida se puso de pie, la miraban impresionados. ¿Quién era tan estúpida para no seguir lo que se le decía? Las niñas hicieron gestos de desagrado, empezando a cuchichear entre ellas Ignoró las miradas en su espalda y los gritos de su hermano que la acusaban con decirle a su padre.
Así que aquello era la razón por la que su padre no la estimaba, por ser una mujer, porque ella no tenía un papel importante. Ella no iba a pasar el apellido como el estúpido de su hermano. ¡Pero ella era muchísimo mejor que él! Apretó sus puños, dándose la vuelta al escuchar un carraspeo. Valtýr Gibbon era bastante imponente— Te escuche, ¿sabes? Y no sé qué hacer contigo, niña buena para nada, ¿cuántas veces se te va a repetir que no eres nada más que una mujer? Los hombres somos los que mantienen generaciones de apellidos vivos, ustedes sólo dan a luz. Grábatelo, niña, mi único heredero es Byron, él es mejor que tú. Demonios, todo esto fue culpa de tu abuelo, te hacía creer que estabas al mismo nivel que el de un hombre, maldito Ebenezer—la estaba mirando como lo había visto mirando una vez a su hermano y luego a ella. La mirada desapareció por completo, dirigiéndole una que no transmitía nada—. Byron es estúpido, ni siquiera sabe leer aun. ¿Por qué no soy capaz? Padre, yo soy… yo soy mejor que él y vas a verlo —intentó que la mano levantada no la asustara, pero no pudo evitar dar un paso hacia atrás. Se irguió, mirándolo con seguridad, girando sobre sus pies.
No iba a dejar que su padre siguiese creyendo eso, no. Ella podía ser todo lo que veía en Byron, e incluso mejor, le demostraría que una mujer era capaz de todo. El mundo no era sólo de los hombres, no, las mujeres lo gobernaban también. Valtýr Gibbon estaría orgulloso de ella.