Un asunto (im)personal
Mi primer fogueo dialéctico con un candidato a la misericordia de Krishna tiene un escenario inmejorable: las puertas del Ashram de Ramana Rishi, uno de los más populares exponentes del impersonalismo hindú. Con la sagrada montaña Arunachala de fondo, cientos de hombres con harapos color ocre, pelo ensortijado y largas barbas nos miran con curiosidad o sospecha: ¿qué hacen aquí estos devotos de Krishna? Este lugar es frecuentado por yoguis renunciantes en estado avanzado de desidentificación corporal, que no han visitado una peluquería desde el último día de Brahma[1], o neo-hippies occidentales que se alimentan a base de kinoa y buscan un poco de sustancia espiritual. Desentona, pues, este grupo de jóvenes que sonríen demasiado y bromean constantemente, tambores y platillos en mano, listos para largarse a cantar en cualquier momento.
Acabo de hacer un amigo. Pongamos que se llama Jordi. Me alegra charlar en Español con otro nativo, más aún cuando se trata de alguien simpático, abierto a conversar un poco y contar qué lo trae por estos lares. Resulta que, como profesor de TaiChi, estuvo siempre interesado en el Budismo Zen; y hace unos años cayó en sus manos un libro de Ramana Rishi llamado Yo Soy Eso que le impactó mucho: “Al final, todo es lo mismo. Se trata de desconectar un poco la cabeza (se da un golpe en la frente, en un gesto de amigable castigo) y entender que nuestro ego es falso. Entonces, solo queda… eso.” (Nos cuesta pronunciar aquella palabreja: D. I. O. S. Dios. Diiiiiooooooooossss.)
Es mi momento de intervenir. Porque resulta que, si bien es cierto que Budismo e Hinduísmo impersonalista tienen varios puntos en común, la creencia de que todas las corrientes espirituales conducen a un mismo punto es más falsa que una moneda de cuero. Y sin embargo, ¡ay!, nos empeñamos en comprar la realización con esta pésima divisa.
Pongamos un ejemplo: en mi escuela de yoga una gran estatua de Buda presidía el hall de entrada, y en la sala principal había imágenes de Gurú Nanak, Jesucristo y Krishna una junto a otra, en forzosa convivencia. Seguro que por las noches mantenían largas discusiones teológicas. Vamos a ver: Buda predicó la no-existencia de la identidad individual, así como la no-existencia de Dios, y la realización última como negación y vacío. Gurú Nanak comenzó el célebre Guru Grant Sahib con una plegaria elevada a un Dios impersonal y sin forma, inaprensible para nuestra conciencia. Jesucristo charlaba de tú a tú con Dios en la forma de un Padre amoroso y protector, en una relación íntima y llena de calidez. Krishna es la Suprema Personalidad de Dios, y son famosos sus eternos galanteos con las pastorcitas de Vrindavan.
Dos grandes voceros de la devoción como la forma más pura y efectiva de espiritualidad (Jesús y Krishna mismo) al lado de un ateo irredimido y alguien que se acerca a Dios como misterio inabarcable. Posibilidades de concordia: escasas o nulas.
Entendí muchas cosas el día que, en una clase sobre Un Curso De Milagros –un excelso tratado de espiritualidad y devoción–, mi profesora de yoga afirmó categóricamente que no creía en Dios, y que el Curso decía que Dios no era más que un concepto. ¡Pero si menciona a Dios en cada línea, es el tema del libro! ¿Acaso leímos libros diferentes?
Seguramente sí. Cuando me apresuré a discutir amigablemente con ella al terminar la clase, me di cuenta de que muchos conceptos que le atribuía al libro en realidad no estaban allí en absoluto. Entre otros, la idea de que alcanzar la meta suprema supone una disolución de nuestra identidad individual, un poco como lo entendió Buda y lo plantean… ¡Ramana Rishi y mi amigo Jordi!
Nos acercamos al meollo del asunto. La última vez que busqué textos védicos en una librería, me encontré con que todos los libros que había sobre hinduismo estaban firmados por un prominente gurú de la Advaita Vedanta, una corriente filosófica que plantea un modo radicalmente monista de interpretar la tradición védica de donde provienen la meditación y el yoga. Es una escuela que ha permeado nuestra aproximación a estas prácticas de maneras que quizás ni siquiera sospechamos, porque llevamos años leyendo sobre la India en libros redactados por personas que tienen una visión muy particular, y no particularmente amplia o incluyente, de los temas en cuestión. Una visión impersonalista.
Para resumirla muy sucintamente, y corriendo el riesgo de esquematizar demasiado, vamos a decir por ahora que la Advaita reduce toda la inmensa riqueza del mundo védico a una única realidad absoluta: Brahman. Todo es Brahman, nada que no sea Él existe y, por lo tanto, ni el mundo fenoménico ni la identidad individual de cada uno de nosotros es más que una ilusión.
Aquí es donde intervengo y le digo a Jordi que no todo es lo mismo. Mientras Buda y los impersonalistas de la Advaita hablan de la disolución individual como meta última, Krishna le dijo a Arjuna en el Bhagavad Gita: “Esta alma individual es irrompible e insoluble, y no se puede quemar ni secar. El alma está en todas partes y es sempiterna, inmutable, inmóvil y eternamente la misma. (Cap. 2,24)” El énfasis lo pongo yo, que no soy solo una ilusión porque sé que, más allá de mi falso ego (hasta aquí estamos de acuerdo con Buda), soy un alma cuya única función es servir amorosamente a Dios por toda la eternidad. (Este verso lo escuché por primera vez de labios de mi Gurudeva, también en nuestro primer encuentro. ¡Aprendí tanto en esos 3 días!)
Por eso, Jordi, la devoción es el camino más perfecto: porque incluye una primera fase “impersonalista” en la que gradualmente dejamos atrás nuestra falsa identidad material –el ego–, pero sigue adelante hasta realizar una identidad individual que es trascendente y, por lo tanto, eterna: el alma. Y esta identidad no es una negación sino una afirmación de la Vida, tal y como la entendió Jesús. Solo desde esta perspectiva se puede entender correctamente Un Curso de Milagros, sin ninguna superposición impersonalista.
Quien dice que todo al final es lo mismo es porque en realidad no cree en nada. Así somos, y ni siquiera nos damos cuenta: la Nueva Era nos tiene como anestesiados, sumergidos en una visión impersonalista y atea que ni siquiera somos capaces de percibir. Por eso combinamos imágenes e ideas tan alegremente, como el antropólogo que usa artículos mágicos para decorar el salón de su casa porque está convencido de que son inocuos, hasta que un día...
Pero esto ya empieza a parecer una película de terror. La culpa es de los impersonalistas, que le hielan la sangre a cualquiera con su idea de que la meta última de la vida es la muerte: una muerte que, a diferencia del sencillo acto de abandonar el cuerpo (para recibir otro o ascender a otro plano de existencia), supone un aterrador y definitivo abandono del alma. Si estos son los espiritualistas, ¡casi mejor ser un materialista de los de toda la vida!
Bueno, en realidad mejor ser un devoto; y un día próximo o lejano, si a Él le complace, bailar con Krishna a orillas del río Yamuna… ¡casi puedo escuchar la melodía intoxicante de su flauta!
[1] Según las unidades védicas para medir el tiempo, un día de Brahma o Kalpa equivaldría a 4,320 millones de años.

















