El Faro
“El faro en su torre vigía bajo el cielo indescifrable, guiando a los barcos perdidos, donde el mar se pierde y se calla. Su luz recorre la oscuridad como un alma que nunca olvida, con su haz de esperanza y reflejo en la orilla vacía, sin vida. Espejos de olas y viento acarician su luz solitaria, y en su soliloquio eterno despide la noche y el alba.” - Pura Salceda
Lilian Marín observaba, desde la ventana de su habitación, el solemne espectáculo que se repetía cada 11 de abril.
Ella no participaba. Su familia no pertenecía al círculo de damnificados de hacía tantas décadas atrás y no compartía del todo la empatía por aquellos que habían sido devorados por la noche. Aun así, le prohibía participar, como en tantas otras costumbres del pueblo.
No había malicia en sus decisiones. Fueron una de las últimas familias en llegar a Dark Crystal Town y, aunque habían sido bien recibidos desde el primer momento, aún no comprendían del todo los misterios del lugar. En ese aspecto, seguían sintiéndose forasteros.
Pero Lilian, o Lily, como la llamaban todos, era una adolescente ávida de historias, aventuras, secretos y leyendas. Sobre todo, ansiaba comenzar a vivir esa vida que parecía haber llegado demasiado tarde para sus padres.
Ella no quería ser una forastera.
Quería pertenecer.
La joven asomó el rostro al pasillo del segundo piso. Todo era silencio. En el aire aún flotaba el aroma del pastel de manzanas que su madre había preparado después de la cena.
Extrañamente, los días en que ocurrían eventos en el pueblo, sus padres elegían cenar temprano e ir a dormir. Pero aquello no era algo malo. Al contrario, le permitía a Lily escaparse más allá de los límites de su hogar y fundirse con la magia —a veces encantadora, a veces melancólica y, más de una vez, peligrosa— que envolvía las tierras que llamaba hogar.
Se recogió el cabello negro como azabache en una cola alta, se puso un abrigo liviano sobre una remera negra y unos jeans azules, y utilizó las enredaderas que trepaban hasta su ventana como escalera para descender al jardín trasero.
Desde allí, tras comprobar por última vez que todo permanecía en calma, cruzó el patio y corrió hacia el bosque. Atravesó una pequeña franja de árboles hasta alcanzar la carretera. Desde allí, solo tenía que caminar cuesta abajo hacia la costa.
Era una noche llena de estrellas.
Y aun así, no había luna.
En los tres años que llevaba viviendo en el pueblo, Lily había notado que aquello siempre ocurría en la misma fecha.
Caminó un buen tramo hasta llegar al cruce donde Rizza, su mejor amiga, la esperaba con el auto.
—Vaya… pensé que esta vez sí te habían atrapado —comentó la joven desde el asiento del conductor.
Rizza era menuda, pelirroja, con tantas pecas que apenas se distinguía el tono rosado de su piel.
—¿A mí? ¡Jamás! —respondió Lily, cerrando la puerta—. Pero mi hermano menor decidió hacer berrinches antes de dormir. Pensé que no iba a poder venir.
—Bueno… pero acá estás. ¿Trajiste las velas?
—¡Claro! —Lily sacó dos velones blancos del bolsillo interior de su abrigo y sonrió—. ¿Creés que alcanza?
—Son perfectos.
Rizza puso el auto en marcha y subió el volumen de la radio.
El viaje transcurrió entre risas, canciones y comentarios sin importancia. Apenas treinta minutos las separaban de la costa, pero para Lily aquel trayecto era un pequeño tesoro de libertad.
A medida que se acercaban, la música fue apagándose.
La charla también.
Y, sin darse cuenta, ambas adoptaron un silencio solemne.
Una última curva.
El camino descendía abruptamente.
Y entonces lo vieron.
Desde allí, con la vista ya libre de árboles y casas, se extendían filas interminables de luces a lo largo de la playa. Las velas se alineaban sobre la arena y ascendían por un risco de piedra que parecía dividir la costa en dos, extendiéndose hacia el mar como un brazo de roca.
Y allí, coronando la noche más profunda, se alzaba el faro.
Imponente.
Oscuro.
Pero rodeado por cientos… tal vez miles de llamas.
Lily observó el espectáculo con la boca apenas entreabierta.
Lo había visto muchas veces desde la distancia.
Nunca así.
Nunca tan cerca.
Algo en su pecho se movió. Una emoción inesperada le humedeció los ojos mientras la luz de los velones parecía arder también en su interior.
Rizza la observó de reojo, con diversion y cariño.
Luego estacionaron.
Y caminaron en silencio hacia la multitud.
—Ven —dijo Rizza en voz baja—. Subamos al risco. Quiero que mi bisabuelo pueda ver nuestras velas.
Intentó sonar alegre.
No lo logró.
Lily tomó su mano y la apretó suavemente. No hacía falta decir nada. Rizza sonrió, esta vez con sinceridad. Y juntas avanzaron entre la gente y las luces.
Frente al faro, se detuvieron. El océano se extendía ante ellas, vasto y oscuro. Pero aquella noche, la negrura no reinaba.
Las llamas resistían.
Las dos se arrodillaron y colocaron sus velas junto a las demás.
Cuatro pequeñas luces que se sumaban a un mar de fuego.
Por un instante, Rizza sintió que estaban en la primera fila de algo sagrado. Como si, de algún modo, estuvieran guiando el camino.
Una lágrima rodó por su mejilla.
Había pasado demasiado tiempo.
Y aun así…
la herida seguía viva.
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El faro brillaba cada noche para guiar a los navegantes. Pero no aquel 11 de abril.
Fue Joseph Montgomery quien notó la ausencia.
Cerca de las tres de la mañana, regresaba de la cantina cuando advirtió que el camino estaba más oscuro de lo habitual.
Miró hacia el faro. Y sintió cómo el corazón se le detenía.
Estaba apagado.
Corrió. Tropezó. Se lastimó. Pero no se detuvo.
Subió por los pedruscos hasta alcanzar la entrada. Abrió la puerta de golpe y llamó a Ben, el farero. No hubo respuesta.
Subió las escaleras. Y lo encontró. El cuerpo yacía inmóvil. Frío. Vacío.
Benjamin O’Brien, el guardián de la luz… estaba muerto.
Desesperado, Joseph intentó despertarlo.
Intentó entender los mecanismos.
Intentó encender la luz.
Pero no sabía cómo.
Y entonces lo escuchó.
Un siseo. Bajo. Cercano. Amenazante como el cascabel de una serpiente. Jo no lo supo hasta apenas unos instantes mas tarde, pero el veneno que paralizó en la eternidad los latidos del viejo farero, se llevaría mas de una vida esa noche.
El miedo lo atravesó. Pero antes de poder reaccionar… un golpe sacudió el mundo.
Corrió hacia la ventana. Y vio el horror. Una embarcación estrellándose contra los arrecifes. Hundíéndose demasiado rápido.
El Crystal Ocean.
Joseph tomó el comunicador, que se habia mantenido apagado hasta ese momento.
—¡Crystal Ocean! ¡Aquí el faro! ¡Por favor díganme que están bien!
La respuesta llegó fragmentada.
Desesperada.
—…nos hundi…
Nada más.
Intentó pedir ayuda, una y otra vez, en cada frecuencia. A la guardia costera. A otras embarcaciones y puertos cercanos. Pero ser el borracho del pueblo tenia un coste muy alto.
Nadie respondió.
Nadie le creyó.
Nadie acudió.
El amanecer pintó el cielo y el mar de un silencioso rojo sangre. Encontró al pobre Jo sentado entre las piedras, observando un desastre que se podría haber evitado. Si alguien hubiese mirado.
Si alguien hubiese ayudado.
Si alguien lo hubiese escuchado
Las lágrimas rodaban por sus mejillas, cargadas de dolor y culpa, el también había sido responsable de aquella tragedia, si tan solo fuera un hombre más respetable, alguien a quien la gente escuchara cuando anunciaba que el Crystal Ocean se estaba hundiendo frente a sus ojos. Pero fueron demasiadas las noches de alcohol, demasiados los delirios conocidos, demasiado el daño a su palabra. Y ahora, las decisiones pesaban sobre las vidas perdidas de la enorme embarcación.
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Lily observó el mar en silencio.
Las llamas ardían firmes a su alrededor. Y entonces lo vio.
Una luz. Debajo del agua.
Lejana.
Suave.
Como un pulso.
Luego otro.
Y después…
nada.
El mar volvió a su quietud.
Lily no dijo nada.
Pero mientras se alejaba del faro, sintió algo distinto.
Una calma profunda.
Por primera vez, comprendió.
Y por primera vez desde que llegó al pueblo… sintió que Dark Crystal Town también la estaba mirando a ella.
Desde aquella tragedia, cada 11 de abril, el pueblo vela. Cada persona enciende una luz. Cada alma recuerda. Porque algunas heridas no se cierran… pero pueden aprender a iluminar.
Según las creencias, de esta forma, en algún otro plano, el Crystal Ocean navega seguro y encuentra su camino a casa, guiados por cientos de fuegos que iluminan la noche y no permiten que la oscuridad los engulla, en las aguas de Dark Crystal Town.












