Chas
Aire camina por la pista. A lo lejos, escucha un sonido repetitivo. Parece el sonido de unas tijeras "chas, chas, chas", pero es difícil encontrar su origen porque todo el paisaje parece estar exactamente donde lo dejó la última vez que paseó por ahí. A la derecha de la pista decenas de hileras de viña con unas hojas verdes grandes y brillantes existen haciendo honor a la primavera. A la izquierda, decenas de árboles llenos de hojas chiquititas, verdes y oscuras protegen el lugar.
Sigue avanzando y entonces encuentra el punto exacto de donde salen aquellos sonidos. Antes de siquiera entenderlo, la razón dice que debe ser una persona la que esté haciendo aquello. A menos de que no haya ningún indicio.
Las hojas de las tijeras continúan haciendo ese chasquido entre los pasillos de las viñas. Chas, chas, chas. Hojas y ramas empiezan a salir disparadas. No hay ninguna mano sujetando las tijeras, ninguna cabeza asomando entre las parras.
El sonido crujiente de la tierra y las piedritas chocándose con la suela de sus zapatos acompaña a Aire mientras se acerca al sonido. No pretende ocultarse, pero es tan ligero que tampoco avisa a nadie más de que está allí.
De repente, un sombrero levita entre corte y corte. Un ¿silbido? empieza a acompañar el ritmo, o tal vez podría describirse como el canturreo de una canción de la cual no recuerdas muy bien la letra, ni la melodía, ni tan siquiera el ritmo. Solo es una voz alegre desplazando el silencio de lugar. La invisibilidad de la criatura parece que le facilita su inmersión en la tarea.
Algo ocurre de repente. Mientras el sobrero se desplaza dando tumbos por el aire, las tijeras siguen cortando exactamente en el mismo lugar, como si tuvieran voluntad propia. Debido a que desconoce las reglas de este mundo, Aire se imagina que podría ser cualquier cosa que se escape de su imaginación. Una bruja encantadora, un mago estereotípicamente rechoncho y amigable, o simplemente un hobbit que se encarga de su huerta.
Cada uno sigue su rumbo, aparentemente sin verse el uno al otro, aunque Aire dirija la mirada a todos los lugares posibles por si acaso su mente es capaz de reconocer una cara.
Se aleja de los tijeretazos siguiendo el camino de cemento. Un árbol distrae sus pensamientos, porque parece que pretende apropiarse de lo que queda de carretera tirando todas sus hojas allí. "Si lo cubro todo, es irremediable que sea mío". Las pisadas no parecen molestarle, aunque si alguien se quedara demasiado tiempo es posible que le cayera un fruto en la cabeza. Aire sigue serpenteando por el camino, o quizás al revés, y llega hasta su punto favorito. No es la primera vez que está allí o que recorre este mundo. Es solo que las veces anteriores iba tan rápido que ni siquiera cruzó las puertas. Estaba sin estar, sabía su velocidad pero no su posición, como una masa diminuta que se confunde con una onda.
Un árbol tumbado sobre la ladera y las rocas con musgo amarillo le invitan a sentarse para disfrutar de las sensaciones. Los entrantes dejan el listón muy alto: desde allí arriba, se pueden ver todas las casitas que forman el pueblo más cercano, y el siguiente a ese, y luego la línea entre la tierra y el mar. Parece que el viento acompaña a la mirada mientras recorre cada vez más distancia. El primer plato está compuesto de los árboles que enmarcan ese paisaje en primer plano, con sus hojas verdes moviéndose ligeramente por la brisa. La bebida podría describirse como el burbujeo de los pájaros que vienen y van, silbando, cantando y riendo. El plato fuerte le llega a Aire cuando presta atención: una cascada que queda justo al otro lado de la ladera. No es posible verla, pero el agua cayendo hace chispas en sus oídos y entra en su cráneo dejando un remanso de paz. Siente cómo los músculos de la cara se relajan mientras está ahí, sentado sobre la roca, protegido por los pájaros y acompañado del sonido del agua. Sus ojos se cierran sin querer, como si su cuerpo hubiera decidido que no hay otra cosa más que hacer que existir allí. Cada molécula de su cuerpo empieza a vibrar en una frecuencia un poco superior, para relajarse instantáneamente. Si se viera desde fuera, se observaría la energía que está emitiendo en forma de una luz tenue y esperanzadora.
Ahora que forma parte de este mundo, tardará algún tiempo en darse cuenta de que la magia que le ha sido otorgada es la de los sentidos. No es un secreto para él, sin embargo, es algo que ha formado tanto tiempo parte de su existencia que, simplemente, está. Nunca ha gritado tan alto en su interior ni ha conseguido romper algo lo suficientemente fuerte como para llamar su atención. Y es que antes incluso de recibir la magia, Aire había recibido un sello que le enseñaría el mayor de los silencios. Le daría la habilidad de no escuchar. Se le dio tan bien, que muy pronto dejó de oír hasta las más mínima chispa que habitaba en sus adentros. Algo que podría parecer tan evidente como que el fuego brilla, para Aire sería a la vez el suceso más cotidiano y el evento más profundo que experimente. Este sello no le permitía cuestionar lo que atravesaba, simplemente, lo hacía y ya.
Al cruzar las puertas con una velocidad mucho más controlada, el sello ha ido desvaneciéndose. El primer paso fue darse cuenta. Aire notó un pliegue extraño, un pegamento que él no había colocado ahí, un trozo de un algo que no le identificaba. Entonces, empezó su camino y su magia despertó.
A veces le parecerá un tormento, a veces la maravilla más grande del mundo. Esta aventura consiste en que Aire descubra cómo ser uno con su propia magia.












