‘queda uno… solo uno. y si lo hallas, todo el poder se transferirá a ti. te convertirás en un ser con poderes ilimitados’.
aquella sentencia se grabó a fuego del que ahora era un hombre hecho y derecho. toda su vida pasada en penurias lucía que cambiaría ¡já! todo lo que soñaban el resto de pobres, incluido sí mismo, estaría dentro de poco al alcance de su mano. mas, la paciencia era una virtud y él no podía derrocar todas sus aspiraciones en un ‘ay’. fue la urgencia, el primar del reino de bradal cuya luz se iba apagando cuan vela de candil… quizás, por eso, no tuvieron tantos reparos en darle la codiciosa misión de hallar al último de la especimen (siempre y cuando el ítem no hubiera caído en otras manos o perecido por los elementos de la brusca natura).
el calor era sofocante y a pesar de intercambiar sus ropas de la aldea, pieles y cuero con paños que combatían la frialdad: seguía sintiendo una presión que secaba demasiado rápido sus labios. un pañuelo, obsequio de bradal con el emblema del grifo, sirvió para quitarse unas gotas de sudor que perlaban su frente. ni quería recordar la odisea que fue rompiendo las lindas de la espesa y volátil selva hasta llegar a los cimientos de lo que, en antaño, fue un reino con poderío y al que otros imperios envidaban por sus miles de recursos naturales. los que, irónicamente, iban extinguiéndose dados los cambios abismales de la fauna y, cómo no, de la falta de esos seres mitológicos.
una examinación rápida (aparte de atrevida) hacia la infanta era clave para resaltar que debía hallarse verdaderamente desesperada si no guardaban hombres de confianza o guerreros robustos de su propio reino para recorrer la travesía del grifo. con las manos atrás, imitó las imágenes de antigua realeza cuando venían a ‘otorgar’ un par de monedas o cuatro ayudas para que su poblado no muriese de inanición. no podía evitar sentir una animadversión hacia la sangre azul y la contemplación de adelaide, la princesa podría ser una delicia mas también un escarmiento.
¿lograría conseguir el huevo de grifo e impregnarse de su mantra antes de que ella se percatarse de sus intenciones? estaba por verse. sus labios ocuparon una línea fina, siguiendo con su ‘papel’ de mero servidor.
“en efecto, alteza” enunció eruk sin duda en su timbre “sabe que estaré dispuesto a serle de mano derecha en esta encomienda. además, seguro que usted no lo olvida, prometió una recompensa jugosa a quien partiera a su vera y lograse la hazaña de proteger el huevo” rememoró no para ella, sino porque sería matar a dos pájaros de un tiro. la riqueza y el poder, lo que se le retiró a su pueblo y sus gentes… estaría, quizás en menos de lo que esperaba, empapado en éste.
eruk permitió que el timbre de la princesa continuase dejando un aire solemne a aquel salón con emblemas de bradal y bordados donde se narraba, así, la historia de éste.
“mi señora” comenzó, dejando su mano en el pecho como señal de sublevación a ésta “fue enseguida notificado de los peligros en los que se pondría en juego mi existencia y mi felicidad absoluta, se lo aseguro, será devolver parte del brillo perdido a su amado país. es una pena que un reino tan trascendental se borre del mapa ¡no se puede consentir! tantos sacrificios anteriores quedarían en vano…”