La cuerda a modo de trampa surgía a cualquier hora de la noche. Un búho, el propio sonido de las puertaventanas de Oliver chirriando por el efecto del viento, la música de una discoteca distante que abre toda la noche en un pueblo vecino, una refriega entre gatos a las tantas o el crepitar del dintel de madera de mi habitación, cualquier cosa me despertaba. Pero esto lo sabía desde la infancia y, al igual que un cervato somnoliento que chasquea la cola ante la presencia de un insecto intruso, sabía cómo quitármelo de encima y volver a dormirme instantáneamente. Sin embargo, a veces, cualquier nadería, como una sensación de vergüenza o de temor, conseguía abrirse camino entre mi sueño y me rondaba, me vigilaba mientras dormía y acercándose a mi oído me susurraba: No tengo intención de despertarte, de verdad, vuelve a dormirte, Elio, sigue durmiendo, mientras yo me esforzaba por recuperar el sueño al que estaba a punto de reincorporarme en cualquier momento y del que podía incluso reescribir el argumento si lo intentase un poco más.
Pero no lograba conciliar el sueño y estaba seguro de que no uno, sino dos pensamientos tormentosos me vigilaba, como si fuese una pareja de espectros que toma forma al salir de la niebla de la ilusión: deseo y vergüenza, el anhelo por poder abrir mi ventana de par en par y sin pensarlo entrar en su habitación en cueros y, por otra parte, mi constante incapacidad de arriesgar lo más mínimo y lograr conseguir todo esto. Allí estaba vigilando el legado de mi juventud, las dos mascotas de mi vida, el hambre y el miedo, y me decían: Ha habido muchos antes que tú que se arriesgaron y obtuvieron recompensa, ¿por qué vas a ser menos? No hay respuesta. Muchos tiraron la toalla, ¿por qué debes hacerlo tú también? No hay respuesta. Y después apareció ridiculizándome como siempre: Si no es luego, Elio, ¿entonces cuándo?
Aquella noche, una vez más, hubo una contestación, aunque llegó en un sueño que en sí mismo era un sueño dentro de otro. Me desperté con una imagen que me dio más información de la que quería saber, como si, a pesar de mi franca constatación de lo que quería de él y de cómo lo quería, hubiera aún algunos resquicios que hubiese evitado. En este sueño aprendí por fin lo que mi cuerpo debía de saber desde el principio. Estábamos en su habitación y, al contrario que en todas mis fantasías, no era yo quién tenía la espalda sobre la cama sino Oliver; yo estaba encima de él, observando en su rostro una expresión muy acalorada, que se conforma con poco, que incluso en mis sueños me arrancaba profundas emociones y que me exponía algo que no hubiese sabido o adivinado nunca: que no darle lo que deseaba otorgarle a cualquier precio quizá fuese el peor crimen que jamás cometiese en mi vida. Anhelaba con desesperación entregarle algo. En contraste, obtener parecía tan anodino, tan vulgar, tan mecánico. Y luego lo escuché, como si para entonces ya lo supiese. <Me matarás si paras>, dijo entre jadeos a sabiendas de que ya me había dicho esas mismísimas palabras unas cuantas noches antes en otro sueño, pero que, habiéndolas pronunciado ya una vez, era libre de repetirlas cuando le apeteciese siempre que me visitase en sueños, incluso aunque ninguno de los dos parecía saber si su voz procedía de mí o si mi recuerdo de esas palabras explotaba en su interior. Su cara, que parecía estar percibiendo mi pasión y al hacerlo me excitaba, me ofreció una imagen de bondad y de fuego que nunca había experimentado y jamás me hubiese imaginado en ningún semblante. Esta imagen suya iba a convertirse en una lamparilla de noche en mi vida, manteniéndome en vilo en esos días en que haría de todo menos darme por vencido, reavivado mis deseos hacia él cuando quería que desapareciera atizando las brasas del coraje cuando temía que un rechazo pudiese disipar cualquier atisbo de orgullo. Su mirada se volvía como la pequeña foto de un ser querido que los soldados se llevan al campo de batalla y no solo les hacer recordar que hay cosas buenas en la vida y que la felicidad los aguarda, sino que también les hace pesar que esa cara nunca les perdonaré si vuelven a casa en una bolsa para restos humanos.
Estas palabras hicieron que ansiase e intentase cosas que nunca me había creído capaz de hacer.
Sin considerar lo mucho que él deseaba no tener nada conmigo, sin pensar en esos con los que había entablado amistad y seguramente estuviese durmiendo cada noche, cualquiera que me hubiese revelado así su humanidad mientras yacía desnudo bajo mi cuerpo, aunque sólo fuese en sueños, no podía ser muy distinto en la vida real. Así era él en realidad; todo lo demás era accidental.
No: también era el otro, el hombre del bañador rojo.
Era solo que no podía permitirme tener la esperanza de verle sin llevar ningún bañador.
Si durante la segunda mañana después de lo de la piazzetta encontré el valor para insistir en ir al pueblo con él, a pesar de que era obvio que él no quería ni hablar conmigo, fue solamente porque cuando le miré y le vi verbalizando lo que acababa de escribir en su libreta me acordé de sus otras palabras de plegaria: <Me matarás si paras>. Cuando le entregué el libro en la librería, y más tarde insistí en pagar los helados pues invitar a helado también significaba pasear en bici por las tortuosas y estrechas calles de B. y por lo tanto estar juntos un rato más, era también para darle las gracias por aquel <Me matarás si paras>. Incluso cuando le tomé el pelo y le dije que no haría ningún discurso, fue porque estaba actuando de forma secreta el <Me matarás si paras>, mucho más valioso ahora que cualquier reconocimiento por su parte. Aquella mañana lo escribí en mi diario, pero evité mencionar que había sido un sueño. Quería volver años después y creer, aunque solo fuese por un momento, que él había pronunciado de veras aquellas palabras de súplicas. Lo que anhelaba preservar era el jadeo turbulento en su voz que permaneció conmigo durante varios días y que me afirmaba que si era capaz de conseguir que le gustase todo eso en mis sueños durante cada noche de mi vida, entonces construiría toda mi vida con sueños y terminaría con todo lo demás.
Mientras bajamos a toda velocidad pasamos por mi sitio, junto a los olivares y los campos de girasoles que toma su cabeza hacia nosotros cuando nos deslizamos hacia los piares, dejamos atrás los dos vagones de tren que perdieron sus ruedas hace ya unas cuantas generaciones pero que aún mantienen el escudo de la Casa de Saboya, pasamos por delante de la hilera de comerciantes gitanos que nos desean la muerte a gritos porque casi rozamos a sus hijas, me giro y le chillo: <Me matarás si paro>.
Lo dije para poner palabras suyas en mi boca, para saborear durante un rato antes de almacenarlas en mi escondrijo, de la misma forma que los pastores de ovejas sacan su ganado a la colina cuando hace calor pero lo mete en el aprisco a toda velocidad cuando el tiempo enfría. Al gritar sus palabras las estaba haciendo carne y dándoles mayor vida, como si tuviese vida propia ahora, más prologada y más llamativa, y que no podía gobernar nadie, como la duración de un eco que ha rebotado ya en los acantilados de B. y ha ido a zambullirse en el oleaje donde el arco de Shelley se topó con la tormenta. Le devolvía a Oliver lo que le pertenecía, entregándole sus palabras con el deseo implícito de que me las volviese a decir de nuevo, como en mi sueño, pues ahora era su turno para pronunciarlas.
“Call me by your name” André Aciman.
fragmento pág.121-125.