No fue fácil llegar hasta aquí, porque cuando algo me importa, lo intento de verdad. No soy de las que se queda a medias ni de las que juega con lo que siente. Yo di lo que tenía: tiempo, intención, apertura y ganas reales de conocer algo bonito.
Hubo momentos en los que quise entender más, esperar un poco más, darle el beneficio de la duda a lo que no era claro. Porque cuando uno siente, también quiere creer. Pero con el tiempo entendí que no todo se trata de insistir, ni de tener paciencia infinita, ni de justificar lo que simplemente no está a la altura de lo que uno merece.
No me voy desde el enojo, me voy desde la claridad. Porque vi lo suficiente para entender que lo que yo buscaba y lo que tú ofrecías no estaban en el mismo lugar. Y no pasa nada, eso también es parte de la vida. Pero quedarme donde tengo que cuestionar mi valor o donde no hay coherencia, eso sí ya no es una opción para mí.
Me voy tranquila porque sé que fui auténtica. No fingí, no manipulé, no jugué. Fui yo, con todo lo que eso implica. Y aunque no haya sido correspondido como esperaba, eso no le quita valor a lo que di.
Hoy elijo soltar, no porque no me haya importado, sino precisamente porque me importo yo. Porque merezco algo que se sienta claro, recíproco, presente. Algo que no me haga dudar ni preguntarme constantemente qué lugar ocupo.
No me llevo resentimiento, me llevo aprendizaje. Me llevo la certeza de que no necesito quedarme donde no hay la misma intención. Y también me llevo el recordatorio de que mi forma de querer no es demasiado, solo está esperando el lugar correcto.
Cierro esto con calma, con dignidad y con amor propio.
Y esta vez, me elijo a mí.












