Desierto florido
En Atacama, el desierto más árido del planeta, las lluvias repentinas florecen el desierto. Bajo su tierra apretada, habitan bulbos, como aquel que Pepe un día me regaló y de cuyas flores de cinco puntas hemos sido testigos: florece pocas horas, si acaso un día. Pero no es cómo el ágave que solo florece una vez, en la madurez de su vida, y muere. No. Los bulbos viven en las condiciones que le fueron dadas y a la más mínima oportunidad despliegan el color en sus pétalos. Muchas de ellas son originarias de ese desierto, rhodophiala phycelloides, y muy pocos curiosos de las plantas han podido verlas en su esplendor. Ser testigo de tanta belleza ha de ser un presagio venturoso. A lo lejos, cuentan los venturosos, el desierto se cubre por un tapete rosa encendido, de ese color que llamamos fucsia y que es el nombre de una planta también originaria del sur, la Fuchsia Magallenica, llamada popularmente "pendientes de la reina". Se sabe que primero fue el nombre y luego la designación del color, como si uno mismo por tener un color, se volviera el color mismo. El nombre es tributo a Leonhart Fuchs (1501-1566), fundador de la farmacognosia, ciencia que estudia los principios activos de las plantas y los hongos. Fuchs, de origen germano, no alcanzó a conocer América, si bien de su apellido derivó ese tinte -que dicen- las mujeres en occidente lo distinguen con mayor facilidad pues desde muy niñas, vestidos y complementos rosa intenso, rosa méxicano, son una asignación de género. Los hombres no visten de fucsia. Si al caso de palo de rosa.
Hace unos años mi amiga L. viajó a la Guajira a rehacer un camino lleno de nostalgia y dolor. Entonces habían pasado ya dos años de aquellos días en los que M. decidió separarse de su vida. En un par de meses vi cómo a esa mujer se le agotaba la sonrisa y su cuerpo cada vez más delgado sostenía su vida y la de una gata agonizante y esquiva con la que se recuperaron poco a poco y que, ahora, es su compañera en la vida. L. al volver a la desértica Guajira, el lugar al que habían ido con M. unos meses antes de la despedida, la recibió la garúa que refrescaba esas flores inimaginadas en medio de recuerdos desiertos y espinosos. El presagio fue claro: L volvió a sonreir. La vitalidad brotaba de la arena.
Los desiertos de Flaubert -recuerdo una vez haber leído o mejor haberte escuchado- tenían cactus, cuando esta planta prodigiosa es endémica de América. Por fortuna no lo supo. Habría sufrido de solo saber que en su libro, Salambó, quizás, habitaba una imprecisión de ese calibre. Pero quizás yo misma me equivoco y fue un detalle que el mismo quiso poner allí. Con cactus los desiertos son más bellos.










