No recuerdo que edad tenía. Pero por alguna razón la gente da por sentado que soy “inteligente”. Y mis padres también. Pero es diferente que tus padres te tomen por inteligente para subirte (y subirse) la autoestima.
Recuerdo una vez que tuve que llevar un documento al colegio. Mi papá me entregó dos copias y no me dijo más nada (el no acostumbra a decir muchas cosas de todos modos). Resulta que debía entregar los documentos y una de esas copias debía ser firmada y sellada y me la tenían que devolver para yo entregarla a mi papá. Esa instrucción no la recibí nunca.
En la noche mi papá me preguntó por “el recibido”. Yo dije, ¿Cuál recibido? El volvió a preguntar y yo le repetí que no sabía. Luego procedió a increparme (nunca me ha tratado en términos despectivos, eso sí) de porqué no había hecho las cosas bien. Pues yo era muy pequeño y no tenía idea de las costumbres burocráticas. El que me hubieran entregado dos copias del mismo documento me hizo suponer que la costumbre era entregar dos copias y no que una de esas copias debía ser devuelta con una firma y sello.
Eso y muchos otros deslices sumado a la imposibilidad de mis padres de reconocer el mérito en las cosas que de verdad me gustan, me ha generado un pánico atroz a involucrarme en asuntos laborales con ellos. Y desgraciadamente, nunca desarrollé el carácter y el carisma para lanzarme a la aventura para forjarme mi destino lejos de ellos.
Tener miedo no equivale a ser prudente.























