También tiene su hechizo no encajar en ciertos lugares, ser un alma que no pertenece a todos los paisajes porque hay espacios donde la luz no sabe pronunciar tu nombre. Muchos lo llaman soledad y la imaginan triste, sin comprender que existe una belleza casi sagrada en la quietud y en la compañía de uno mismo. Porque es en ese silencio donde uno se encuentra. Te miras por dentro hasta reconocer cada grieta y cada estrella, aprendes a abrazar lo que eres, a soltar lo que pesa y a fluir como un río sereno. Y entonces descubres que, al final de todos los caminos, el corazón que nunca te abandona y el hogar al que siempre puedes volver habitan en ti.











