En esta ciudad hay un despertar distinto a lo que se suele estar acostumbrado. Porque el día irrumpe en un silencio sólo penetrado por gritos aislados, el sonido de una persiana metálica que se levanta, y el aleteo de las palomas. Cuántas veces, pensaba, habré estado acostado de esta misma manera en una habitación de hotel, en Viena, en Frankfurt o en Bruselas, escuchando, con las manos entrecruzadas detrás de la cabeza, no el silencio como aquí, sino, con un terror vigilante, el oleaje del tráfico que ya lleva horas pasando por encima de mi cabeza. Así que esto, vuelvo a pensar, como siempre, es el nuevo océano. Sin cesar, las olas se aproximan a grandes empellones por encima de toda la extensión de las ciudades, cada vez más ruidosas, enderezándose cada vez más, se vuelcan en una especie de frenesí a la altura del nivel del ruido y cual oleaje se derraman sobre el asfalto y sobre las piedras, mientras desde las presas que se forman junto a los semáforos ya comienzan a brotar, bramando, olas nuevas. Al cabo de los años he llegado a la conclusión de que es de este estrépito de donde ahora surge la vida que viene después de nosotros y que nos destruirá paulatinamente, del mismo modo que nosotros destruimos aquello que llevaba ahí mucho tiempo con anterioridad a nuestra existencia.