Algo se había retirado, se había deslizado alejándose de él en el momento en que concentró la atención, y ese algo era él mismo. A lo mejor ya estaba muerto. La cada vez más oscura imagen del yo se había extinguido por completo. ¿Y qué era lo que quedaba? Porque quedaba algo, algo aún existía. Lo vio con la claridad de una suma sencilla. Lo que quedaba era todo lo demás, todo lo que no era él, lo que nunca antes había visto y ahora contemplaba con la pasión de un amante. En realidad podría haberlo sabido desde siempre, porque la muerte nos persigue durante toda la vida. Dado que él era mortal, no era nada, y, dado que no era nada, todo lo que no era él estaba repleto de existencia, y era de eso de lo que emanaba la luz. Eso, entonces, era el amor: mirar y mirar hasta que uno dejaba de existir. Eso era el amor, que era lo mismo que la muerte. Miró y supo con una claridad que fue una con la creciente luz, que con la muerte del yo el mundo se convertía de inmediato en el objeto de un amor perfecto.
Iris Murdoch, El unicornio













