Había perdido la cuenta de cuantos días tenía sin la calidez de su novia. Los minutos y segundos se hacían cada vez más tortuosos sin saber de ella. Su bioquímica se alteraba al pensarla. La situación en el Hospital no era la mejor, después de las vacaciones navideñas todo en el lugar estaba fuera de control. De vez en cuando se imaginaba a la rubia visitándolo en el hospital, sin decirle nada, sólo estando allí. Ocupaba de nuevo su calor, su pasión de vivir, de las cosas, incluso si ella no lo notara. Al fin había llegado la noche en que los dos se volverían a encontrar. Galit era dueña de aquél hombre que presumía de su autonomía. Él estrés de lidiar con alumnos egocéntricos que se creen el centro del mundo y los pacientes mal tratados en el hospital era algo más fácil sabiendo que Galit estaría allí. Él estaba listo para sumergirse en el mundo de ella, de dejarse ser arrastrado, ser apuñalado por amor. Usaba su mejor traje, o por lo menos el que él consideraba era el que se le veía mejor. Se rasuró nuevamente antes de salir, dejando su pómulo menor listo para ser acariciado por los delicados dedos de su amada. Su cabello estaba peinado de lado hacia atrás, como era su estilo. Galit lo hacía una persona más fuerte. Realmente sentía que a su lado ambos podrían tomar el mundo a su merced. Le gustaba pensar que ella se sentía de la misma forma. Desde el inicio pudo darse cuenta que ella lo quería, le tenía aprecio. Y eso lo hacía sentir especial, el tener el aprecio de alguien con una vida tan complicada como la de ella, no era cosa fácil, el doctor estaba comprometido a no dejarla caer mientras él estuviera presente. Tenía años sin manejar con tanta energía, con las ganas de llegar a un verdadero lugar, un hogar. Intentó recordar si en algún momento se había sentido así por alguien, por su ex esposa, incluso, pero la respuesta era que no. ¿Qué tenía ella, que no tenían las demás? Lo cierto era que nadie, ninguna otra mujer, lo había hecho enamorarse en la forma que ella lo había hecho. Tenía un talento. Ella lo sabía, y a él le gustaba que se diera cuenta de su poder. Su músculo cardíaco entro en taquicardia tan pronto se estacionó a las afueras del hogar de la rubia. En sus manos tenía un ramo de flores que le había conseguido. Se acercó y tocó la puerta con tranquilidad, a pesar de la desesperación incesante que casi le hacían romper la puerta como algún hombre loco. No podía esperar en que ella abriera la puerta y terminar de una vez por todas con el dolor en los huesos que su ausencia le causaba. @galarazki













