Dr. Voltaje Recomienda: Tiziano Sclavi y Attilio Micheluzzi - Roy Mann.
Creo que Roy Mann tiene uno de los íncipit más felices que se hayan escrito para una historieta: mudo, ligero, elegante, geométrico, despreocupado. Establece perfectamente el tono para lo que sigue, con ese auto que tranquilo al final de la página vuela maniobrando por los cielos de New York.
A más de veinticinco años de su primera aparición [Comic Art, 1987], Roy Mann no pierde nada, no tiene nada de datado. Estilo y guion siguen siendo frescos, los muchos méritos y los pocos defectos siguen siendo los mismos que entonces.
El guionista Tiziano Sclavi se relee con el doble placer de su período de gracia, agregado a una inesperada historia lateral, con respecto a su producción principal.
También al dibujante, Attilio Micheluzzi, se lo intuye inesperada pero felizmente lateral con respecto a su estilo más comúnmente conocido, como siempre inimputable pero aquí también jocoso, divertido, por momentos hasta un poco experimental.
Una pequeña saga, una novela a trazos, un libro, donde dos monstruos sagrados de la historieta italiana y europea se divierten fuera de sus esquemas habituales, y apoyan con descuido sobre la mesa de la historia de sus biografías y de la historieta, una obra que consigue mantener un equilibrio raro entre ligereza y melancolía, entre caos y aventura, entre la vulgaridad y pensamiento.
Un libro: estoy hablando “Roy Mann”, ediciones Rizzoli Lizard, 2013. Ciento sesenta páginas en tapa dura que recopilan las tres historias ya editadas hace veinte años por Comic Art y L’Isola Trovata, en revistas y álbumes seguramente no de esta calidad. Y esto, el tipo de edición, es seguramente una de las cualidades más importantes de este libro, junto a la de haber recuperado Roy Mann de un cierto olvido de época y haber demostrado su eterna actualidad.
Un libro agradable, pero en blanco y negro. Parece que los colores originales de Micheluzzi, para los que había nacido y que se utilizaron en las ediciones precedentes, ya no existan, perdidos en alguna mudanza editorial. Escribo “para los que había nacido” porque a mi parecer mucho del dibujo de Micheluzzi, en las primeras dos partes sobre todo, está pensado para dar espacio a los colores. Los equilibrios entre blancos y negros, claramente no son los habituales, aquellos en los que se lo considera un maestro. Y también muchas expresiones, algunas elecciones de fondos o de compaginación, el tono total del dibujo, parece tener manifiestamente en cuenta el color.
Pero después, si se juega a comparar las ediciones antiguas con esta nueva, se descubre que la necesidad se vuelve virtud. Que los colores que teníamos en la memoria, tenían un sentido pero no eran tan necesarios. Que el blanco y negro radiante e impecable de Micheluzzi brilla también con algún vacío blanco de más. Que incluso el hilo narrativo se seca y exige más atención. Y que entonces tal vez es mejor así.
Roy Mann: parece que la historieta está muy inspirada en [Paolo Interdonato en la introducción la llama incluso “una reescritura”] una novela de ciencia ficción de Fredric Brown, “What Mad Universe”, de 1949. Una inspiración-reescritura sin embargo, manifiesta y declarada por el mismo Sclavi, según un método usado muy seguido también en el Dylan Dog [principal criatura del universo Sclavi] del período de oro: replicar tramas ya conocidas de películas y novelas sabiendo agregar siempre y sabiamente ese algo indefinido que lo vuelve otra cosa. Así es también en esta novela de tres capítulos largos. Que parecen cuentos autónomos, los primeros dos; hasta que no llega el tercero, para cerrar la novela de verdad.
Roy Mann, el protagonista de la trilogía, es un guionista de historietas de ciencia ficción en la New York de los ’40. Trabaja en una redacción, según la moda de la época, junto a sus colegas y en estrecha relación con el editor. Es un señor despreocupado y bizarro. Vive con alegría su trabajo y maldice exclamando un improbable “recorcholis!”.
Después, un día, mientras esta soñando, explota su cafetera: y a partir de ese momento empieza a vivir historias fantásticas en universos paralelos junto a los personajes de las historias que el mismo había escrito. Autos que vuelan, pero también chinos en ciclomotores voladores, nubes falsas y heroínas con poca ropa; buenos y malos dignos de Flash Gordon, y generales belicistas: una pequeña lista, como ejemplo de cuan absurdos son la fauna y el paisaje de esta novela.
Y sin embargo todo funciona. Funciona a la perfección en el primer episodio, “In uno strano mondo”: hay aventura y alegría, una lectura felizmente acompasada, hay soluciones de guion absurdamente funcionales. Hay un Micheluzzi que se escapa con un dibujo ligero y desenvuelto, cómodo como nunca. Hay hasta erotismo, insinuado pero el mismo tiempo gozosamente declarado, que está muy bien y le da un plus. Una historia que hubiese sido ya perfecta así.
Funciona un poco menos en el segundo caótico episodio, donde Sclavi y Micheluzzi superponen excesivamente tramas y grillas de páginas. Experimentando a su modo, el lettering grita, une recorridos y aquí y allá quiere hacerse viñeta y sentido. Queriendo exasperar la absurdidad de la guerra Micheluzzi exaspera lo grotesco, pero alejándose de las felices ideas de la primera parte. El episodio sirve para crear variantes entre el primer y tercer episodio, y es, entendámonos, siempre una lectura agradable.
Sclavi aprovecha para tomarle el pelo a la eterna, y entonces particularmente de moda, gana de Estados Unidos de declararle la guerra a cualquiera, y a falta de algo mejor, a sí mismos. Pero repito, la principal razón de ser de “Orizzonti di gloria” es la de acompañarnos, agregando elementos, a cerrar la serie.
En “Quante volte ritornerai”, tercer episodio que cierra la novela, Micheluzzi vuelve a su estilo de siempre, el que le dio fama, el de “Labrume” y de “Petra Cherie”. El de los negros que contrastan y que donan una atmósfera más real. Impecable como siempre, y perfectamente coherente con la trama de Sclavi, que se dirige a un final más serio y melancólico, en una serie de cajas chinas que tienen como objetivo dar vuelta el sentido de todo lo que leímos anteriormente. Un final del que no decimos nada para no arruinarle la sorpresa al lector, un metafinal que reflexiona sobre la realidad y la fantasía en nuestras vidas.
Un final que ayuda mucho, en la decisión de poner a Roy Mann entre las joyas indispensables de nuestras hogareñas pero razonables, bibliotecas de historieta.














