My history... pt1
Comenzando por la imagen, traté de que algo representara mi ser en la infancia. Y nada mejor que mi mal humor, que en realidad transformaba en buen humor. Era una niña particular. Mi infancia fue hermosa, eso es lo que recuerdo si me preguntan de ella. Era feliz, tenía mis padres, mis hermanos mayores, las cosas malas tapadas con cosas buenas. Entonces, en ese mundo donde todo lo malo tenía que ver como algo bueno, aprendí a pasar ese mal humor que sentía a una amplia y dulce sonrisa. Siempre, porque no quería que mi madre pensara que era infeliz. Cuando, sinceramente, no lo era. ¿Por qué me sentía mal? A lo largo de mi vida, lo fui descubriendo.
Pero hablando de lo que fue mi niñez, digamos hasta los diez años. ¡Increíble! No me faltaba nada, eso les aseguro, tampoco me sobraba. Era feliz con lo que tenía, en lo que una niña que quería una barbie y no la conseguía podía ser feliz. Apreciaba los pequeños detalles, como cada caramelo que mi mamá compraba para mí de regreso de alguno de sus tres trabajos.
Ahora, los diez años me cambiaron, definitivamente. Fue cuando comencé a verme como una persona... enferma. Que es la palabra con la que, muchas veces, me autodefino ante la sociedad (sabiendo que está mal).
Dios nos pone pruebas en el camino, la mía fue verme en la incapacidad de caminar. No entraré en detalles médicos, pero mi pie izquierdo... digamos que no estaba como debería. Y me imposibilitaba caminar, claramente. Todo para mi mamá era oscuro, se veía venir una operación, o quedarme en sillas de ruedas. Iba a un lugar donde veía chicos que no hablaban, chicos o mayores sin extremidades, algunos se quedaban en el camino.
Pero, como les digo, yo era una niña rara. Yo era feliz. “Saltando en un pie”, así, porque el otro no quería, pero yo saltaba de feliz.
“La niña con cara de juguetería”, me decían en el hospital de niños la secretaria al verme llegar. Es que sí, yo estaba feliz, andaba con mi mamá, ella jugaba conmigo, mis amigos venían seguido, familiares cercanos me visitaban diariamente, era el centro de atención y eso, por si no lo saben aún, siempre me gustó.
¿Cómo no ser feliz? No veía la gravedad del asunto, claramente. La enfermedad que me llevó unos meses “superar”, no me limitaba a ser feliz con lo que tenía. Con lo que me tocaba vivir. Así, con un yeso de unas semanas, y tras algunas sesiones de no sé qué, volví a caminar. Porque, Dios existe, y hace milagros. Algo que la ciencia no le encontraba una explicación en una niña de diez, Dios pudo. Así que concluyo este primer capítulo de mi vida dejando un avance del siguiente, mis creencias, pero, dejando claro: fui tan feliz.














