"El Cazador"
By Mary
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"El Cazador"
By Mary
Victoria, San Fernando, 2001
Capítulo 1: La Mudanza
Victoria, San Fernando, Buenos Aires, diciembre de 2001.
Rufina se hundió en el asiento trasero de la Renault Cangoo de su padre a la espera de que él pusiera el motor en marcha. El aire acondicionado aliviaba el calor pegajoso de diciembre mientras el coche emprendía el rumbo hacia la ciudad de Escobar, a unos 35 kilómetros de distancia.
Antes de subir, ella misma se había encargado de acomodar sus cajas en el baúl y de asegurarse de que Merlina, su gata blanca de ojos bicromáticos, cupiese cómodamente en su transportadora entre los bolsos del asiento.
Merlina era la reina indiscutible de la familia Ortega, o al menos el centro del mundo de Rufina. La joven solía agasajarla con juguetes y rascadores alfombrados comprados en la tienda de mascotas de la Avenida del Libertador, a solo unas cuadras de la icónica Villa Ocampo. Rufina amaba escribir y dibujar; pasaba horas frente a los portones de esa casa, soñando con mansiones inglesas antiguas y techos de cerámica roja, similares a la casa de su abuela Susana en Caballito.
Pero sus padres tenían otros planes, lejos de la sofisticación de zona Norte. La nueva casa en el barrio de "El Cazador" era de un estilo rústico, con ladrillo a la vista y vigas de madera. Un refugio sencillo rodeado de hectáreas de pasto alto y una soledad que a Rufina le resultaba inquietante. Le habían advertido que allí habitaban alimañas; comadrejas overas, zorros grises y escurridizas culebras de pastizal.
El tráfico de ese viernes estaba colapsado. Los ultimos meses del del 2001 el mundo estaba convulsionado: El ataque a las Torres gemelas del 11 de septiembre había sido un hecho de tenor apocaliptico y en el país, todo estaba a punto de estallar.
La gente parecía huir de la Capital Federal buscando un respiro del caos social y el aumento de los saqueos y crímenes que dominaban los noticieros. Juan Carlos, el jefe de familia, mantuvo las manos firmes sobre el volante y tomó la arteria derecha de la Ruta Panamericana.
Tras dejar atrás el peaje, el paisaje urbano estaba predominantemente compuesto de fábricas y descampados. Al llegar a la entrada de Escobar, doblaron por la Avenida Kennedy, un túnel de árboles que conducía a una zona agreste de casa quintas, barrios cerrados y countries denominado "El Cazador".
Progresivamente el silencioso aire del campo comenzó a tragarse el ruido del motor, y Rufina sintió que no solo estaban cambiando de casa, sino que estaban entrando en un territorio completamente nuevo y desconocido con un toque de misticismo campestre que adormecía los sentidos.
Al cruzar el arco de entrada a El Cazador, el Universo de Rufina se transformó de manera definitiva. Atrás quedaban los ecos de la infancia, las antiguas compañeras del colegio y las caras conocidas de los vecinos de San Fernando. En cambio, un aire puro, denso y cargado de oxígeno, inundó sus pulmones al bajar del coche. La niña se paró de frente al nuevo hogar con los ojos cerrados y los brazos en cruz, intentando absorber ese microclima embriagante y casi viscoso, típico del barrio.
Luego siguió Merlina. La gata bajó con sus delicadas "patitas de duquesa", apoyándose sobre el pasto con una desconfianza instintiva y tratando de captar cada vibración con sus bigotes blancos.
Frente a ellas se alzaba la propiedad: una casa de dos pisos, ladrillo a la vista y un elegante techo de tejas azules que brillaba bajo el sol del atardecer. En el marco de una ventana superior, un hornero había construido su nido de barro, las ventanas sin cortinas revelaban gran parte del interior de paredes altas de color crema.
Los tres se pusieron manos a la obra, bajando las cajas y los bolsos del auto. La mayor parte de los muebles ya estaban acomodados adentro, trasladados una semana atrás por los camiones de Mudanzas "El Trébol". Al entrar, la sala principal los recibió con una mezcla de olores: parquet recién pulido, alfombrado de lana a estrenar y el rastro químico de un aromatizador de ambientes de vainilla.
Rufina subió las escaleras con la energía de sus once años. Cruzó el angosto pasillo que conectaba la recámara de sus padres con la suya, situada al fondo del piso superior. Merlina la siguió, como solía hacerlo siempre con la cola tiesa amortiguado sus patas sobre la madera. Entonces, entró.
La habitación olía a nuevo y a pintura fresca, pero el color de las paredes la dejó confundida. Estas habían sido cubiertas de un extraño verde oscuro, con tintes grisáceos y ocres que le recordaban a una tormenta eléctrica sobre un bosque penumbroso.
—¡Mamá! —exclamó.
Su madre, Juliana, subió las escaleras que crujían bajo su peso mientras cargaba un par de cajas livianas.
_¿Qué sucede, Rufina?
_¿Qué clase de verde es éste? No es lo que yo pedí —se quejó, con una mueca de decepción infantil.
_Dijiste que querías algo distinto al típico rosa de niña —respondió Juliana, dejando las cajas en el suelo-Pues... ahí tienes algo más exótico. ¿Acaso no te agrada?
_Sí, solo que... no sé... me da un poco de...
_¿Miedo? Vamos, Ruffi. Has dormido en campamentos desde pequeña, no eres una niña que se asuste por un "verde tormenta". Al menos así lo llamó el pintor...
Juliana recordó la sugerencia del jóven que habían contratado semanas atrás, un muchacho de mirada esquiva que les había mostrado la paleta cromática.
_"Es algo jugado para una niña, pero definitivamente diferente a cualquier color pastel"- fue lo que dijo. Y tenía razón.
De pronto, la voz de Juan Carlos retumbó desde la planta baja llamando a su mujer. Juliana se encogio de hombros y giró hacia la puerta; Luego bajó, dejando a niña a solas en su cuarto. La habitación, aún sin cortinas, se sentía expuesta. En ese entonces, Rufina se acercó a la ventana.
El anochecer en el campo era extrañamente misterioso. El cielo se tiñó de un violacio sucio y las ramas de los árboles se volvieron garras negras en el horizonte. Rufina se quedó allí, por unos largos y pesados minutos, absorbida por ese paisaje hechizante. Creyó entrar en un espiral de sensaciones profundas, una mezcla de fascinación y un cansancio que le pesaba en los párpados como si el aire mismo de Escobar fuera demasiado cargado.
Sin fuerzas para desempacar, se dejó caer sobre el espeso acolchado mullido de florcitas silvestres que cubría su nueva cama. Se quedó dormida casi al instante, mientras Merlina, en un rincón, observaba fijamente la pared verde, donde las sombras de las ramas exteriores empezaban a reflejar formas que se agitaban con el viento.
El cazador, Escobar, Buenos Aires
Capítulo 2: "El Cazador"
Una semana más tarde, cuando la mudanza estaba completamente consumada y la familia ya instalada, los preparativos para las fiestas de Navidad y Año Nuevo ocuparon las horas libres de los Ortega. El 2002 estaba a la vuelta de la esquina, pero en ese nuevo lugar, el tiempo parecía moverse con más lentitud.
Juliana había conseguido un pino natural en un vivero de la zona y lo coloco en una esquina de la sala, adornandolo con nuevas guirnaldas y faroles de vidrio.
De pronto, la mujer estalló en lágrimas en el preciso momento en que uno de los faroles se le resbaló de la mano; el cristal se estrelló contra el suelo rompiéndise en mil pedazos brillantes. Su esposo, Juan Carlos, que se encontraba colocando la estrella de Belén en la rama superior, se bajó de la escacalera plegable y abrazó Juliana por la cintura desde atrás, sintiendo el temblor de su cuerpo.
_ Amor, ¿qué sucede? ¿Es por...? -insinuó él sin tocar directamente el tema.
Juliana asintió, incapaz de detener el llanto. Juan Carlos giró su cuerpo para tomarla de la mano y guiarla hacia el sillón de almohadones de aguayo y apoyabrazos de madera para tomar asiento.
_Tu hermana estará bien, Juli. -intentó consolarla él- no tenés que preocuparte; tiene a sus dos hijas.
_Dice que no va a venir para Navidad —se lamentó ella con un hilo de voz—. Siente que no tiene nada que festejar.
_Es solo por este año, ponete en su lugar... acaba de perder a su hi...
Juan Carlos no llegó a terminar la frase. Rufina entró a la casa de un portazo, trayendo consigo el olor a pasto húmedo y a tierra. Merlina entró tras ella, con las patitas embarradas y varios abrojos clavados en la cola.
—¡Hola, pa! ¡Hola, ma! -exclamó la niña con una energía que desentonaba con el luto de la sala- Acabo de conocer al cazador. Es un vecino muy amable; me contó que se dedica a cazar gallinas y liebres, y hasta los lleva a su casa para que su esposa los cocine.
Juliana la observó confundida, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
_Amor, aquí no vive ningún cazador -dijo con ternura-. Estuve hablando con todos los vecinos y son gente educada y profesional, como tu padre y yo. "El Cazador" es solo una antigua leyenda del barrio, de los tiempos de cuando ésto era tierra virgen.
_Pero mamá... yo acabo de estar con él. Me mostró sus cuchillos... -quiso explicar la niña con una excitación imfantil, con los ojos grandes como linternas.
_Cariño, por qué no te quizás esas botas asi las enjuago en el lavadero? -insistió Juliana, convencida de que la imaginación de su hija estaba volando demasiado alto-. Vas a embarrar todo el parquet.
Rufina no insistió. Guardó silencio y bajó la vista hacia el bolsillo de su parka de gabardina verde, que hacía juego con las botas de goma que su madre le obligaba a usar. Con una extrañeza hipnótica, metió la mano y sintió el frío que le generaba lo que guardaba allí.
Eran restos ensangrentados de plumas de gallina roja, que había recogido como una especie de "souvenir" de su experiencia exótica en el bosque. Rufina apretó el "amuleto sangriento" y luego salió disparada hacia las escaleras que conducían a su habitación de paredes verde tormenta mientras Merlina permanecía sentada sobre la alfombra de cuero de oveja de la sala luchando por arrancarse los abrojos.
Por la noche, una fuerte brisa se levantó desde el río, invadiendo toda la casa con una corriente de aire tan fresca como electrizante.
El viento hacía silbar las rendijas de la ventana de la habitaciónde Rufika, inspirando en la niña una sucesión de sueños extraños y vívidos con imágenes repetitivas del cazador y sus gallinas despellejadas entremezclados con escenas pasadas de la vida familiar: Fiestas de Navidad, brindis felices y ecos de risas infantiles; luego...gotas de sangre golpeando rítmicamente el grueso asfalto de la ciudad en una noche de verano.
Merlina estaba apostada sobre el pie de la cama, una bola blanca y peluda sobre la manta de hilo escocés. Su dueña no dejaba de dar vueltas, agitada, con la piel humedecida de sudor.
De pronto, una serie de crujidos de madera provenientes del techo rompieron la atmósfera y luego el peso de algo deslizándose justo por encima del cielorraso, en el área del ático donde los Ortega habían amontonado todos sus recuerdos: retratos al óleo oscurecidos por el tiempo, máquinas de coser Singer de hierro pesado y muebles de roble.
La niña despertó de golpe. Permaneció en la oscuridad absoluta, paralizada bajo las sábanas que se había subido hasta las orejas. El terror la dejó muda, reduciendo su mundo al espacio claustrofóbico de su cama. A su lado, Merlina ya no dormía: las pupilas de sus ojos bicromáticos eran dos círculos negros gigantes que apuntaban al techo, con las orejas girando como antenas parabólicas.
El corazón de la niña comenzó a latir con una violencia descontrolada, golpeando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Necesitaba luz. Necesitaba salir de esa oscuridad aterradora.
Extendió una mano temblorosa hacia la mesita de noche y accionó el interruptor. La lámpara se encendió, pero la luz no fue el consuelo que esperaba. La bombita comenzó a titilar con un ritmo frenético, salpicando las paredes "verde tormenta" con ráfagas de sombras intermitentes que convirtieron su habitacion un verdadero bosque de terror.
Una polilla torpe, atraída por la lámparita chispeante, empezó a chocar violentamente contra el vidrio de la habitación.
Entonces, el titileo cesó. Hubo un segundo de silencio absoluto donde el ruido del ático también se detuvo, como si lo que estaba arriba estuviera escuchando.
¡Paff!
La lamparita explotó y la oscuridad regresó de golpe, más profunda y aterradora que antes, desatando un agudo grito de terror en la garganta de Rufina que rasgó el silencio y la paz de la nueva casa.
Capitulo 3: "Ratas en el ático"
A las diez en punto de la mañana siguiente, el sol del verano ya pegaba con fuerza en el asfalto. Una furgoneta blanca con el logo de "Ferrols Fumigaciones" estacionó frente al rústico domicilio de los Ortega. Dos hombres descendieron vestidos con overoles color verde musgo.
Mientras el ajeno e indiferente hornero habitaba su nido junto al ventanal del piso superior, los trabajadores bajaron de la parte posterior de la furgoneta una pesada máquina motofumigadora de mochila, con su tanque de polietileno y mangueras de presión, y fueron recibidos por la señora Ortega quien los hizo pasar adentro de la casa.
Rufina permaneció en silencio recostada sobre la cama de su madre. A su lado, Merlina se ovillaba inquieta; desde la crisis de la noche anterior, ambas se habian mudado a la cama matrimonial, buscando el refugio de los tés de valeriana y los mimos de Juliana.
Las botas pesadas de los empleados resonaron sobre los peldaños de la escalera principal. Rufina escuchó el ruido metálico de sus herramientas hasta que llegaron al primer piso y, finalmente, ascendieron por la escalera plegable de madera de pino que conducía al ático.
Juliana los acompañó, apartando con cuidado algunos trastos viejos y reliquias familiares para facilitarles el paso. Y desde abajo, Rufina escuchó el murmullo del diálogo entre ella y los empleados.
Al finalizar la breve inspección con linternas potentes, uno de los hombres concluyó:
_ Aquí no hay ninguna rata, señora. Está completamente limpio. Salvo por el polvo que se acumula normalmente en estos lugares -dijo, pasando el dedo índice de su guante amarillo sobre la vieja máquina de coser Singer y soplando el rastro grisáceo del polvo.
_ El ruido debe provenir del techo -acotó el otro empleado, señalando hacia arriba.
Juliana los observó desconcertada, llevándose los dedos de la mano derecha a la boca, pensativa.
_ Anoche yo misma escuché esos ruidos. -interrumpió Juliana, con una nota de angustia en la voz- Algo se estaba moviendo aquí arriba... no me lo explico.
_ A veces la madera nueva cruje de forma extraña, señora Ortega, especialmente con estos cambios de temperatura. -agregó uno de ellos, palpando las tablas de madera del techo a dos aguas-
_ Lo sé, soy arquitecta pero esto se oía diferente... -aseguró ella, con desconfianza.
_A menos que crea en fantasmas... -agregó el otro empleado con una sonrisa socarrona-debe haber una explicación lógica para lo que escuchó. Hay quienes creen que el campo es el lugar favorito de los espíritus. Incluso hay más de una leyenda de esas que comentaba la gente más primitiva de este lugar.
_ "Creer o reventar", como dice el dicho popular- añadió el otro fumigador medio en broma.
3 meses después
Capítulo 4: "Una extraña en el espejo"
Tres meses más tarde, Rufina sopló las doce velas de colores sobre su torta de cumpleaños.
No hubo fiesta, Solo llamadas de algunas ex compañeras de colegio y la visita de tía Pilar que había viajado sola desde Capital. El resto de la familia puso la excusa de que que el viaje era demasiado largo. Especialmente la abuela Susana. Ella aclaró que a sus casi setenta no podía ya tomar un tren a larga distancia, especialmente porque la inseguridad amenazaba en cada rincón de la ciudad.
Pero Pilar ya no temía a nada. La muerte de su hija Tatiana, la había inmunizados de cualquier mal externo. La mujer cargaba el luto como una cruz de hierro; el dolor se reflejaba en las bolsas hinchadas de sus ojos, permanentemente enrojecidos tras trece meses de un llanto que no conocía fin.
Mientras Rufina se probaba la ropa que le había regalado su tía frente al espejo de su habitación, Juliana y Pilar compartían una charla privada en la cocina.
_¿Qué dicen las pericias del accidente? -inquirió Juliana, sirviendo una taza de té con una delicadeza cuidada tipica de una arquitecta que, bebía tazas de café mientras dibujaba en su tabla.
_Mirá, Juliana, no es una investigación formal. No esperaba más que el típico "venían a alta velocidad" o que estaban borrachos _respondió Pilar con voz quebrada-. Pero vos conociste a Santi; no tomaba ni una gota y era el hombre más responsable del mundo. Y Tati... mi Tati... ella jamás hubiera permitido que él pisara el acelerador de forma imprudente.
_ Pero Pilar, ¿cómo es posible que perdieran el control del coche en una Avenida que corre en línea recta? -insistió Juliana, buscando una lógica que apaciguara su propia inquietud.
_No lo sé. A veces la gente simplemente pierde el control. Un reflejo, una falla mecánica... -Pilar bajó la vista al fondo de su taza, como si buscara respuestas allí.
De pronto, la presencia de Rufina en el umbral de la cocina interrumpió la charla. Llevaba puesto el vestido de algodón rosado con falda fruncida que su tía le había comprado, pero su aspecto era algo inquietante: Estaba pálida, con la mirada perdida en un punto fijo.
_Cariño, qué lindo te queda el vestido -comentó Juliana entre dientes, para que reaccionara-. Dale las gracias a la tía Pilar.
Pero la pre-adolescente no movió un solo músculo. Permanecía tiesa, con los pies descalzos sobre la losa fría de la cocina.
—Tía... -murmuró con un hilo de voz que erizó los vellos de la nuca de las dos mujeres- Acabo de ver a Tatiana en el espejo de mi habitación. Me dijo que no fue un accidente.
El silencio que siguió fue atroz. Pilar soltó la taza de café, que volcó todo su contenido hirviente sobre su regazo. El dolor físico ni siquiera pareció registrarse en su rostro, que quedó congelado en una mueca de horror puro. En ese mismo instante, un chorrito de orina comenzó a correr entre las piernas temblorosas de Rufina, empapando el suelo de la cocina.
Juliana lanzó un grito nervioso, un sonido desgarrador que trajo a Juan Carlos corriendo desde la sala. Él soltó el diario y se encontró con una escena bizarra e inexplicable: Su esposa secando frenéticamente el te del regazo de Pilar mientras intentaba, al mismo tiempo, limpiar el suelo con un trapo.
Juan Carlos se tomó la barbilla, mirando a su hija, que seguía estática, mirando un punto fijo detrás de ellos.
_¿Qué demonios está sucediendo acá? - susurró presintiendo que algo no encajaba ahí.
_ Creo que.... debo volver a casa- sugirió Pilar levantándose con apremio de la banqueta de cuerina frente a la mesa, dejando a la vista el lámparon de líquido derramado sobre su falda.
_ A...a Pilar se le volcó el té, Juan Carlos- explicó Juliana- acompañá a Pili a la estación que yo limpio el desastre.
De inmediato, Juliana se agachó y recogió una a una las piezas rotas de la taza de porcelana con manos temblorosas tratando de sacudir de su mente el reciente hecho.
Juan Carlos miró a su hija que permanecía de pie sobre el charco de orín y le dijo:
_ Que te paso, Ruffi? Te measte, hija?.
En ese momento, la jóven pareció despertar del supuesto trance y sus ojos comenzaron a parpadear.
Entonces sintío la humedad sobre su ropa interior y al dirigir sus ojos hacia la orina del suelo se llevó la mano a la boca y dio un giro completo para salir corriendo a su habitación, avergonzada.
Esa noche, el silencio en la casa de los Ortega, era tenso y pesado . Tras el episodio en la cocina, Pilar se había marchado antes de lo previsto, hundida en un mutismo absoluto. Juan Carlos y Juliana estaban en su dormitorio, luego de una cena ligera cargada de preocupación.
_ Mañana mismo voy a pedir un turno con el pediatra-dijo Juan Carlos, rompiendo el silencio mientras sostenía un libro de arquitectura moderna en sus manos bajo la luz de la mesita de noche- O mejor, con un especialista. Un psiquiatra.
Juliana, que estaba sentada frente al tocador cepillándose el cabello , se quedó congelada frente al espejo. Sus labios temblaban ligeramente.
_Es la edad, Juan.-respondió ella, intentando que su voz, siempre firme y racional, no flaqueara- Está entrando en la pubertad. El cambio de colegio, la mudanza, la muerte de su prima... fue demasiado estrés acumulado. El cuerpo reacciona de formas inesperadas.
_¡Se orinó encima, Juliana!- exclamó Juan Carlos, mientras su esposa le hacía señas para que bajara la voz y no despertar a la niña-Tiene doce años, no tres. Y lo que le dijo a Pilar... fue cruel... inaceptable. No podés justificarlo con "la edad". ¡Parecía otra persona!
_¡¿Y qué querés que haga??! -Juliana se giró bruscamente- Rufina siempre fue fantasiosa, siempre le gustó inventar historias. Escuchó a Pilar hablar del accidente y su mente voló. Fue un lapsus, una crisis nerviosa.
_ Pero...y esa mirada? -Juan Carlos se quitó los lentes de lectura y refregó los dedos en sus parpados -Parecía que estaba viendo a través de las paredes.
_No empieces vos también -lo cortó Juliana, volviendo la vista a su reflejo-. Seguro es algo hormonal. Cuando empiecen las clases voy a llamar a la psicopedagoga del colegio nuevo para que la vigile de cerca.
Capitulo 5: "El verbo divino"
El edificio del Colegio de Chicas de "El Verbo Divino" se alzaba sobre una esquina de la calle Estrada en la ciudad de Belén Escobar con una fachada gótica imponente, cuya piedra estaba desgastada por un siglo desde su Fundación en 1902; el colegio conservaba el aura de su origen: las paredes de ladrillo anaranjado y los ex claustros que habían albergado a cientos de carmelitas cuando todavía era un monasterio de clausura. Ahora, las religiosas sobrevivientes eran maestras de grado que recorrían los pasillos como fantasmas de velos grises.
Rufina, con su temperamento rebelde pero retraído, no tardó en mimetizarse con . Tras unos meses de soledad, finalmente encontró su "refugio perfecto" en Ana Clara y Lourdes. Ambas compañeras eran las típicas exponentes de dos movimientos que empezaban a asomar en esa epoca a la sombra de los ombligos expuestos y los jeans de tiro bajo : el "emo" y el "gótico".
Se regodeaban en el lado más oscuro de la pubertad, abrazando y romantizando el dolor profundo del crecimiento como un emblema de identidad.
Clara era alta y desgarbada; su cabello rubio ceniza caía como cortinas pesadas que ocultaban la mitad de su rostro pálido y acneico, dándole un aire de descuido. Su personalidad era silenciosa y observadora, interrumpida solo por el "plop" del globo de su chicle que mascaba con nerviosismo. Lourdes, en cambio, era la líder gótica del grupo: pelo renegrido recogido en rodetes o coletas, una tez blanca que parecía ser de leche y ojos de un celeste cristalino y rabioso.
Rufina congenió de inmediato con ellas; compartían el desprecio por la popularidad y el interés por lo oculto. Durante un recreo, bajo la sombra de los antiguos tilos del patio, Clara sacó el tema obligado de cualquier adolescente que se identificara como "dark".
_ Quiero jugar a la Ouija. Necesito saber si de verdad hay algo del otro lado.- comentó mientras masticaba su Bazooka de frutilla con fervor.
Lourdes soltó una carcajada seca, llena de escepticismo.
_Llevás meses diciendo lo mismo, Clara. Sos puro "blah-blah". No te animás ni a entrar al cementerio de noche, menos vas a comprar una tabla Ouija.
Rufina sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una extraña excitación. El recuerdo de su prima Tatiana en el espejo y las plumas ensangrentadas en su bolsillo seguían ahí, latiendo en su memoria.
_Yo la consigo -sentenció Rufina, sorprendiéndose a sí misma por la firmeza de su voz.
Las otras chicas se miraron con sorpresa y luego festejaron la decisión con júbilo, dando pequeños saltitos y palmadas en el patio.
_ Sos una genia, Ruffi.- La felicito Lourdes- No creí que fueras tan valiente...
Ana Clara levantó su mano y chocó los cinco con la nueva integrante de la "secta oscura" o al menos así las llamaban en broma el resto de las alumnas.
Esa misma tarde, en el camino de regreso al regresar a El Cazador, Rufina le pidió a Juan Carlos que se detuviera frente a un puesto de baratijas y antigüedades que quedaba sobre la Ruta 25 justo al lado del vivero. Era un lugar polvoriento, atiborrado de muebles apolillados y restos de vajilla española. Allí, en un rincón oscuro detrás de unas pilas de revistas antiguas, la encontró.
Era una versión muy rústica, hecha de una madera oscura y que olía a incienso rancio y a humedad. La "planchette" de madera tenía un visor de vidrio grueso y desgastado. Rufina pagó con los ahorros de su cumpleaños y la escondió bajo su blazer azul.
Mientras caminaba hacia el auto, sintió que la tabla vibraba contra su pecho, como si tuviera un corazón propio que empezara a latir al ritmo del suyo.
Capitulo 6: "La Casita del bosque"
Una fría y ventosa tarde de Abril, el otoño se instaló en "El Cazador" con una furia inusual que hacia volar las hojas color ocre y los filamentos de los dientes de león.
Rufina, Ana Clara y Lourdes se reunieron a unos trescientos metros de la vivienda de los Ortega, en un predio abandonado que alguna vez había sido una plaza de juegos.
Ahora, el lugar era un montón de esqueletos de hierro oxidado: las hamacas chirriaban con el viento y los toboganes y la calesita aún conservaban los colores vivaces de su pintura carcomida por la intemperie.
Las tres adolescentes caminaron entre los pastizales, que les llegaban hasta el borde de las botas de lluvia, para alcanzar una modesta casita pintada de blanco con techo a dos aguas. En otros tiempos, había sido el refugio del cuidador de la plaza; ahora era un rincón olvidado.
Abrieron la puertas de metal, que aún conservaba jirones de su pintura verde original, y el olor a encierro las recibió. El recinto estaba vacío, salvo por una capa espesa de tierra y hojas que las chicas se encargaron de barrer con los pies.
Mientras Ana Clara acomodaba un juego de velas blancas sobre el suelo, Lourdes decidió salir a inspeccionar los alrededores para ver si nadie mas andaba merodeando el área boscosa.
El cielo de esa tarde había adquirido un extraño y mágico color purpúreo, alternado por nubarrones grises que presagiaban tormenta. Entre la maleza, la joven de cabello renegrido pisó sin querer una pequeña culebra de pastizal. En lugar de asustarse, la levantó con total naturalidad y la sostuvo cerca de su rostro y saludó a la criatura con un amistoso y rítmico aleteo de lengua.
_Hola, amiguita... -susurró Lourdes con un tono agudo y tierno- ¡Cómo amo a estas criaturas, son encantadoras!.
En ese momento, el grito de Ana Clara rasgó el aire.
_¡Lourdes! ¡Lourdes!
El eco de su nombre resonó en el bosque de árboles secos y raíces sinuosas que rodeaba la casilla. La jóven gótica caminó en dirección hacia sus compañeras sosteniendo todavía al reptil entre sus manos. Al atravesar la puerta, Clara hizo una mueca de profundo fastidio.
_¡Vos y tus culebras! ¡Ya dejalas en paz y sentate que vamos a empezar!
Lourdes la ignoró completamente.
_Hola, Clarita —dijo con voz infantil, apuntando a la cara de su amiga con la cabeza del ofidio- Me llamo Anastasia.
—¿Le pusiste nombre? -se sorprendió Rufina, quien todavía no estaba al tanto de las excentricidades de su nueva amiga.
_Esperá a que te presente su colección de muñecas de piel viscosa —bromeó Clara.
_ ¿Tenés serpientes en tu casa?-se asombró Rufina.
Lourdes asintió y dibujó un número tres con los dedos.
_Y duerme con ellas...- añadió Ana Clara.
_Habló la que besa los sapos de su barrio en Del Viso, creyendo que se van a convertir en príncipes.
Clara bajó la vista. Sus padres eran dueños de una casona ostentosa en uno de los country clubs más exclusivos de Pilar, un ecosistema de césped cuidadosamente cortado donde abundaban sapos del tamaños de un escuerzo, a los que ella encontraba un encanto especial. Bajo sus mechas rubias y grasientas, Clara escondía una personalidad romántica que el acné y el rechazo de los chicos del vecindario habían vuelto amarga.
En cambio, Lourdes era otra historia. Dueña de unos ojos azules vidriosos y una belleza poco amistosa, la llamaban "La Bruja Gótica de Escobar". Vivía con su abuela en una casa rodante apostada al costado de la Ruta 25. Sus padres habían muerto en circunstancias exttañas; el rumor en el pueblo decía que traficaban oro con unos gitanos. Aunque Lourdes había heredado una buena fortuna, la mantenía bajo llave para su futuro, prefiriendo vivir de forma precaria y marginal, como si el lujo de los "nuevos ricos" de la zona le resultará repulsivo.
_ ¡Bueno ya basta! -se quejó Rufina, sacando la tabla de madera que llevaba envuelta en un trapo bordó oscuro—. Está atardeciendo y no quiero llegar tan tarde a casa ¿Estan listas?
Afuera, el viento se estrelló contra la puerta verde con un estruendo metálico, y por un segundo, Anastasia se retorció violentamente en las manos de Lourdes, como si quisiera escapar de la habitación.
El resplandor purpúreo del cielo atravesaba los vidrios polvorientos de la casita, bañando la tabla Ouija en una luz irreal. Las tres adolescentes se sentaron en círculo, con las piernas cruzadas e invocaron a los espiritus a través de la pronunciación de un mantra ancestral.
El aire se volvió extrañamente pesado.Lourdes, con la culebra Anastasia enroscada en su cuello como un collar viviente, fue la primera en romper el silencio. Con los ojos cerrados y sus dedos uñas de esmalte negro apoyados sobre la planchette, preguntó tímidamente pero con voz firme:
—¿Están aquí mis padres?
La pieza de vidrio comenzó a girar lentamente y luego de trazar varios círculos erráticos, se deslizó con un golpe seco hacia el NO. Las chicas abrieron los ojos con temor y al ver la respuesta se miraron entre sí.
Lourdes no se inmutó; su rostro adusto permaneció como una máscara de porcelana, aunque sus ojos azules brillaron con frialdad.
_Están en un lugar peor -susurró Lourdes, y su odio hizo que Ana Clara se estremeciera.
_Mi turno -dijo Ana Clara apoderándose de la tabla y la planchette. Sus dedos temblaban sobre el vidrio y bajo la presión del juicio de su amiga Lourdes, Clara formuló la pregunta que la desvelaba: ¿Él... el chico que amo... siente algo por mí?
La madera se movió con indecisión. Quedó suspendida en el vacío, en el centro exacto entre el SÍ y el NO, como si el destino mismo no supiera que responder.
_Tenés que esforzarte más, flacucha- le sugirió Lourdes con su habitual honestidad brutal- pero la tabla no dijo que no. Todavía tenés esperanza, aunque sea mínima.
Clara soltó un sollozo ahogado y retiró las manos como si el vidrio le quemara. Finalmente, todos los pensamientos se fijaron en Rufina.
Tenía varias preguntas difíciles que hacer pero eligió la menos complicada para empezar:
_ ¿Existe el cazador?
Sus dedos se deslizaron con total liviandad determinación hacia el SI. De inmediato soltó una exhalación al abrir los ojos y confirmar que lo que había visto aquella tarde de diciembre, no había sido producto de su imaginación
_ Es el tipo que viste deshollando una gallina? - interrumpió Ana Clara.
_ ¡Shhhhhhh!- La calló Lourdes. No te desconcentres! Ruffi, continuá, hacele mas preguntas!
Rufina volvió a cerrar los ojos tras un suspiró y se volvió a concentrar en la tabla.
_Tatiana...prima... ¿estás acá? - preguntó con una voz temblorosa y recordando el incidente en el espejo.
Se hizo un tenso silencio.
Luego, la planchette no se deslizó, sino que pareció ser arrastrada por una fuerza invisible que la hizo volar en el aire directamente hacia el SÍ. El impacto contra la superficie de la tabla sonó como un disparo.
En ese instante, la tormenta que había estado acechando estalló sobre "El Cazador". El cielo se cerró en un negro absoluto y un potente trueno sacudió los cimientos de la casita y las velas se apagaron.
La rama maciza de un árbol cercano, quebrada por el viento, se desplomó sobre el techo de chapa desatando el pánico de las chicas.
—¡Vámonos de aquí! —gritó Ana Clara, presa del terror y echando a correr hacia la salida.
Lourdes, arrastrada por el instinto de supervivencia, la siguió, olvidando por completo a su amiga que permanecía sentada presa del miedo pero firme en su valor para averiguar la verdad sobre su prima.
Entonces, mundo físico desapareció. De repente, ya no estaba en la casita. Se encontraba en medio de un bosque de árboles calcinados, sin una sola hoja, cuyas ramas parecían desdos de fantasmas. El aire apestaba a caucho quemado. Frente a ella, una laguna de agua negra y estancada reflejaba una luna blanca.
Allí adentro estaba Tatiana. Su prima vestía la misma ropa del día del accidente, pero su piel tenía un matiz azulado y su cabello estaba empapado y pegado a su rostro.
_No fue un accidente, Rufi-susurró la aparición, y su voz no salió de su boca, sino que retumbó dentro del cráneo de Rufina- El nos hizo volcar...
_¿Quién? -intentó gritar Rufina, pero su garganta estaba atascada de barro.
_El... -respondió Tatiana, antes de desvanecerse por completo.
Rufina despertó de la visión con un fuerte grito agudo, sola en la casita, a oscuras y bajo la lluvia torrencial que empezaba a caer sobre el techo de chapa.
En ese entonces, Rufina perdió la conciencia y se desplomó enteramente en el suelo quedando atrapada dentro del recinto oscuro a merced de la tormenta y de las gotas que se filtraban por las goteras del techo.
De repente, la puerta de chapa se abrió bruscamebte, dejando entrar el furioso viento que soplaba afuera arrasando con todo y una rafaga de lluvia inundó el lugar.
La sombra de una figura robusta y masculina se proyectó en el recinto iluminado por los rayos de la tormenta. Llevaba una parka de tela engomada verde musgo con una capucha ajustada con un cordón bajo la barbilla. Unos anteojos aviadores de lentes verdosos le protegían los ojos del viento.
El hombre misterioso cargó con el cuerpo inerte de Rufiana y lo llevó hasta su camioneta. Luego, manejo unos metros hasta dar con la casa de los Ortega.
Eran casi las ocho de la noche cuando Juliana escuchó la campana el timbre sonar. Había estado tan entretenida con la preparación de la cena mientras escuchaba las noticias en la radio, que no miró la hora.
De inmediato apoyó el cuchillo que estaba cortando la cebolla sobre la tabla de madera y con el dorso de la mano derecha se secó las lágrimas. Luego se quitó el delantal y corrió a la puerta segura de que la madre o el padre de una de las amigas de Rufi la había traído en coche de vuelta a casa.
Cuando abrió la puerta se encontró con el hombre desconocido llevando a Rufi dormida entre sus brazos.
_ Buenas noches, Señora Ortega?- preguntó él en un tono bajo, para no despertar a la niña.
_ Si...soy yo...q-que pasó? Se quedó dormida? - preguntó la arquitecta en voz baja.
El hombre no contestó, sólo se limitó a depositar al cuerpo de Rufina en los brazos de su madre.
_ Gracias, señor...?- contestó Rufina esperando que le revelará el apellido de una de las dos conpañeras de su hija.
Pero el hombre dio media vuelta y se perdió bajo la tormenta hasta alcanzar su camioneta 4 x 4 de vidrios oscuros.
Juliana quedo mirándolo y lo saludó con una mano mientras que Rufina comenzaba a despertar.
Capitulo 7: "La Maldición familiar"
Rufina se paró con su uniforme de colegio frente la boletería de la antigua y vieja estación de Escobar y obtuvo un billete de tren que la llevaría directo a la imponente y concurrida estación de Retiro en plena Capital Federal.
Allí, a solo pocas cuadras sobre la calle Esmeralda vivía su Tía Pilar Lagos en un apartamento junto con sus otras dos primas Juana y Delfina.
En cuarenta minutos que duró el trayecto, la adolescente dejó detrás los paisajes semirurales de Escobar y las casas de fin de semana para distraerse aunque sea por un rato con la olvidada y decadente elegancia aristocrática de la Capital.
Viajó con la ilusión de que sus calles empedradas y sus enormes plazas de árboles centenarios le devolverian la paz de los viejos recuerdos de su infancia cubiertos ahora por un manto de tul oscuro.
De pequeña, las visitas de los Ortega a Barrio Norte eran para Rufina como un viaje a la Luna: Excitantes e inconscientemente enriquecedores.
¿Cómo olvidar las tardes donde el tiempo parecía un eterno resplandor dorado como el sol, brillando cálidamente sobre la plaza San Martin donde Pilar junto con Juliana y Nené Furtado se sentaban a tejer debajo de la sombra del frondoso gomero mientras observaban a las niñas columpiarse risueñas en las hamacas y a Santiago, de solo once años, girar con su bicicleta en circulos alrededor del árbol.
Rufina era apenas una niña y no podía entender de cosas de adultos pero haciendo fuerza con la memoria creyó recordar a su tía Pilar con ciertos manifestaciones de angustia y preocupación que alternaba con intermitentes sonrisas a los niños.
_ ¿Que era lo que la tenia tan afligida?- se preguntó.
La jóven miró su reloj, Retiro estaba a solo cinco minutos. Mientras tanto, se distrajo un poco observando los grafittis de las paredes del tren y creyó ver un dibujo de San La muerte, un santo que habia adquirido popularidad en los ultimos años venerado especialmente por la clase baja, "los villeros", que se diferenciaban con orgullo de los "chetos" de Zona Norte como ella. O como Lourdes o como Ana Clara...cuyas preocupaciones eran superfluas a los ojos de "los pibes" y "las pibas" del Conurbano Sur y Oeste que sentían el verdadero golpe de la crisis económica azotando sobre sus espaldas.
El bocinazo del Diesel con su olor a gasoil anunció la llegada a Retiro. El enorme edificio de estilo inglés hiperpoblado de viajeros de todo Buenos Aires que despertó la fascinación de Rufina quien se aferró fuertemente a los tirantes de su mochila de colegio rosa y se levantó del asiento roto y desgastado del Mitre para descender hacia el andén.
Un aluvión de pasajeros bajaron junto a ella y el aire viciado del bagón y la inmensa estación fue convirtiéndose gradualmente en la fresca brisa otoñal que corría por las calles céntricas.
El edificio de la calle Esmeralda tambien escondía sus sombras: la alta construcción de estilo francés era antigua y olía a piso de marmol recién lustrado y desinfectante de ambiente. Rufina tomó el viejo ascensor de malla metálica hacia el apartamento de su tía.
Luego de tocar el timbre del 5°C Pilar abrió la puerta y la miró con asombro.
_ ¡Ruffi! ¡Que sorpresa!. ¿No deberías estar en la escuela?- se preguntó su tía, vistiendo un vestido oscuro y con su alma aún estancada en el luto.
_ Hoy faltaron dos profesores y nos dejaron salir ir antes.-mintió.
_ Bueno...pasá, pasá...eh...está todo medio desordenado...renunció la muchacha y tengo que conseguir otra...- se disculpó la mujer.
El elegante apartamento porteño olía a encierro y a flores secas. Rufina entró con el corazón oprimido por la culpa; aunque no recordaba con claridad el episodio del orín y la revelación en la cocina, Juliana y Juan Carlos habían conversado seriamente con ella para evitar que el incómodo momento se repitiera.
_Tía, mamá me alentó a venir para acompañarte un rato... me pidió que me disculpara por lo que ocurrió el día de mi cumpleaños y aunque no se muy bien lo que me pasó, creo que tiene razón -
Pilar dibujó con una sonrisa lánguida, aceptando las disculpas de su sobrina sin cuestionar demasiado.
_ Descuidá, Ruffi. Dame la mochila que te la guardo, querés que te prepare Neskuik con vainillas?
La adolescente aceptó y mientras su tía se desplazaba hacia la cocina, le avisó que debía ir al baño a lavarse las manos. Pero en cambio, se escabulló hacia el cuarto de sus primas. La lámpara de la habitación estaba apagada, pero una luz amarilla, sólida y polvorienta, se colaba por la ventana con vista al fondo del edificio e iluminaba, como un foco de teatro, una estantería repleta de retratos familiares. Rufina se acercó y sintió que el aire sobrenatural de "El Cazador "le recorría la nuca en pleno centro porteño.
Fotos recientes de la difunta Tatiana se alzaban en los estantes de sus hermanas como en un mini santuario improvisado por las mujeres de la casa. Era alrededor de una veintena de imágenes de su prima muerta en diferentes edades de su vida como si de quisiese llenar el vacío de su desaparición con retratos que ofrendaron con flores, velas aromáticas y peluches.
Había otro estante mas pequeño en una esquina, su tío fallecido posaba orgulloso con fusiles de largo alcance y piezas de caza: ciervos, jabalíes y aves salvajes desangradas.
La conexión era inevitable. La figura de "El Cazador" de Escobar, tenía el rostro de su propia familia.
_Nunca me gustó esa afición suya. -dijo Pilar desde el umbral, sobresaltando a la niña- Me inquietaba. Desaparecía por días enteros en el monte, dejándome sola. Si no hubiera sido por tu madre o por mi amiga Nené, hubiera enloquecido de soledad.
Pilar entró al cuarto y se sentó sobre la punta de la cama de una de las chicas que seguramente estaban en la escuela.
_ La vida le cobró un karma, Ruffi. Por cada animal que mató, por cada noche de angustia que me hizo pasar- explicó con profundo rencor- A mi y a sus hijas. El Parkinson precoz le quitó lo que más amaba: el pulso para sostener un arma. Se volvió una sombra, sentado siempre a oscuras sobre el sillón verde del comedor...hasta...que decidió acabar con todo. Y como no podía accionar una escopeta, se tomó un frasco entero de pastillas.
Rufina escuchaba con la respiración contenida. Su madre siempre le había dicho que el tío murió por su enfermedad, una versión piadosa acorde a su edad. Pero ahora ya era grande para entender....Lo era?
_ No aguantó verse deshabilitado-continuó Pilar en un susurro cargado de ironía.
Pilar suspiró, mirando hacia la ventana.
_Nené, mi amiga, fue mi gran consuelo en ese entonces. Entre tantas tardes de té y llantos en su casona de Recoleta, nuestros hijos se enamoraron y se cruzó nuestro destino con el de los Furtado. El amor de Santi y Tati nació de las cenizas... pero parece que la tragedia nos volvió a azotar; como si nunca fuera suficiente lo que uno tiene que soportar- dijo escupiendo la rabia que le quemaba en las entrañas.
Rufina miró de nuevo la foto de su tío con el fusil. Ahora entendía que "El Cazador" no era solo una leyenda de su barrio; era una maldición, un pecado familiar que buscaba cobrarse una deuda, y quizás el accidente de Tatiana era solo el principio del pago.
El viaje de vuelta a Escobar fue distinto. El sol, que en Retiro todavía teñía las cúpulas de un oro pálido, se hundió rápidamente en el horizonte mientras el ramal Mitre se alejaba de la ciudad. Para cuando Rufina estaba a medio camino, el aire pesado dentro del bagón del tren hizo que rufina comenzará a dar imparables bostezos y al final cayó rendida de sueño inclinando su cabeza contra el vidrio polvoriento de la ventana.
La noche caía sobre las iluminadas canchas de polvo de ladrillo del "Tenis Club Argentino", en el corazón de Palermo. El aire olía a sudor mezclado con la fragancias de desodorantentes masculino. Santiago y Bautista Furtado terminaban el tercer set de un partido que, como todo en su familia, se jugaba con un sello de fuego y sangre.
Santiago, con su impecable conjunto blanco y el cabello enrulado oscuro previamente humedecido, era el hijo pródigo de Nené, el heredero de un linaje que procedía de la época de los grandes caudillos argentinos como Rosas y Urquiza. Bautista, dos años menor, golpeaba la pelota con una furia casi violenta, una locura que no terminaba de encajar en la cabeza de su padre, Don Eliseo.
_¡Ace! -exclamó Santiago, limpiándose el sudor con un el dorso de la mano derecha- Set y partido, Bauti. Estás lento últimamente....
Ambos caminaron hacia el banco de madera bajo la sombra de un gazebo blanco. Bautista lanzó su raqueta contra el suelo y sacó una toalla de su bolso.
_ Es el calor, Santi. Además, no todos tenemos la cabeza tan despejada como vos —masculló Bautista, secándose las gotas de sudor de su frente— Mamá no hace otra cosa que hablar de vos y de Tatiana, la hermosa pareja que que hacés con la hija de los Lagos.
Santiago bebió agua mineral de una botella de Villa del Sur, mirando hacia el horizonte de edificios señoriales.
_ ¿Y por qué debería preocuparte eso a vos?- preguntó su hermano sorprendido por la confesión- ¿Acaso no estás feliz por mi?
Bautista hizo una mueca de desaprobación con la nariz. Y Luego de beber de su botella continuó:
_Bárbara es una excelente candidata para vos, Santi. Tiene el "pedigree" que busca el viejo. Deberías pensarlo antes de dar un paso hacia adelante.- Intentó disuadirlo Bautista.
Santiago se detuvo en seco y lo miró fijamente.
_¿Qué querés decir? ¿ Qué debería casarme con una chica como ella? Mira, Bauti, a Bárbara la conozco desde que éramos chicos y es hermosa y todo pero...con Tati es amor, un amor que vale la pena!
_¿Amor? -Bautista soltó una carcajada- ¿Que podés saber vos del amor? ¿Cuántas novias has tenido descontado a Bárbara en tu adolescencia?
Santiago arqueó las cejas y sacudió la cabeza como tratando encontrar una respuesta lógica.
_ La hija de esos "new rich" de la calle Esmeralda son unos trepadores. Además, desde que su padre se "eliminó" no se ni de que viven...
_ Pilar Lagos labura de sol a sol para sacar adelante a su hijas, Bauti - insistió Santiago, bajando la voz al ver que otros socios pasaban cerca- son gente decente, no como nuestro padre.
Bautista guardó su raqueta y miró a su hermano con una seriedad que lo hizo callar.
_ Tené cuidado Santiago, no desafíes al viejo.
Santiago no respondió. Caminó hacia el vestuario con la frente en alto, ignorando la advertencia de su hermano.
El tren diesel avanzaba hacia Escobar con un traqueteo metálico. El vagón estaba casi vacío, ocupado solo por un par de trabajadores dormidos. Cuando el tren estaba por llegar a la estación de Escobar, Rufina se despabiló de su sueño. Su cara en el reflejo del vidrio, la devolvió a la realidad.
Al bajar en la estación, el viento frío de abril la recibió como una bofetada. Tomó el primer colectivo que pasó hacia "El cazador" y al llegar a la entrada de su casa, vio una luz encendida en el living. Su madre,Juliana, estaba de pie junto al ventanal, mirando hacia el crepúsculo del jardín. Rufina caminó hacia la puerta con las piernas pesándole. Sabía que tenía que mentir sobre dónde había estado.
Entró a la sala y el aire le pareció más denso que afuera.
_ Se que te rateaste de la Escuela.- pronunció Juliana con una voz dura de preocupación.
_ Ma! ¿Como supis...?
_ Primero me llamó la psicopedagoga de "El Verbo" y luego- dijo con un tono en crescendo- tu tía para saber si habías llegado bien a casa!. Por lo tanto... estás castigada!
_ Ma! Nooooo!- se quejó Rufina con un chillido.
_ ¡Casi me da un síncope cuando supe hasta donde fuiste! ¡Andá a tu cuarto ya!.