Hacer el amor con el diablo duele

titsay
Stranger Things
No title available
hello vonnie

blake kathryn
Jules of Nature
we're not kids anymore.
cherry valley forever

❣ Chile in a Photography ❣
$LAYYYTER
I'd rather be in outer space 🛸

Discoholic 🪩

#extradirty

Kiana Khansmith
Three Goblin Art

No title available

Kaledo Art
let's talk about Bridgerton tea, my ask is open
ojovivo
h
seen from Brazil
seen from Malaysia
seen from United Kingdom
seen from Italy
seen from United States
seen from United States
seen from United States
seen from United States
seen from United States
seen from United States
seen from United States
seen from Dominican Republic
seen from Türkiye

seen from Belgium

seen from United Kingdom

seen from Brazil
seen from United States
seen from United States
seen from United States
seen from United States
@dulcemiel666
Hacer el amor con el diablo duele
🔍 Pega este texto en el buscador de Mercado Libre: AMXP72-NL6K
🔗 O ingresa al link:
https://meli.la/1gwc1Aa
Me pierdo en su mirada, como si el mundo se desvaneciera en ese instante. Sus ojos brillan cuando me habla, se vuelven claros, como si guardaran un secreto solo para mí. A veces se queda en silencio, esperando mi respuesta; asiente suavemente con la mirada y levanta sus cejas, como invitándome a quedarme ahí, en ese momento suspendido.
Y yo… me quedo sin palabras, completamente obnubilada, perdida en la forma en que me mira.
Ella tenía 36.
Él, 66.
Treinta años de diferencia que se notaban en la forma de caminar, en la paciencia con la que él hablaba, en la manera en que ella aún buscaba su lugar en el mundo.
Se conocieron sin buscarse.
Un café cualquiera, una conversación larga, una risa inesperada.
Él tenía esa presencia tranquila que no necesita levantar la voz. Ella lo notó de inmediato: no era un hombre que persiguiera, era un hombre que esperaba.
Y eso, para alguien como ella, era peligroso.
Porque ella estaba cansada de sostenerlo todo sola.
No tardaron en descubrir que compartían algo más profundo:
el deseo de rendirse un poco.
Él tenía experiencia, límites claros, mirada firme.
Ella tenía hambre de sentir, de confiar, de dejarse guiar.
Lo hablaron desde el principio.
Nada físico al comienzo.
Primero la mente.
Él le enseñó a respirar cuando la ansiedad subía.
A bajar los hombros.
A cerrar los ojos cuando el mundo pesaba.
No necesitaba tocarla para dominarla.
Solo decir:
— mírame.
Y ella obedecía.
La dinámica nació suave.
Él marcaba el ritmo.
Ella entregaba el control.
No había golpes ni extremos.
Había reglas pequeñas:
avísame cuando llegues a casa
descansa hoy
confía
Ella descubrió algo nuevo: sentirse contenida sin ser anulada.
Él descubrió algo olvidado: sentirse necesario sin poseer.
Pero el problema con estas relaciones no es el poder.
Es el corazón.
Ella empezó a esperarlo.
Él empezó a preocuparse demasiado.
Ella quería más tiempo.
Él sabía que no podía ofrecerle futuro.
Él tenía hijos adultos.
Una vida hecha.
Cicatrices antiguas.
Ella todavía soñaba con construir.
Una noche ella se lo dijo:
— creo que me estoy enamorando.
Él no respondió enseguida.
La miró largo.
Y por primera vez no fue dominante.
Fue solo un hombre mayor viendo a una mujer joven que merecía algo completo.
— yo también — dijo — y por eso tenemos que parar.
No hubo pelea.
No hubo drama.
Solo ese silencio pesado donde ambos entendieron que el amor había llegado tarde.
Se abrazaron sin roles.
Sin órdenes.
Sin juegos.
Solo dos personas aceptando que a veces el vínculo más intenso no está destinado a quedarse.
Se dejaron con respeto.
Con gratitud.
Con una herida suave.
Ella se llevó la enseñanza de cómo confiar.
Él se llevó el recuerdo de volver a sentir.
Y aunque nunca volvieron a verse, ambos supieron que esa historia había sido real.
Breve.
Profunda.
Y necesaria.
Últimamente me he sentido apagada.
Sin energía, sin ganas, sin fuerza.
Lejos de todo, sola…
y con esa sensación de que el mundo sigue avanzando
mientras yo estoy estancada en el mismo lugar.
No es depresión poética, no es drama estético.
Es cansancio real.
Es mirar el techo y no entender en qué minuto me perdí.
Pero hoy descubrí algo pequeño, casi tonto,
y me agarré de eso como si fuera una cuerda
no necesito tener fuerza… solo necesito empezar.
Apagué el miedo.
Abrí la ventana.
Respiré.
Y por primera vez en meses sentí una chispa.
No soy la única.
Sé que hay más personas así leyendo esto,
sintiendo un caos,
el corazón sin brillo
y la espalda cansada de cargar con todo sola.
Si eres tú, quiero decirte algo que me estoy diciendo a mí misma
no estamos rotos, estamos renaciendo.
Lentamente, torpemente, pero renaciendo.
Un día vas a mirar para atrás
y te vas a dar cuenta de que tu vida cambió
el día que dijiste
“No puedo más… pero igual voy a intentarlo.”
Si estás en esa etapa, aquí estoy contigo.
Renaciendo a mi modo.
Empezando desde lo poquito.
Volviendo a la vida de a pedacitos.
Y aunque hoy duela,
aunque no brille,
aunque no entienda nada…
igual voy a seguir.
Porque todavía queda una parte de mí que no se rinde,
y creo que en ti también.
La mente es un arma tan poderosa que todo lo que he querido, lo he logrado… incluso lo que parecía imposible.
Pero hoy me siento estancada, como si mi propia fuerza se hubiese quedado dormida.
Sé que aún tengo ese fuego adentro, pero a veces hasta la voluntad más fuerte necesita un respiro.
No es que no pueda… es que estoy reencontrándome.
Y cuando vuelva a avanzar, voy a arrasar de nuevo.
A veces me siento tan sola que no sé qué hacer con este silencio.
Solo necesito un abracito, algo pequeño, algo simple…
o simplemente que alguien me escuche.
Por eso escribo así, porque aquí me desahogo,
porque quizá solo quizá alguien me lee al otro lado.
Las personas que amé ya no están en este mundo,
y las otras… las fui alejando, una por una,
hasta que se fueron sin mirar atrás.
Y acá estoy, caminando entre recuerdos que todavía duelen.
A veces pienso que siempre caminaré sola.
Que hay caminos que solo puedo recorrer conmigo misma.
Pero aun así, en esta soledad rara, pesada,
sigo dejando palabras en este rincón
como quien deja una luz encendida en la noche…
por si alguien, alguna vez, decide volver a mirar.
A veces siento una ira que me sorprende.
No es grande, ni constante…
pero aparece de golpe, como una chispa que no sé de dónde salió.
Y me asusta.
Porque no va con mi esencia,
ni con la manera en que yo me veo,
ni con la calma que trato de construir dentro de mí.
Yo soy más suave, más luz, más ternura.
Pero cuando algo me hiere o me desborda,
se abre un lado que no reconozco del todo.
Y me quedo pensando en por qué aparece,
qué parte de mí está pidiendo ser escuchada,
qué herida todavía arde sin que yo lo note.
No quiero esconderlo,
solo entenderlo.
Porque incluso esa ira que no me gusta
también es una parte de mí que quiere sanar.
Hoy soñé
con una sombra que caminaba como si el mundo le obedeciera.
No tenía rostro,
solo presencia.
Una presencia que se sentía
como si la noche misma hubiera decidido tomar forma.
Se acercó a mí sin tocarme,
y aun así sentí cómo el aire cambiaba,
cómo mi pulso se aceleraba
antes de que su voz grave, baja, antigua
rozara mis pensamientos.
No dijo mi nombre.
Lo reclamó.
Como si siempre hubiera sido suyo.
Yo, temblor suave.
Él, tormenta contenida.
Había algo en su manera de mirarme,
como si supiera exactamente
dónde guardo mis miedos,
mis secretos,
mis deseos que nunca digo en voz alta.
No hizo nada.
No necesitó hacerlo.
Solo se inclinó hacia mí,
y su sombra cubrió mi luz
como un eclipse lento, inevitable,
del que no quise escapar.
Y en el sueño,
su dominio no era fuerza,
sino destino.
Una oscuridad que no amenazaba…
llamaba.
Cuando desperté,
la sensación seguía ahí
una huella invisible en la piel,
como si ese ser de la noche
aún me observara
desde el borde de mis pensamientos,
esperando
a que vuelva a cerrar los ojos.
Él,
mitad sombra,
mitad fuego antiguo.
Un sátiro con mirada de mando
y pasos que hacen temblar el aire.
Ella,
dulce en la voz,
serena en la piel,
pero con un brillo secreto
pidiendo ser despertado.
Cuando sus mundos se rozan,
no hace falta palabra
él guía con presencia,
ella responde con alma.
Y en ese instante breve,
donde la ternura roza al deseo,
la danza se enciende
firmeza y suavidad,
salvaje y sagrado,
dom y dulce,
en un solo latido.
A veces me pregunto si alguien podría entender realmente cómo soy por dentro.
Por fuera parezco tranquila, suave… casi inocente.
Pero en silencio arde algo que nunca se apaga.
Un fuego constante, profundo, que no conoce pausas ni límites.
Hay momentos en que me siento demasiado intensa para este mundo.
Como si mi energía buscara más, siempre más…
sensaciones, miradas, vibraciones que despierten lo que llevo escondido.
Jamás es suficiente.
Nunca lo es.
Y lo curioso es que casi nadie lo nota.
Hasta que me miran bien.
Hasta que sienten esa chispa que se escapa sin querer.
Ahí es cuando aparece ese “wow” silencioso,
ese instante en que entienden que no soy tan simple como parezco.
Soy fuego.
Y mi fuego no sabe quedarse quieto.
Ya sané muchas cosas.
Entendí que no puedo vivir atrapada por nadie,
ni sentir que le debo mi vida a alguien que ya no está.
Así es la vida: seguimos, cambiamos, aprendemos.
Pero a veces me pasa algo…
esa lealtad silenciosa hacia alguien que marcó un antes y un después.
No sé si es costumbre, recuerdo o esa emoción que una vez me atravesó tan hondo
que todavía vibra en algún rincón de mí.
A veces siento que perdí a mi alma gemela.
No porque se haya ido,
sino porque yo misma me fui.
Porque cuando comienzo a sentir algo real,
desaparezco.
Siempre hago lo mismo:
me asusto, me cierro, me escondo…
y después me quedo pensando en lo que pudo haber sido.
No sé si algún día volveré a encontrar esa conexión.
Pero sí sé que ya no quiero desaparecer de mí misma.
Si vuelvo a sentir algo así, quiero quedarme.
Quiero sostenerlo.
Quiero sostenerme.
Hay algo que me incomoda profundamente
los hombres sin carácter.
No hablo de ser duros, ni rudos, ni machistas…
hablo de esa falta de columna, de palabra, de energía propia.
Esa tibieza que hace que cualquiera los pase por encima.
Esa blandura que, sin querer, termina sacando lo peor de una.
Porque cuando alguien no sostiene su propio peso,
una termina cargándolo todo.
Y en esa dinámica rara… me descubro sacando una parte mía que ni quiero usar.
Esa fuerza dominante, filosa, que aparece cuando él no aparece.
Y es extraño, porque yo misma me considero suave, tierna, muy “soft”.
Pero la suavidad se quiebra cuando la otra persona no tiene presencia.
A veces pienso que lo que me molesta no es su falta de carácter,
sino cómo eso me transforma a mí.
Me desconecta de mi lado más dulce
y me empuja a una versión mía que no quiero traer a la mesa.
Yo no necesito dominar a nadie.
Solo quiero a alguien que se sostenga solo.
A veces no entiendo lo que me pasa con la gente que me gusta.
Es como si una parte de mí se asustara justo cuando siento interés…
y me apagara el corazón antes de que yo alcance a entenderlo.
Me pasa desde hace años.
Me acerco, me ilusiono apenas un poco, siento algo bonito…
y después desaparezco.
Cierro puertas que ni había terminado de abrir.
Me desconecto antes de que el otro vea lo que realmente siento.
No sé si es costumbre, autoprotección o miedo disfrazado.
Solo sé que a veces quisiera dejar de correr,
pero mi cuerpo todavía no entiende cómo se camina lento con alguien.
Estoy aprendiendo a no huir de lo que me mueve por dentro.
No tengo todas las respuestas, pero ya no quiero seguir en automático.
Siento que dentro de mí viven versiones dormidas de quien podría ser.
Y de a poco, con cada decisión, con cada pensamiento, con cada amor propio…
las voy despertando.
Es bonito sentir que aún tengo tanto por descubrir.
Escucho al silencio.
Y cuando lo hago…
parece que responde.
A veces cierro los ojos y el mundo baja el volumen.
Mi respiración se vuelve más profunda, mi mente más clara, mi cuerpo más ligero.
Es un lugar silencioso dentro de mí…
un espacio al que vuelvo cuando necesito recordar quién soy.