"Te seré fiel y te haré mía y por fin me conocerás como el Señor."
Candelabros, velas y arañas de luces iluminando la habitación; dorado, rojo, púrpura y diamantes, esmeraldas, perlas y rubíes; perfumes y aceites de una pureza inimaginables; una mesa alargada de infinitos puestos, más personas que espacio en la habitación, pero más allá de esa habitación hay un palacio, y se escuchan cantos de una belleza tal que se confunden con la voz de los ángeles; a lo largo de la mesa se encuentra todo tipo de manjares, todo tipo de colores y sabores que ni siquiera se han inventado aquí en la Tierra, regalos, bailes, risas y cánticos, todo en honor al Rey y a Su hijo. El olor que inunda toda la habitación es tan puro y simple pero a la vez tan imponente que todo lo que no se vea envuelto en él es desagradable, es como si este olor purificara las cosas y las hiciera más amenas, más atractivas, más exquisitas y afables. La luz del salón es tal que parece que hubiera un halo de santidad sobre todo. Muchísimas personas se ven, disfrutan del banquete y ninguna se ve triste, ninguna parece verse afligida o acongojada ante tanta grandeza, es más, todos con cantos de amor y gozo entonan el nombre del Rey y de Su hijo, todos dicen ¡Emmanuel, Emmanuel! ¡Emmanuel, Emmanuel! Lo hacen con tanta admiración, respeto y adoración que parece que quieren hacerlo por tanto tiempo como la eternidad se los permita.
Pero, el Hijo se tiene que ir, el Hijo tiene que dejar todo este banquete y festín en su nombre, en su honor, Él tiene que renunciar a Su título, tiene que dejar a Su Padre y viajar, viajar muy lejos para cumplir un sueño, un sueño que en Su corazón ha estado desde que existe, pero es un sueño que no puede cumplirse desde el Reino en el que está, Él tiene que morir, literalmente, verse humillado y pagar con Su sangre para ganar el regalo que tanto desea.
Entonces, el Príncipe viaja, pero ya no puede ser llamado Príncipe, tiene que limitarse a ser un hombre común y corriente, y decide ser un carpintero, un carpintero que gana una miseria y que debe trabajar para poder comer. Su nueva casa ya no es un palacio de mil habitaciones y salones que festejan su nombre y lo honran, su nueva casa es una pocilga que debe compartir con otras personas, que ni siquiera creen en Él, que lo humillan día a día y que no le creen que Él es el Hijo del Rey. Su diario vivir dista considerablemente del pasado que experimentaba y del presente que merece por Su benignidad; sí, porque este príncipe - carpintero - no era un déspota, tirano y despiadado, era un príncipe que atendía a sus súbditos, que se deleitaba en estar con ellos, un príncipe que los amaba tanto que decidió renunciar a Su título y a Sus privilegios para poder salvarlos.
El carpintero congracia con varias personas, por fin, en medio de Su soledad, encuentra personas en las cuales confiar, a las cuales poder contar como se siente, como Él es el Hijo del Rey y tiene una misión especial por amor a ellos, por amor a personas que ya murieron, y por amor a otras que ni siquiera han nacido.
¿Y el Rey? El Rey siempre ha estado observando a Su hijo, enviándole cartas y recibiendo correspondencia, el Rey está triste pero a la vez feliz, es como un sabor agridulce en la boca, no quiere estar separado más de Su Hijo, pero sabe que lo que Él va a hacer es necesario, y está ahí en la medida en que puede para Él.
Ya se va acercando el tiempo, toda esa primera fase de incubación ahora va a tener sus frutos. Es el tiempo de que el Príncipe cumpla la misión por la que dejo todo, la misión por la que permitió que lo humillaran, lo avergonzaran e incluso lo escupieran. Pero, el punto culmen de su propósito es aún peor que ese lapso de espera, el punto álgido es ese lugar en el cual más que humillarse, se separará totalmente de Su Padre, Él tendrá que morir. ¿Morir? Sí, morir. Morir a manos de sus enemigos, morir a manos de aquellos súbditos que tanto amó y ama, incluso en ese momento en el cual le quitan las vestiduras, las vestiduras que en algún tiempo atrás estaban hechas de seda, de colores y telas púrpuras, con hilos de oro, y desnudo, deciden cambiar su corona de diamantes, de oro y esmeraldas por una de espinos de rosa, de espinos que no solo lo rasguñan sino que se clavan en su cabeza, esa cabeza que antes era acariciada por el Padre, por el Rey, y como si eso no bastara, látigos, fustas y varillas con vértices de puntillas y clavos azotan su espalda, se hincan en su carne y la rasgan, la deshacen y cuando está sintiendo el dolor de las primeras punzadas vuelve a suceder, vuelven a atravesar sus manos, su dorso, sus brazos, sus piernas, cada parte y centímetro de piel expuesto es cubierto en sangre, la sangre azul del linaje del Rey es derramada a manos de unos cualquiera, de unos que no saben quién es Él, que no le creyeron porque venía de un pueblito, que no le creyeron porque era carpintero, que no le creyeron porque incluso sus amigos lo habían traicionado, lo dejaron solo e incluso lo vendieron por algunas monedas. Y, lo único que puede aliviar sus heridas, lo único que pueda aliviar el dolor que tanto lo aqueja son los escupitajos de las personas a su alrededor, la saliva que le cae encima. Tanta humillación podría pararse si tan solo Él lo ordenara, si tan solo Él dijera ¡Alto! todo pararía pero Él mira más adelante en el tiempo, Él sabe que pagar este precio tan alto y dar Su vida, morir, será suficiente. Suficiente para salvar. Y, el corazón del Rey se desgarra, el corazón de Su Padre se encoge y se estremece ante tanto dolor, tanto dolor que Él también experimenta, tanto dolor al ver a Su Hijo humillado y dando Su Sangre por amor.
Y, esta agonía continúa, continúa porque está clavado en una Cruz, porque no puede recogerse, sus manos están atravesadas por clavos que ni serían dignos de Su mirada, incluso sus pies, uno sobre el otro han sido taladradas y condenado a morir en ese madero, en ese lugar de maldición Él confía en el Rey, Él confía en que su sacrificio, su entrega valdrán la pena.