Resiliencia
Cantando al sol como la cigarra después de un año bajo la tierra, igual que sobreviviente que vuelve de la guerra.
Walsh M.E. Como la cigarra. En Como la cigarra. © 1973.
Hace unos veinte años escuché la inigualable voz de la argentina Mercedes Sosa cantando un poema de María Elena Walsh, la célebre escritora, cantante y activista que lanzó un álbum con ese mismo nombre. Walsh fue una mente brillante: poetisa, novelista, crítica social, vanguardista feminista y, como ella misma se definía, una “cupletista”, en referencia a aquellas canciones picarescas y teatrales populares a principios del siglo XX.
Nació en la provincia de Buenos Aires en 1930, hija de sangre inmigrante británica, escoceses y andaluza. Su infancia estuvo marcada por el férreo autoritarismo de su padre, un empleado ferroviario, lo que despertó en ella una temprana convicción por la defensa de las mujeres. Su talento la llevó primero a Estados Unidos y luego a París, donde formó un emblemático dúo de folclore con Leda Valladares. Pero Walsh también transformó la literatura infantil, creando universos donde el absurdo y el juego forzaban la imaginación de chicos y grandes.
Cuando la dictadura argentina llegó —mirándolo todo con esos lentes marrones donde la represión era cotidiana y la duda era motivo de descalificación—, la censura y una dura enfermedad la obligaron al retiro y al exilio. Sin embargo, volvió con el tiempo, al son del regreso de la democracia.
Fue resiliente en todo momento, así como la cigarra. La palabra resiliencia viene del latín resilire, formada por el prefijo re- (hacia atrás) y el verbo salire (saltar). Su significado literal es «volver de un salto». En la física, describe la capacidad de un cuerpo para resistir un golpe y recuperar su forma original sin romperse; en la psicología, es la habilidad para recuperarse tras un trauma grave.
Esa misma capacidad de resistencia es la que hoy evoca la figura de Ernesto Ruffo Appel. Él pasó a la historia de México en 1989 como un auténtico símbolo democrático. Más que la ahora llamada "concertación", su triunfo fue el inevitable quiebre de un régimen y el reconocimiento de la lucha social al convertirse en el primer gobernador de oposición del país. Romper la hegemonía del PRI lo obligó, desde Baja California, a resistir el asedio, la vigilancia y los bloqueos financieros del centro.
Durante tres décadas se mantuvo vigente en la vida pública nacional como senador, diputado y crítico interno del propio PAN, del que apenas dejó. Su gestión pionera no solo legitimó la alternancia, sino que sentó las bases de herramientas democráticas clave, como la primera credencial de elector con fotografía.
Sin embargo, hoy Ruffo enfrenta su prueba más compleja tras ser detenido por la Fiscalía General de la República bajo acusaciones graves de delincuencia organizada y contrabando. Estamos, sin lugar a dudas, ante un proceso sesgado y selectivo en su forma y en su fondo. Para muestra un dato: lo que se le imputa en este caso representa apenas el 1.4% de los más de 300 mil millones de pesos involucrados en el llamado “huachicol fiscal”, y él es de los poquísimos vinculados a proceso.
Que Ruffo sea el único mediáticamente expuesto como culpable, por una fracción del fraude institucional demuestra que al régimen no le interesa recuperar el dinero público ni atrapar a la verdadera mafia del poder del contrabando; les interesa colgar la cabeza de un pionero de la oposición en su pared de trofeos políticos. Hay que decirlo con claridad: esto parece un juicio sumario y público, operado por un juez a modo. Previamente, en dos ocasiones, la propia autoridad había determinado que no había pruebas suficientes en su contra.
Ruffo nunca se escondió; estuvo siempre localizable y a disposición en su domicilio, que fue de donde lo detuvieron. Para este contradictorio régimen, Ruffo no es un presunto culpable: es un enemigo al que se le trata como tal y al que se le utiliza como arma política. ¿Acaso Almoloya será el Lecumberri de la cuarta?
No es un caso menor. Hoy, desde una voz crítica y con alguien cercana al pensamiento progresista —ese que dice gobernar en México—, hago una reflexión. Así como la cigarra, con todo el corazón deseo que Ernesto Ruffo logre sortear este durísimo golpe a su legado. De ser culpable, exijo que se le sentencie justamente; pero si es inocente —como legalmente aún lo es—, que deje de ser un preso por rencor político y recupere su libertad.
Que no se equivoque el régimen: el legado democrático de Ruffo Appel sobrevivirá a los ministerios públicos de este sexenio. La historia tiene memoria y así como las cigarras que cantan después de los inviernos más autoritarios, así vendrán los sobrevivientes que vuelve de la guerra.











