La guarida del nigromante. 2a parte
Dicte y Zelda se habían puesto en marcha antes de que rayase el alba. La vulpera apenas si había logrado dormir tres horas y la humana, ninguna. Ambas estaban inquietas y sabían que no les faltaba demasiado para arribar a la Torre Stellaria. Tras menos de dos horas de caminata, dieron con ella. Aún no había clareado el día cuando divisaron la imponente construcción de piedra elevándose solitaria en un amplio claro en el bosque.
–Hace honor a su nombre –indicó Dicte.
–Fíjate en la bóveda, Zelda: es amplia y tiene la estructura de una flor de cinco vértices. Como las estelarias.
–Yo pensaba que el nombre de la torre se debía a las estrellas.
La pequeña guerrera fijó sus ojos rojos en la torre y negó. La hiedra crecía y se enroscaba en torno al solitario monumento, penetrando la piedra y la madera, y confiriéndole el edificio un aire avejentado y rústico. Su tejado, de un color azul celeste, algo desvaído por el paso del tiempo, refulgía bajo la tibia luz de la mañana.
–Parece sacada de uno de vuestros cuentos.
–¿Cómo sabes tantas cosas?
–¿Has oído hablar del Libro Mudo? –preguntó Dicte.
–Un tomo que ha escrito mi pueblo sobre alquimia, pedrería y botánica –explicó la vulpera–. Mientras mi hermana estudiaba a escondidas sus páginas, yo leía historias de la caballería de Lordaeron. De hecho, una vez Parfait me pilló contemplando fascinada una ilustración del libro que me habían obsequiado nuestros padres. En ella, un fornido soldado obsequiaba a una dama un ramillete de unas extrañas rosas azules. Me dijo: "qué regalo más bobo, ¡pero si son estelarias!". Incluso me mostró la entrada en el Libro Mudo. Probablemente el artista pintó una flor al azar, o se la inventó para que quedase bonita con la escena.
Zelda asintió, sorprendida del caudal de conocimientos de la joven.
–Me preocupa más eso de ahí –La paladín señaló a unas pequeñas tumbas, dos, situadas a tan solo unos metros de la torre–. Y también aquello otro.
La humana apuntó a un guardián esquelético que custodiaba la entrada de la Torre Stellaria. El esqueleto, apenas si provisto de unos humildes harapos y de una maza, no supondría una gran amenaza, mas era un indicio de que el asentamiento se hallaba muy probablemente bajo el control de la Plaga.
–Me parece que hemos llegado tarde, corazón…
Dicte meneó casi imperceptiblemente las orejas. Levantó su cola, alerta.
–Oigo voces. Proceden del interior de la Torre.
–¿En serio? Yo no escucho nada...
–Sí. Al menos una. De mujer.
Zelda suspiró y se tapó la frente con la mano.
–El resto tenían razón: esta misión ha sido una estupidez. Demos media vuelta, Dicte.
–Hay alguien ahí dentro, Zelda –Insistió la vulpera.
–Será uno de los nigromantes de la Plaga. La Torre Stellaria está condenada…
–¿Vas a rendirte sin más?
–A veces hay que saber cuándo retirarse de una batalla perdida, cariño.
Alguien chilló. Escucharon cómo múltiples frascos de cristal y vasijas de cerámica caían al suelo y se rompían en mil pedazos.
–Esto es una locura –declaró la humana–. No sabemos cuántos no-muertos hay en el interior de la torre ni a qué nos enfrentamos.
La mujer volvió a gritar.
Dicte miró a la caballera con severidad. Zelda bufó.
–¡Está bien! –dijo, empuñando su gigantesco martillo–. Hagámoslo.
No acometieron frontalmente, sino que intentaron burlar la guardia del esqueleto deslizándose por los arbustos. Zelda lo distrajo haciendo ruido mientras Dicte, que era muchísimo más veloz y ágil, trepaba por la hiedra y aterrizaba sobre él. Un certero golpe de espada acabó con su no-vida y dejó la entrada a la Torre Stellaria despejada. El primer piso era un sencillo recibidor en el que habían apilado escobas y otros utensilios de limpieza, así como una litera ruinosa que debía de haber pertenecido al personal del servicio. La guerrera y la paladín empezaron a subir por las larguísimas escaleras de caracol. En las plantas intersticiales había estanterías con libros, macetas con plantas mustias y algunas sillas intactas.
–Aún no la han saqueado –constató Zelda–. ¡Puede que hayamos llegado a tiempo!
–El nigromante debe de estar arriba –indicó Dicte.
En el piso superior se localizaba la biblioteca principal, así como varias mesas abarrotadas de papeles, bolsas de ingredientes y otro instrumental alquímico. También había una chimenea, un caldero y dos camas, empero no disponían de mucho tiempo para apreciar la decoración de la cámara, ya que enseguida distinguieron a un grupo de esqueletos acorralando a una alta elfa exhausta y con las vestiduras rasgadas, que disparaba misiles arcanos a sus objetivos para mantenerlos a raya.
–¡Atrás! –Ordenó la hechicera–. ¡No os acerquéis, engendros!
–¡Por la Luz! –bramó la paladín.
Los monstruos no-muertos cesaron de acosar a su víctima y se giraron hacia la vulpera y la humana. Aquellos endebles esqueletos no eran más que carnaza: esbirros inferiores a los que tanto Dicte como Zelda excedían significativamente en habilidad. Con una sentencia, la paladín pulverizó a uno de ellos. Dicte rajó las columnas vertebrales de dos más y la humana, acto seguido, aplastó el cráneo de otro con su martillo de plata. Ya solo quedaba uno en pie, pero este era distinto de los demás: portaba togas de hechicero.
–¡El nigromante! –afirmó Dicte.
La vulpera cargó hacia el mago esquelético, mas este congeló sus pies con una nova de escarcha antes de que lo tocase.
Zelda corrió para dar encuentro al conjurador. Debía de haber sido un mago talentoso en vida, ya que se teleportó y atacó a la humana desde la distancia con varios proyectiles helados. Entretanto, la vulpera bregaba para zafarse de las ataduras de escarcha que inmovilizaban sus pies.
–¡Tranquila, corazón! –respondió ella–. Yo sola me sobro y me basto para desmontar a este saco de huesos.
De pronto, Dicte oyó el sonido de algo que se arrastraba por la madera. Los huesos desvencijados de los esqueletos a los que habían abatido volvían a recomponerse y a ensamblarse por arte de magia.
Los esqueletos cercaron a la paladín. Los grilletes gélidos de Dicte se disiparon y la vulpera acudió en su auxilio. Con una potente carga, desarmó a uno de ellos empujándolo con el hombro. Zelda se envolvió en la Luz Sagrada y sacralizó el suelo bajo sus pies: los esqueletos ardían entre alaridos de dolor. Uno tras otro, Dicte los desguazaba a base de mortales golpes y torbellinos. Pero en su acometida desesperada, bajó la guardia y uno de los soldados esqueléticos le clavó su hoja por la espalda.
Zelda destruyó a su agresor con un choque de fuego sagrado.
El mago había conjurado una pica descomunal de hielo y la distracción de la paladín le proporcionó el tiempo del que precisaba para hundírsela en el estómago. La vida abandonaba el cuerpo de la humana aceleradamente, mientras una docena de venas escarchadas se extendían por su piel.
Con sus últimas energías, lanzó su arma, la Matadragones, a la cabeza del conjurador esquelético y se la destrozó.
Dicte reptó por el suelo hacia Zelda, pero sus propias fuerzas la traicionaban. Ni siquiera podía alcanzarla. No podía tocarla, despedirse en condiciones de ella, darle las buenas noches ni jurarle que se reencontrarían en las dunas doradas del Más Allá…
Los ojos de Dicte se cerraron, grabando a fuego en sus retinas la estampa de Zelda, vencida, prácticamente inerte, hendida en una lanza de cristal.
Una eternidad más tarde, oyó una voz femenina y diluida que se dirigía a ella.
–No te levantes… Todavía estás débil –sancionó–. Debes reposar.
Dicte la obedeció y durmió el sueño de los justos: un letargo sin sueños, sin pesadillas que la atormentasen.
Tiempo después, abrió los ojos.
La planta superior de la Torre Stellaria estaba sumida en la penumbra. Las contraventanas cerradas apenas si filtraban unos tímidos rayos de sol. Su olfato percibió un aroma amargo. Divisó a una figura esbelta cocinando en una olla. La mujer, una alta elfa, vestía unas togas moradas con filigranas. Sus ojos eran azules y su cabello, largo y oscuro como la Noche de los Muertos en Vol'dun. Estaba entretenida preparando un brebaje que olía fatal. Cuando acabó, se aproximó a la vulpera y se lo dio a beber.
–Tómatelo –dijo ella–. Te sentará bien.
La obligó a ingerirlo conduciendo el cuenco de madera a sus labios. Dicte apenas si era capaz de mover sus extremidades, de manera que no pudo oponerse.
La alta elfa puso una expresión circunspecta.
–Te llevaré con ella más tarde. Ahora duerme.
Dicte inspiró profundamente y se durmió. En su mente se fijó la imagen de la hechicera alta elfa, su salvadora: un ángel oscuro con una caballera negra, como las plumas de un cuervo, y ojos relucientes como perlas marinas. Sus facciones eran curvilíneas y suaves, decididamente hermosas. Afectada, tal vez, por la mezcolanza de hierbas del bebedizo, por el agotamiento tras el combate o por su propia frustración, la vulpera comenzó a delirar. De repente, la cama sobre la que yacía, el piso de madera de la Torre Stellaria y todo en torno a ella se desvaneció. Flotaba en una nube, como las del Muro Celeste, y bajo la iluminación crepuscular que la abrazaba destacaba, recortada, la silueta desnuda de aquella maga. De piel blanca, sus dedos, sus ojos y todo en ella emanaba un intenso resplandor que teñía de destellos anaranjados y amarillos todo cuando había a su alrededor. La vulpera quedó convencida de que aquella mujer no era mortal, sino una diosa descendida de las alturas para bendecirla a ella, y solo a ella, y prodigarla cuidados, atenciones y bienestar. Una sensación cálida y reconfortante la embargó cuando la diosa de ónice y alabastro rozó sus mejillas con sus blandos dedos.
–Nada te hará daño aquí –le aseguró–. Este es tu premio, caballera Dicte.
Las ropas de la vulpera se desintegraron como polvo del desierto mientras la luz la bañaba y restablecía sus energías, sanando sus heridas y quemando sus inseguridades. La alta elfa le ofreció su mano y ella la cogió.
–¿Me servirás y me protegerás siempre?
–Sí, mi señora –contestó Dicte sin siquiera meditarlo.
La diosa, que ya vagamente si se asemejaba a la alta elfa que había visto en la torre, extendió su pie hecho de oro puro y Dicte lo recogió entre sus zarpas. Lo besó, lo lamió, y al contacto con su lengua, la tez metálica de su diosa le supo a néctar y a gloria. Siguió subiendo a la orden de su deidad, que le indicaba con un dedo que ascendiera. Meticulosamente, le osculó la cara interna de su muslo, terso y prieto, y cuando ya estaba a punto de humedecer su vulva, la diosa la detuvo. La frenó apoyando su mano en su frente. Aunque lo intentaba, aunque deseaba degustar más de aquella deliciosa ambrosía, no podía mover un solo músculo. Estaba enteramente a su merced.
La diosa estiró su pie, cual grácil cisne alarga su cuello, y rozó los labios de su vulva con el empeine. Un escalofrío sacudió el cuerpo de Dicte. Sus dedos, eléctricos, se paseaban por los pliegues de su sexo, propinándole ligeras y placenteras descargas. Con flexibilidad, la mujer que antes había sido una alta elfa condujo su pie hacia su hocico para que se lo chupase. Dicte acató la instrucción y succionó ávidamente sus propios jugos. Oír los gemidos de gozo de su diosa la henchía de un fervor casi religioso.
Cadenas de oro y plata, cuajadas de piedras preciosas, se materializaron en sus antebrazos y en sus tobillos. Su diosa tiró de ellas y Dicte se arrodilló. Con su dulce pie la empujó hacia atrás y la vulpera se dejó caer, desnuda y completamente expuesta a las lascivas elucubraciones de la divinidad. Sus senos, dos montes nevados coronados de pitones negros, se estremecían con delectación. Retorció las rodillas y abrió las piernas. La mancha clara que se propagaba por sus pechos se remansaba en el pubis, completamente blanco, donde su sexo rugoso esperaba a recibir los favores de su diosa. Ella no se demoró y tomó asiento sobre su torso con la levedad de una pluma. Arrimó su vulva, una concha de nácar, a sus morros y Dicte pudo catar el olor de su excitación.
La vulpera estaba totalmente hechizada por el inextinguible brillo del lucero de su deidad. Embelesada, restregó su lengua rosada por el sexo de la diosa, desde la parte más baja, limítrofe con el ano, hasta su clítoris, ya inflamado de ardor. Probó el líquido lubricante de su diosa, que le supo a licor de flores. Cariñosamente, estimulaba su clítoris con la trufa mientras su lengua ahondaba en la cavidad de su vagina. Contoneando impetuosamente su cuello, la masturbaba. La diosa, complacida, emitía jadeos, se mordía los labios y meneaba las caderas como si montase sobre una yegua.
–¿Cómo has dicho? –Preguntó la diosa.
La vulpera alzó la vista y por una breve fracción de segundo, observó el rostro superpuesto de Zelda. Entonces, las ataduras que la retenían se hicieron añicos. La nébula sobre la que se posaba cual tierno pajarillo se licuó. Cayó a la tierra desde los cielos y el embrujo onírico y delirante que la había hecho su presa se resquebrajó.
Dicte abrió los ojos. Estaba otra vez en la Torre Stellaria. Apartó las sábanas y descubrió que estaba desnuda y que le habían vendado el vientre. La alta elfa estaba sentada a su lado, dormitando junto a un libro sobre la fabricación de homúnculos.
–Todo era un sueño –musitó la vulpera.
La hechicera que la había atendido y sanado también se despertó.
–Perdona… Me he quedado algo traspuesta –dijo. No pasó por alto que Dicte se había destapado–. Veo que ya te encuentras mejor.
–Sí –respondió Dicte–. Eres la hechicera de la Torre Stellaria, ¿verdad?
–Lo soy, pero te agradecería que me llamases por mi nombre –replicó la maga–. Soy Cerine. Cerine Solargenta. Encantada de conocerte…
Cerine agachó el cuello con reverencia ante la vulpera.
–¿Dónde está Zelda? Me prometiste que me permitirías verla.
De golpe y porrazo, la sonrisa se esfumó del rostro de la alta elfa.
–Está bien. Vístete, Dicte. Te llevaré con ella.
Dicte necesitó ayuda para bajar por la escalera de caracol. Cerine se la proporcionó: la asistió y la cogió de la mano. Descendió con ella todos los escalones, paso a paso.
–Gracias por tu amabilidad.
–No son debidas. Tú y Zelda me salvasteis, Dicte.
Cerine era una mujer elegante, como todos los altos elfos a los que había visto Dicte. Sus modales eran refinados y nobles. Sus manos, tiernas. Cuando hablaba, su voz sonaba como el agua de un riachuelo discurriendo con calma por su cauce. En muchos sentidos, representaba todo lo contrario a Zelda: una elfa distinguida, aristocrática y estilosa. Pero había algo que contrastaba con esa imagen: los motivos de su tiara, de sus anillos, eran florales, quizá para ir a juego con la fachada de la Torre Stellaria. También había un deje feral, turbio, anidando en su mirada. Algo reprimido o tal vez latente.
Cerine cumplió su promesa y la guio al cementerio, a las afueras de la torre. Habían cavado una tercera tumba y junto a ella descansaba el martillo de Zelda.
Desolada, la vulpera se echó al suelo. Dos exiguas lágrimas afloraron de sus ojos.
–Lo siento, Dicte. Era demasiado tarde para ella…
Los siguientes días transcurrieron en calma. Dicte seguía débil y debía reponer sus fuerzas antes de partir, de modo que Cerine se ofreció a alojarla y a darle de comer. Aprendió más cosas de la elfa: había residido en la Torre Stellaria, sola, los últimos años. Prefería la paz del bosque al tumulto de las ciudades; pero a veces, por cómo la miraba, Dicte intuía que añoraba profundamente la compañía. Cerine no estaba desprovista de una faceta reservada y enigmática: por las noches, salía durante horas y no regresaba hasta el alba. La vulpera no tardó en albergar multitud de dudas, de manera que al cuarto día, mientras almorzaban una suculenta sopa de hortalizas, le planteó algunas de ellas.
–¿De quiénes son las otras dos tumbas?
–De mi maestra y del mozo del servicio.
–¿También los asesinó la Plaga?
–No. El mozo del servicio era, en realidad, un anciano y falleció al poco de que yo llegase aquí a causa de un accidente mientras podaba la hiedra –explicó–. Yo pasé a realizar sus tareas al mismo tiempo que mi mentora me enseñaba las artes arcanas. Ella murió unos años más tarde en su lecho, plácidamente.
–Has permitido que las enredaderas se extiendan y se apoderen de la Torre Stellaria –constató la vulpera, sorbiendo una cucharada de caldo.
–Sí. Me recuerda a la frondosidad de mi tierra natal, Quel'Thalas –reveló–. Por no decir que no pienso subirme por ellas para recortarlas.
–¿Sabes que yo podría encaramarme a ellas y arrancar las más intrusivas?
–¿De veras? –preguntó ella, admirada–. ¿Con una úlcera estomacal y los puntos todavía puestos? Debes de ser la atleta más prodigiosa que jamás he conocido. Mejor, incluso, que mi hermana mayor. Y eso que ella es un as de los torneos y de las justas.
–Quizá no sea prudente pedirte que escales por la hiedra en tu estado actual, pero hay otra cosa que me hace falta y de la que tú podrías encargarte.
La mirada de Dicte resplandeció. Cerine curvó misteriosamente su sonrisa.
–Tráeme un champiñón fantasma –dijo–. No abundan por estas tierras, pero me consta que hay unos pocos especímenes repartidos aquí y allá. Tendrás que buscarlos con mucho detenimiento: mira en lugares umbríos y húmedos. Son sus hábitats predilectos.
–Lo haría con gusto, Cerine, pero no creo que te prestes a una inspección tan profunda –respondió la vulpera, sonriéndola con picardía.
La alta elfa ensanchó su sonrisa y se encogió de hombros.
Dicte salió a por el champiñón poco después de comer. Tuvo que alejarse e internarse en el territorio de los canes oscuros, pero al fin dio con uno de ellos y ni siquiera fue preciso que desenfundase su espada: no había ni rastro de más muertos vivientes y las bestias habían preferido eludirla.
Casi al anochecer, cuando le dio el champiñón, Cerine sonrió entusiasmada, lo lavó e inmediatamente empezó a preparar un elixir. Removía con una cuchara de madera aquel horrible bebedizo. La vulpera frunció la nariz en señal de desagrado.
–No te pongas así. Uno de estos brebajes te salvó la vida hace unos días, Dicte.
–Este es diferente –dijo–. Lo noto por el aroma. Es… todavía más repulsivo.
–¡Tus palabras me hieren!
–Mis disculpas. No quería menospreciar tus conocimientos alquímicos.
–No importa –Habló ella. Esbozó una sonrisa lánguida–. En cualquier caso, ya estoy talludita para echarme a llorar porque alguien ponga en duda mis capacidades.
Cerine cerró los párpados y dejó ir un resoplido.
–Eres muy incisiva, Dicte. Y también muy aguda. ¿Todos los vulperas son como tú?
Dicte se cruzó de brazos y ladeó el cuerpo en la silla. Colgó su cola del respaldo.
–Los trols Zandalari son más fuertes y los sethrak, feroces y crueles –dijo Dicte –. La única manera que tenemos de defendernos de ellos es valiéndonos de nuestro ingenio.
–No esquives mi pregunta. Sé reconocer una cortina de humo cuando la veo, Cerine.
La maga amplió su sonrisa y rio.
–Está bien, Dicte –dijo–. He de admitir que venir aquí, a la Torre Stellaria, nunca fue el sueño de mi vida. Como muchos otros niños en Lunargenta, de mayor quería ser una arcanista. Provengo de un linaje acomodado, de modo que mis perspectivas de futuro estaban prácticamente garantizadas…
La vulpera calló, atenta y a la escucha.–Solo había un problema –Continuó exponiendo Cerine–. Según los magísteres de Lunargenta carecía, y cito textualmente, "de los pertinentes atributos para practicar la más elevada hechicería".
–¿Se refieren a la magia celestial?
–¿Qué…? ¡No! Es un eufemismo, Dicte.
–Comprendo. Entonces insinuaron que eras una inepta.
La alta elfa crispó sus manos y afirmó. Aquella herida debía de permanecer abierta.
–Me sugirieron que aprendiese lo básico: meros trucos de manos –narró–. Pero yo quería dedicarme a la magia, no hacer de prestidigitadora callejera. Por no decir…
Cerine guardó silencio. Dicte agitó suavemente sus orejas.
–Por no decir que no hay nada más que se me dé bien, Dicte. No soy lo bastante robusta para unirme a los forestales. Mi única alternativa habría consistido en entrar en la Iglesia de la Luz, pero ¿cómo iba a fingir tener fe en algo en lo que no creo?
–Nunca me he enfrentado a ese dilema, Cerine –confesó Dicte–. Si vine a estas tierras fue para convertirme en un caballero, porque es lo que anhelaba con todo mi corazón.
–Eres admirable –La alabó la alta elfa–. Si yo acabé aquí no fue por mis propios méritos, sino por la persistencia de mis padres. Enviaron cartas a todos los magos que conocían para que me aceptasen como su pupila y al final, me planté aquí.
–Pero ahora esta torre es tuya.
Cerine desplazó la vista a la ventana. Miró al exterior, a las luces del sol moribundo que teñían de tonos cálidos las copas de los árboles.
–Vendrán más intrusos, tarde o temprano. Y no serán tan caballerosos, tan honrados ni tan apuestos como tú –La alta elfa dibujó una sonrisa agria–. Ni por asomo.
–Zelda quería que te unieses al Alba Argenta.
–No. No abandonaré la torre –declaró la maga con contundencia–. El mundo fuera de estos bosques ha cambiado. He oído lo que ha sucedido en Quel'Thalas y no estoy preparada para saber cuál ha sido la suerte de mis familiares. Prefiero quedarme aquí. Probablemente esto sea todo lo que me quede de mi vida anterior, Dicte.
La vulpera se levantó y caminó hacia la alta elfa, con un ademán de ira.
–No se puede vivir eternamente en el pasado.
Cerine se volteó y la encaró con una expresión durísima.
–Entérate, Dicte: ya no hay vida en Lordaeron –alegó, con voz pétrea–. Este país no es más que una ilusión: un recuerdo deslavazado.
–¡Zelda sacrificó su vida para llegar a esta torre y salvarte! –exclamó la vulpera, ultrajada–. ¿Cómo estás tan segura de que la Plaga no volverá?
–¿Y tú? ¿No estás ya cansada?
–Deambulas por ahí, ayudando a todo el mundo. Afirmas que quieres ser una caballera y sangras, peleas, incluso has estado al borde de la muerte en varias ocasiones –relató–. Pero la gente no ha dejado de defraudarte: lord Charlton te mintió, Jakov te ocultó lo que era para devorarte, Solarien te dejó tirada en Kul Tiras y Zelda… ya no está. ¿No estás agotada de librar una guerra perdida? ¿Quién se hará cargo de ti cuando te hieran de nuevo? ¿Quién acudirá en tu socorro cuando emprendas tu próxima búsqueda y estés sola, desamparada, asediada por los no-muertos o por engendros todavía peores…?
Dicte agachó la mirada. Sus ojos se empañaron de un llanto nonato. Cerine apagó el fuego de la caldera y se acuclilló junto a ella. Afectuosamente, elevó su barbilla para catarla a los ojos.
–Quédate conmigo en la Torre Stellaria. Ayúdame a velarla –murmuró, asiéndole la zarpa derecha y besándosela con afecto–. Aquí vivirás bien: en el bosque hay alimento de sobra para las dos y los animales no se acercan a la torre.
–Vine aquí para convertirme en caballero…
–Sé mi caballera de ojos encendidos y pelaje negro como el carbón –propuso la alta elfa, enredando sus brazos alrededor de su cuello de un modo zalamero–. No tenemos por qué estar solas ninguna de las dos.
Las defensas de Dicte se desmoronaban. Su gesto reflejaba dolor, pero también extenuación. Posó sus zarpas en las caderas de la elfa y se las acarició.
–Desde el momento en que apareciste, Dicte, supe que eras especial –Siguió hablando ella–. Eres lista, fuerte, noble, preciosa… Quédate conmigo, por favor.
La alta elfa la besó en el hocico. De inmediato, una corriente eléctrica surcó el cuerpo de Dicte, desde las puntas de los pies hasta el ápice de la cola; y más arriba, hasta los afilados pliegues de sus orejas. Cada fibra de su ser se estremeció con aquel ósculo. Un torrente muy intenso, ardiente como la colada de magma de un volcán, atentó con entrar en erupción desde su pecho. Sus emociones, inhibidas por la prudencia y por el pesar, emergieron a la superficie y la impulsaron hacia la cálida boca de Cerine. Sus labios eran firmes, carnosos y sabían a carmín. Aguijada por una irreprimible lujuria, Dicte aferró a la maga por el brazo y la arrojó al lecho. En la marmita burbujeaba el brebaje que la hechicera había dejado a medias, pero en este momento no parecía que le importase lo más mínimo. Cerine no se opuso y solo se preocupó de solazarse, de carcajearse con júbilo cuando las zarpas briosas de Dicte la oprimieron contra la cama. La vulpera, enardecida, se subió a ella, le mordió los hilos que estrechaban su vestido a la altura del escote y liberó con los morros uno de sus blancos pechos. Poseída de un frenesí carnal abrumador, le hincó los dientes en su rosado y mullido seno.
Sensualmente, Dicte la lamió. Sorbió las gotas de sangre carmesí y le besó su grueso pezón en signo de devoción.
–¿Te das por vencida, Cerine?
–Toma lo que quieras de mí… Pero no me hagas daño –respondió ella, juguetonamente.
Dicte se escurrió hacia sus faldas y se las elevó. Se metió bajo las mismas, en tanto que Cerine apretaba los muslos, y enterró su hocico en su entrepierna. La vulpera inhaló hondamente el perfume íntimo de su compañera, rozó con su trufa la delgada y empapada tela de sus braguitas y aspiró con furor. La alta elfa se retorcía de placer con cada respiración, con cada vahído de su amante. Cuando su nariz puntiaguda presionó su clítoris, chilló con vehemencia. Superadas todas las resistencias, tendió el puente hacia su castillo y separó las piernas para facilitarle la labor a su querida.
Dicte no retiró aún el tejido de su ropa interior, sino que comenzó a chupárselo con la lengua plana. Afirmando la lengua, la transformó en un punzón y empujó la tela hacia su conducto vaginal. Cerine gimió otra vez. Solo entonces, cuando ya estaba doblegada y completamente a su merced, Dicte hizo a un lado las bragas con su lengua y la satisfizo tal y como ella le había demandado. Lengüetazo tras lengüetazo y jadeo tras jadeo, la vulva de Cerine se volvía gradualmente más roja y tumefacta. Succionó su clítoris y jugó a envolverlo y a estimularlo con sus labios. Aquello la encantó. La alta elfa arqueaba la espalda y daba botes sobre la cama. Apretujaba sus puños sobre las sábanas y se mordía los labios con tanta saña que ella misma se había provocado sangre.
Cerine, velozmente, alzó la mano hacia el champiñón fantasma que le había traído la vulpera unos minutos antes. Con un toque de su índice y un fugaz encantamiento, lo puso tan rígido como una pértiga. Dicte comprendió al punto qué era lo que pretendía. Se desvistió de cintura para abajo y montó sobre la elfa. Primero, deslizó su pubis sobre el de ella, se empapó de sus jugos y se contagió de su calor corporal. Sus labios, sus clítoris, se fundieron amorosamente como dos flores de estelaria entrelazadas. Entonces, Dicte colocó el hongo embrujado entre las dos: el sombrero se lo insertó a la maga, al tiempo que ella se quedaba con el más menudo tallo. El champiñón despidió una tenue luz al enjugarse con los flujos intestinos de cada una. Su compañera ronroneó y alargó sus manos. Dicte extendió las suyas, se las estrujó y haciendo presión con las paredes de su vagina para mantener en su sitio el champiñón, comenzó a bambolear sus caderas de arriba abajo. Debajo de la vulpera, la alta elfa se mecía como una embarcación castigada por el viento y por las mareas. Su cara era la viva imagen de la voluptuosidad desencajada por olas de pasión y por la febril espuma del sudor y del deseo.
Cerine no se demoró en alcanzar el clímax. Lúbricamente, desparramó sus fluidos por las sábanas mientras se agitaba a causa del placer. Generosa en su derrota, la maga extrajo el champiñón de su sexo, lo agarró con pujanza y lo combó mientras se lo introducía por la vagina a Dicte. La vulpera tardó un poco más en llegar al orgasmo y cuando lo hizo, Cerine arrimó su boca a su vulva para beber de ella como si se tratase del reguero prístino de una fuente. Saturada de felicidad y de deleite, la hechicera se tumbó en el lecho junto a su amante. Dicte las tapó a ambas con las sábanas y tras besar a Cerine en la comisura de los labios, se sumergió en un plomizo letargo.
Amaneció horas más tarde, en lo más cerrado de la noche. Estaba sola.
Nadie contestó a su pregunta.
Encendió una lámpara y echó un vistazo a su alrededor. El champiñón fantasma no aparecía por ninguna parte ni tampoco Cerine. La maga había acabado de cocer su elixir y se había marchado, como todas las noches. La vulpera suspiró con pesadez. Despacio, y aún confusa por sus propios sentimientos, se vistió y se colocó la armadura. Se le ocurrió esperarla un rato: un par de horas, tal vez. Pero aquella hechicera ejercía una atracción inexplicable en ella y sabía que si no partía en aquel preciso instante, quizás ya no lo haría nunca. Así pues, se pertrechó y le escribió una carta de despedida.
–Si esto no ha sido un sueño, una fantasía de duermevela, ven a buscarme a la Capilla de la Esperanza de la Luz. Con cariño, Dicte –Terminó de redactar.
Dejó la nota sobre la mesilla, junto a la cama, y se puso en movimiento.
Abrió la puerta de la Torre Stellaria y se fue. El familiar arcano le echó un vistazo largo e inexpresivo antes de que saliese de su campo de visión.
Ya iba a encaminarse al bosque cuando una luz en el camposanto captó su atención. Se acercó a fisgar y lo que descubrió la dejó patidifusa: una de las tumbas, la del criado, estaba abierta. El hoyo no contenía ningún ataúd, pero tampoco estaba vacío. Una trampilla comunicaba con un pasadizo secreto, sepultado bajo la tierra.
De súbito, se oyó un sonido.
Dicte guio la mano a la empuñadura de su espada, mas no fue lo suficientemente rápida. Un objeto duro la aporreó en la nuca y la transportó directa a la tierra de los sueños…