Todavía no hemos aprendido a hacer el amor, a respirar el polen de la vida, a despojar a la muerte de su traje de culpas y de deudas, todavía hay muchas guerras por delante.
-Julio Cortázar (via jazminfq)
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Todavía no hemos aprendido a hacer el amor, a respirar el polen de la vida, a despojar a la muerte de su traje de culpas y de deudas, todavía hay muchas guerras por delante.
-Julio Cortázar (via jazminfq)
Joan of Arc by Albert Lynch (1851-1912)
engraving from Figaro Illustre magazine, 1903
Joan of Arc by Albert Lynch (1851-1912)
engraving from Figaro Illustre magazine, 1903
Los japonesés si quieren a sus niños.
La editorial japonesa Froebel Kan edito en los 60 y 70’s libros con una tapa de holograma e interiores a todo color de cuentos clásicos de los hermanos Grimm. Lo innovador del asunto era que los interiores no eran dibujos, sino fotografías de marionetas.
En México y latinoamérica esos libros llegaron en los 80’s.
En 1994, mi mamá me compró unos libros de segunda mano. Entre ellos un viejo ejemplar de Froebel Kan. Para 1998 lo unico que conservé era la tapa de holograma. No volví a ver un libro así.
En 2011, en el muro de un amigo, vi un enlace a una libreria. Ahi por fin supe la editorial y otros detalles.
Y finalmente hoy tras estar en las librerías de viejo del centro de la Ciudad de México… encontré un libro de Froebel Kan :’) =D Y luego dicen que los libros infantiles no son importantes. Esos son los que determinan si habrá futuros lectores o no.
Potent minimalist art sends a strong message about police and vigilante brutality in America
Journalist and artist Shirin Barghi has created a gripping, thought-provoking series of graphics that not only examines racial prejudice in today’s America, but also captures the sense of humanity that often gets lost in news coverage. Titled “Last Words,” the graphics illustrate the last recorded words by Brown and other young black people — Trayvon Martin, Oscar Grant and others — who have been killed by police in recent years.
Let us not forget their voices
Léon Ferrari, Escritura, 1976
Este es mi pasaporte al silencio. Cuando me veas sacarlo, no me hables.
Yeah
La venus hotentote y el ario puro.
Saartjie Baartman nació en 1789 en lo que se llama Cabo Este, ese sur donde África se pierde en el mar, cerca del río Gamtoos, una entre las mujeres del grupo khoi (hombres) quienes fueron los anfitriones del continente que se toparon con los primeros colonos europeos, en especial los holandeses. Los holandeses, recién desembarcados de su minúscula Europa, les apodaron en su slang del norte ‘hotentotes’ que significa tartamudos, una manera de describir la lengua que no entendían como trabada. En 1945 Hitler lanzó de último minuto un programa eugenésico que se llamó Action Lebesborn. Como todo se iba a la mierda en la guerra, le pedían a hombres y mujeres que comprobaran que eran arios puros y que tuvieran relaciones para engendrar. Con eso se hacía un esfuerzo desesperado para prolongar la raza y asegurar su futuro. Los esposos Meier se unieron al programa y procrearon a Armin. En la Alemania del nazismo derrotado Armin vivió en un orfanato luego de que su madre lo entregara al no poder hacerse cargo de él. Creció analfabeto. De adolescente Saartjie se hizo migrante. Primero se desplazó a Cape Flats, dónde fue esclava de unos granjeros hasta 1810. Mientras en México y otros países de América se declaraba la independencia de la corona española, Saartjie se embarcaba como mercancía propiedad del doctor británico William Dunlop, rumbo a Londres. Armin: A los 15 años un doctor en Regensburg lo sacó del orfanato para llevárselo y emplearlo de jardinero, criado y pareja sexual. No le enseñó a leer y a escribir. Le llevó a que aprendiera el oficio de carnicero y ahí de eso consiguió trabajo. Salía de la carnicería y se alojaba en el cuarto encima de un bar llamado Deutsche Eiche (Roble Alemán). En Londres, Saartjie fue exhibida, a pesar de las protestas abolicionistas, por características de sus nalgas y su vulva que entre las mujeres de su comunidad eran habituales, como una “venus hotentot”, término que combina hábilmente la estupidez de los traslapes históricos, el cientificismo colonialista de principios del XIX, la publicidad circense (¿y los avances antropológicos?). En el bar que frecuentaba Armin solía beber el director del Theater Am Turm de Frankfurt. Un día le ofreció a Armin que se hiciera cargo de la cafetería del Teatro. Le daba dinero para las máquinas de juegos, le compraba ropa y escuchaban música Pop juntos. Armin seguía siendo analfabeto. Saartjie fue llevada a París en 1914, hace 100 años, fecha destacada por la llamada primera guerra mundial (o sea europea con todo y colonias), para seguir siendo exhibida e investigada entre otros por George Cuvier quien la describió con una mujer inteligente que hablaba fluidamente el holandés [la venus hotentot, la venus tartamuda]. Luego dejo de interesarse por ella, quien de los manoseos científicos y populares pasó sin mayor trámite a la prostitución y murió a los 25 años enferma y alcohólica; entonces reapareció Cuvier para hacerle un molde a su cuerpo y una autopsia cuyos resultados publicó. Lo que quedó de Saartjie, su cerebro, su esqueleto y sus genitales estuvieron en exposición en el Museo del Hombre de París (lo cual expone muy claramente a sus expositores). Los restos se mantuvieron expuestos al público durante cerca de 160 años. Y sin embargo, nada de esta investigación fue aprovechada, por ejemplo, para detallar la anatomía del clítoris femenino, que apenas hace 5 años, y por una científica, fue correctamente planteada. Volviendo a Armin y su amante dramaturgo/director de cine. Un día viajaron a conocer el ambiente gay en L.A. y San Francisco. El director usaba las anécdotas de su relación para escribir el guión de una película. En esa película el mismo director interpretó el papel de su amante. Un prostituto que se gana un día la Lotería y financia por amor las desventuras económicas de su amante de la clase alta. Luego le pide a Armin que interprete un papel en otra película: la historia de un hombre que trabaja y hace todo para obtener el amor de sus padres despreciantes. Después de eso sus relaciones sólo estaban bien cuando viajaban en LSD. La mayor parte del tiempo Armin hacía de criado del director. Este lo dejaba sin entrar a la casa poniendo la llave por dentro en la cerradura. Armin se fue un día a Nueva York pagado por el director quien lo mandó llamar de regreso a Alemania sólo para citarlo en un bar. No fue a verlo al bar, Armin recibió una carta en donde el director le contaba con un lenguaje rebuscado que había conseguido otro amante. Armin apenas podía ligar las frases que medio leía. La nueva película del director lo lleva a Cannes con su recién estrenado amor. Los amigos del director están instruidos para no dejar a Armin acercársele en Francia ya que este amenazaba con ir a exigirle cuentas. Armin regresa a su departamento y se toma una sobredósis de barbitúricos. Justamente el personaje que se había inspirado en él termina igual tirado en los accesos al metro en la película que filmó un año antes. Es la madre del director que descubre su cuerpo luego de que el casero los había llamado por un olor terrible que provenía de su casa. El director celebraba ese día su cumpleaños. "Felicidades Rainer Werner Fassbinder!"
*la historia de Armin está tomada del muro de facebook de Ángel Sánchez Borges. La de Saartjie de la wikipedia con toques personales.
The Beauty of the Husband: A Fictional Essay in 29 Tangos
Anne Carson. The Beauty of the Husband: A Fictional Essay in 29 Tangos [Reprint ed.] (Vintage, 2002, 160 pp.)Author:Anne CarsonISBN:0375707573,9780375707575Size:2 MB [epub]Periodical:Series:Language:EnglishID:1202605Date Added:2014-08-18 07:17:30
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“My Outfit is not asking for it”
A political drawing, Assignment 3 for Imaginative drawing class.
18x24
faber castell pens on bristol and illustration board
I cut out the letters of the words of “My Outfit is not asking for it “ and drew various outfits underneath it. This piece is about the ludicrous belief that a women’s or man’s outfit is an excuse for rape.
Desde su viraje hacia la música electrónica, Ángel Sánchez hablaba ya de su interés en el ruido de la imperfección tecnológica o del envejecimiento tecnológico (como la carraspera del acetato); desde entonces latía ahí la transformación del error en virtud, por así decirlo, o del accidente en voluntad, que confiere a su música una textura en particular.
La imagen como afirmación, la apariencia como sentencia. Los gifs animados como titubeos, tan inestables y tan constantes. Vivimos, y lo sabemos, la opresión de la imagen. Y bajo este régimen, no hay otra más obvia, más circunscrita y por tanto más impenetrable que la imagen pornográfica. Su descomposición accidental permite la hazaña de la penetración doble. Por un lado se penetra formalmente el plano bidimensional de los pixeles desnudos que dan la impresión de volumen, y por el otro se penetra la calidad de evidente de la imagen pornográfica: el contenido expuesto. Bajo el aparente disimulo que subraya la intención sexual y la diluye, la ruptura de la imagen dada permite hacer de ella una apreciación artística en el sentido más rico de la experiencia; permite abstraerse, soltarse del gancho del sexo y obtener una mirada de conjunto, sin despegarse del todo. Porque, es realmente curioso en la pornografía el hecho de que podamos calentarnos a través de los ojos. El hecho de que sintamos en carne propia el placer ajeno, y que el sufrimiento ajeno nos deje fríos.
Ahora, llevar al plano elemental de la animación esta imagen descompuesta y superpuesta, por un lado expande la fantasía pornográfica de ver dos placeres simultáneos. Pues la pornografía tradicional es limitada y nos muestra una cosa a la vez, cuando en la experiencia real estamos siempre combinando, contrapunteando una y otra sensación. La movilidad binaria del gif es repetitiva, masturbatoria tal vez aunque no estoy segura que conduzca al orgasmo. Es un limbo teleológico. Una prisión de inmediatez quizás más desquiciante que la imagen fija. Es la trampa de la inestabilidad constante. El escape maestro de la decisión, internamiento en la duplicación de lo dado. El movimiento que más se le asemeja es el de la cuna.
Tipos
Buscar una tipografía al azar es como buscar una palabra que se te escapa de la memoria en el diccionario. Es mejor tener parámetros. Por ejemplo, la intimidad. ¿Hay tipografías más íntimas o más exteriores? Otra: el idiomatismo ¿hay tipografías mejores para un idioma que otras?
En la serie The Fall, de la BBC, la detective Gibson adivina que el asesino lleva un diario al decir la palabra intimidad. Pregunta "¿Qué podría ser más íntimo que tomar la vida de otro?"
La pieza del vino
La pieza del vino
This bread I break was once the oat,
This wine upon a foreign tree
Plunged in its fruit:
Man in the day or wind at night
Laid the crops low, broke the grape’s joy.
Dylan Thomas
Vocación de bar
Para hallar la vocación del bar, debo primero indagar en su origen. Todo restaurante nace de una cocina, como toda cocina nace de un árbol incendiado. Todo gran hotel viene de un humilde dormitorio, como éste de una mullida sombra. Y de ella también procede el baño, y proviene ese recuerdo originario que lleva a los ebrios a regar un árbol en lugar de un semáforo. Fue bajo la vid que nos multiplicamos unos contra otros antes de la invención de la propiedad privada, y después esa alcoba nupcial devino prostíbulo. Así también la cuna de hojas fue luego de madera y luego guardería. Con una cuerda se ató al tronco al criminal –primera cárcel- y con esa misma se lo ahorcó de la alta rama de la cual brotó el patíbulo.
En verdad, no hace mucho nos bajamos de los árboles. El bar nace después, ya en la cueva. Tiene entonces vocación de refugio, y viene aparejado de rituales íntimos, de hábitos remotos. En la cueva, dice más o menos Lewis Mumford, se encuentra la ciudad prefigurada en el sueño primitivo. Y si los ancestros eran buenos soñadores, habrán dibujado también en ella varios recintos que preservaran la frescura y fidelidad de esas paredes de roca; algunos sueños se convirtieron en capillas, otros en cantinas. El bar es sacrílego y sagrado a la vez, lugar de revelaciones profanas, en ocasiones intrascendentes, mas mientras estuvimos ahí, ¡cuánto creímos en ese amor, en esa amistad, en esa verdad última poética o filosófica!- y es templo de ateos y devotos por igual, que no de ateas y devotas.
Como la iglesia, el restaurante y el prostíbulo, es un sueño moderno, especializado, versión pública y comercial de un espacio que fuera comunal, una pieza independizada de la casa originaria, la pieza del vino. Pero también es lugar donde remendar la cosmogonía rota, donde albergar el encuentro de quienes no necesitan compartir estatus o credo -aunque los bares, como todo, sean arrebatados por las modas. Bella como el encuentro fortuito, la vocación del bar es reunir al bandido y el sheriff, a los que serán amantes y a quienes lo fueron, y a aquellos que gustan del soñar despierto del cristal, ese continente que refleja el contenido.
Vocación de habitué
A los 17 años fui por primera vez a un bar. Hasta entonces, yo no sabía de gastar los codos en los mesones; sólo conocía el tomar disimulado de las plazas, las playas, de cuartos mal iluminados, entre los conjuntos habitacionales. La copa era una misma para todos: la botella. La mesa al ras del piso. El mesero era la mano del amigo. La cuenta siempre pagada por adelantado, juntando entre todos las monedas. Habíamos crecido silvestremente, junto a plantas de marihuana brotadas del cemento, antes que entre idílicos viñedos.
Cuánta elegancia, cuánta formalidad sentarnos en la mesa del Liguria. Ahí estábamos, mi amiga Jacmel y yo, hollando el terreno adulto y masculino; haciendo gala de nuestro derecho al espacio público, aunque sin saber mucho qué decir, de qué conversar -parecía obligatorio para justificar el gasto. Pero qué bueno estaba el Shop y el sángüiche de mechada ordenados después de calcular la cuenta.
Ir al bar no era cuestión literaria porque no conocíamos a nadie, ni a nosotras mismas. Se trataba nomás de pisar el territorio, un pequeño sueño inglés de respetabilidad, de sed de mundo, que cada trago en lugar de saciar atizaba. No íbamos ahí para ligar, ni siquiera mirábamos a nuestro alrededor. Íbamos simplemente a plantar la bandera de nuestra autosuficiencia en un lugar donde se llenan vacíos.
Antes de tener mi propio lugar, en México fui habitué de tres bares regiomontanos de iniciación literaria. Al primero, Los postigos, con su mascarón de proa y su jardín interior, me vieron llegar sedienta de Sol, recién desempacada de Oaxaca, unos ojos ladinos que luego acercaron un dibujo a mi mesa. El Reforma es un bar sobrio de la zona centro, de clientela mixta -literatos y oficinistas. Bajo el signo de la Carta Blanca, que según Paty Laurent sabe a beso de tío libidinoso, abandoné la mesa de La Mancuspia, (familia literaria de Monterrey) por la del poeta Guillermo Meléndez, a quien me habían descrito como mamón y misógino, atizando involuntariamente mis ganas de conocerlo. Las luces fluorescentes de La Pirámide, punto de reunión de la raza con tangos y rock antiguo, hacían trazos de tiza en los rostros sudorosos y las ventanas daban a un cielo de ladrillos. El barman sonrió con la mitad de la boca cuando me vio apostar los galeones de oro, mientras con una franela roja secaba una Modelo Especial acabada de emerger de una piscina portátil con icebergs en miniatura.
Hoy que vivo en un pueblo de noches templadas me voy a pie al Chefing, que está arriba de una funeraria y cuyos ventanales dan al templo de San Agustín, y donde cada vez que brindo con mi Dos Equis Lager repican las campanas.
La cerveza en México, por otra parte, es una cuestión de latitud solar, de anchura de la tierra, de carácter ligero, espumoso y translúcido, de llevársela con calma. Y también de transferencia de cultura milenaria de Mesopotamia a Teotihuacán. Aquí ningún borracho pobre huele a tinto, el cual se sirve siempre en copa. La embriaguez nuestra de vino es grave, profunda, y termina, en lugar de con una ranchera, con una discusión sobre la existencia de la nada. O así solía ser, antes de la globalización, en mi propio Chile mitológico.
Según Philippe Delerm la vocación de habitué consiste en beber para olvidar el primer trago. Es celebrar en público esa derrota. Podemos extrapolar ese trago al primer bar que se visitó: se recorren nuevos bares para olvidarlo. No obstante hay otra cuestión que más me perturba: ¿Es la vocación del vino sinónimo de vocación de poeta? Sin duda hay grandes poetas que fueron grandes bebedores, pero eso no convierte a la cirrosis en musa.
Vocación de Ganimedes
Sean dioses o mortales con unos pesos en la bolsa, el mundo de los clientes y el de los que atienden no se tocan, aunque compartan un mismo espacio. Como cliente, uno apenas se entera de lo que sucede en su mesa, si acaso en la vecina. Mi primera experiencia tras bastidores fue como mesera en un restaurant bar de ambiente taurino. Conocí el ritmo implacable de la cocina, y el más distendido de la barra. La jerga del negocio, muchas veces sin palabras. Tengo el honor de haberme ganado la primera propina de un habitué que jamás antes había dejado una sola moneda. Mis compañeros de oficio, quienes lo menospreciaban porque solo tomaba un café durante horas, me decían que la enmarcara. Me gustaba formar parte del teatro que se montaba para cada visitante, hacer desaparecer las migas del anterior para crear la ilusión de un lugar propio. Luego fui mesera de un antro pop cuyo dueño, recién salido de prisión, tenía la gentileza de llevarme a casa en su convertible blanco con Oh Darling rasgando la quietud de la madrugada.
Me veo a los 8 años con una cucharita prístina, deshaciendo el azúcar en el café para Lars. Lo miro ansiosa tomar un primer trago y recibo su Ah! como un bálsamo. La vocación de Ganimedes es la de gozar con el placer ajeno. Si los amigos llegaban a la casa desde otros países u otros barrios, siempre inspiraban sendas comilonas, beber copioso. Mi temprano lugar a la mesa fue mucho más instructivo que el pupitre. Después nos trasladamos a lugares demasiado lejanos, los amigos dejaron de visitarnos, y la casa me quedó chica.
Cuántos meseros no sueñan con poner su negocio; yo sólo quería un cuarto propio. Pero el capital escasea más aún para los jóvenes. La solución fue sorprendente: no se trataba de rentar una pocilga sin muebles y hacer una dieta de pan y agua: no se trataba de menos, sino de más. Hacer la casa más grande, mejor surtida, abrirla a los amigos, hacerla pública.
El chef Manolo Subercaseaux a cargo del menú, el poeta Álvaro Ruiz que hizo con sus manos los estantes de la librería, y yo a cargo del pan y los eventos literarios, abrimos en febrero del 2002 El Árbol, con una encendida lectura de Jesús Sepúlveda, amigo chileno que venía de Estados Unidos, y como local Guillermo Meléndez. Al principio servíamos el vino en tazas; por suerte los inspectores de alcoholes que caían de vez en cuando retrocedían perplejos ante las lecturas de poesía. En ocasiones los brazos de los clientes salían por las ventanas. Otras no había más que un aparecido, buque y tripulantes impecables rogando porque la mesa no se desocupara antes que llegara la próxima para que no partiera creyéndose la única, con la impresión de haber pagado por un fugaz cambio de domicilio. Entonces yo me abrazaba al nogal del patio y le pedía ayuda; al día siguiente había casa llena.
Llena de misterios, por lo demás. Un día metí a oscuras la mano en una gaveta para sacar un libro y en lugar del ancho lomo de Mis Grandes Poemas de Pablo de Rokha encontré grumos de tierra y zumbido de termitas. Fue como meter la mano a un viejo féretro. Cuando prendí la luz, vi junto al libro devorado el delgado ejemplar de Nostálgicas mansiones de Teófilo Cid intacto. Hubo momentos en que llegamos a dudar si los clientes eran de carne y hueso. Como aquel ebrio que entró preguntando obsesivamente por un tal Pancho Treviño, y antes de esfumarse, de cara a la pared, descifró el enigma del mundo en balbuceos y rasguños al aire.
Aunque Manolo vivió gran parte de su vida en Argentina y se formó como chef en Estados Unidos, Álvaro nació en Ottawa y yo ya he pasado más tiempo en México que en Chile, puede decirse que El Árbol era un restaurante-bar más chileno que otra cosa. Y pondré por testigo, junto a las de cerveza, a las botellas de vino en manteles de colores, al pan casero, las empanadas y el pastel de choclo para arriesgarme a afirmar su identidad de picada.
Epílogo
La experiencia del bar es difícil de retener, no tanto por los efectos del alcohol, sino por su carácter efímero y marcadamente local. Se desvanece entre los dedos y nos quedamos apenas con un puñado de nombres, un detalle de la decoración, un aroma. Hoy no queda de El Árbol más que las ediciones que llevan su nombre; el sosegado papel, ahí donde hubo risas, transpiración, voces alzadas.
He dicho que la vocación de bar tiene su origen en la cueva, y que quisimos llevarla al árbol (influyó el nogal, es cierto) por la necesidad de una figura que uniera alimentos y letras, lo imprescindible y lo inútil, las hojas blancas y los frutos, el cielo por el cual llegué a esta tierra, la tierra firme del origen y el limbo de la extranjería; por la necesidad de esa figura de orador que tiene el árbol en tiempos de fe extraviada; esa figura, dice Lezama, que “se traslada con expansión y es fiel a su paisaje”.
Este texto fue publicado en el libro "Elogio del bar/ bares & poetas de Chile", editado por Gonzalo Contreras. La foto es de Mauricio Toro Goya
Bar El Junco, Jiquilpan de Juárez.
Mi nueva libreta. Estrenándola en el bar Gargantuas, donde me encontré con Raymundo Ubiña, quien las hace y se la había dado a mi novio para que me la entregara, lo cual tomó semanas. Estábamos hablando de eso, de cómo las libretas son objetos cargados, ante todo de intimidad. Hay mucha gente que ya no desea o no sabe que desea ese nivel de intimidad. Había ido al bar para acompañar a mi novio que vería ahí a Lucio, el hermano de Américo Speed, poeta extremo que es recordado, cuando menos por mi hermana y por mí, por la forma de empezar un poema diciendo, lleno de intención: Sucia…
Mi nueva libreta. Estrenándola en el bar Gargantuas, donde me encontré con Raymundo Ubiña, quien las hace y se la había dado a mi novio para que me la entregara, lo cual tomó semanas. Estábamos hablando de eso, de cómo las libretas son objetos cargados, ante todo de intimidad. Hay mucha gente que ya no desea o no sabe que desea ese nivel de intimidad. Había ido al bar para acompañar a mi novio que vería ahí a Lucio, el hermano de Américo Speed, poeta extremo que es recordado, cuando menos por mi hermana y por mí, por la forma de empezar un poema diciendo, lleno de intención: Sucia...