Soñé que escapaba de una especie de escuela que me recordaba a mi kínder. Huía por una ventana mientras uno de mis compañeros distraía a un profesor. Salía por la cochera y corría por la calle hasta cruzar una avenida, donde me subía a un camión. No sabía cuánto debía pagar, así que le daba al chofer una moneda de diez pesos y esperaba su reacción. Después me iba hasta la parte trasera.
La gente dentro del camión se veía como si perteneciera a otro país y a otra época; daba la impresión de que vivían en condiciones muy difíciles. Me sentaba y un chico a mi derecha, que tenía síndrome de Down, sacaba su celular y se tomaba una selfie conmigo. Yo posaba, y al ver la foto notaba que, de fondo, había captado el momento exacto en que un edificio alto e iluminado se veía en su mejor ángulo.
Reconocía el lugar por el que estábamos pasando: es un sitio con el que he soñado varias veces, quizá tres. Es un lugar de centros comerciales y entretenimiento llevado al máximo lujo, algo que solo puede existir en sueños. Los edificios estaban sostenidos por esculturas más altas que cualquier rascacielos actual, con anuncios y luminarias imposibles para la tecnología de hoy.
Pedía bajar del camión. Cuando subí, el chofer me había preguntado si sabía cómo pedir la parada; yo le dije que con los botones de los barandales, pero él respondió que no, que era con unos juguetes de goma amarrados a uno de los tubos. Ya abajo, caminaba por ese lugar intentando reconocerlo, aunque muchas cosas habían cambiado desde la última vez que lo soñé. Me sentía atónito de estar ahí, como si fuera un sitio imposible pero familiar al mismo tiempo.