Podría jurar que en ese precioso instante supe que estaba solo y, por primera vez en muchos años, necesité imperiosamente de alguien.
~Abelardo Castillo.

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Podría jurar que en ese precioso instante supe que estaba solo y, por primera vez en muchos años, necesité imperiosamente de alguien.
~Abelardo Castillo.
Erika, sabes, tengo la cabeza llena de fuego y fuego. Erika muchacha de las guirnaldas, amos, sabes, esto no es más que un sueño. ¡Ríete!, porque esto es solamente un sueño, despertaré, despertarás mñana, y los dos estaremos en la aldea, en la aldea donde hay casa de paja y amarillo tibio, muchacha mía, pequeña de andar entre las flores cantando, mañana, oye, despertarás y yo despertaré en la aldea.
-Abelardo Castillo.
Vuelvo otra vez. Pregunto. Tal vez ese silencio dice algo, es una inmensa letra que nos nombra y contiene en su aire profundo. Tal vez la muerte detrás de esa sonrisa sea amor, un gigantesco amor en cuyo centro ardemos.
Tal vez el otro lado existe y es también la mirada y todo esto es lo otro y aquello esto y somos una forma que cambia con la luz hasta ser sólo luz, sólo sombra.
Blanca Varela
Los abuelos no pertenecen al mundo del olvido
Mi abuelo Olegario con su cabello blanco está distante en la memoria
Disciplinado en cosas sencillas hacía ejercicios simples diariamente
Comía avena en la mañana escuchaba Martín Valiente a mediodía iba a la carpintería
“Vente mi niña para que te llueva madera”
Y allí debajo de la mesa de lijar y su inmensa fresadora que asombraba los ojos infantiles hacía bucles de aserrín
El abuelo perdura en el tiempo y en el corazón
Los cuentos de los abuelos -sus trabajos maduran cuando crecemos
Me pregunto la extraña razón de tener un noble abuelo con cabellos blanquísimos y delgada elegancia
Risa pulcra al son de los niños
Ternura como aroma que se esconde bajos las piedras después de la noche
Colocaba discos de acetato en el viejo tocadiscos y en el círculo trazado por la aguja escuchaba atentamente las canciones que describían su vida y sus sueños En la cama de madera fabricada por sus manos lo escuchaba relatar historias de compositores muertos de amor o de exilio
Me miro en el espejo de la peinadora aún me pongo labiales carmín -aunque ya no son los de mi abuela-
Lo miro observando en el espejo la pequeña niña morena que fui
Olores de infancia permanecen en la memoria
Figuras largas blancas se van desfigurando en la ventana del cuarto iluminado de abuelos en la casa de San José de Ávila
La madera nunca pierde su olor
La lija siempre llueve madera aunque ya no cae en la cabeza
La música eterna de boleros tangos danzones gira por la infinita luz del día
Un juego de beisbol una pelota Spalding con la firma de Aparicio rueda aún por algún rincón de la casa vieja -hoy reconstruida en otros rumbos-
Veo a mi abuelo descansando debajo de un samán más anciano que él mismo
Olegario Chicote ponía las manos en la sierra y su cuarto de trabajo era habitado por formones
Clavos pequeños que penetraban las tallas con ayuda de un martillo que parecía de juguete
El abuelo tenía corazón y manos llenas de mariposas o caramelos
Ingrid Chicote
Somos teclear de lluvia. Agonía de lagartos. Manos de carbón. caracoles de azogue. La partida de un niño, un perro doloroso, una hoja muerta Somos hombres sin sílaba sin sombra sin lápiz. Árbol sin viento y sin ancla que devoraste nuestras palabras nuestros limoneros Camino de algas y mariposas que truncaste el silbido del hombre crucificado. Somos aceras mojadas, plegarias de surcos, ternura.
Miyó Vestrini
Arráncame las áridas raíces, déjame suspendida en el espacio, entre los vientos firmes. Allí se está como en un gran regazo maternal y sin límites. Déjame con los pájaros, indagan lo invisible. ¡Ah, más allá del cielo se alza un árbol que sus alas indómitas persiguen! No lo han visto jamás y, sin embargo, creen sentir su rumor en los confines. Rumor de hojas distantes... Pero ¿acaso no lo vieron, gigante, en el origen primero de la vida, y en sus cantos no es la voz de la ausencia lo que aflige? Deja que suba a lo alto y que mi canto vibre. Canto la ausencia de algo, de una estrella enterrada en nubes grises. La sombra azul del árbol se dilata y me ciñe. Déjame con los pájaros. Soy una flor delimitada y triste. Arráncame los pétalos y el tallo y la fragancia, y líbrame.
Ida Gramcko.
Sentía su largo cuerpo expuesto como un nervio al dolor del aire, sin amparo, sin poderse inventar un alivio.
-Juan Carlos Onetti.
Comenzó a imaginarla como a una mujer desconocida, cuyos gestos y reacciones debían ser adivinados o deducidos; como a una mujer preservada y solitaria entre personas y lugares, que le estaba predestinada y a la que tendría que querer, tal vez desde el primer encuentro.
-Juan Carlos Onetti.
Eran diez o doce cuadras, ahora solo y más lento, a través de noches molestadas por vientos tibios y helados, sobre el filo inquieto que separaba la primavera del invierno. Le sirvieron para medir su necesidad y su desamparo, para saber que la locura que compartían tenía por lo menos la grandeza de carecer de futuro, de no ser medio para nada.
-Juan Carlos Onetti.
Volvió a protegerse antes de mirar: “Estoy solo y me estoy muriendo de frío en una pensión de la calle Piedras, en Santa María, en cualquier madrugada, solo y arrepentido de mi soledad como si la hubiera buscado, orgulloso como si la hubiera merecido”.
-Juan Carlos Onetti.
Risso temió, sobre todo, no ser capaz de soportar un sentimiento desconocido que no era ni odio ni dolor, que moriría con él sin nombre, que se emparentaba con la injusticia y la fatalidad, con el primer miedo del primer hombre sobre la tierra, con el nihilismo y el principio de la fe.
-Juan Carlos Onetti.
Un brillo, el de los ojos del afiche, se vinculaba con la frustrada destreza con que él volvía a hacerle el nudo a la siempre flamante y triste corbata de luto frente al espejo ovalado y móvil del dormitorio del prostíbulo.
-Juan Carlos Onetti.
El mar nos dió esplendor y ceremonia
márgenes de realidad
la arena que resbala
el mediodía
el alma es esta pausa entre el calor y tu ternura
la orilla donde el presente se fija y se alimenta
el oleaje el salitre
maceran nuestra piel para esta pena
juntos hemos disipado el dolor
juntos convertimos la herida en un festín
aquí la ausencia sabe a fruta
y los muertos son esta suavidad que acoge nuestros cuerpos
este sopor que moja las memorias
y transforma la nostalgia en contento
juntos hemos cavado la fosa y la quimera
el mundo es esta luz que ciñe se propaga y ciega
el tiempo ya no importa
vivo y sueño
aún nos queda la casa
el sortilegio
y el mar que nos renueva
-María Fernanda Palacios
Recuerdo que en aquel tiempo andaba muy solo -solo a pesar mío- y sin esperanzas. Cada día la vida me resultaba más difícil. No había conseguido todavía el trabajo en el diario y me había abandonado, dejándome llevar, saliera lo que saliera. ¿Por qué los sucesos no vienen al que los espera y los está llamando con todo su corazón desde una esquina solitaria?
-El pozo, Juan Carlos Onetti.
Y yo me le acerqué mucho y le di un montón de besos en la cara y le acaricié el pelo, le dije que olía rico, ella alzó los ojos y yo en aquellos tiempos me perdía en sus ojos, no era sino mirarlos y me iba en barco, viento a favor, alguna canción de por allá anunciando mis hazañas, mi mamá que me aprieta la mano y cierra los ojos para que yo no me vaya tanto, mete la nariz en mi oreja derecha, en mi oreja izquierda, y luego me dice cosas, la canción esa que yo escucho añorando sus ojos, el sol en el poniente.
-El atravesado, Andrés Caicedo.
Naturalmente tú no te das cuenta. Porque envejecemos tan rápidamente y las palabras se van añejando más pronto que nosotros y juramos que han desaparecido entre reconciliaciones de silencios, que se han desvanecido como la cortina del último cigarro cuando apagamos la lámpara del día.
-Luis Sepúlveda, De los globos.
Esto de lo globos te lo cuento en un afán de popularizar su uso, ya que son especiales para gente como nosotros. Eternamente dispares en las palabras.
Es posible que tú no comprendas su utilidad inmediata y juzgues esto como uno de mis tantos oficios inútiles. O tal vez, como nunca hablamos en sitios abiertos, temas asfixiantes por la cantidad de globos. Como ves, siempre resultamos víctimas de las palabras.
Pero sin los globos las cosas seguirán igual. Las palabras continuarán saliendo de tu boca, rebotando entre el techo y el suelo, entre una muralla y otra, transformándose en una densa telaraña que no cesará de crecer sino cuando yo haya caído en medio de ella como una mosca vieja y empiece a dar pataleos seniles en un intento de liberarme, o en el mejor de los casos, cuando alcanzo a salir y a cerrar la puerta.
-Luis Sepúlveda, De los globos.