Él fue la consecuencia lógica de mi enferma manera de entender el amor
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Él fue la consecuencia lógica de mi enferma manera de entender el amor
Karen Fernández
Mi nueva mejor amiga, la copita menstrual
Había, hace algún tiempo, escuchado hablar sobre la copa menstrual, primero, me pareció magnífico poder reducir mi huella de desechos sanitarios, así que me puse a investigar por todos lados y a ver videos sobre el asunto y la verdad... me asusté. El método parecía bastante incómodo, la copa demasiado grande y la idea de tocar algo lleno de sangre, me producía nauseas. Sin embargo, me animé a probarla y, contrario a lo que esperaba, me pareció fantástica.
Primero, la copa menstrual es una alternativa sustentable, pues, reduce dramáticamente la huella ecológica. Se trata de una especie de copita de textura gomosa (hecha de silicón de grado médico) que se utiliza de manera similar a un tampón, pero, a diferencia de éste, es reutilizable: la vacías, la lavas y/o desinfectas y la vuelves a colocar.
Aproximadamente, toda mujer en edad reproductiva utiliza cuatro toallas sanitarias o tampones diariamente, durante un ciclo de cuatro días, doce veces al año; un total de 192 desechos sanitarios anualmente, cada uno de los cuales, tardará 500 años en desintegrarse. Una sola "copita" menstrual tiene una vida útil de 10 años, ¡sí, 10 años!, lo que significa que, al cabo de ese tiempo, producirás sólo un desecho sanitario, ¡1919 desechos menos!
Pero ése no es el único beneficio que representa la "copita" menstrual, pues, al tener una vida útil de 10 años, ahorras en paquetes y paquetes, y más paquetes de toallas sanitarias o tampones (una copa menstrual cuesta entre 350 y 500 pesos). Por otra parte, al no contener asbesto (como los tampones) y al no guardar humedad en la zona genital (como las toallas), se reduce considerablemente el riesgo de contraer alguna infección vaginal.
Y... en cuanto a lavarla... no es nada asqueroso, sé que lo parece, pero no lo es. Antes de utilizar la copa menstrual, creía que la sangre (mi sangre) tenía un olor desagradable, pero no es así, lo que produce ese olor nauseabundo son los químicos que contienen las toallas sanitarias, así que ¡hola copita, adiós olor! Ahora veo mi menstruación como un proceso natural y limpio que no debe, y que no es una molestia.
Entre los beneficios adicionales de la "copita", puedo mencionar que es comodísima, invisible y que no tienes riesgo de derrames, aunque no voy a mentir, al principio tuve alguno que otro accidente, pero creo que es normal mientras te acostumbras a utilizarla y a colocarla correctamente.
Considero que cada uno debe tomar su lugar en el combate de la crisis ambiental y que, las pequeñas acciones son motor de grandes cambios, así, más vale darnos la oportunidad de probar alternativas sustentables, ¡adiós prejuicios!
Vuelta en "U"
No soportaba esa sensación en su cuerpo, estaba desesperada. Tenía ganas de despertar a gritos al hombre que dormía a su lado, quería golpearlo hasta agotar sus fuerzas, decirle cuanto lo odiaba, cuan cobarde era y lo infeliz que la había hecho todo ese tiempo.
Tenía un miedo inmenso a que todos los días de su vida transcurrieran de la misma manera, a no gozar las aventuras que había soñado cuando niña, a ver siempre los mismos paisajes, a seguir la misma rutina, cumplir horarios.
Ya había dejado el sueño de ser actriz por miedo a terminar haciendo telenovelas; no quería arriesgarse a ser infeliz por miedo a perderle a él.
--Quizá él tiene la culpa, quizá me está atando, quizá es el ancla que no me permitirá ir en busca de nuevos mares. ¡Carajo!, ese hombre es inexpresivo hasta la chingada, me ama de una manera que detesto, ¡no puedo soportar un minuto más a su lado! –decía-.
Ese hombre, diez años, nueve meses y veinte días mayor que Ang, era insufrible; ella ansiaba tormentas y él, era más bien como una brisa ligera.
Vivían en el tercer piso de un edificio modesto. Su departamento contaba apenas con tres piezas: la cocina, con una barra y un pequeño comedor de sillas desiguales; un cuarto que servía al mismo tiempo de salón de estar y de estudio, y, finalmente, la recamara que ellos compartían, grande, húmeda y oscura, con sólo una ventana que daba a la calle, debido a la mala arquitectura del lugar.
Ella estaba recostada boca arriba, frente a la ventana, del lado derecho de la king size. Raúl, recostado a su lado, le abrazaba con el brazo izquierdo, justo a la altura de la cintura, tenía extendida su mano sudorosa sobre las costillas de Ang, casi al borde de sus senos; su barba, sin afeitar desde hacía casi una semana, le provocaba picazón y su respiración tibia, chocaba directamente con sus labios, resecándolos. ¡No podía soportar un minuto más, incluso su aliento la estaba hartando!
Con cuidado, y ahora sin ánimos de despertarlo, la mujer trató de escabullirse. Primero, como pudo, sacó dentro del montón de cobijas su mano izquierda, luego, con la misma, se quitó de encima el edredón, una cobija, otra cobija… de pronto, un escalofrío le recorrió el cuerpo; se apresuró a quitarse la pálida sábana que le cubría y luego, titubeante, la mano del hombre al que había amado algún día.
Se incorporó despacio y caminó hacia la ventana, la duela desgastada crujía con cada paso. Hacía frío, así que se procuró un cigarro y recorrió las pesadas cortinas oxford para dejar entrar un poco de luz en la habitación.
Era un día hermoso, plateado; los nubarrones negruzcos se extendían hasta donde la vista alcanzaba, llovía a cántaros y aún con la ventana cerrada podía percibirse el aroma a pavimento mojado, el olor que ella tanto amaba.
En el departamento todo tenía un toque antiguo; no viejo, no desgastado, otroro, más bien. Ang tenía una extraña obsesión por comprar en los mercados de pulgas, cosas de aquí, de allá; a Raúl le chocaba: antes de que pudiera sentarse en el viejo sillón de cuero que habían conseguido en un bazar, tuvo que desinfectarlo un par de veces y, aún así, de pronto tenía la sensación de que estaba sucio, pero le gustaba complacer a esa mujer, diez años, nueve meses y veinte días menor que él.
Ella vestía un coordinado de encaje que Raúl le había regalado unas semanas atrás; su cuerpo sufría pequeños espasmos a causa del frío, sus dientes castañeaban; fumar no era cosa suficiente para entrar en calor, así que cogió la bata que colgaba del perchero, se cubrió con ella y fue a la habitación contigua por un vaso de wiskey.
Regresó al sitio de su hastío, él aún dormía; la luz que se colaba por la ventana chocaba directamente con su cuerpo, con su rostro distraído, su nariz afilada y sus labios gruesos. Los vellos de sus brazos parecían una ligera manta dorada que le cobijaba y el lunar que tenía debajo del ojo derecho lucía más abultado y más hermoso aquél día.
Ang bebió el wiskey lentamente y continuó observando a fru –que así le decía-; entonces, por fin pudo recordar lo mucho que lo había amado y los motivos que tuvo para hacerlo, aunque ahora, a la distancia, parecían insignificantes: en realidad siempre habían tenido más peleas y malos ratos, que risas y satisfacciones. Un tanto, por el carácter impulsivo de ella, y otro tanto, por la inseguridad y la inmadurez de él, quizá, producto del abandono de la madre cuando era casi un bebé.
Terminó el wiskey, dejó el vaso en una mesita de noche y se apresuró a buscar las valijas que estaban debajo de la cama, las llenó con lo necesario: sus documentos, su maquillaje, mudas de ropa interior, un par de jeans y algunas camisetas, también tomó el libro que en ese momento estaba leyendo y una foto que Raúl y ella se habían tomado tiempo atrás, cuando aún eran felices y se amaban.
Se vistió apresuradamente, tomó los jeans que había usado el día anterior, el primer sweater que encontró, sus botas de invierno y el abrigo viejo de fru que estaba mal colgado en el perchero. Cogió las valijas y salió de la recámara, pero regresó de inmediato; lo cobijó bien, le acarició el cabello y cerró las cortinas. Tomó las maletas y salió de la habitación.
Atravesó la sala. Se metió la mano en el bolsillo trasero y sacó su juego de llaves, lo colocó sobre la charola de metal que estaba en la mesita de centro –un viejo baúl de boticario adaptado, otro de sus tantos caprichos de compras-. Se sentó en el sillón individual de cuero rojo con estoperoles y encendió otro cigarrillo, lo fumó desesperadamente y antes de consumir una tercera parte, lo apagó restregándolo contra la codera del sillón; nuevamente tomó las valijas, esta vez, para salir del departamento.
Cerró la puerta, apretó lo ojos… algo se quebró en su interior. Bajó las escaleras del edificio; cada escalón que descendía aumentaba la sensación de libertad, el regocijo, las ansias de volar lejos, de no volver a ese maldito lugar jamás; daba gracias por haber tomado esa decisión, aún no podía creer lo mucho que había tardado en hacerlo.
Abrió la puerta del edificio, el viento frío se le estrelló en el rostro produciéndole una sensación de ahogo. Se colocó la capucha del abrigo y caminó hacia la avenida, las botas que llevaba puestas tenían la suela delgada, sin embargo, eran cómodas, cálidas, ideales para un día como ese.
Ang caminaba cada vez más de prisa, estaba entusiasmada, cada paso lejos de aquél departamento era un paso más hacia la libertad, hacia la plenitud.
La cremallera de la maleta más pequeña se atoró con un hilo de lana que colgaba de la esquina del bolsillo en el abrigo, las gotas de lluvia que le escurrían en el rostro provocaron que el Rimmel la cegara. Sus botas de suela de hule resbalaron en el pavimento liso, ella no pudo detenerse, soltó las dos valijas que hicieron malabares en el aire y cayó de sentón. Echó a reír, la vida no podía ser más perfecta: era una mujer libre, autosuficiente y capaz de burlarse de sí misma.
Se levantó sonriente, se sacudió el trasero y volvió a acomodarse la capucha del abrigo; con la manga, se limpió los residuos del líquido negro que escurría de sus pestañas y siguió andando. Cogió un taxi.
-Al sur -dijo con una sonrisa en el rostro-.
-¿a qué parte señorita? -replicó el taxista-.
-No sé, al sur. A cualquier hotel del sur que no sea de paso.
El taxista rio y tomó periférico en dirección sur sin hacer más preguntas.
Ang colocó la cabeza sobre el cristal de la ventanilla y se concentró en las gotas que escurrían, en los autos que pasaban, en las personas que corrían temerosas de la lluvia; sin quererlo, comenzó a hacer planes, pensaba en lo mucho que se iba a divertir, se imaginó en Italia, comiendo hongos en Indonesia y luego, en el nuevo departamento que compraría o alquilaría en la zona que más le gustaba de la ciudad.
Imaginaba una vida sin él y le gustaba. Podría ejercer su carrera, tener varias parejas, ir de antro, acostarse con un perfecto desconocido y no volver a saber de él; podría salir, reinventarse. Si le daba la gana, alguna noche no llegaría a dormir y no tendría que dar explicaciones por ello. Entonces lo decidió: al día siguiente, lo primero que haría sería despertarse tarde, pedir servicio a la habitación, buscar un banco, retirar algún dinero de sus cuentas y conseguirse el departamento perfecto.
Después de poco más de una hora, el taxi estaba parado en San Antonio a causa del tráfico; el taxista, motivado por el hastío empezó a platicarle, a compartir su sabiduría de ruletero. Ang le respondía con monosílabos sólo por cortesía, en realidad no le estaba prestando atención, pero de pronto, el conductor de bigote porfirista y apariencia serena dijo algo que llamó su atención:
-… yo le dije que todo pasa, que el amar no lo es todo, el amor no se come. ¿No?, o cómo ve señorita… -preguntó el chofer-
-¿Qué? – preguntó ella con más ánimos de callar que de hablar-
-Pus que de amor no se vive y uno no debería perder el tiempo en esas tonterías… -insistió el hombre-
Ella asintió y sonrió, entonces, inevitablemente pensó en Raúl. Se habían conocido cuatro años atrás. Ambos tenían pareja y ninguno estaba en busca de un pasatiempo, pero esas cosas no se planean, el amor es imprudente.
La primera vez que se vieron, Raúl fue al escritorio de Ang –que antes era suyo-, necesitaba documentación importante que había olvidado al mudarse de oficina. Al abrir un cajón para tomar los papeles que necesitaba, la golpeó en la rodilla.
-¡Autch!, fíjate, me pegaste –dijo ella en tono de molestia-.
-Perdón -respondió él apenado-.
-Ok, te perdono –dijo la mujer con una sonrisa imprudente-.
Raúl rió. En ese momento sus miradas coincidieron por primera vez, fue amor a primera vista. Él lo supo, porque cuando Ang sonreía no podía dejar se sentirse vulnerable, ella, porque sentía una repulsión especial hacia los lunares abultados, y él tenía uno enorme debajo del ojo derecho que le parecía encantador. Desde aquél día, Raúl iba cuando menos un par de veces al día a sacar “nada” del que había sido su escritorio y Ang, se retocaba el maquillaje algunas más, para estar impecable cuando él pasara por allí.
El taxista seguía hablando, haciendo ademanes, descuidando el volante y el camino; estaba atento al retrovisor, pero sólo por el morbo de observar a la mujer que parecía estar perdida en otra dimensión; ella sonreía de cuando en cuando, trataba de prestarle atención al bonachón que estaba al volante, pero no podía. Trató de seguir haciendo planes a corto plazo -para el fin de semana, llamaría a sus amigas, se compraría algo de ropa e irían a bailar, o tal vez, le hablaría a un poeta de tiempo completo, amigo suyo, con quien siempre había tenido algo inconcluso-, pero tampoco lo logró.
El hombre de cuerpo escurrido que había dejado tendido en una king size al norte de la Ciudad de México, le ocupaba por completo el pensamiento y le estaba provocando un nudo en la garganta.
-En qué piensa señorita, reclamó el taxista.
-Nada, me acabo de divorciar, contestó ella.
- Híjole, que feo, y cuánto tenía de casada, preguntó el conductor sin notar su imprudencia.
- No sé, todavía no nos casábamos, contestó molesta.
El taxista hizo una mueca de extrañeza y siguió preguntando hasta que le hizo hablar. Ella le explicó que vivían juntos, que él era diez años, nueve meses y veinte días mayor que ella, pero parecía un chiquillo de quince años. Celoso e inmaduro, voluble, estúpido. No la entendía para nada, era un borracho, la chantajeaba y para colmo ¡quería tener hijos con ella!, ¿cómo se atrevía? A demás, a ninguno de sus amigos le gustaba esa relación, todos le habían dicho siempre que merecía algo mejor.
El taxista escuchaba atentamente, tanto, que empezaba a dar consejos que “la recién divorciada” no había pedido. Le dijo, por ejemplo, que había hecho bien en dejarlo, si Raúl era tan mayor, dentro de poco no iba a tener el vigor que ella necesitaría, ni las ganas de ir a bailar…
- …además –y explicó que lo decía en su calidad de hombre-, a ningún cabrón le gusta que le chuleen a la vieja en la calle, de seguro es bien celoso señorita; mejor consígase a uno de su edad… -dijo realmente conmovido por la situación de su pasajera-.
Ella trataba de escucharlo y convencerse de que tenía la razón. El taxista, sus amigos y ella misma, no podían estar tan equivocados, esa relación no podía dar para más. Rezó porque el hombre diez años, nueve meses y veinte días mayor que ella no fuera el amor de su vida, mientras tanto, el taxista seguía con sus interminables historias, sobre parejas que fracasan porque el amor no vale nada.
-Fíjese, ese chavo era mi cuate, pero si trataba bien mal a su esposa… le digo señorita, consígase a alguien de su edad, no se complique la vida. Para qué quiere que la embaracen y le peguen… no señorita, usted todavía está muchacha… y, entonces ¿ya sabe que hacer ahora que se deshizo de su lastre?-preguntó el hombre con verdadera intriga-
-Sí –dijo ella ya sin el nudo en la garganta-
-Y qué va a hacer, digo, si no es indiscreción… -continuó el hombre-
-Dése la vuelta en “u” -respondió la mujer, sonriente -
Después de un para de horas, Ang estaba de nuevo en la entrada de aquél edificio al que había decidido no volver. Abrió las maletas, tomó sus documentos importantes, la fotografía de ambos, el libro que entonces estaba leyendo, su maquillaje y metió todo en su bolso de mano, el resto del equipaje, lo tiró a la basura. Se arregló un poco la cara y comenzó a subir las escaleras.
Si Raúl le preguntaba, le diría que había ido aquél día a donar un poco de ropa a los indigentes. Cada escalón, era un paso más hacia su plenitud, hacia su libertad.
Karen Fernández