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La mansión Mulciber estaba llena de ruido aquella noche.
Risas demasiado fuertes, copas que tintineaban, voces graves de los patriarcas de todas las familias sangre pura, discutiendo sobre política y linaje como si el año nuevo fuera otro trofeo que debía recibirse con solemnidad en ese exclusivo club de conservadores.
Aunque odiaba toda la idea de la fiesta, Ophelia se estaba esforzando por sonreír todas las veces que se esperaba que sonriera, asentía donde debía asentir, con el vestido impecable y la espalda recta. Quizá si se comportaba por algunas horas, después ni siquiera su madre podría reprocharle nada, por ejemplo no estar cerca de Frederick. Aunque también contaba con que se embriagara tanto que dejara de ponerle atención. Pensaba en todo eso hasta que una sola mirada bastó.
Emmett no dijo nada. Nunca lo hacía en estos momentos de extrema concentración. Simplemente inclinó la cabeza, apenas un gesto, y ella supo lo que quería darle a entender.
Se escabulleron por una puerta lateral como dos adolescentes imprudentes, llevándose consigo una botella robada de whisky caro, por supuesto. Nada en esa casa era corriente. El aire helado del jardín los recibió como una bofetada para que reconsideraran ese impulso pero ambos la ignoraron. La noche era azul y silenciosa, el césped crujía bajo sus pasos, y la música llegaba amortiguada a través de los enormes ventanales, como si el mundo real estuviera lejos.
—Nos van a ver —murmuró Ophelia, aunque no se detuvo hasta alcanzarlo.
—Siempre nos ven, Owen no me ha quitado los ojos de encima cada pocos minutos —respondió Emmett con una media sonrisa—. Solo que esta vez no está mirando hacia aquí.
Se refugiaron junto a un seto alto, el aliento de ambos se hacía visible en el frío. Emmett le ofreció la botella, ella bebió un trago demasiado largo, sintiendo cómo el alcohol le quemaba la garganta y también le aflojaba algo que llevaba años apretado en el pecho. Cuando se la devolvió, sus dedos se rozaron. No fue por accidente.
Durante un instante no hablaron, no hacía falta. El silencio entre ellos, siempre estaba cargado de todo lo que nunca necesitaban decirse en voz alta. Emmett se quitó la túnica de gala y la colocó sobre los hombros de Ophelia sin pedir permiso, acercándose más de lo prudente si alguien aparecía, lo suficiente para que ella pudiera sentir el calor de su cuerpo contrastando con la noche.
—Feliz año nuevo, Phee —dijo en voz baja.
Ella levantó la vista. Sus ojos brillaban, no solo por el frío ni por el whisky. El enojo que sentía desde que habían anunciado su compromiso con Parkinson renacía en los peores momentos, como aquél.
—No lo digas así —susurró—. Como si fuera real. No será un buen año.
Emmett tragó saliva. Su mano, que aún sostenía la botella, tembló apenas.
—Lo será —respondió por fin—. Estaremos juntos, sin importar nada. No me alejaré de tu lado, sin importar lo que tenga que hacer .
El asunto que ninguno mencionaba, flotó como un fantasma entre ellos. El matrimonio con Frederick en tan solo unos meses, se acercaba como una sombra inevitable. La jaula dorada que el padre de Ophelia en la que pretendía encerrarla, ya comenzaba a cerrarse.
Ella fue quien acortó la distancia.
No fue un beso apresurado ni torpe. Era más bien urgente, como si ambos supieran que cada segundo contaba. El mundo pareció reducirse al contacto, al frío ya olvidado, al latido desbocado de sus corazones latiendo al mismo tiempo. Emmett apoyó la frente contra la de ella cuando se separaron, respirando hondo, como si le doliera.
—Deberíamos volver —dijo Ophelia, aunque no se movió.
—Lo sé— admitió Emmett pero ninguno de los dos dio ni un paso hacia atrás.
La risa de Adeline resonó desde la casa mezclándose con el ruido de pasos de los invitados saliendo al jardín. Probablemente ya estaba demasiado ebria. Era hora de los fuegos artificiales y afortunadamente se estaba armando un gran escándalo con exclamaciones de emoción. El riesgo de que alguien pudiera verlos era absolutamente real ahora, tan real como el deseo y lo prohibido del momento, pero también como la injusticia en todo ello.
—Prométeme algo —pidió Emmett sin detenerse a pensar cómo sonaba aquello—. Que esta noche no la vas a olvidar. Que estábamos juntos justo al inicio del año.
Ophelia lo miró largamente, con una determinación suave pero firme.
—Nunca te olvidaré —dijo—. No voy a empezar ahora. Nada va a cambiar.
No pudieron decirse nada más por ese momento. Regresarían a unirse a los invitados por separado, como debía ser para no levantar sospechas, dejando atrás el jardín helado y el inicio de ese año que empezaba con la perspectiva de todo aquello que no querían nombrar, pero que a partir de ese momento se volvería real día con día.
"Es nuestro segundo año nuevo juntos" dijo Ophelia con tranquilidad mientras sujetaba la mano de Emmett, sentado a su lado. Más allá entre las colinas, algunos fuegos artificiales se asomaban, seguramente hechos por muggles pues no resultaban tan llamativos como los que solían ver cuando eran más jóvenes.
"El segundo de muchos, espero. Pero jamás olvidé el primero. Era una de las anclas en las profundidades de mi mente a dónde no dejaba entrar a los dementores" respondió Avery, apretando la mano de Phee disfrutando del momento y de la vista. Todavía la libertad se sentía como algo que podían quitarle en cualquier momento.
"Se acaba de volver mucho mejor, ven" Ophelia tiró con suavidad de la mano de Emmett y la puso sobre su vientre, que apenas y comenzaba a abultarse. El hombre sintió de pronto como si los fuegos artificiales estuvieran dentro de su pecho. El sutil movimiento debajo de su mano era un regalo, una promesa de que quizá ese año nuevo sería realmente mejor para ellos.














