Oración fúnebre del General Tomás Guido
Discurso Pronunciado en Montevideo por el Sr. General D. Tomas Guido al ser conducidos a Buenos Aires los restos del Sr. General D. Carlos María de Alvear el 21 de Junio de 1854.
Parecería que la misión del leal amigo del General Alvear y leal servidor de la República, habría agotado ya toda la elocuencia capaz de animar las cenizas glaciales del héroe de Ituzaingó. En efecto: para poder levantarse una voz al lado del noble conductor de sus restos [el almirante Brown], era preciso que esa voz fuese triplemente templada en el fuego del genio del amor del amigo y del amor de la Patria. Y lo fue — Colmada del bálsamo de la libertad, el solo digno de ungir los viejos huesos de un soldado de la Independencia, la voz elocuente del General Guido debía enviarnos a su antiguo amigo con un nuevo trofeo — el de haber inspirado tan sentidas palabras.
¿Quién al leerlas, al lado de cuantas producciones juveniles han formado una brillante corona fúnebre, no exclamara como Lamartine “hay más savia loca y mas sombra flotante en las tiernas plantas del bosque; pero hay mas fuego en el viejo corazón de la encina.” Pero ay! … termina ya la generación que puede ofrecer un holocausto puro sobre la tumba de sus héroes! que puede deponer allí el mito contemporáneo de los ardientes lidiadores de Mayo! Al borde de los sepulcros de nuestros amigos… ¡felices si no tenemos un día que ocultar el rostro y con él las aberraciones políticas de hermanos que se han nutrido de un mismo seno!
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“Hé aquí, señores, las reliquias de un veterano, que vuelve inanimado a su cuartel, por que en su amor a su bandera, ha querido legarla hasta los restos de su naturaleza mortal. Paz a los bravos en la tumban paz a esas ilustres cenizas, que dos Repúblicas veneran. Y a mí, señores, apartado del suelo de mi nacimiento, séame permitido, dar un último adiós a esa urna cineraria de un amigo, de tránsito por la tierra extranjera, si así puede llamarse con justicia, a la que fue la patria de sus triunfos; a la que le siguió a los combates, cuando le tocó lidiar por el principio excelso de su existencia política; a la que, en fin, ha sabido honrar su memoria con un respeto digno de un pueblo agradecido y valiente.
"El Brigadier General D. Carlos María de Alvear, de noble carácter, de ingenio vasto y sagaz, fue amado de la victoria; nosotros lo sabéis y no lo ha olvidado la América. Este recuerdo no es mas que una expansión, pues ante el aspecto majestuoso y sublime de la muerte, la pompas de la vida empalidecen, dejando el alma absorta en los misterios de la inmortalidad.
Si no me hallase bajo esas impresiones supremas, yo os haría en este punto la narración de sus servicios, entrando con vosotros así mismo, en la fecunda historia de su carrera pública, tan activa. En ella supo Une tirarse' doblemente por la inteligencia y por las armas— También fue ungido por el infortunio, que es casi siempre la última condecoración de loa varones insignes. La gloria tiene sus eclipses como el sol.
El General Alvear era demasiado notable como politice y como hombre de guerra, para haber escapado a la participación del fatal privilegio de la desgracia, que ha pesado sobre las cabezas mas nobles de la América. ¡Destino singular! ¡Quien penetra los designios del Cielo!'
A veces parece que la humanidad estuviese condenada a no avanzar en sus conquistas, hacia su perfección moral, sino a precio de ser atormentada en los mas poderosos instrumentos de sus revoluciones; y que la libertad, como los ídolos del paganismo, no fuese propicia a los hombres,, sin ofrecerle antes en holocausto el sacrificio de víctimas ilustres. Formidables ejemplos nos presenta la América de esta terrible hipótesis.
Miradla, si no, convirtiéndose a principios del siglo, en palenque de heroicos justadores, apercibidos a la lid y bajo el prestigio de la mas bella de las causas. ¡Felices los que han caído combatiendo! Que fue de los que sobrevivieron? Ahí doloroso es decirlo; arrastraron, como el General Alvear, una existencia sombría, en que hay todavía algunos relámpagos de gloria; existencia llena de peligros, de desengaños y de desventuras.
Sí, la adversidad se halla en el fondo de todas las vidas agitadas. El sufrimiento en el orden, de la naturaleza precede al nacimiento y desarrolla que mantienen la admirable, armonía del universo en sus relaciones múltiples, en sus combinaciones infinitas. Es un fallo inexorable que gravita sobre todo lo creado, alcanzando hasta a tas abstracciones del espíritu.
Dios ha querido que la religión se divinice por el martirio; que las ideas no se produzcan sin que haya esfuerzo en la germinación, sin que a veces so. bauticen con sangre : que los pueblos no se regeneren sino por la convulsión y por las lágrimas.
Tendré que recordaros los sufrimientos sobrehumanos que costó al Salvador legamos una creencia en la tierra, un refugio en la Divinidad? Ante ese espejo claro, donde se reflejan todas la angustias, el hombre religioso y pensador inclina la cabeza y marcha al término de su jornada, resignado a la fatalidad de aquella ley expiatoria.
Así han ido alejándose en su postrer romería, uno tras otro, los hijos de esa generación fuerte, quo templó su acero en el carácter de los mas encumbrados volcanes, para fulminarlo desde allí, como un rayo, a la frente de sus enemigos.
¿De tanto como trabajáronle tantos sacrificios como hicieron, qué han llevado esos hombres a la morada del eterno silencio? Preguntadlo a esas cenizas, pues también hablan los sepulcros para quien sabe interrogarlos.
Si los presentimientos íntimos son una inspiración que merezca .escucharse; si es que existe alguna armonía entre la naturaleza animada y el espíritu libre de su envoltorio mortal: yo que me he puesto, tantas voces en intimidad con mis antiguos camaradas ausentes; yo que les he visto pasar, como ahora, delante de mí, precediéndome en la marcha, arrebatándome cada uno de ellos en su eterna despedida, una parte de mi corazón, yo os diría, señores, que, lo único que esos muertos han llevado de este mundo, es una gran tristeza en el alma, y una esperanza en la posteridad.
Pero no evoquemos recuerdos ingratos donde no deben prevalecer sino gloriosas memorias. Ni digamos tampoco cómo la envidia ó, la maledicencia, persiguieron sin tregua a esos patriotas, minando tenazmente sus días, su prestigio y si fama. La calumnia, empero, cae sin fuerzas inficionada por su propio veneno, cuando se ensaya mas alla de los límites de la vida.
El sepulcro es el crisol donde se purifican las acciones humanas; porque el espectáculo de la muerte da severas lecciones, despierta sentimientos de justicia, desarma a la pasión, convida a las meditaciones profundas.
¿La muerte! ella va ya extinguiendo a toda esa gran familia que emprendió la libertad del continente y de la cual solo quedan algunos miembros dispersos en la soledad y en la sombra…
Los últimos de una generación semejámonos en nuestro aislamiento a aquel guerrero de Ossian, quien al tender los brazos en las tinieblas, solo encontraba en todas partes los huesos de sus viejos compañeros.
Los despojos de casi todos los nuestros, de nuestros contemporáneos, de nuestros amigos, descansan en el seno amoroso de la madre común. Una nueva generación se agita sobre sos sepulcros, y algunos de los hombres que les han sucedido, fascinados tal vez por una perspectiva engañosa, hablan yo no sé que lenguaje siniestro para la unidad de la patria, que aquellas sombras venerandas de los que fueron, no podrían comprender jamás.
Ellos murieron confiados en que descansarían al pie de la bandera que amaron — símbolo augusto de una nación unida y victoriosa, que conocen las altas cordilleras; la misma que flameó triunfante desde las márgenes del Plata hasta las faldas del Chimborazo.
Acuérdaseme, señores, de una tradición antigua que en su poética simplicidad, acaso dé un ejemplo digno de imitarse, de fe robusta, y do veneración a los que ya no existen.
Dícese que los celtas, raza belicosa y guerrera, tenían costumbre de ir a meditar sobre la tumba de sus héroes; que allí se adormecían porque les inspirasen en el sueño. ¡Sublime creencia, regeneradora de las almas, la que así eslabonaba el mundo de los vivos con el mundo de los espíritus, fundando de este modo el dogma dé la inmortalidad. .
Eh bien; la mayor parte dé la bizarra falange a que perteneció el General Alvear, cayó rendida por el tiempo. ¡Pluguiera al Cielo que los argentinos pidiesen también inspiración a los manes de esos campeones para siempre dormidos!
El ínclito argentino cuya pérdida lamentamos, dejó este mundo lejos de su suelo, después de una ausencia de diez y siete años. Las oscilaciones políticas qué nos traen en continua zozobra, lleváronle a vivir bajo una zona inclemente, donde se vio forzado a permanecer sirviendo un cargo diplomático.
Pero ni los contrastes, ni las decepciones amargas que hubo de sufrir mas de una vez, ni su salud, herida hasta la savia, fueron parte a entibiar en esa alma ardiente, su deseo de volver a la Patria.
El no hubiera repetido jamás, ni aun en medio de sus tribulaciones, aquellas crueles palabras de Scipion, cuando quejoso de la ingratitud de la República, la apostrofaba despechado el grande hombre, negándole para lo futuro, hasta el depósito de sus cenizas.
No, el grande Alvear era un viejo soldado enfermo y triste, que miraba de lejos bus armas y su tienda de largo tiempo abandonadas, y suspiraba por ellas. Ya que no pudo sentarse dé nuevo a sus hogares, quiso al menos que esos restos reposasen bajo la bóveda de ese cielo que le vio en sus días dé juventud y de triunfo; a la sombra de los colores argentinos, en el suelo do su gloria, de su amor y de sus esperanzas!
Quizá una voz secreta, partida de las entrañas de la tierra; una voz que penetrase basta lo mas hondo de su corazón; una voz insinuante, como la que dijo a los hombres: amaos los unos a los otros; quizá, digo, señores, les aconsejara, la reconciliación sobre las tumbas de sus antepasados, la paz, la unión, la fraternidad y la justicia.
Perdonad si vuelvo los ojos incesantemente a la Patria, es el consuelo de los que viven lejos de ella. Hoy mas que nunca tal pensamiento le pertenece todo entero a la vista de ese féretro que encierra los despojos de uno de sus hijos mas esclarecidos. Mi alma se enluta en el presente pero recontándose al porvenir se promete que la historia de estos países reservara al general Alvear algunas de sus páginas mas brillantes.
Orientales y Argentinos comienzan ya a tributarte el homenaje de respeto y de agradecimiento que merecen los esfuerzos que hizo por la independencia. A estas demostraciones acudió el celo de un antiguo Adalid, su compañero de glorias, y hoy vemos no sin orgullo, a ese militar honor y prez de la República [el almirante Brown], custodiándole en su último viaje, fiel a la amistad, como lo saben ser los hombres de su temple.
Mientras al General Alvear lo coloca su país en el panteón de sus próceres, a sus amigos toca conservar la memoria de sus calidades privadas, de su trato fácil, de su amenidad, de su índole caballeresca y generosa.
Una palabra mas y habré concluido. Cúmplanse sus votos, y que la tierra que suele faltarnos en la vida, no le falte en la muerte."