LA SUEÑERA (selección) / ANA MARÍA SHUA
¡Arriad el foque!, ordena el capitán, ¡Arriad el foque!, repite el segundo, ¡Orzad a estribor!, grita el capitán, ¡Orzad a estribor! repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitàn. ¡Cuidado con el bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡Abatid el palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.
Los objetos no siempre resultan amenazadores. A veces, incluso son amables. Los domingos en la mañana, sin ir màs lejos, la mesita de luz, me trae el desayuno.
El sector de mis sueños está bien protegido. Doble cerca de alambre de púa, dragones con cola de perro, centinelas armados. Sin mi permiso no dejan entrar a nadie. A mí, en cambio, me meten a la fuerza.
Con una mueca feroz, chorreando sangre y baba, el hombre lobo separa las mandíbulas y desnuda sus colmillos amarillos. Un curioso zumbido perfora el aire. El hombre lobo tiene miedo. El dentista tambièn.
Sé que en el fondo de la taza, la borra de café dibuja mi destino. Para llegar a conocerlo bebo durante horas, durante días enteros el líquido que lo oculta. El líquido es oscuro, inextinguible. Beberlo para siempre es mi destino.
Cuando mi sillón predilecto avanza por la sala con los brazos extendidos y el paso decidido pero torpe, sé que se trata de un sueño. Vaya a saber qué pesadilla lo tiene otra vez así, sonámbulo.
Detrás de una puerta cerrada es posible encontrar los más inverosímiles horrores y también extraordinarias formas de felicidad. Cuando la puerta se abre, el número de posibilidades, que era infinito, se reduce a uno y entramos, por ejemplo, en un baño (es lo más común) o en nuestro propio dormitorio. Y cómo probar que esa realidad que se alza sólidamente ante nuestros ojos es la misma que nos aguardaba, agazapada, cuando estábamos tan cerca pero fuera de ella, detrás de esa puerta que volveremos a cerrar al salir para permitir una vez más el auge y decadencia de los innumerables universos.
El primer grito me alzaba la piel en un estremecimiento verde. El segundo grito se me hunde en los ojos y es una brasa. Al tercer grito reconozco mi voz y me despierto. ¿Qué viste?, me preguntan. Ojalá lo supiera, contesto yo. Pero es mentira.
Porque mi mano derecha escandaliza, la corto y arrojo fuera de mí. Ella camina muy oronda sobre sus cinco patitas por toda la casa y, lo que es más grave aún, sigue escandalizando.