Había algo desesperante en el modo en qué transcurría la vida.
Algo que, a pesar de mis esfuerzos, hacía que el tiempo discurriera.
Cómo el curso de un río inexorable.
No importaba cuántas veces deseara que el tiempo se haga más lento.
No importaba cuántas veces rogara que se detuviera, que mirara lo que estaba dejando atrás.
El mundo no espera a nadie.

















