Karl Ove Knausgård
El que me casara a los veinticinco años se debió a que anhelaba lo burgués, lo estable, lo establecido. A la vez eso se contrarrestaba con el hecho de que no viviéramos una vida burguesa, estable, rutinaria, sino al contrario, y con el hecho de que ya no hubiera gente que se casara tan joven, lo que lo convertía aunque no en algo radical, al menos en algo original.
Eso pensaba, y también porque la amaba, me arrodillé una noche que estábamos solos en una terraza en las afueras de Maputo, en Mozambique, bajo un cielo negrísimo, con el aire cargado del sonido de los grillos, y de tambores lejanos de un pueblo a varios kilómetros de distancia, y le pregunté si quería casarse conmigo. Ella contestó algo que no entendí. Al menos no fue “sí”. ¿Qué has dicho?, pregunté. ¿Me preguntas si quiero casarme contigo?, respondió. ¿De verdad es eso lo que preguntas? Sí, contestó ella. Quiero casarme contigo. Nos abrazamos, los dos con lágrimas en los ojos, y justo en ese instante sonó un trueno en el cielo profundo e inmenso, el sonido se desplazó rápidamente, Tonje entró corriendo por la cámara, y al salir me rodeó con un brazo y con la otra mano me sacó una foto.
Éramos dos niños.
La muerte del padre (Anagrama, 2012)
















