Me llovió sobre mojado, me tembló la tierra bajo los pies.
Casi se me vuela el tejado con el viento de su indiferencia.
Pero de todas esas adversidades supe sobreponerme, supe afrontar lo que vendría.
Pero la pérdida de su armonía me resultó devastadora.
Porque no perdí a su persona, perdí su presencia en mis días, sus palabras, su compañía.
Y mientras el tiempo avanza, no solo me acostumbro a su ausencia;
también comienzo a perder, poco a poco, partes de su recuerdo.
Y creo que eso es lo que más me duele:
no haberla perdido una vez, sino seguir perdiéndola con cada día que pasa.
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Peregrino:















