No sé si a vosotros os pasa lo mismo, pero cuando visito una ciudad en la que ya he estado con anterioridad, me gusta tratar de descubrir sitios que en mi anterior visita se quedaron pendientes, o que simplemente desconocía. Luego también me pasa que hay ciertos lugares que, aunque ya los haya visitado, me continúan atrayendo lo suficiente como para volver una y otra vez. Esto me pasa generalmente con los museos, y estando en Atenas, volver a visitar el Museo Nacional de Arqueología era una cuestión de respeto. Al museo y a mí mismo.
Intento conseguir algún tipo de descuento con mi carnet de Profesor Docente de la Generalitat de Catalunya, esta vez sin éxito alguno. Lo mismo me ha sucedido con mi reincidente visita a la zona de la Acrópolis. No esta vez. Sin embargo, en mi anterior visita —con menos años encima— conseguí moverme libremente entre todas estas atracciones sin abonar ni un solo euro, aquella vez mostrando mi carnet de estudiante de la UOC. Si se puede, uno debe aprovechar siempre la posibilidad de acceder de manera gratuita a los sitios. ¡Carnet mediante, eso sí!
El Museo Nacional de Arqueología de Atenas es uno de los museos arqueológicos más importantes del mundo. Una frase que suena un poco como suena cualquier padre hablando de su propio hijo. ¡Qué van a decir ellos de él! En cualquier caso, se trata de un área de 8.000 m² ubicada en un edificio de estilo neoclásico del s. XIX, que recoge colecciones de distintas civilizaciones que abarcan grandes períodos del mundo griego —también algo de Egipto— desde el sexto milenio hasta el 1050 a. C.
Son muchas las razones que atraen a turistas y curiosos a visitar esta exposición tan completa compuesta por alrededor de 11.000 piezas, entre las que se encuentran, por ejemplo, la máscara de Agamemnón. Una pieza de oro fino encontrada en Micenas (perteneciente a la civilización micénica) que, aunque no pertenece al rey que lleva su nombre, ha conservado su nomenclatura. En ella se pueden observar los pequeños orificios ubicados debajo de las orejas, que se utilizaban para sostener la máscara sobre la cara del difunto, muy oportunos para ajustar la máscara como si de un antifaz de carnaval se tratara.
En otro de los salones, dedicado esta vez a las colecciones de cerámica y artes menores, podemos encontrar más de 5.500 piezas procedentes de distintas épocas y estilos, que han sido recopiladas de todas las zonas de Grecia y alrededores, es decir, se incluyen áreas como Chipre, Siria, Egipto o Palestina, zonas hasta donde llegó la expansión de la cultura griega.
La mayoría de las piezas de esta colección tienen un carácter didáctico, y muestran ejemplos que van desde el período geométrico, pasando por el arcaico (que se refiere al período que transita desde el geométrico al clásico), el clásico y el helenístico temprano. En el periodo arcaico es frecuente observar en sus diseños la representación de la Gorgona. Un ser mitológico que se representa mitad mujer, mitad monstruo, con alas de oro y colmillos de jabalí. Aunque si hablamos de Medusa, pronto visualizamos esta figura mitológica con cabellos de serpientes capaz de convertir en piedra a quien se atreva a mirarla fijamente. Son la misma "persona", aunque los escritos hablan de hasta tres diferentes Gorgonas, siendo Medusa la única mortal. También es frecuente encontrar escenas sexuales un tanto explícitas, en las que los 'miembros' aparecen claramente exaltados, mientras que en representaciones contiguas se enfrentan a la batalla. El dolor y el placer comparten platos y vasijas.
Por último, cabe resaltar la zona perteneciente a las esculturas y a sus diferentes períodos, desde el arcaico, donde encontramos esculturas como la del joven desnudo (Votive Kouros), el helenístico, donde observamos la controvertida escultura de Afrodita, Pan y Eros, que representa lo apolíneo y lo dionisíaco, una dicotomía filosófica acuñada por Nietzsche y que enfrenta lo terrenal con lo divino, lo mundano con lo mágico, la ebriedad con la embriaguez, haciendo que el visitante suspire ante tan perturbadora imagen.
Como perturbador debe resultarle a la red social de las fotitos y las 'stories' el terso culo de bronce de Poseidón o Zeus (460 a. C.), que entre tanta imagen inspiradora y culturalmente relevante, debió percibir un trasero de metal de hace 2500 años como una perversión y una amenaza que incumplía sus normas comunitarias sobre desnudos o actividades sexuales.
Sin embargo, cuentas como las de 'La isla de las tentaciones' tienen 1,9 millones de seguidores en Instagram (¿?), lo dicho, lo terrenal y lo del vino. Todavía estamos a tiempo de replantearnos ciertas cosas. O de recuperar el hashtag #Freethenipple y pixelizar pezones y partes impuras de dioses y personajes griegos, que no escatiman en hacer alarde de sus atributos, a veces por exceso y otras por defecto. Aristófanes dejó constancia de cómo debía ser el ideal griego: "Un pecho brillante, una piel clara, unos hombros anchos, una lengua diminuta, unas nalgas fuertes y un pene pequeño".
¿Qué hubiera pasado si, en lugar de 'postear' el culo de Zeus o Poseidón, hubiera añadido su nepe?
En la era en la que los cohetes mandan a pasajeros esporádicos al espacio, las inteligencias artificiales nos vuelven cada vez más tontos y los líderes mundiales parecen inspirados en bromas de mal gusto, un culo de bronce de hace más de 2000 años es capaz de provocar un conflicto en una red social utilizada por más de 1.200 millones de usuarios mensuales.
Ahora sí, queda claro, el porque me gusta volver una y otra vez a los museos.