Through dark and light I fight to be, shadows and lies mask you from me. So close, bathe my skin, the darkness within Rosier, 18. Slytherin. Mortifago.
Sí, claro que estaba molesto por lo que había ocurrido en Durmstrang, creyó que las cosas no se volverían a repetir, pero estaba terriblemente equivocado. Aunque le enojaban los hechos del día anterior, no mostraba una sola pizca de sufrimiento, en realidad si lo pensaba mucho, no conocía a ninguno de los fallecidos. Era una lástima, pero no su problema realmente. Así que, ahí se encontraba, sentado en los pasillos con las piernas salidas esperando que alguien se tropezara, y con un cigarrillo. Hablando al aire. —¿Cuándo nos dejará salir McGonagall? Me urge una cerveza.
Era algo normal que no le molestase lo sucedido. Aquellos idiotas eran traidores, los traidores tenían lo que se merecían: tampoco podía quejarse, ya había visto que ser el sangre pura no te salvaba cuando escogías un mal camino. Eran estúpidos que creían tener control sobre sus vidas, era basura. Rodó los ojos al escuchar la voz de Black—. Nadie te está impidiendo salir, Black —y no era como si alguien tuviese interes a matarlo a él, precisamente.
–¿Có-cómo que me relaje? Había… tantos muertos y sangre –una cosa estaba clara, Risse se acordaría de aquellos rostros durante mucho tiempo, incluso para siempre. No había podido dormir, era horripilante–. ¿Cómo puedes estar tan tranquilo/a? Podemos ser los siguientes. Podemos acabar ahorcados también.
Hay formas más interesantes que acabar ahorcados. La gente muere, superalo y deja de hablar. ¿Y por qué estas hablándome si ni siquiera te he hablado? —rodó los ojos, él había estado demasiado tranquila hasta que la chica había empezado a lloriquear. Si las personas creían que eso era grave, tenían mucho a que enfrentarse.
Quedó estático en su lugar, viendo como los demás salían y Evan entraba. Debía moverse, seguir avanzando, no dejarse llevar por el miedo. Interrumpir a Rosier sería un intento de suicidio, pero no hacerlo también lo era. La imagen de los cuerpos colgando pasó ante sus ojos, con la diferencia de que eran cuatro cuerpos, cada uno con rostro conocido: Remus, Sirius, James y él. ¿Así terminarían? ¿Terminaría de esa forma? No quería. Sus amigos podrían hacer todo bien, él no. No podía enfrentarse a Voldemort y sus seguidores. Se asomó al compartimiento, no atreviéndose a dar un paso al interior. —E… ¿Evan? —Su corazón se aceleraba aun más con los nervios que afloraban. Podía asumir que estaba pálido y con el miedo reflejado en todo su ser.
No le molestaba el hecho de no se hubiera enterado, ni mucho menos del hecho de que ellos fuesen a ser los acusados. Era el hecho de que no hubiese sido algo más terrorífico, que los helara. Le dio un trago a su whisky, alzando una ceja al ver que el gryffindor seguía ahí—. ¿Qué? —no tenía intención de ocultar la molestia en su voz. Se enderezó, dándole otra calada al cigarrillo. Tenía que buscar a Barty, pero primero tenía que deshacerse de Pettigrew. Decidió reparar en él, mirarlo de mala forma para que se fuera pero aquello se convirtió en una sonrisa burlona al ver el estado del otro. Parecia destrozado, genial.
Del salón de baile salió con Jacob, quien era mejor compañía en ese momento. No quería estar solo. No encontraba a su amigos, nada estaba bien. Sentía que sus piernas estaba débiles, por lo cual quedó atrás de su acompañante. En el tren todo seguía siendo un caos, al igual que su mente. Debía ser un caso si pensaba unirse a Voldemort. Y, como si el solo nombre llamara al mal, sintió chocar con otro cuerpo. Era Evan Rosier. No tenía ninguna prueba de que él fuera mortífago, pero el chico era malo, eso estaba claro. Muchos le temían, y Peter igual. Aunque si Evan era de ellos… Sería de ayuda.
Evan se había topado en el camino con algunos alumnos de Durmstrang que habían estado en la reunión. No había ido al baile porque se había entretenido en cosas más interesantes, pero cuando había llegado, los pocos minutos una imagen fascinante se había formado. Pero, esta vez, ellos no habían sido. Demonios, aquello era una sensación horrible, no ser el autor de algo. Le dio una calada a su puro, era demasiado cómico todo aquello—. Idiota —no quería caminar más así que empujó la puerta del compartimiento, dándole una mirada gélida a los que estaban ahí: o estaban demasiado asustados para esperar algo peor, o eran muy inteligentes. Se dejó caer en el asiento, sin molestarse en cerrar la puerta. Sacó su fiel licorera, dándole un trago largo. Estúpidos noruegos de mierda y sus malditos robos de diversión.
❝— War, children, it's just a shot away
It's just a shot away ❞
Cuando no podía dormir, algo demasiado usual en los últimos días, solía repasar todas las maldiciones, y hechizos que eran potenciales para herir a otros que su padre le había enseñado durante el día, las mejores tácticas, los magos oscuros, sobre como los mortífagos se habían formado: solía repasar todo aquello hasta quedarse o hasta que diera la hora exacta en la que tenía que levantarse de la cama para realizar la rutina que ya se había grabado con fuego a su cerebro. Ni un minuto más ni un minuto menos, ni siquiera segundos, Evan solía decirle su padre siempre. Tenía que dar perfección para exigirla, comportarse como alguien digno, no debía perder el preciado tiempo en juegos de niños, no tenía que pensar más allá de lo necesario.
Pero lo estaba haciendo.
Nunca había tenido pesadillas, y las pocas que había tenido habían quedado como cicatrices en sus brazos, Ajax Rosier no se podía permitirse que su único hijo se viese plagado de temores estúpidos, claro que no. Su hijo necesitaba ser fuerte, irrompible, sin miedos, un asesino, alguien que limpiara el mundo. Cuando tenía miedos, lo hacía enfrentarse a ellos, cuando fallaba daba golpes hasta dejar cicatrices. Ningún Rosier podía llegar a ser débil, ellos eran fuertes, luchadores. Estaban hechos para ser líderes, y también para seguir, se lo había dejado demasiado claro.
Para Evan aquello ya no era difícil, así era la vida, ¿no? Hacer lo que su padre decía era fácil, no había nada más que aquello, ni siquiera su madre, quién parecía ni siquiera inmutarse por la educación de su hijo. Era sobrevivencia, cazar y ser cazado, él era el cazador. Él que perseguía indeseados; era la persona que llenaba las paredes y el suelo de sangre, como su padre lo hacía. Era poderoso, o lo sería.
Cerró los ojos, sintiendo la sangre recorrer su brazo. Ya estaba acostumbrado a que su padre le hiciera aquello para explicar las partes débiles de las personas, para que comprendiese el dolor—. Las personas creen que el dolor es un castigo, y lo es. Muy pocos sobreviven a este, y muy pocos pueden causarlo. Un buen mortífago es de los segundos, los que lo causan —se puso de pie, pasándole un pañuelo al menor. Ajax Rosier odiaba el desastre—. Límpiate, llama a un elfo para que limpie el desorden y vas a mi despacho —Evan asintió automáticamente, haciendo lo que se le decía, siempre era así. No debía desobedecer a su padre, esa era la única regla.
Pero, en realidad, no lo era.
Sin siquiera mirar al elfo, bajo las escaleras hasta el piso de en medio caminando derecho hasta detenerse ante la gran puerta negra, empujándola: aquel espacio era completamente majestuoso, con grandes libreros alzándose, un gran escritorio, sillones, una chimenea y el imponente escritorio detrás del que su padre se encontraba, tomando en una copa negra sólo él sabía qué. Se esperó a que lo viese, para acercarse.— Ven —le hizo una seña para que se sentase frente a él sin mirarlo mientras encendía un cigarrillo. Se acercó, sentándose donde se le indicaban, poniendo las manos en su regazo. Desvió la mirada hacia un pequeño cuchillo, el que se usaba para abrir sobres, el mismo que su padre había usado cuando había visto un cuerpo sin vida por primera vez, aquello que lejos de inquietarlo, había hecho que se quedara impresionado— y cómo te decía, claramente me he dado que no has estado escuchando. Evan, ¿dónde demonios tienes la cabeza? —su padre golpeó el escritorio mientras negaba para chasquear los dedos. Siren, uno de sus tantos elfos apareció a su lado—. No me veas, criatura, no debes mirarme —habló el menor, alejándose asqueado de la criatura. Los seres inferiores deben saber que eres mejor que ellos.
Aquel lugar había olido a quemado, exactamente a piel quemada y aquello simplemente había logrado que la idea de saber que era aquello creciese. Lo había descubierto, al igual que su padre lo había descubierto observando; en ese momento, se había alegrado de que no lo viese sonreír, no quería enfurecerlo: sabía muy bien que pasaba cuando no seguía las reglas, habían golpes sin lágrimas, golpes demasiado fríos. Sabía que al haber entrado probablemente recibiría un castigo, pero no lo había hecho. Alzó la vista, hablando con un tono nada digno de un niño de ocho años—. Me disculpo, señor, lo estoy escuchando —asintió, volviendo tomar de su copa mientras el elfo volvía a aparecer de un crack, con una cajita de cristal oscurecido. — Cuando Carmine se embarazó de ti, estaba demasiado sofocado, no quería un hijo. Fuiste no deseado, Evan —su padre tenía una manera de decir su nombre, como si fuese un cumplido. Él odiaba los cumplidos — pero aun así planee está vida para ti, ideales que deberías tener. ¿Te gusta esta vida? No, no hables —su padre alzó un dedo, caminando hasta su lado, Se sentó sobre el escritorio.
Dígame, señor, ¿qué hice mal?
La pregunta se quedó en su cabeza, le habían prohibido hablar y él cumplía las órdenes. Había un cuadro mágico delante de él, su padre, su madre y él todos con rostros estoicos, con miradas penetrantes. Evan no se parecía a sus padres, no en la manera en la que los hijos lo hacían, tenía todo aquello que aun hacían llamativos a sus padres, algo que hacia mirarlo. Tenía esa belleza peligrosa de su madre, esa que en un futuro se sabría que si te dejabas llevar por él, terminarías a oscuras. ¿De su padre? Había heredado una sonrisa blanca, casi de serpiente. Movimientos elegantes y algo que te decía que nunca lo terminarías de conocer. No, él no tenía nada físico de sus padres, si no piezas que hacían un gran desastre. Volvió la vista hacia su padre que se había deshecho de su capa. — ¿Recuerdas esa noche en Londres? Rompiste la única regla de desobedecerme, pero aun así no te castigue y sé que te preguntas por qué no lo hice. No lo entenderás, no eres un niño ni nunca lo has sido. Eres un soldado que debe luchar por la causa, que no debe sentir nada hacia otros; los sentimientos nos hacen débiles. ¿Tú eres débil? —negó, pues la orden aun estaba puesta, Alzó la mirada, mirándolo con determinación: Evan nunca había sido un niño, no tenia permitido serlo. Ajax pareció conforme con aquello pues se llevó la mano derecha a la manga de la izquierda, enrollando la pulcra camisa blanca. Era demasiado preciosa.
Una calavera con una serpiente saliendo del hueco de su boca de tonos rojizos decoraba el antebrazo se su padre. Era majestuosa y peligrosa a la vez. Se mordió el labio, su boca estaba hecha agua, relamiendo sus labios, se acercó más a ella. Su padre asintió, le daba permiso de hablar—. También yo la tendré —no era una pregunta, lo afirmaba. Sin pensarlo, se llevó las yemas de los dedos al antebrazo. La marca volvió a desaparecer, haciéndolo alzar la vista a su padre—. Lo harás, pero no debes verlo como una obligación. Es algo que deseas, algo que te hace fuerte. No eres nadie sin ella, y eso lo sabes. Toma, te lo vas a quedar y lo guardaras bien, te servirá —le pasó el cuchillo de plata demasiado limpió. Le hizo una seña para que se fuera y justo cuando estaba a punto de abrir la puerta, habló con voz demasiado afilada—. … te vi sonreír aquella noche en ese cuarto. Hice un buen trabajo, sabes admirar una obra, como un buen soldado sabe sus movimientos —. Sus labios lejos de secarse, formaron una sonrisa.
Fue aquel día en el que un monstruo se formo dentro de Evan Rosier y que no saldría hasta dentro de algunos años, que destrozaría cada parte buena del mundo. Aquel día Ajax Rosier supo que su creación tenía brechas que arruinarían su molde.
La última reunión había ido viento en popa . O al menos para la mayoría: por eso mismo, a la hora acordada y siguiendo a un par de alumnos noruegos, se dirigió al que podían llamar punto de encuentro, junto a Baptiste e Ives. Aquel lugar era mucho mejor que la casa abandonada, desde luego pues apenas se iluminaba: acomodando el cuello de su elegante gabardina, sacó un cigarrillo y lo encendió, mirando de reojo a la otra persona a su lado—. ¿Cuánto quieres apostar que Malfoy seguro se pone a llorar? —dijo con sorna, tronándose los nudillos.
— Dilas… ¿Qué esperas? No sabes cuando será tu último momento —Agregó sintiendo el cálido aire que salía de la boca ajena sobre su cuelo, a lo que reaccionó soltando una corta carcajada.— ¿Te daño el orgullo si te digo que aún no has logrado? Quizás lograste corromperme en varias ocasiones, pero todo por que yo lo he querido… mi fuerza de voluntad sigue intacta —Alcanzó a decir la francesas, mirando directamente a las orbes ajenas, antes de que sus labios se unieran nuevamente y Evan comenzara a empujarla contra una de las mesas sin separarse, a lo que Margaux se sentó en la misma y rodeó la cadera ajena con sus piernas, trayéndole aún más cerca.
No me gusta ir contando secretos ni nada, descubrelos —subió una mano por debajo de la tela en su espalda, mirándola burlonamente—. ¿Eso crees? Veamos, la estoica Margaux que no deja que nadie se acerque demasiado, que es demasiado correcta. A mi parecer, lo he hecho y muy bien, modestia aparte —la mano libre fue hacia el muslo de la chica, trepando con rapidez hasta la ropa interior, jugando con ella. Sus labios dejaron el cuello para ir hacia sus hombros; la mano en la espalda abandono su puesto, para concentrarse en los botones de la camisa.
— Disfrutas ver a la gente ser miserable, ¿no? —Preguntó con la misma sorna utilizada por parte del contrario en su pregunta. Evan siempre llegaba en los momentos más importunos, cuando creías que la cosa no podían empeorar, ahí llegaba él, tan inoportuno como un día caluroso en un frío invierno.— ¿Paraíso, huh? Lo más parecido a un paraíso en lo que he estado últimamente son mis sábanas y el baño de prefectos al cual logré meterme usando mi peluca de Narcissa Black —Informó abrazando sus piernas con una de sus manos, para luego tenderle la restante al muchacho, no para que la ayudara a ponerse de pie, si no que para que le alcanzara el puro que tenía en su mano.
Hizo un gesto pensativo, volviendo a llevarse a los labios él puro para inhalar el humo y soltarlo—. Miserable sí, pero rogando por su vida no, lamentándose menos. Es patético de ver, no hay diversión, o quizás si en lo segundo —la imagen que la chica daba era deplorable. Golpeó su pie contra la pared, sin dejar de mirarla fijamente—. Ah, eso no me ofende en lo más mínimo claro. ¿Una peluca de Narcissa? Me gusta más como se le ve a ella el rubio —miró la mano a la chica, tendiéndole el puro. No era estúpido, y ella tampoco, ambos sabían que a Evan ese tipo de contacto físico le desagradaba.
Las palabras de Evan hacia ella lo único que hacían era provocarla. ¿Arrepentida? Quizás sí se había arrepentido, pero no iba a admitirlo, no por su orgullo, si no que por que quería demostrar por primera vez que ella podía hacer lo que quería, que no era la muchacha que todos creían, que por primera vez no quería seguir las reglas, quería salirse del camino sin sentirse culpable. Y fue por eso que al sentir la desconfianza con el tacto ajeno en su espalda, se separó instantáneamente de él, para volver a posicionar su mano sobre la mandíbula ajena y así poder atrapar los labios ajenos nuevamente con los de ella.
— No soy de las que se arrepienten —Dijo, luego de haberse apartado unos centímetros de la boca ajena.— Deberías saberlo, ¿no? —Agregó con sorna, para ésta vez atrapar los labios ajenos, pero con sus dientes..
Estaba provocando a Margaux, no se necesitaba ser inteligente para comprenderlo. Era como un juego para él, dónde el provocaba, inyectaba palabras para llegar a sus fines. La francesa no lo sabia, pero estaba jugando con fuego, y se quemaría. Su mano subió a su nuca, para acercar más su rostro, pero sin besarla—. Esa es la impresión que das, de que lo eres —habló cerca de sus labios, Mientras su mano libre aferraba su muñeca—. ¿Debería? —dejo que mordiera su labio para después separarse, pero sin abandonar la posición de sus manos—. Una muy interesante platica la nuestra, sí.
El castillo era sombrío, tenebroso, y se respiraba una atmósfera pesada. No era que a Millicent le fascinara todo lo que estuviera con colores brillantes, y que se viera más puro. Pero el castillo, sin duda alguna, era el otro lado de la moneda que, aunque muchas veces había analizado, no había llegado tan lejos como para entrar en el ambiente. Ni siquiera era su ambiente, lo sabía por las miradas con desgrado que le daban, las burlas que recibía a cada paso, y parecía tener el “sangre sucia” marcado en su frente como si fuera un tatuaje para que todos los vieran. Intentó pasar desapercibido cada una de esas nuevas experiencias, después de todo ya se encontraba acostumbrada con los Slytherin. Pero allí era diferente, todo lo prohibido era permitido allí… o al menos no lo veían como algo tan mal.
No era de las chicas que pasaban desapercibidas, pero esa vez, por esos días, era vista con otros ojos. Y su barbilla se alzaba con orgullo, no iba a permitir que nadie la quisiera derrumbar por algo que ya ella había aceptado. Pero por más que ella lo hubiese hecho, al parecer los otros alumnos de Durmstrang no pensaban igual, no al interceptarla a mitad de un pasillo. —No deberías estar aquí, sangre sucia. —pronunció el que parecía ser el líder de la pequeña pandilla. —Ese no es tu problema. —le contestó de vuelta, intentaba mantener la compostura para salir de allí, trató de pasarle por el lado, pero pronto sintió la mano del chico tomarla por el brazo, apretándole. —Es mi problema al tener una sangre sucia inmunda que no merece ni siquiera saber de este mundo, mi mundo, caminando por mi castillo. —los dedos del chico, el cual era dos cabezas más alto que ella, apretaron su agarre, de seguro iba a dejarle alguna marca. —Suéltame, idiota. —pronunció con los dientes casi apretados, recordando su episodio de violencia hace unos meses atrás, uno que sin duda alguna no iba a ocurrir de nuevo.
De sus labios salían pequeñas espirales de humo, con las manos en sus bolsillos miraba con atención la escena que se había formado frente a él. La idea de que golpeasen a la inservible de Bagnold, o algo más, le parecía meramente aburrida; quizás porque meterse con ella no le llamaba la atención, era demasiado... nada. La chica que reía divertida a su lado, una de las pocas que hablaba inglés y era melliza de el que tenia agarrada por el cuello a la sangre sucia le hizo una ceña para que se acercara junto a ella, mirando al grupito sobre su hombro para que se fuera. « ¿Idiota? Sangre sucia y maleducada, todo un paquete, desde luego. Debes respetar para que te respeten » Habló la chica con tono tranquilo, como si hablara de cosas normales. Evan se cruzó de brazos, mirando a Bagnold.— ¿No es aquí dónde explotas y empiezas a golpear a todos como el patético perro que eres, Millicent?
Eran apenas dos días desde su llegada a la lúgubre construcción, pero Charlie moría por irse. Si en Hogwarts sus miedos eran muchos, aquí explotaban. Los pasillos se iluminaban escasamente con las débiles flamas de las antorchas y el aire desprendía un olor a flores marchitas y ramas, parecía estar en medio de un cementerio con fachada de escuela. Las habitaciones tampoco eran cómodas. A la castaña se le dificultaba perder la consciencia detrás de sus párpados, pero con el aire tétrico que poblaba el castillo le resultaba casi imposible. Dormiría de una a dos horas, pero el miedo la mantenía despierta el resto del día.
Aquel mal hábito que había adquirido después de la muerte de sus padres la acompañaba hoy, como un fiel compañero. Después de terminar un cigarrillo, prendió otro, tratando de que el humo le permitiera relajarse un poco. Respiraba con tranquilidad cuando escuchó el crujir de una rama. De inmediato sacó su varita y la apuntó hacia la persona que había producido ese ruido. — ¿Qué quieres? —Exigió con violencia, amenazando con la mirada a la recién aparecida presencia.
Todo hubiese estado bien si, por supuesto, sus compañeros de habitación no fuesen tan estúpidos como con los que solía compartirla, aunque aquello no había arruinado su viaje. Incluso había conocido a algunas personas que compartían sus excéntricos gustos y que parecían bastante dispuestos a probar maldiciones imperdonables en ellos mismos, a Rosier, claro, le había interesado la idea y ni bien minutos más tarde, había hecho la propuesta de experimentar. Podía quedarse a vivir ahí, desde luego pues el lugar se adecuaba a sus gustos y no existía la melosidad de Hogwarts. Después de una extensa clase de desinterés hacia un montón de personas que le preguntaban sobre el colegio, decidió ir a fumar un cigarrillo—. Deberías bajar esa varita si no quieres sacarte un ojo, Charlotte y lo que quiera no es de tu interés —habló con sorna, sin moverse de dónde estaba. Encendió un cigarrillo, dándole una calada.