Dicen que el tiempo cura,
pero el mío solo repite tu nombre,
como si fuera una oración que se niega a morir.
Y lo peor es que ya no duele igual,
duele menos,
y eso me asusta más que perderte.
A veces pienso que te estoy olvidando despacio,
como se apaga una vela en una habitación cerrada:
sin ruido, sin drama,
solo un poco más de sombra cada día.
Todavía reviso las fotos,
aunque ya no sé si lo hago por amor
o por nostalgia de lo que fui contigo.
Tu voz ya no suena igual en mi memoria,
y eso me rompe más que cualquier despedida.
No busco que vuelvas.
Solo quiero que, donde estés,
te llegue esta brisa que todavía lleva tu nombre.
Que sepas que hubo alguien que te esperó
incluso cuando ya no tenía razones.
Y si alguna vez piensas en mí, aunque sea un segundo,
hazlo sin culpa.
Yo ya aprendí a quererte desde lejos,
como se quiere al invierno
cuando una parte del cuerpo aún recuerda su frío.
















