Cabaña nevada- Mpreg
-… ¿Dónde está?
La cuestión angustiada apenas se dejó oír sobre el sonido abrasador del fuego chisporrotear en la chimenea, el cual interrumpía el tranquilo ambiente que se mantenía suspendido en aquella cálida sala de estar.
Un suave suspiro le siguió, mientras el muchacho descendía la mirada al suelo a su derecha, donde yacía su fiel canino; haciéndole compañía como siempre.
-Helmuth- el animal levantó la cabeza frente al llamado de su amo, atendiendo a su nombre-… ¿Crees que esté bien?…
Volvió la mirada al amplio ventanal frente suyo.
-… Estoy preocupado por él.
El enorme cachorro le observó unos segundos, antes de incorporarse sobre sus patas delanteras y dirigirse hasta él. Le olisqueó un poco, y suavemente, apoyó la cabeza sobre una de sus piernas, analizando su semblante.
El joven bajó los ojos de nuevo, sonriendo ante el gesto de su príncipe, como solía llamar a su hijo cánido; y tomando en una sola mano el vaso de chocolate tibio, acarició con mimo su cabeza.
-No hay porqué preocuparse, ¿verdad, pequeño?… A lo mejor sólo andará bobeando por ahí como siempre- musitó dulcemente, apoyando una mano sobre su vientre al sentir algo de movimiento dentro-… El bebé se mueve.
El perro agitó la cola, lamiendo dulcemente su mano.
-Tu hermanito llegará pronto- exclamó ilusionado, acariciando lentamente su abundante melena tricolor-… Verás que jugará contigo y seréis los mejores amigos. Pero tendrás que esperar a que crezca. Cuando nazca va a ser muy pequeño y delicado… pero tú nos ayudarás a cuidarlo, ¿verdad, mi príncipe?
Un sonido en la entrada de la casa distrajo la atención de ambos, el perro levantó la cabeza del regazo de su amo, dirigiendo su atención hasta esta, al tiempo que él hacía lo mismo.
La puerta de madera se abrió de un golpe; y mientras el muchacho se levantaba apurado, y con dificultad del mueble, un cuerpo se hizo paso por entre la ráfaga de viento helado y nieve que se adentró junto con él en la cabaña.
-¡Amor!- llamó algo preocupado, mientras dejaba el vaso en sus manos sobre una mesa cercana; con el animal a su lado dando pequeños saltos de emoción al ver a su otro papá. Abrazándose levemente a sí mismo cuando cruzó por entre la brisa gélida, le ayudó como pudo a cerrar la puerta-… ¿Dónde estabas?
El contrario se sacudió un poco la nieve sobre la ropa, y comenzando pacientemente a despojarse de su abrigo, levantó los ojos para mirarle.
-¿Cómo estás?- inquirió de inmediato, pasando completamente por alto la interrogante de su pareja.
Este le miró molesto.
-¿Dónde estabas?- recalcó la pregunta, cruzando los brazos sobre su vientre.
Él rió ante su reacción. Pasando la mano por la cabeza de su querido Helmuth, dejó los guantes junto con la bufanda sobre el sofá más grande.
-Fui a comprar esto- exclamó suavemente, sacando de entre su chaqueta un paquete de regalo.
Su pareja se quedó mirándole.
-¿Me trajiste un obsequio?- cuestionó incrédulo, arrebatándoselo de las manos.
-Nadie dijo que fuera para ti- gruñó en voz baja, ganándose una mirada fulminante-… Pero claro que puedes abrirlo.
Él no necesitó más.
-¿Y para quién entonces, pringa'o…?- musitó socarrón, arrancando el colorido papel de una sola vez, y conservándolo en la mano. Sus ojos se abrieron de sorpresa al ver lo que era.
Y de inmediato, su mirada volvió a subir a buscar la de su compañero.
-… Guillermo…
Una sonrisa orgullosa pintó su rostro sonrojado por el frío.
-No creo que te queden- exclamó socarrón, caminando hasta él para tomar de entre sus manos una de las pequeñas prendas que sostenía- Ya estábamos tardando en comprar esto, mañana iré a por más.
La vista del mayor volvió hacia abajo, quitándole la pieza de ropa y observándola él.
Una azul.
Una verde.
Y una violeta.
Sonrió levemente, dejando el paquete en las manos de Guillermo y dándole la espalda para comenzar a caminar hasta el mueble junto a la ventana, donde había estado esperándole hacía apenas unos cuantos minutos.
-¿Cómo has estado?- volvió a cuestionar el menor, poniendo el objeto sobre la mesa y dirigiéndose a Samuel.
Un suspiró de esfuerzo se oyó por parte del mayor, mientras se dejaba caer en el mueble; mirándole a la cara.
-He estado algo incómodo, sí; considerando que ahora peso ochenta kilos. Aparte de eso, y unos pequeños dolores- fingió pensar un momento, notificando indiferente y poniendo una mano sobre su abdomen-… Nada. Este pequeño no quiere salir.
Volvió la vista al vaso que había dejado abandonado hacía unos minutos.
El menor se sentó junto a él, con el perro a su lado y sonrió de nuevo al oírle.
-Me imagino que no- apoyó divertido, mirando sin disimulo su tripa- Debe ser cómodo ahí dentro, no creo que esté muy emocionado por tener que salir.
El mayor suspiró profundamente.
-Pues créeme que yo sí lo estoy por que salga, y mucho- asintió en un susurro, enfatizando la afirmación y recostándose al respaldo de su silla- Si no quiere venir por su cuenta, tendré que sacarlo yo de alguna manera. No aguanto seguir así.
Sinceró fastidiado, cerrando los ojos y acomodándose en la silla.
-Dios, empiezo a dudar si realmente es uno sólo- confesó, entreabriendo los ojos un segundo para mirar su vientre, aunque que este no fuese lo suficientemente grande para albergar a más de un bebé a término.
-Mira el lado bueno, podemos estar completamente seguros de que será un niño fuerte y sano- rió, tratando de animarle un poco.
Guillermo le miró divertido un momento, suspirando suavemente al verle cerrar los ojos de nuevo, y acomodarse un poco más en la silla. Se impulsó para levantarse de su asiento y caminó los pocos pasos que les separaban.
-Samuel- le llamó una vez llegó a su lado, depositando una mano en su hombro y sacudiéndole suavemente, a lo que él, claramente protestó.
-Déjame, tengo sueño.
-No vayas a dormir ahí; esa postura es muy incómoda, puede hacerle daño y luego te dolerá la espalda. Vamos a la habitación- susurró, inclinándose sobre él y ofreciéndole su brazo como impulso.
El mayor liberó un quejido, resignándose a obedecer y aceptar la ayuda del menor.
-Ese chocolate que compraste es terrible- se quejó fastidiado, al tiempo que se enderezaba, sujeto al brazo del menor- Aprovecha y ve a comprar otro mañana.
-¿No te gustó?- cuestionó desconcertado, pensando en lo mucho que le había gustado a él mismo.
-Sí, sabe bien.
El menor le miró extrañado.
-… ¿Entonces…?- interrogó confuso.
Samuel suspiró profundo, usando un segundo para asegurar su estabilidad.
-¿Recuerdas para qué lo compramos?
El menor meditó un momento.
-Oh…- exclamó al recordarlo.
Según el mayor, el chocolate, de alguna manera estimularía a ese pequeño, y le ayudaría a decidirse por fin a salir. Pero aparentemente, no hacía otra cosa que ponerle aún más activo, y claro; menos deseoso de nacer.
-Creo que deberías dejar de beber chocolate por un rato- sugirió el menor, recibiendo una mirada interrogante por parte de Samuel- Sabes que tanto dulce no es bueno para vosotros, le hará crecer demasiado, además de que puede complicar las cosas cuando nazca.
Advirtió preocupado, mirándole a la cara. El menor no era más sobreprotector con su bebé sólo porque no podía serlo. Y eso que no había llegado al mundo aún; la que le esperaba a ese niño cuando naciese.
Pero la cosa empeoraría si acaso fuese una niña. Sobreprotección paterna asegurada de por vida, y garantía de nada de novios.
Por otro lado; el mayor tenía la vista en el suelo, asimilando lo que decía su pareja.
-No te preocupes; lo de crecer demasiado ya lo hizo- exclamó, comenzando a caminar- Ha pasado como un mes más de la fecha; tendremos que ir al hospital. Creo que habrá que recurrir a una cesárea.
Claro que; ahora el mayor estaba exagerando con la fecha. Sí habían sido unos pocos días más de lo normal, pero con el tamaño que había cogido el bebé en aquellos días, sentía como si hubiese pasado años con el crío dentro.
Por suerte (o más bien desgracia) aparentaba ser que no existía la claustrofobia para los fetos en el vientre, o al menos, no para este; porque a ese punto, el chaval estaba tan gordo, que ya casi no se podía ni mover. De lo contrario, esa criatura hubiese salido por sus propios medios hace tiempo. Suponían sus padres.
El más joven miró atónito al mayor.
-¿Seguro?- cuestionó cauteloso. Aquella era la opción que más aborrecía el mayor. Y en caso de tomarla en consideración; significaba que sí estaba muy desesperado.
Desde que tocaron por primera vez el tema, él le dejó muy en claro su punto de vista; de cómo los bebés sabían cuándo estaban listos, que sabían cuándo era el momento correcto para hacer su aparición. Pero aparentaba ser que su propio crío quería comenzar su rebeldía desde muy temprano; puesto que no apoyaba esa mentalidad: a menos de que ellos interviniesen, él se quedaría donde estaba; durmiendo y engordando.
El menor volvió la vista a Samuel, mientras él asintió.
-Actualmente, me da miedo esperar más. Temo que vaya a pasarle algo, o a mí- admitió, sonando un poco nervioso, y suspirando profundamente- Esto no puede ser bueno para él; ya debe pesar como cuatro kilos, si no es que más.
Ambos se quedaron en silencio por unos segundos después de eso.
-Entonces, ¿qué haremos?
-Esperemos hasta esta hora mañana. Si aún no se ha decidido; nosotros lo haremos por él- amenazó, bajando los ojos hasta su abdomen, sintiendo a su criatura removerse- Porque si aguardamos a que lo haga por su cuenta, primero tendremos que celebrar su cumpleaños.
El más joven rió ante el comentario, y el mayor suspiró como respuesta.
-Bueno; ya vamos a dormir, que se hace tarde- replicó en voz baja, recostándose levemente en su pareja.
El más joven le miró un segundo.
-… O … ¿qué te parece si mejor hacemos otra cosa en lugar de dormir…?- exclamó de pronto, y con un deje de picardía, mirando con una sonrisa a Samuel.
El mayor sonrió también al asimilar su propuesta, sintiendo una mano posarse en su cadera y acariciarle suavemente.
-No me parece una mala idea- correspondió en tono travieso, parando su andar y aproximándose lentamente al más joven para susurrar sobre sus labios -… Vamos a molestarle un poco; a ver si logramos que salga por fin.
La risilla pícara de Samuel provocó que el menor sonriese aún más. Otra cosa quizás no; pero algo que odiaba ese pequeño, era los momentos cuando sus padres se querían entre ellos. Se agitaba tanto con ello, que a veces incluso debían detener sus asuntos para que se calmase un poco; con la preocupación de que en serio lograse salirse antes de tiempo. En ocasiones, Guillermo temía que su pequeño en realidad le estuviese rechazando; desde que cumplió los seis meses y medio, cada vez que intentaba interactuar con su pequeño, este se removía vigorosamente, como si tratara de alejarle (o eso sentía el menor)
Aunque, a saber cómo se percibiría “eso” allá dentro; que a lo mejor el pobre se sentía atacado y lo que buscaba era defenderse como podía.
-Vamos a la cama- sentenció el menor; comenzando a caminar más rápido en dirección a las escaleras, arrastrando al mayor con él.
-Eh; tranquilo, fiera- rió ante su impaciencia, jalándole levemente del brazo para que calmase un poco su marcha-… Que tu chaval no me deja correr. Ya tendremos toda la noche.
El menor volvió la mirada hacia él, viéndole sonreír cómico.
-Cierto. Perdón- se disculpó con una sonrisa, apaciguando su andar.
Así atravesaron la mitad de la sala, con el cachorro mirándoles atentamente, sentado en el sofá.
El mayor sintió una punzada en la espalda baja, que le hizo detenerse un poco.
-Guillermo…- le llamó, parándose en seco.
Él le miró fijo, esperando por lo que fuese a decirle.
Clavó suavemente las uñas en su espalda, donde reposaba su mano izquierda.
-… Creo que…- el cuerpo del mayor se dobló levemente hacia el frente, provocando que Guillermo alarmara y le sujetara con firmeza, mientras él gemía sorprendido-… Oh Dios.
Ambos descendieron la vista hasta el suelo, viendo como un líquido escapaba del cuerpo del mayor, comenzando a crear un charco bajo su cuerpo.
-… Oh, gracias a Dios- musitó al tiempo que dirigía la vista a su pareja, con la voz temblando y un atisbo de sonrisa en el rostro.
Guillermo no atinó a hacer otra cosa que mirarle aterrado, luchando por pensar en qué hacer.
No.
Tenía la mente nublada. No se le ocurría nada.
-… ¡Mierda!- exclamó, entrando en un ataque de pánico- ¿Quieres sentarte?… o ¿te d-duele mucho?
Samuel sonrió un poco.
-Joder, hay que ir al hospital- masculló alterado, soltando inconscientemente a Samuel y corriendo a buscar sus llaves, tomando en el camino el abrigo que se había quitado hacía unos minutos-… ¿Dónde están mis llaves?
El mayor cerró los ojos, apoyándose en una silla y suspiró profundo; al tiempo que depositaba su mano en el lugar donde el bebé comenzaba a removerse, intentado acomodarse para poder dormir. ¿Qué más puedes hacer cuando estás a punto de nacer?
-Amor- llamó suavemente, atrayendo de inmediato la atención del menor, que corrió hasta él-… No vayamos al hospital.
Guillermo le miró desorientado.
-¿Por qué?- inquirió preocupado, inclinándose un poco para pasar una mano por su espalda.
Samuel respiró lento antes de responder.
-Ya viste cómo está afuera- los ojos del menor se dirigieron automáticamente hacia el ventanal, viendo los incontables copos caer- Lo más probable es que esta noche caiga una tormenta de nieve; no vayamos a arriesgarnos.
Apenas terminó de decir eso sus ojos se cerraron con algo de fuerza y un suave gemido escapó de sus labios, al tiempo que cambiaba de sitio la mano que reposaba en su vientre, para dejarla un poco más abajo.
-¿Te duele mucho?- se apresuró a indagar el menor, mirando fijamente su rostro, levemente contraído por la incomodidad.
Inhaló profundamente, sonriendo ante la preocupación exagerada del más joven.
-Descuida- tranquilizó sereno, levantando los ojos hasta los de Guillermo- No es nada.
El menor le miró un segundo, y asintiendo levemente, procedió a su siguiente cuestión.
-¿Necesitas sentarte o…
-No- le interrumpió de pronto; tomando su mano y presionándola con algo de fuerza-… Trae una toalla, ¿quieres, amor?
Guillermo lo meditó un instante, pero rápidamente, se apresuró a cumplir su petición; corriendo hasta el baño. El perro se fue tras suyo al verle tan eufórico.
Caminando paciente hasta el sofá más ancho; el mayor fue a recostarse a lo largo de este, respirando profundo. Repentinamente, sintió una contracción atacar su cuerpo; haciéndole cerrar los ojos y quejarse en voz baja, mientras se sentaba lentamente, para terminar recostado sobre el mueble.
-¡Tengo la toalla!- notificó exaltado el menor al ingresar de nuevo a la sala, levantando el objeto en el aire, con el perro intentado arrebatárselo- ¡No! ¡Helmuth, para!, ¡no vamos a jugar!
Reprendió severo, empujando lejos al animal.
-No maltrates a mi pequeño- regañó suavemente el mayor, usando la mano para indicarle que se acercase-… Ven.
- Helmuth, fuera.
El perro no necesitó de más, y obedeciendo a la orden de su amo salió de la habitación
El menor obedeció de inmediato, dirigiéndose hacia él.
-Dámela- exigió en un susurro, extendiendo su mano para que pusiera la toalla en esta.
El menor de inmediato lo hizo; entregándosela con cuidado.
-Ayúdame a levantarme- solicitó, estirándose hacia él.
Se dirigió de inmediato hacia él, atendiendo a su petición y ofreciéndole ambos brazos como soporte.
El mayor suspiró al tiempo que se incorporaba lento; sin importarle el haber estado acostado hace apenas unos segundos. Ahora que el pequeño venía; lo que menos podría hacer sería quedarse quieto.
-… A-ahora, tenemos que preparar todo- musitó casi más para él que para el menor-… Creo que no tenemos mucho tiempo.
El más joven le observó un segundo, y luego repasó con la mirada la habitación.
-… ¿Q-qué hay que hacer?- interrogó, volviendo los ojos a él, mientras volvía a quejarse por la incomodidad.
-… Pues…- el mayor se quedó en silencio-… no lo sé.
El más joven suspiró.
-Voy a…- un espasmo le hizo detenerse, cerrando los ojos e inspirando con mucha fuerza; apoyándose en una pared antes de continuar-… ah… agua caliente.
Esperó unos segundos mientras terminaba de pasar el dolor, tras los cuales, caminó como pudo hasta la cocina, y por supuesto, el más joven le siguió de cerca. Ahí tomó una olla y la llenó con agua del grifo.
-Amor… ¿podrías ayudarme?- le pidió al muchacho; señalando la olla que acababa de llenarse y obviamente, él no podía levantar. El más joven se apresuró a hacerlo, tambaléandose un poco al cargar el pesado objeto-… Ponla en la estufa.
Después de que él lo hubiera hecho, encendió el fuego, sin dejarlo demasiado alto y caminó de nuevo hacia la sala.
-… ¿Cu-cuánto va a tardar?- inquirió tras su espalda el menor.
Él dirigió los ojos hasta su posición, elevando las cejas en una expresión incrédula, y algo irritada.
-Por tu bien, espero que no más de dos horas.
El menor le miró confundido, y asustado por sus palabras.
-… ¿Cómo que por mi bien?
El mayor asintió, con una mano sobre su abdomen.
-Si tu obstinado chaval se lo piensa mucho para salir, yo mismo te arrancaré los…- pero su amenaza fue cortada en seco, y reemplazada por un quejido bastante fuerte.
El menor le observó aterrado, y estático desde su posición.
-… Siéntete feliz, parece que nuestro hijo no quiere verte menos hombre - exclamó, recuperándose de la contracción y exhalando una risa al ver su cara de empanado-… creo que ya está viniendo.
-¿Q-qué?
Pero no respondió nada más. Por el contrario le ignoró y dando unos torpes pasos, llegó hasta una de los muebles de una persona, apoyándose sobre sus manos en uno de los brazos de este.
-… ¡Mierda!- gimió, alargando la ‘a’ y cerrando con fuerza los ojos-… ¡Mis caderas!
Lo último lo dijo casi en un sollozo, depositando una mano sobre su pelvis.
El menor no podía hacer otra cosa que observarlo. Aunque el mismo Samuel le hubiera dicho en ocasiones anteriores uno que otro consejo sobre qué hacer en una situación así; no lograba acordarse de ninguno, él ahora mismo estaba bloqueado.
El mayor volvió a erguirse, tras unos minutos en aquella posición; y después de inhalar y exhalar un par de veces, comenzó a caminar lentamente por la sala, con ambas manos sobre las caderas, y la espalda baja.
-¡Dios!, ¡cómo duele esto!
El más joven pensó en ir hasta él, y darle un abrazo para tratar de distraerle un poco o algo así, pero rápidamente renunció a aquella idea. Lo mejor sería que el mayor siguiera haciendo lo que hacía; el estar caminando parecía aliviarle un poco, y si así era, entonces que continuara haciéndolo hasta que sintiera que debía parar.
Pasaron varios minutos, en los que ambos se limitaron a permitir que la naturaleza hiciera su trabajo. Al menos hasta que el mayor volvió a sentir humedad entre sus piernas y espasmo exageradamente fuerte le hizo apoyarse sobre sus rodillas en el suelo, casi cayendo sobre estas.
-¡Guillermo!
Le llamó con la voz rota, y este saltó de su asiento, corriendo para llegar a su lado.
-… Gui-llermo- exclamó, con la cabeza gacha, sujetándose el vientre con una mano y con la otra aferrándose al antebrazo del menor.
-¿Sí, amor?- se apresuró a contestar, arrodillándose junto a él, e intentando ver su rostro-… ¿Te duele mucho?
El mayor asintió lento, sin levantar la cabeza para verle.
Jadeó levemente, procurando no agitarse más.
-… Joder…- gimió en voz baja, cerrando con fuerza los ojos-… Parece que este niño ya se decidió a venir.
Acomodó la cabeza en su hombro, sonriendo ante lo que iba a decir.
-Las amenazas sí sirvieron- exclamó socarrón, comenzado a respirar lento.
El menor estaba demasiado exaltado para reír.
-¿Qué te pasa?- inquirió el mayor, levantando el rostro de su hombro para ver la expresión de Guillermo. El color había abandonado su faz-… Estás pálido.
Él le miró unos segundos antes de responderle.
-Yo… e-estoy nervioso- confesó en un susurro, llevando una mano hasta su bebé y sintiendo cómo de inmediato intentó alejarle con sus movimientos-… Sólo no… no me puedo creer que… ya vaya a nacer.
Apartó la mano de su vientre, a lo que su retoño se tranquilizó.
-… ¿Y si él no me quiere?- exclamó, con los ojos comenzando a nublarse de lágrimas-… Y si… ¿si no soy un buen padre?
El mayor le observó atentamente; sin poder evitar una sonrisa de ternura por lo dicho.
-Cariño- musitó en tono comprensivo, pasando los dedos por su cabello sin dejar de mirarle a los ojos-… Por supuesto que no será así; nuestro pequeño te va a amar tanto como yo, porque vas a ser el mejor… padre del mundo.
La voz de Samuel se cortó con las últimas palabras, volviendo a contraer el rostro y jadear levemente.
-… ¿Amor?- llamó preocupado el más joven; viéndole fijo-… ¿Qué sucede…?
De nuevo; él no respondió, comenzando a respirar un poco más agitado.
-… Ya… ya- gimió adolorido, inhalando con fuerza y reteniendo el aire en sus pulmones por varios segundos; sin abrir los ojos-… ¡oh, Dios!
El menor se quedó únicamente mirándole, sin saber qué hacer.
-¡Dios!, ¡mierda!- volvió a quejarse, abrazando con fuerza a su pareja, usando una mano para bajar sus propios pantalones-… ¡Joder!
El más joven se limitaba a oírle, y soportar la forma en que desquitaba su dolor con él mismo. Después de todo, suya era la culpa de que el mayor estuviese pasando por eso en aquel momento; y de hecho le sorprendía que él todavía no se lo hubiera echado en cara.
-… A-algo está mal- avisó agitado el mayor, removiéndose un poco para ocultar el rostro en el cuello del chico-… ¡Guillermo!, ¡mira qué sucede!
El muchacho sintió pánico al oír aquello, y más sabiendo lo que tendría que hacer. Sólo rezaba por no desmayarse junto a su pareja.
Tomó aire profundamente, separándose del mayor y agachándose un poco para ver lo que ocurría en la parte baja de su cuerpo. Tragó saliva pesadamente, volviendo la mirada al rostro del contrario, quien apoyaba ambas manos sobre su espalda, para usarle como apoyo.
-Hay…- comenzó indeciso, aclarándose la garganta antes de continuar-… hay un pie.
El mayor de inmediato entreabrió los ojos tras oír aquello, mirándole fijamente unos segundos.
-¡¿Q-qué?!- exclamó alarmado, poniendo una mano entre sus piernas, a la espera de confirmar lo que decía el menor- ¡Esto no me puede estar pasando!
Gimió con agobio, sintiendo los pequeños dedos del pie del bebé; para seguido retirar la mano y cubrirse la vista con el antebrazo.
-… Joder.
-… ¿Qué vamos a hacer ahora?- inquirió tímidamente el más joven, levemente preocupado por la situación.
El mayor suspiró profundamente, empujando con fuerza antes de responderle.
-… Tiene que nacer rápido; de lo contrario va a sofocarse- explicó con la voz temblando, mientras sentía como lágrimas de angustia comenzaban a caer por su rostro y sollozaba desesperado-… ¿cómo se supone que voy a hacer esto?
“Cuando un niño viene en una posición incorrecta, las posibilidades de que sobreviva al parto disminuyen en gran manera”
Recordó Guillermo haber oído eso de algún lado, pero no lograba acordarse de dónde. No quería eso para su pequeño; pero tampoco había mucho que él pudiera hacer, más allá de darle su apoyo al mayor. Volvió la vista a su rostro, mirándole alarmado, y muy, muy agobiado por la situación.
-Tranquilo… no te preocupes- musitó, abrazándole con apenas un poco más de fuerza- Yo estaré a tu lado; tú puedes hacerlo.
El mayor sonrió levemente al oírle. Estaba tratando de hacerle el valiente por ellos, cuando ambos claramente sabían que se encontraba igual o más aterrado que él mismo. Pero de todos modos, quiso confíar en ese apoyo que le daba el menor.
Se sujetó firmemente a sus hombros, relajando su cuerpo todo lo que le era posible y comenzó a empujar de nuevo al sentir una contracción.
-… Ay, Dios- le sintió tensarse contra su cuerpo, y soltar exclamaciones y maldiciones ahogadas entre dientes.
La situación continuó de esa manera durante los aproximadamente, quince minutos siguientes; que para los muchachos se sintieron como horas.
El menor de los dos era, a simple vista, el más exaltado por la situación. Y también el más aterrado.
Temía por el bienestar de ambos. En especial de su criatura.
-¿Necesitas algo?
-Mierda, creo que se me va a romper la espalda- sollozó, reteniendo el aliento durante algunos segundos tras mencionar aquello-… Necesito que… le hales hacia fuera… No.. No tengo suficiente fuerza para hacerlo solo.
El más joven sintió que se le iba el estómago a los pies al escuchar eso.
¿Tendría que tocar al bebé? O mucho peor, ¡¿jalarlo?!
Cierto era, que aunque sonaba mal, él quería intervenir en el proceso lo menos posible.
¿Y si hacía algo mal, y lastimaba al mayor?, o incluso peor, ¿al bebé?
Él jamás se perdonaría algo así.
No quería hacerlo, por Dios que no quería hacerlo. Pero esto ya no dependía de, si quería o no hacerlo. Su criatura estaba en una posición demasiado riesgosa, y había que hacer lo que fuera para acabar lo más pronto posible con aquella situación.
-… Sí- y procedió a inclinarse un poco, poniendo ambas manos alrededor de la diminuta cintura, que se encontraba apenas afuera-… A-ay, Dios mío…
Oyó un incómodo quejido al momento de aplicar algo de fuerza hacia abajo, y al instante quiso abandonar aquella labor, y y solo echarse a llorar en alguna esquina.
Quizá ambos se estaban arrepintiendo de haber decidido no ir antes al hospital.
En un momento, un grito por parte del mayor le distrajo de su labor; y de inmediaro dejó de aplicar cualquier tipo de fuerza.
-¿Q-qué ocurre?
-Duele mucho- gimió, con el rostro presionado en su hombro, jadeando antes de contestar- p-pero no podemos deternernos ahora. Solo… sostenlo.
-Sostenla.
-¿Q-qué?- exclamó confundido, levantando la mirada hacia él.
-Es… es una niña.
Samuel no tuvo tiempo de reaccionar ante la noticia cuando una nueva ola de dolor le golpeó y Guillermo casi chilló cuando el cuerpo del bebé finalmente cayó lánguido (y pesado) entre sus manos.
El mayor se apresuró a ocuparse de la criatura, tomándola en sus manos y apoyándola contra su pecho, pudiendo además confirmar que se trataba de una niña y no un varón, como había pensado.
-Ve a lavarte las manos, y trae el agua. Viértela en un recipiente grande y asegúrate de que no esté demasiado caliente- instruyó, frotando la espalda de la pequeña y esperando que Guillermo hubiera captado bien todas las indicaciones, y no estuviera demasiado ensimismado viendo a la bebé, que aún no había llorado.
Antes de pensar repetirle todo de nuevo, el menor se levantó y se dirigió con prisa hacia la cocina. Allí apagó el fuego e hizo todo lo que Samuel le había dicho, llevando además el botiquín de primeros auxilios que estaba guardado en un cajón.
Volvió a la sala y dejó el agua y el botiquín junto a él, viendo cómo el mayor ponía su boca sobre la nariz y boca del bebé, succionando con algo de fuerza y luego escupiendo hacia un lado. Hizo esto unas cuantas veces, y el menor no pudo evitar la mueca de desagrado y ligera confusión; hasta que el tan esperado llanto llegó y la niña comenzó removerse y aferrarse al suéter de su madre.
Nuevamente, el mayor le indicó qué objetos tomar y le entregó a la niña, procediendo a tomar las tijeras cortarle el cordón. Guillermo trató de no pensar en cómo sus manos temblaban teniendo a su hija sobre estas, y no pudo evitar apartar la mirada cuando las amenazantes tijeras se acercaron al vientre de la bebé. Inhaló agudamente sin poder evitarlo cuando el sonido que hizo el cordón al ser atravesado por las tijeras llegó a sus oídos. Sentía que iba a desmayarse en cualquier momento.
-Ahora, límpiala con cuidado. Métela en el agua y báñala bien.
El menor volvió la mirada inmediatamente, tomado por sorpresa ante la orden.
-¿Q-qué? ¿No vas a hacerlo tú?- preguntó, aún con las manos extendidas y la bebé aún removiéndose y quejándose incómoda.
-Tengo que ocuparme de esto- respondió tomando el largo cordón y halando levemente lo que aún seguía dentro de su cuerpo- Aprésurate, tiene frío y no quiero que vaya a enfermarse.
Guillermo decidió que no tenía se todo discutir con alguien que tenía razón, y menos si acababa de parir. Así que, tragándose sus nervios (o al menos tratando de hacerlo) se inclinó hacia la pequeña tinaja y con suma precaución empezó a limpiarla.
-Hola- saludó con una sonrisa nerviosa al ver que ella se había detenido a verle.
-Ya es suficiente, no quiero que le dé frío- intervino el mayor, sacando la toalla de debajo de su cuerpo y enrollándola sobre sí misma, procediendo a pasarle una toalla nueva a Guillermo y enjuagar sus manos con el, ya no tan limpia agua, u que ya empezaba a enfriarse.
El menor no se atrevió a hacer contacto visual con la ensangrentada toalla y los residuos en ella, pensando que lo más sensato sería tirarla directamente a la basura (más tarde, claro); de ninguna manera quería tener que lavar eso.
Terminando de vagar en sus pensamientos, comenzó a envolver a su hija con la no desagradable toalla y posteriormente se la entregó a Samuel, quien no esperó para recibirla con ligero afán.
Guillermo le oyó tararear suavemente para la niña y pensando con cierta gracia (y para sí mismo) en cómo los instintos maternos de su pareja habían comenzado a aparecer apenas apareció su hija; finalmente le ayudó a llegar hasta el sofá y recostarse sobre este, con la criatura apoyada en su pecho.
-Oh Dios…- exclamó Samuel en un profundo suspiro, cerrando los ojos.
-… ¿La próxima será en el hospital?- preguntó el menor con una sonrisa nerviosa, observándole a él y a su bebé con ternura.
El mayor levantó los ojos, dedicándole una mirada fiera y tras inhalar profundamente, respondió con calma.
-La próxima serás tú. ——————
Recién me acordé de que nunca llegué a publicar esto aquí en tombler, meper donan?
















