—¿Y entonces? —me miró con los ojos cansados.
—Entonces tenemos que seguir por caminos separados. —Desvié la mirada hacia la ventana.
—¿Así de fácil se acaba todo? —sentí que se acercaba—. ¿Así se borran los recuerdos? ¿Una vida juntos? Nos conocemos desde siempre y...
—Y aun así no te importé. —Lo miré a los ojos, esta vez con expresión dura—. No te estoy rompiendo el corazón y lo sabes. Nunca me amaste. No fui el amor de tu vida... ni siquiera fuimos amigos.
Él alzó una ceja, ofendido.
—Si me hubieses amado —mi voz perdió fuerza, volviéndose más derrotada— las cosas habrían sido diferentes desde el primer día. Pero ¿de qué sirve intentar arreglar el pasado ahora?
—Yo te amé —dijo en un hilo de voz—. Tú te fuiste... ¿cómo podía volver a confiar después de dos años?
—Déjalo. —Me acerqué un paso—. No peleemos por algo que ya fue. Por algo que jamás va a pasar. —Señalé su anillo—. Solo vine para que te quede claro, de una vez por todas, que no voy a seguir participando en ninguno de tus juegos.
Se acercó y llevó una mano hacia mi barbilla, pero me aparté.
—Lo es cuando ya has entregado tu vida a alguien más. —Retrocedí unos pasos, manteniendo la distancia—. No volveremos a vernos. Aquella historia ya tiene un final.
Él bajó la mirada unos segundos.
—Fue cuando te vi por primera vez... aquella noche en la que nos reímos sin parar. ¿Te acuerdas? Nos quedamos hablando hasta las cinco de la mañana. Pensé que, desde ese momento, mi vida estaría ligada a la tuya para siempre.
Soltó una risa amarga y negó con la cabeza.
—Quería que lo supieras antes de irme.
Mi expresión cambió. Sentí ganas de llorar, como si la chica de veintiún años que aún vivía escondida dentro de mí quisiera aferrarse a él con todas sus fuerzas. Pero sabía que eso ya no iba a ocurrir.
—Bien... entonces adiós. —Hice un leve gesto con la cabeza.
Él se acercó de repente. No tuve tiempo de reaccionar cuando sentí sus labios sobre los míos. No cerré los ojos. No respondí al beso.
Se apartó lentamente y me miró con una tristeza tan profunda que parecía haber oscurecido por completo su mirada.
—Vete —susurré de vuelta.
Se dirigió hacia la puerta y sentí cómo el corazón se me encogía dentro del pecho. Costaba respirar. Ahí se marchaba el hombre al que había amado durante gran parte de mi vida.
Lo vi girarse al abrir el pomo. Me dedicó una última mirada y pensé que aquella sería la última vez que lo vería. No existía ninguna razón para volver a cruzar nuestros caminos.
Entonces cerró la puerta.
Creí que estaba preparada para verlo marchar. Creí que ya no lo amaba. Pero verlo irse me rompió otra vez.
Respiré hondo e intenté recomponerme. Cuando fui consciente de lo que estaba haciendo, salí corriendo hacia el balcón.
Lo vi entrar en su coche.
No. No sería verlo cruzar aquella puerta la última imagen que conservaría de él.
La forma en que sostenía el volante. La manera en que bajaba la cabeza antes de arrancar. El último reflejo de la luz sobre su rostro.
Ese sería el recuerdo que me acompañaría hasta mi último suspiro.
Porque había amado a ese hombre tanto que fui capaz de desafiar la lógica por él.
Después de tantos años, la vida nos había llevado por caminos distintos. Ya no éramos las mismas personas que una vez prometieron quedarse para siempre.
Y quizá, al final, así era como tenía que ser.