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final
parte 1 del rol aquí.
Magnus no apartó las manos de Adelaine. En su lugar, aflojó apenas la tensión de sus brazos, dejando que sus dedos trazaran una caricia lenta en la espalda de su esposa, buscando infundirle esa calma pesada que a él parecía no abandonarlo jamás.
Cuando ella terminó de hablar, Magnus no reaccionó con enfado ni con esa urgencia defensiva de quien necesita ganar una discusión. Se tomó un par de segundos para contemplarla en silencio, estudiándola con esa paciencia infinita y académica que solía desesperarla. Ladeó apenas la cabeza, mirándola a través de sus pestañas con ese gesto tierno y compasivo que Hailey solía decir que lucía como la mueca de perro bonachón, y volvió a hablarle en un susurro grave:
—No estoy mediando a su favor, mi amor. Y sé perfectamente que robar un automóvil no es robar un dulce —dijo, pausadamente—. Mañana va a tener que devolver ese auto, dar la cara y asumir el castigo que le corresponda. No le voy a perdonar el delito, ni voy a justificar cómo te habló. Pero tirarla a los leones a la madrugada mientras está al borde de un colapso no es educarla, es destruirla.
Hizo una pausa y deslizó una de sus manos desde su espalda hasta su nuca, enredando los dedos en su cabello para sostener su cabeza, obligándola suavemente a mantener esa cercanía.
—Es una adolescente, Laine. Y es la hija de Grant —añadió, con la simple objetividad de un hecho incontrovertible—. Sé lo mucho que te duele, aunque no lo digas, porque sé todo lo que has hecho por ella desde que era una niña y porque creo que conozco tu corazón detrás de ese caparazón que te empeñas en ponerle. Pero si nosotros reaccionamos desde el orgullo, le confirmamos exactamente lo que su mente cree: que este lugar no es su hogar, y que nosotros no la queremos.
La hija de Grant.
Magnus escuchó con esa atención serena que solía ser su mayor virtud y, al mismo tiempo, la grieta por donde Adelaine solía perder la paciencia.
Siempre había sido asquerosamente empático e intuitivo hasta el hartazgo, o eso era lo que todos decían. No en vano había terminado por criar y cobijar a más de un niño a lo largo de su vida casi sin proponérselo, entendiendo las dinámicas de las heridas ajenas antes de que los propios implicados pudieran comprenderlas y ponerlas en palabras.
Sin embargo, el tinte de las últimas palabras de Adelaine le dejó un regusto amargo.
Magnus no perdió la compostura, pero la suavidad en sus ojos dio paso a una firmeza cansada y serena. Aflojó despacio el agarre de su nuca, regalándole una última caricia antes de retroceder un paso y romper el abrazo. Caminó sin prisa hacia la mesa de noche y, sin quitarle la mirada de encima, tomó el teléfono móvil, regresó junto a ella con la misma parsimonia y se lo extendió sobre la palma de la mano.
—Tienes razón —dijo Magnus. Su voz no guardaba ira, sino un tono llano, seco y desprovisto de toda calidez, impregnado de un agotamiento profundo—. Tienes toda la razón, cariño. No sé en qué estaba pensando. Soy un ingenuo y un blando que solo sirve para apañar delincuentes y encubrir delitos. Toma el móvil —insistió, manteniendo la mano extendida—. Llama a la policía. Diles que la mocosa acaba de aparcar un vehículo robado en la entrada de nuestra casa. Pídeles que manden un par de patrullas, que la saquen esposada de su habitación a las tres y media de la mañana y que la metan en una celda para que le queden antecedentes penales permanentes y pierda la vacante en la universidad. Si quieres, dale un par de azotes también antes de que se la lleven, así le queda bien claro cómo se resuelven las cosas entre adultos aquí.
Las facciones de Adelaine, que apenas unos instantes antes parecían haberse suavizado, recuperaron poco a poco la tensión que las había dominado desde el comienzo de la discusión.
Fue suficiente escuchar la ironía en la voz de Magnus.
La saboreó.
La sintió instalarse en sus oídos, recorrerle la mente y dejar un regusto amargo sobre la lengua. El enojo, que él mismo había conseguido apaciguar durante unos minutos, volvió a abrirse paso con la misma facilidad con la que una brasa recuperaba el fuego al menor soplo. Adelaine permaneció donde estaba.
Su atención descendió apenas un instante hacia el teléfono móvil que Magnus sostenía en la mano. Una ceja se arqueó casi por inercia antes de que sus ojos volvieran a encontrarse con los de él. Algo le decía que aquella iba a ser una noche larga. No era la primera vez que terminaban en aquella clase de discusión y, con toda seguridad, tampoco sería la última.
Desde que Hailey había llegado a sus vidas, existía un punto en el que ambos siempre terminaban chocando.
Magnus buscaba comprender. Escarbaba bajo cada reacción impulsiva hasta encontrar la herida que la había provocado. Intentaba mirar más allá del enojo, del desafío y de las malas decisiones para recordar que detrás de todo aquello seguía existiendo una adolescente que había crecido demasiado pronto y demasiado mal. Adelaine nunca había cuestionado esa realidad.
Ella también entendía a Hailey.
Entendía de dónde provenía buena parte de su rabia, entendía el abandono, la incertidumbre, las pérdidas.
Lo que nunca había compartido era la idea de que comprender a alguien significara concederle permiso para hacer cuanto se le antojara. Porque una explicación jamás había sido una absolución. Y seguir esperando a que Hailey decidiera, por sí sola, dejar de comportarse como una irresponsable era confiar en un milagro que, francamente, no pensaba ocurrir.
No mientras siempre hubiera alguien dispuesto a resolver las consecuencias antes que ella.
Eso era precisamente lo que más la desesperaba de Magnus.
Su necesidad casi enfermiza de amortiguar cada caída, de recoger cada desastre, de intentar salvarla incluso de sí misma. La idea de que realmente creyera que ella sería capaz de denunciar a Hailey le pareció casi ofensiva.
Claro que no iba a hacerlo.
Podía llamarla insoportable.
Caprichosa.
Irresponsable.
Podía discutir con ella hasta quedarse sin voz.
Pero seguía siendo la misma niña que había llegado rota a aquella casa años atrás. La misma por la que habría sido capaz de enfrentarse a cualquiera sin pensarlo dos veces. La misma por la que todavía sería capaz de poner las manos en el fuego si alguien intentaba hacerle daño.
No era una traidora, mucho menos una cobarde.
Adelaine entornó ligeramente los ojos y tomó el teléfono de su mano sin pedir permiso. Ni siquiera lo miró. Simplemente lo arrojó sobre el colchón con un gesto descuidado. El aparato cayó entre las sábanas con un golpe seco.
—Ahora mismo estás siendo un imbécil y ese maldito tono condescendiente no está ayudando en absolutamente nada.
Giró el rostro con evidente fastidio antes de dirigirse hacia la silla donde había arrojado la blusa. Se la colocó con movimientos rápidos, casi bruscos, mientras respiraba profundamente para contener el impulso de regresar a la habitación de Hailey y continuar una discusión que sabía perfectamente que no conduciría a ninguna parte.
Después recogió las botas del suelo y se sentó en el borde de la cama. Mientras ajustaba la primera, volvió a hablar.
—Si tú quieres ser el jodido mediador y el policía bueno... perfecto.
Tiró con firmeza del cuero de la segunda bota.
—Entonces voy a seguirte el juego, ¿qué tal eso?
Terminó de ajustarla, se incorporó sin perder un solo segundo y caminó directamente hasta la cómoda en busca de las llaves de Adam.
final
parte 1 del rol aquí.
Magnus no apartó las manos de Adelaine. En su lugar, aflojó apenas la tensión de sus brazos, dejando que sus dedos trazaran una caricia lenta en la espalda de su esposa, buscando infundirle esa calma pesada que a él parecía no abandonarlo jamás.
Cuando ella terminó de hablar, Magnus no reaccionó con enfado ni con esa urgencia defensiva de quien necesita ganar una discusión. Se tomó un par de segundos para contemplarla en silencio, estudiándola con esa paciencia infinita y académica que solía desesperarla. Ladeó apenas la cabeza, mirándola a través de sus pestañas con ese gesto tierno y compasivo que Hailey solía decir que lucía como la mueca de perro bonachón, y volvió a hablarle en un susurro grave:
—No estoy mediando a su favor, mi amor. Y sé perfectamente que robar un automóvil no es robar un dulce —dijo, pausadamente—. Mañana va a tener que devolver ese auto, dar la cara y asumir el castigo que le corresponda. No le voy a perdonar el delito, ni voy a justificar cómo te habló. Pero tirarla a los leones a la madrugada mientras está al borde de un colapso no es educarla, es destruirla.
Hizo una pausa y deslizó una de sus manos desde su espalda hasta su nuca, enredando los dedos en su cabello para sostener su cabeza, obligándola suavemente a mantener esa cercanía.
—Es una adolescente, Laine. Y es la hija de Grant —añadió, con la simple objetividad de un hecho incontrovertible—. Sé lo mucho que te duele, aunque no lo digas, porque sé todo lo que has hecho por ella desde que era una niña y porque creo que conozco tu corazón detrás de ese caparazón que te empeñas en ponerle. Pero si nosotros reaccionamos desde el orgullo, le confirmamos exactamente lo que su mente cree: que este lugar no es su hogar, y que nosotros no la queremos.
La hija de Grant.
Si alguna vez alguien le hubiera preguntado en qué momento exacto su vida había comenzado a deformarse, Elaine no habría sabido responder. No porque le faltara memoria. Al contrario. Los cuatrocientos años de inmortalidad le habían otorgado una capacidad casi cruel para recordar.
El tiempo no había borrado los detalles; los había preservado con una nitidez que a veces resultaba insoportable. Recordaba conversaciones completas sostenidas siglos atrás, los rostros de personas cuyos nombres el mundo había olvidado hacía generaciones, el sonido preciso de ciudades que ya no existían y la sensación exacta del aire en lugares desaparecidos de los mapas. Podía reconstruir sin esfuerzo las tardes de té compartidas con la élite francesa, las noches interminables de la Belle Époque o el barro que se acumulaba en las trincheras durante la Segunda Guerra Mundial. Sabía dónde había estado, qué había dicho y qué había pensado en cada uno de aquellos momentos. Ninguno se había perdido.
Sin embargo, cuando intentaba comprender el presente, toda esa claridad se desvanecía. No conseguía identificar el punto preciso en el que su vida había dejado de pertenecerle. Era como si hubiera cruzado una puerta sin advertirlo y, al girarse, el camino anterior hubiera desaparecido por completo. Podía enumerar los acontecimientos, recordar cada decisión tomada y sus consecuencias. Pero entender cómo todas aquellas piezas se habían ensamblado hasta construir la existencia que ahora llevaba era una cuestión distinta.
Todavía le resultaba extraño detenerse unos segundos y aceptar que ya no era la diseñadora reconocida que caminaba por Nueva York entre desfiles, reuniones y portadas de revistas. Aquella mujer persistía en sus recuerdos con la misma intensidad que cualquier otra versión de sí misma, pero la distancia que la separaba de ella parecía mucho mayor que unos pocos años.
Ahora vivía en una casa en Maryland. Incluso dentro de su propia cabeza, la idea seguía sonando ajena.
Irlanda había ocurrido, por supuesto. Era imposible olvidarlo. Ninguna parte de ella podía borrar un período tan cargado de violencia, pérdidas y sangre. Durante mucho tiempo, la idea de que en la oscuridad podía encontrarse un resquicio de luz le había parecido una frase vacía, un consuelo destinado a tragedias ajenas. Con el tiempo, sin embargo, había terminado por admitir que quizá contuviera algo de verdad. Maryland se había convertido, de algún modo, en ese lugar. No porque hubiera olvidado lo anterior —jamás podría hacerlo—, sino porque allí, por primera vez en siglos, había encontrado algo que no necesitaba sobrevivir para conservar.
Magnus, por ejemplo.
Su mente nunca había logrado desprenderse del hombre con el que se había amado en silencio mientras recorrían los pasillos oscuros de aquel burdel en 1921. Ahora despertaba cada mañana a su lado en una casa demasiado grande para alguien que había pasado siglos sin pertenecer a ningún sitio. Llevaba un sencillo listón de oro en el dedo anular, un detalle discreto que todavía, de vez en cuando, la obligaba a detener la mirada unos segundos para comprobar que seguía allí. Y, como si el destino hubiera decidido compensar siglos de pérdidas con una generosidad que aún le costaba aceptar, existía también una pequeña versión de ambos.
Alec Ravenscroft tenía dos años. Era un niño de cabellos rubios y sedosos como los de su padre, que caían en suaves ondas sobre su frente. Sus ojos eran verdes, del mismo tono profundo que compartían Magnus y ella, y brillaban con una curiosidad constante. Sin embargo, si Elaine debía ser sincera, el resto de su rostro pertenecía claramente a ella: la nariz fina, la boca bien dibujada y esa forma particular de fruncir el ceño cuando algo no terminaba de convencerlo. En sus rasgos faciales se reconocía a sí misma con una nitidez que a veces la desarmaba.
En temperamento, Alec era una mezcla extraña y fascinante de ambos. Risueño y curioso, charlaba sin descanso en su propio idioma de sonidos y palabras a medio formar, señalando todo lo que capturaba su atención con un entusiasmo que llenaba la casa. Al mismo tiempo, poseía una tranquilidad poco común para su edad; podía pasar largos ratos observando el movimiento de las hojas en el jardín o el fuego en la chimenea, absorto en un silencio sereno que parecía heredado de Magnus.
Elaine nunca se había imaginado, ni en un millón de años, haber traído un niño al mundo, estar con Magnus y simplemente tener esa vida tranquila que en muchas ocasiones había anhelado y guardado en un cajón porque ya no la veía posible. ¿Cómo había pasado de tener un penthouse en la Gran Manzana a preparar biberones y cambiar pañales en la madrugada? La pregunta cruzaba su mente con frecuencia, pero ya no la inquietaba. Simplemente estaba allí.
Ningún libro de maternidad que hubiera leído durante el embarazo la había preparado para la crisis de los dos años de Alec. De día era un ángel. De noche, en cambio, se convertía en un verdadero banshee. El llanto agudo, desesperado y casi ofendido por la mera existencia de la oscuridad resonaba por toda la casa. Las pataletas contra el suelo, los brazos rígidos, el cuerpo arqueándose con una indignación que parecía imposible de contener en un niño tan pequeño. Nada de lo que había leído —sobre berrinches, límites, paciencia y constancia— se parecía a la realidad que vivía cuando caía la noche.
Lo peor era que Alec la quería solo a ella. La necesitaba solo a ella. Podía estar Magnus sosteniéndolo con toda su paciencia, meciéndolo, hablándole en voz baja, ofreciéndole agua, un cuento o una manta. Bastaba con que el niño advirtiera la ausencia de Elaine para que el llanto regresara, más fuerte y desesperado, como si no verla fuera una injusticia intolerable. Había noches en las que lloraba hasta quedarse sin aliento, con las mejillas húmedas y los puños cerrados, extendiendo los brazos hacia ella con una urgencia que le partía el alma.
Por eso mismo, aquella noche había sido un pequeño milagro. Alec se había dormido casi al instante después de la cena y, lo mejor de todo, había aceptado quedarse en su cuna en lugar de terminar entre los dos en la cama grande. Elaine lo consideró una victoria silenciosa.
En cuanto vio caer al pequeño Goliat en su propia habitación, salió de allí con cuidado extremo. Cerró la puerta con lentitud, dejando solo una rendija, y mantuvo ese mismo ritmo sigiloso hasta llegar a su dormitorio. Entró a paso rápido, cerró la puerta tras de sí y no pudo evitar que una ligera sonrisa se dibujara en sus labios al ver a Magnus en la cama, recostado contra los almohadones, con aquellos malditos lentes de leer y el viejo libro de tapa gastada que devoraba cada noche. Elaine esbozó una pequeña sonrisa. No sabía si la imagen resultaba verdaderamente erótica o si era solo el efecto de meses de celibato forzoso, pero tampoco le importaba.
—Ravenscroft, te recomiendo que por tu propio bien que dejes ese jodido libro a un lado ahora mismo —murmuró, quitándose las botas justo en la entrada y lanzándolas a un costado sin ceremonia—. Llevo semanas con las ganas acumuladas y si no me follas como Dios manda ahora mismo, te juro que voy a enloquecer y quemar toda tu estantería de libros anticuados.
Elaine avanzó hacia la cama y desabotonó la blusa con gestos impacientes, dejándola caer al suelo.
Todavía riendo por lo bajo, se subió a la cama y gateó lentamente hacia él con la mirada fija. Al llegar, se sentó a horcajadas sobre sus caderas, le apartó el libro con un gesto brusco que lo hizo caer a un lado y, sin darle tiempo a reaccionar, le quitó los lentes con una mano. Con la otra, agarró el borde de su camiseta y se la subió con decisión, obligándolo a incorporarse ligeramente para quitársela del todo.
—Nuestro pequeño demonio se durmió casi solo, ¿puedes creerlo? Me costó la vida, pero se quedó en su cuna como un bendito —dijo, haciendo una pausa, tomando su rostro y propinándole un beso en los labios —. Así que vas a recompensarme por ese rapidito decadente de la semana pasada en el armario de la cocina. Ya sabes… el que duró menos que un suspiro.
Soltó una ligera risa contra su boca, deslizando con lentitud su mano por el pecho de Magnus. Se separó solo unos centímetros de su boca y continuó bajando hasta colarse dentro de sus bóxers, envolviéndolo con decisión.
—Se me ocurren muchas cosas. Quizás podamos retomar esa lección del baño de abajo, profesor, ¿mmh?
Ni bien terminó de pronunciar la última palabra, un fuerte estruendo resonó en la casa, como de vidrio rompiéndose en pedazos. Elaine supo de inmediato, por la cercanía y la dirección del sonido, que había provenido de la misma planta superior, directamente en el pasillo. Apenas un segundo después, Alec estalló en llanto en su habitación, un llanto agudo y desesperado que cortó el aire como una alarma.
Elaine se levantó casi de un salto del regazo de Magnus y de la cama. Sin perder tiempo, abrió la puerta del dormitorio y salió al pasillo con el corazón acelerado. Avanzó unos pasos decididos, pero se detuvo en seco al ver una luz tenue y extraña que provenía de la puerta entreabierta de la habitación de Hailey.
Lo que sintió no fue miedo. Su mente no se perdió en escenarios caóticos de ladrones, asesinos o mapaches irrumpiendo en la casa. Para su mala suerte, ya tenía una idea bastante clara de lo que podía ser aquello. Sin dudar ni un mísero segundo, se dirigió hacia la puerta y la abrió de un empujón.
Allí estaba. No era solo el vidrio de la ventana hecho añicos —eso vendría después—, sino Hailey Grant, de pie en medio de la habitación.
Si Elaine no terminaba de entender cómo su vida lujosa en Nueva York había mutado a lo doméstico en Maryland, aún menos comprendía cómo aquella niña dulce se había convertido en esta joven adulta amargada y universitaria con la que discutía más de lo que le gustaría admitir. Se suponía que debía estar en el campus. ¿Qué demonios había pasado?
Hailey era incorregible. Rebelde hasta la médula, ignoraba sistemáticamente todas las reglas de la casa. Lo que más indignaba a Elaine no era que fuera una mocosa malcriada con aires de grandeza, sino que esos aires se parecieran tanto a los de Logan Grant. No solo eran sus ojos. Era aquella actitud nebulosa y atractiva de quien se negaba a formar parte del sistema y se pasaba las reglas por el culo. La misma niñita que antes la miraba como si fuera lo más fascinante del mundo ahora era una joven desarrollada que disfrutaba recordarle con crueldad que no era su madre.
¿Cómo mierda se atrevía? Después de todo lo que había pasado... ¿cómo mierda se atrevía?
Elaine frunció el ceño con fuerza y levantó las manos en un gesto de absoluta incomprensión, mientras el llanto incesante de Alec desde la otra habitación se sumaba a su irritación.
—¿Ahora lo nuevo es que no uses una puta puerta como una puta persona normal? —soltó con voz tensa—. ¿Se puede saber qué demonios haces aquí y por qué acabas de romper la ventana de tu habitación cuando se supone que deberías estar en la universidad?
Hailey no lucía fastidiada ni enfadada por el caos que había ocasionado, pero tampoco precisamente sorprendida. Lucía, para ser exactos, muy decepcionada de sí misma. La idea original era no despertar a nadie y colarse en silencio, pero por lo que había alcanzado a ver a través del marco antes de que Elaine irrumpiera, hasta la señora Morrison de la casa de al lado se había asomado por la ventana de su alcoba para averiguar qué demonios había sido semejante escándalo.
Al principio, Hailey esbozó una sonrisita tensa dirigida a Elaine. Pero al escucharla quejarse sobre usar la puerta como una persona normal y exigir explicaciones sobre la universidad, soltó un resoplo gigante que pareció vaciarle los pulmones como si hubiera estado aguantando la respiración desde que cometió el desastre.
—¡Oh, mil perdones, vuestra majestad! —arrancó diciendo, acompañando las palabras con una reverencia tan exagerada y torpe que por poco pierde el equilibrio al incorporarse—. Os suplico clemencia por no haber mandado un digno emisario, o una maldita paloma mensajera con el sello real, para anunciar mi humilde llegada a vuestros dominios. Desgraciadamente, se me agotaron las reservas en las caballerizas del palacio, y sabréis que la burocracia para conseguir un mensajero a caballo a estas horas de la noche es jodIDAMENTE IMPOSIBLE!
Le echó una ligera mirada de arriba abajo a Elaine, sosteniéndole la frente con esa mezcla tan Grant de provocación y desgaste. Pero la verdad era que no tenía ganas de embarcarse en otra discusión. La energía se le escapaba por los poros, aplastada por la humillación del día.
—Escucha, Laine, lo siento, ¿de acuerdo? Olvidé mi teléfono y mis llaves en el campus —continuó, con un tono desgastado que no tardó en descarrilar en una verborrea atropellada y ansiosa mientras se apartaba el cabello de la cara de un manotazo—. No tenía forma de llamarte ni de entrar por la puerta como una persona normal. No quería despertar a nadie, sé que es tarde, sé que Magnus trabaja temprano y se que Alec duerme. Pero si quieres saber por qué estoy aquí, pues bien... es lo justo, te lo diré: discutí con Adam. Tenías razón, es un imbécil y, efectivamente, me estaba engañando con Veronica. Nos peleamos. Le grité en la cara, frente a todos, que era un deficiente mental, un producto defectuoso de la endogamia y un infeliz con la masa encefálica de un bagre. Él, por supuesto, no se quedó callado. Me dijo que yo era una egocéntrica psicótica, insoportable, que no me quería ni mi propio padre y que por eso me iba a quedar sola para siempre, porque ni siquiera ustedes me soportaban. Pero no se quedó ahí, no... ¿Sabes qué más dijo? Dijo que probablemente mamá prefería estar muerta antes que seguir aguantando a una hija como yo.
Hailey soltó una risa corta, pero fue una risa curiosa. Una mezcla amarga de ironía y furia que la hizo desviar la mirada unos segundos antes de continuar.
—Por supuesto que todo escaló. Nos empujamos, e Idris, Billie y Jonathan se metieron; supongo que tenían miedo de que nos matáramos a golpes. Le dije que al menos yo sé quiénes son mis padres y que él es un bastardo fruto del incesto entre un primo y una mula. Luego, sí, lo hice: le estampé un puñetazo en la cara, le arrebaté las llaves de su auto y conduje hasta aquí.
Justo en ese instante, al fondo del pasillo, los alaridos desgarradores de Alec cesaron de golpe, reemplazados por un silencio sepulcral que delataba la intervención milagrosa y sigilosa de Magnus en la otra habitación.
En medio de esa repentina calma, Hailey observó la expresión con la que Elaine la miraba.
—¿Qué? —soltó en un susurro audible—. No es para tanto. Adam es de un pueblo de mierda en las profundidades de Alabama donde se casan entre primos y la atracción turística principal es cazar caimanes mientras beben cerveza en lata, Elaine. Un puñetazo no es nada comparado con lo que vive los 4 de Julio en su casa, creeme.
Le dio la espalda para evaluar el desastre de la ventana y, mientras se agachaba con total parsimonia para recoger los primeros pedazos de cristal del suelo, añadió en un murmullo casi reflexivo:
—Probablemente en este momento esté pensando en cómo pedirme matrimonio.
Elaine permaneció inmóvil en su sitio.
La habitación, el silencio posterior a los llantos de Alec, la presencia de Hailey y ella a medio vestir: nada de aquello ocupaba su atención. Su mente se había cerrado en un solo pensamiento recurrente, el mismo que reservaba exclusivamente para la conducta de su hijastra. Observaba a la joven y se preguntaba, una vez más, de qué modo aquella niña dulce se había convertido en una versión femenina de su padre.
El sarcasmo idéntico, la inclinación del cuerpo como si ocupara un trono, el ceño frustrado que marcaba su rostro. Todo apuntaba a Grant con una precisión que la hacía sentir, en más de una ocasión, que estaba saldando alguna deuda pendiente.
Una parte mínima de ella —tan pequeña que apenas la escuchaba, y que solo afloraba de forma accidental frente a Magnus cuando Hailey mencionaba a su padre— había albergado la esperanza de que la mocosa no siguiera aquellos pasos. Logan Grant podía ser un hijo de puta y un imbécil, sí, pero Elaine sabía también que no era un mal tipo del todo. Por eso se había esforzado, en aquel acuerdo tácito por la custodia, en ofrecerle a Hailey todo aquello de lo que Grant había carecido. Quería evitar que la niña terminara como él.
Ahora resultaba malditamente evidente que era demasiado tarde. Así que hizo lo único que le quedaba: pasar por la verborragia característica de Hailey y esperar la peor parte, porque siempre la había.
Se pasó ambas manos por el rostro con un gesto lento, cansado, y escuchó. Escuchó el relato completo, la justificación del vidrio roto, la explicación de su llegada repentina a la casa. Mientras la voz de Hailey llenaba el aire, Elaine se masajeó los ojos con los nudillos, luego las sienes, con una impaciencia que no intentaba disimular. Cada detalle del monólogo la empujaba un poco más hacia la irritación contenida; cada pausa de la joven parecía invitarla a interrumpir, y sin embargo se contuvo, dejando que el torrente de palabras siguiera su curso.
Al final del relato, sin embargo, experimentó una pizca de satisfacción. Había tenido razón en una sola cosa: ese tal Adam era un idiota. No era alguien para Hailey. Tras semanas de oír el podcast improvisado de la cría sobre su novela amorosa mientras ella misma se ocupaba de los quehaceres, al menos la joven había llegado a la misma conclusión.
Pero entonces Hailey mencionó el auto.
Elaine levantó la vista de inmediato. La impaciencia se transformó en algo más agudo, casi incrédulo.
—¿Qué? ¿Qué mierda hiciste? —preguntó—. ¿Cómo que le robaste el auto a ese tipo?
Se movió de inmediato de su sitio. Con pasos medidos, esquivando los fragmentos de vidrio esparcidos por el suelo, se abrió camino hasta la ventana. Apoyó ambas manos en el alféizar frío y asomó la cabeza por el hueco irregular que su hijastra había abierto minutos atrás. Abajo, justo frente a la entrada de la casa, el automóvil estaba aparcado con una evidencia insultante. No era el suyo. No era el de Magnus. Pertenecía, evidentemente, a alguien más.
Se volvió hacia Hailey.
—Sí, tu exnovio puede ser un imbécil de mierda y tu amiga una zorra —dijo—, pero eso no te da derecho a robarle el auto, convertirte en una puta prófuga y, para colmo, estacionarlo aquí, en la casa de tu familia. ¿En qué mierda estabas pensando, delincuente? ¡Porque algo me dice que no piensas una mierda! Ni una. La policía puede aparecer en cualquier momento si reportan el robo. Magnus puede perder el jodido trabajo si medio vecindario se entera de que tenemos un vehículo robado frente a la puerta. ¿Tienes idea de lo jodido que está siendo todo esto o debo explicártelo de una forma más adecuada? No me jodas, Hailey... ¡Magnus!
Hailey frunció el ceño de una manera tan furiosa que sintió que la punta de sus dos cejas se unían en una contorsión horrible en el centro de su cara.
—¿Magnus? ¿En serio? Ay, por Dios. Eres una exagerada. ¿No me escuchas cuando te hablo? Adam es de Alabama, Elaine. ¡Alabama! Esto es un domingo cualquiera en su familia, no va a denunciarme. No se atrevería. Sabe perfectamente que soy capaz de incendiarle el auto si lo hace, ¿y sabés por qué lo sabe? Porque se lo dije en la cara.
Magnus apareció en el umbral de la puerta justo después de soltar un suspiro tan gigante como la paciencia que la situación requería. Se acomodó detrás de Elaine y le dio un mimo ligero en la espalda, deslizando la mano por encima de la tela de su piyama para intentar rebajar la marea de furia que recorría el cuerpo de su esposa. La había escuchado llamarlo. Es más, había escuchado absolutamente todo.
Antes de hablar, se tomó un segundo para evaluar el panorama con total templanza. Paseó la mirada del marco destrozado de la ventana a las astillas de vidrio en el suelo, y finalmente la fijó en Hailey. Ella le sostenía el contacto visual con los brazos cruzados, desafiante ante cualquier cosa que él pudiera recriminarle.
A diferencia de Elaine, Magnus no veía el fantasma de Grant en la muchacha. No había convivido lo suficiente con el como para buscar paralelismos en sus gestos o en su tono de voz. Cuando Magnus miraba a Hailey en medio de uno de sus desplantes, a quien veía en realidad era a Silas, su primer hijo, el primogénito de su primer matrimonio con Fiona. Hailey, con esa mezcla explosiva de herida abierta y rebeldía sin causa propia de los adolescentes, era la viva imagen de Silas en su peor época.
Sin embargo, había una diferencia sustancial entre ambos. Una que a Magnus le resultaba fascinante: la audacia.
Silas, en sus años más dificiles, solía dar la vuelta, dar un portazo y atrincherarse en su habitación con música a todo volumen. Jamás lo habría enfrentado con semejante desfachatez, sosteniéndole la mirada sin pestañear. Eso era territorio estrictamente femenino.
Magnus estaba convencido de que la audacia era un rasgo propio de las mujeres de su historia porque, si bien Morrigan, su segunda hija, había sido infinitamente más dócil y menos dada a los exabruptos, jamás le había temblado el pulso para plantársele de frente cuando consideraba que la razón la amparaba. Él siempre pensó que Morrigan había heredado ese carácter de Gillian, su abuela.
Gillian era inquebrantable, brillante y de emociones explosivas. Magnus encontraba a Elaine en esa misma clase de mujer, y Hailey, al fin y al cabo, había crecido bajo el ala de Elaine.
La ecuación era ridículamente simple.
—Amenazar con un incendio provocado no suele ser una estrategia legal demasiado sólida, Hailey —dijo Magnus. Su voz brotó pausada, grave y profundamente tranquila, sin la más mínima traza de enojo o alteración.
Hailey bufó.
—Es una estrategia de disuasión —soltó, remarcando la palabra como si fuera un concepto nuevo para Magnus. Lo era para ella. Se lo había escuchado a Bartosz apenas unos días atrás, durante la cena de cumpleaños de su padre—. Se llama guerra psicológica. Si el muy imbécil sabe de lo que soy capaz, va a pensarlo dos veces antes de llamar a la policía.
—O —intervino Magnus, manteniendo la mano apoyada en la espalda de Elaine para transmitirle calma— le das la excusa perfecta para denunciarte por dos delitos en lugar de uno. Robo de vehículo y extorsión con amenaza de daños a la propiedad.
—¡Me engañó con Veronica en la biblioteca! ¡En la sección de historia! —se quejó Hailey, alzando la voz, ansiosa e indignada por el hecho de que ninguno estuviera priorizando la magnitud del agravio moral de lo que había hecho Adam—. Me humilló y se burló de mí. ¡Tiene suerte de que no lo haya incendiado aún!
Magnus alzó de inmediato una mano en el aire con un gesto pausado de la palma hacia abajo, pidiéndole mesura en el volumen, e hizo un suave chasquido con los labios para cortarle el arrebato. Hailey, por supuesto, lo ignoró, sosteniéndole la mirada con la mandíbula apretada.
—Shhh... Alec acaba de dormirse —murmuró, sin perder un ápice de esa paciencia que parecía impenetrable—. Escúchame, cariño... Comprendo perfectamente que estés furiosa. Tienes todo el derecho de estarlo, Adam se comportó como un completo idiota. Pero en el mundo real, eso no te exime de terminar en una celda.
Hailey soltó una risotada ahogada, inclinando la cabeza con un gesto desafiante.
—Por favor... ¿En serio me vas a dar un discurso sobre la legalidad? ¿Justo ustedes dos? Que ridículo. Mírame a los ojos y dime que te importa un carajo la ley.
—La ley me importa un carajo —corrigió Magnus de inmediato, sin perder el eje ni elevar un solo tono de su voz—. Lo único que me importa es conservar la paz en esta casa y que, mientras tanto, no termines en la cárcel por un impulso estúpido. Así que la situación es esta... Me vas a dar las llaves del auto ahora mismo y mañana a primera hora veré cómo resolver todo de la manera menos escandalosa posible.
—No.
—Hailey...
—No.
—Dame las llaves.
—No —repitió Hailey, dando un paso atrás y cerrando el puño alrededor del llavero dentro del bolsillo de su chaqueta, como si temiera que Magnus fuera capaz de teletransportárselo de las manos.
—Hailey, no te estoy pidiendo permiso —insistió él.
—No —insistió ella—. Si se lo devuelvo, pensará que me asusté, que vine corriendo a pedirles ayuda y no voy a darle ese gusto. Antes prefiero que nos lleven en una patrulla a los dos.
—Nadie va a ir en patrulla a ninguna parte —dijo Magnus, dando un paso lento hacia adelante, dejando a Elaine detrás—. Entiendo el orgullo, créeme que lo entiendo mejor de lo que piensas, pero el orgullo no paga una fianza ni te salva del comité de la universidad si esto escala. Estoy seguro de que tu padre está pagando una fortuna en esa matrícula, Hailey, y esa gente no va a dudar ni un segundo en expulsarte si se entera de todos los problemas en los que te has metido este año. Dame la llave.
—No.
—Hailey...
Adelaine se pasó una mano por el rostro y decidió dejar que Magnus manejara la situación durante unos segundos.
De los dos, él siempre había parecido conservar el control cuando se trataba de Hailey. Ella, en cambio, necesitaba muy poco para sentir que la paciencia empezaba a agotársele. Bastaban unas cuantas palabras dichas con ese tono desafiante tan propio de la adolescencia para que tuviera que recordarse a sí misma que perder los estribos jamás resolvía nada.
Había vivido demasiado como para ignorar que el mundo cambiaba. Había visto reinos caer, fronteras modificarse, guerras empezar y terminar, costumbres desaparecer hasta convertirse en simples anécdotas de los libros de historia. Sabía que cada generación encontraba una forma distinta de desafiar a la anterior y que los adolescentes, sin importar el siglo, parecían compartir la misma capacidad para creer que eran invencibles.
Aun así, había ocasiones en las que no podía evitar pensar en su padre.
Si ella hubiese tenido la brillante idea de contestarle con la mitad del descaro con el que Hailey lo hacía, Duncan Mackenzie ni siquiera le habría dado tiempo a terminar la frase. Primero habría llegado el coscorrón detrás de la cabeza. Si insistía, unos doce azotes en la espalda. Si la insolencia persistía, probablemente habría acabado sentada durante horas con la dignidad hecha trizas después de recibir una paliza que ninguna mujer de las Tierras Altas encontraba extraordinaria para la época. Luego vendría el sermón, largo, severo y pronunciado con esa calma que siempre daba más miedo que los gritos. Y, por si todo aquello no bastaba, su madre se habría encargado de recordarle durante semanas que avergonzar a su padre delante de otros era una estupidez que solo una muchacha sin dos dedos de frente cometería.
Pensándolo bien, Hailey habría sobrevivido exactamente cinco minutos en la Escocia de 1700.
Después pensó en Alec.
Todavía era un niño pequeño, incapaz de quedarse quieto durante demasiado tiempo, siempre curioso y dispuesto a convertir cualquier rincón de la casa en una aventura. Sin embargo, tarde o temprano también crecería. Algún día llegaría esa etapa en la que estaría convencido de saber más que sus padres, discutiría por cualquier cosa y encontraría nuevas maneras de poner a prueba la paciencia de ambos. Solo imaginarlo bastó para hacerle sentir un cansancio anticipado.
Se frotó los ojos con los dedos, intentando aliviar la tensión que comenzaba a instalarse detrás de ellos. Apenas lo hizo, el tono de advertencia en la voz de Magnus llegó a sus oídos y levantó la vista de inmediato.
Frunció ligeramente el ceño. Negó una sola vez con la cabeza. Luego acortó la distancia que los separaba con un par de pasos tranquilos y volvió a negar, dejando que una sonrisa irónica curvara apenas una de las comisuras de sus labios.
—No, claro que no. Tú no vas a resolver ningún puto asunto relacionado con un automóvil robado de la forma menos jodida y escandalosa posible. Eres un maldito profesor, Magnus. Tienes un trabajo estable, una familia a la que perteneces y una vida construida. No eres un jodido delincuente ahora y mucho menos el encargado de ir limpiando los desastres que deja otra delincuente.
Se cruzó de brazos y se encogió ligeramente de hombros antes de volver la vista hacia Hailey.
—Pero claro... ya que has decidido demostrar con tanto empeño que eres una mujer completamente adulta, independiente, rebelde y absolutamente dueña de su vida...
El evidente sarcasmo en su voz hizo innecesario cualquier esfuerzo por ocultarlo.
—...entonces también tendrás que aceptar las responsabilidades de ser adulta. Felicidades, cariño. Son una porquería, pero así funciona la vida. Aunque, si soy completamente sincera... —entornó la mirada, burlona—. Sigo pensando que robar un automóvil porque tu ex decidió acostarse con una imbécil llamada Verónica no me parece precisamente una decisión muy adulta. Más bien como un berrinche propio de una novela adolescente y no de ti, pero oye... está bien, voy a dejar pasar ese pequeñito detalle.
Sin apartar la mirada de Hailey, comenzó a acercarse lentamente. No hubo prisa en sus pasos ni vacilación alguna en su expresión.
—Así que, vas a hacer exactamente lo que hace un adulto cuando comete una estupidez: vas a devolver el maldito automóvil. Porque esto ya dejó de afectarte únicamente a ti, ahora también afecta a todas las personas que vivimos en esta casa porque tuviste la maravillosa idea de traerlo a nuestro garaje y hacernos cómplices de tu ataque histérico.
Se detuvo frente a ella y la señaló con un dedo.
—Y después vas a afrontar las malditas consecuencias como la maldita adulta que tanto insistes en ser.
Su expresión perdió cualquier rastro de ironía. Verse en los ojos de Hailey le provocaban el mismo instinto que cuando solía verse en Grant: la jodida manía de amenazar a alguien que prefería ir por encima de toda regla.
—Porque, si no lo haces, Hailey... y te lo juro por Dios...
Dejó transcurrir apenas un segundo de silencio.
—...seré yo quien tome el maldito teléfono, marque a la policía ahora mismo y denuncie el robo. Tú decidirás cómo demonios termina esto. No me tientes, mocosa. Quizás a tu padre le importe un carajo, probablemente robar un auto sea lo mínimo en lo que puede llegar a dedicarse en un día laborable, pero _a mí_ no. Devuelve el puto auto o pasa una semana detrás de una celda y pierde tu puesto en la universidad.
Hailey ni siquiera parpadeó ante el dedo que la señalaba, ni ante la amenaza de entregarla a la policía.
Si algo había aprendido en sus pocos años de vida, era que la intimidación con Adelaine funcionaba bajo las leyes de la fuerza. Siempre era igual, un choque directo de egos en el que la primera que pestañeaba perdía. Con Adelaine no había misterio, no había una autoridad ni una presencia que la hiciera encogerse como a una niña asustada. Solo había otra mujer intentando marcar su territorio.
Con Magnus, en cambio, la cosa era distinta.
Si él lograba intimidarla (en las raras ocasiones en que lo hacía) no era por miedo a un grito, a una amenaza o a un castigo. Era algo puramente racional. Magnus tenía esa maldita costumbre de empeñarse en comprenderla y en desarmar sus berrinches con una lógica quirúrgica que la hacía sentirse ridículamente pequeña y lo que era peor: estúpida.
Pero al lado de Adelaine, no. Al lado de Adelaine solo sentía una rabia ardiente y concentrada que se volvió peligrosa al escuchar esa risita y la frase sobre el berrinche propio de una novela adolescente.
Las palabras se le clavaron en el pecho como una aguja, pero no por el insulto en sí, sino por la absoluta falta de empatía que revelaban.
Hailey había conducido a toda velocidad por la autopista con las manos temblando sobre el volante y el estallido de la discusión con Adam retumbándole en los oídos, buscando desesperadamente el único lugar que en su cabeza que todavía funcionaba como un refugio. Su hogar. El lugar seguro al que se suponía que podía correr cuando el mundo exterior se volvía una completa mierda y le rompían el corazón en mil pedazos. Y en lugar de refugio, ahí estaba Adelaine, parada a medio vestir en el pasillo, tratándola como a una intrusa que venía a arruinarle la paz.
Qué pedazo de hipócrita, pensó Hailey, apretando los puños dentro de los bolsillos con tanta fuerza que las esquinas metálicas del llavero del auto de Adam se le clavaron en la carne. Porque, maldita sea, si había alguien en esa habitación sin derecho moral para darle lecciones sobre decisiones adultas, madurez o lealtad, era precisamente ella.
Hailey dio un paso al frente, pero antes de que las dos mujeres terminaran de colisionar en lo impredecible, Magnus se cruzó en la trayectoria. Desplazó su cuerpo con una rapidez serena, poniéndose en medio y apoyando una mano firme pero cuidadosa sobre el pecho de Hailey para frenar su avance.
—Hailey, basta —pidió.
Pero Hailey ya no escuchaba. Pasó por alto la presencia de Magnus, inclinando el rostro por encima de su hombro para sostenerle la mirada a Adelaine con desprecio.
—Mi mayor berrinche de novela, como dijiste, fue robarle el auto a un idiota que me engañó —le dijo, con la voz temblando de rabia—. Tú te construiste una jodida vida entera con tus malditos berrinches.
Magnus sintió el impacto de las palabras y ejerció una ligera presión sobre el pecho de la joven, obligándola a dar medio paso atrás, aunque Hailey no le quitaba la vista de encima a Adelaine.
—Hailey, no cruces esa línea —advirtió Magnus, perdiendo la calidez de su tono y volviéndose peligroso—. Estás descargando el golpe contra la persona equivocada.
—¡No estoy descargando una mierda y quítame las manos de encima! —se quejó Hailey, apartando la mano de Magnus de un manotazo frustrado, aunque sin atreverse a empujarlo—. Se llena la boca hablando de mi papá como si fuera un delincuente de poca monta solo para justificarse a sí misma y sus propios berrinces adolescentes. ¡Ella es la última persona en esta casa con derecho a darme discursos de moralidad sobre cómo afrontar las consecuencias! Vete a la mierda, Adelaine. Vete a la mierda tú y toda esta fantasía que te construiste, porque es todo una jodida mentira. Es todo una mierda de cartón piedra. Tú eres una mentira.
Magnus echó un vistazo rápido hacia atrás, evaluando el rostro de Adelaine y midiendo el pulso de la marea antes de volver a fijar sus ojos en la joven. La miró en silencio durante un segundo eterno, con esa agudeza que a Hailey tanto le molestaba porque sentía que le estaba leyendo cada herida abierta.
No pasó mucho antes de que las primeras lágrimas traidoras comenzaran a brotar. Con Hailey nunca había un espectáculo de llanto dramático; a ella la tristeza se le escurría en un goteo silencioso y era la prueba amarga de una batalla encarnizada contra el colapso inminente en la que la angustia siempre terminaba ganando.
Se limpió el rostro con el dorso de la manga en un manotazo brusco, soltando un hipo ahogado de pura impotencia.
Siempre sucedía igual. Hailey terminaba sofocándose en su propio veneno.
Esta vez la marea la superaba por completo. Se sentía estúpida, ridícula por haber confiado en Adam, aplastada por la humillación de una traición que la dejó expuesta frente a todos sus amigos del campus. Y allí, de vuelta en Maryland, el golpe terminaba de hundirla: se sentía una basura, indigna de reclamar un hogar que ni siquiera le pertenecía por completo. Magnus y Adelaine ni siquiera eran sus padres y, aun así, ella se daba el lujo de escupirles rabia y maltratarlos. ¿Para qué? Solo para esconder la paliza del cansancio y ese dolor agudo de saberse profundamente desamparada.
Pero lo que verdaderamente la devoraba por dentro no era la pena, sino la vergüenza: la rabia feroz de verse expuesta, desnuda y vulnerable, justo bajo el escrutinio de ambos.
Magnus soltó un suspiro pesado, cerró los ojos y se refregó el puente de la nariz con dos dedos, intentando sacudirse el embotamiento que comenzaba a acumularse tras sus párpados. La tensión en la casa era físicamente agotadora. En cinco horas sonaría el despertador y le esperaba una jornada interminable en el campus: dictar clases, lidiar con los comités del departamento y fingir ante el mundo académico que su vida era un eje perfecto de compostura y control. Y allí estaba, a la madrugada, sirviendo de muro de contención entre el veneno reprimido de una adolescente y los cuatrocientos años de orgullo de una escocesa.
Lentamente, apartó la mano de la cara y giró la cabeza hacia atrás para buscar los ojos verdes de su esposa.
Fue un cruce de miradas apenas perceptible, pero cargado de un diálogo privado y denso. No había un reproche directo en los ojos de Magnus, pero sí una advertencia clara, el peso aplastante de su propio cansancio y la súplica implícita de que no echara más leña al fuego. Sabía exactamente qué botones de Adelaine acababa de apretar Hailey (especialmente al nombrar a Grant y poner en duda la legitimidad de su hogar), pero también sabía que si Adelaine devolvía el golpe, la fractura sería irreversible y la explosión impredecible.
Volvió a mirar a Hailey.
La severidad en su postura no había desaparecido del todo, pero la nitidez quirúrgica de su tono dio paso a una pesadez mucho más humana, ajada por las horas muertas de la madrugada.
—Estás agotada —dijo, con la voz desgastada y baja—. Voy a decir esto una sola vez y nos iremos a dormir todos. Este es tu hogar, no una trinchera. Y nosotros somos tu familia, no tus enemigos. Ve a darte un baño, llora todo lo que tengas que llorar y duerme. Mañana, con la cabeza fría, nos vamos a sentar a solucionar el desastre de la entrada y lo de Adam y su auto. Hablaré con el para que no presente una denuncia. Dame las llaves y el teléfono. Ahora, Hailey.
Hailey se quedó inmóvil un segundo, con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando a un ritmo irregular. La tensión en sus hombros cedió de golpe, desplomándose bajo el peso del agotamiento acumulado. Sin articular palabra, metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó el manojo de llaves junto con el teléfono celular. Escondió el rostro inclinando la cabeza hacia abajo, dejando que la cortina desordenada de su cabello le cubriera las facciones para no mostrar la humillación ni las lágrimas que aún le mojaban las mejillas.
Extendió la mano y depositó las dos cosas sobre la palma abierta de Magnus.
Magnus cerró los dedos alrededor de los objetos y, en lugar de guardarlos de inmediato, acortó la distancia entre ambos. Con una ternura cansada pero infinitamente firme, le plantó un beso sobre la coronilla y le despeinó el cabello con el afecto torpe y cotidiano con el que solía hacerlo cuando ella era apenas una niña.
—Intenta descansar, ¿si? Mañana será otro día.
Sin esperar una respuesta que sabía que ella no estaba en condiciones de dar, Magnus se giró, tomó a Adelaine suavemente por el codo y, con una presión constante, la guio pasillo adentro de regreso a la habitación.
Al cruzar el umbral del dormitorio, el sonido seco de la puerta al cerrarse dejó afuera la penumbra del pasillo, pero no la marejada que Hailey había dejado a su paso.
Magnus no perdió el tiempo en rodeos ni en reproches formales.
Apoyó el teléfono y las llaves sobre la cómoda y, sin romper el silencio, se giró directamente hacia Adelaine. La estudió durante un segundo, con la frente ligeramente ceñida y esos ojos azules atentos que solían desmenuzar textos complejos a cada hora del día, intentando esta vez descifrar el impacto exacto que las palabras de Hailey habían dejado en ella.
Sabía que las acusaciones no eran simplemente un exabrupto adolescente sinsentido. En el fondo, y con una punzada incómoda de lucidez, Magnus reconocía que la chica tenía un punto dolorosamente certero en sus palabras. No era quién para juzgarlo ni era su lugar opinar sobre un pasado que ni siquiera le pertenecía, pero la precisión del golpe lo descolocaba: ¿cómo demonios sabía Hailey tanto sobre lo que había ocurrido en esa época, si apenas era una niña cuando todo eso sucedió? Aun así, conociendo a Adelaine, sabía que su orgullo podía erigirse como una coraza impenetrable ante el mundo, mientras por dentro las palabras de Hailey amenazaban con desatar un incendio silencioso.
Sin pedir permiso, cortó la distancia entre los dos. Enmarcó el rostro de ella entre sus manos, con los dedos largos presionando sus mejillas de un modo casi invasivo pero cargado de un afecto desmedido, obligándola a sostenerle la mirada.
—Mirame —le pidió en un susurro, áspero por el cansancio pero firme—. Vuelve aquí. No te quedes allá con lo que dijo.
Sintió la rigidez en la mandíbula de ella bajo sus palmas y, en un movimiento fluido, la atrajo hacia su pecho. La apretó contra sí con esa calidez desbordante, buscando sofocar cualquier rastro de amargura que Hailey hubiera querido sembrar en ella.
—Solo estaba buscando la forma de sangrar sobre alguien más para no sentir que se desangra sola —dijo, dejando un beso pausado en su cabeza—. No le des el gusto de meterse en tu cabeza.
Adelaine no entendió por qué las palabras de Hailey habían conseguido alcanzarla.
O, mejor dicho, sí lo entendía.
Si alguna vez alguien le hubiera preguntado en qué momento exacto su vida había comenzado a deformarse, Elaine no habría sabido responder. No porque le faltara memoria. Al contrario. Los cuatrocientos años de inmortalidad le habían otorgado una capacidad casi cruel para recordar.
El tiempo no había borrado los detalles; los había preservado con una nitidez que a veces resultaba insoportable. Recordaba conversaciones completas sostenidas siglos atrás, los rostros de personas cuyos nombres el mundo había olvidado hacía generaciones, el sonido preciso de ciudades que ya no existían y la sensación exacta del aire en lugares desaparecidos de los mapas. Podía reconstruir sin esfuerzo las tardes de té compartidas con la élite francesa, las noches interminables de la Belle Époque o el barro que se acumulaba en las trincheras durante la Segunda Guerra Mundial. Sabía dónde había estado, qué había dicho y qué había pensado en cada uno de aquellos momentos. Ninguno se había perdido.
Sin embargo, cuando intentaba comprender el presente, toda esa claridad se desvanecía. No conseguía identificar el punto preciso en el que su vida había dejado de pertenecerle. Era como si hubiera cruzado una puerta sin advertirlo y, al girarse, el camino anterior hubiera desaparecido por completo. Podía enumerar los acontecimientos, recordar cada decisión tomada y sus consecuencias. Pero entender cómo todas aquellas piezas se habían ensamblado hasta construir la existencia que ahora llevaba era una cuestión distinta.
Todavía le resultaba extraño detenerse unos segundos y aceptar que ya no era la diseñadora reconocida que caminaba por Nueva York entre desfiles, reuniones y portadas de revistas. Aquella mujer persistía en sus recuerdos con la misma intensidad que cualquier otra versión de sí misma, pero la distancia que la separaba de ella parecía mucho mayor que unos pocos años.
Ahora vivía en una casa en Maryland. Incluso dentro de su propia cabeza, la idea seguía sonando ajena.
Irlanda había ocurrido, por supuesto. Era imposible olvidarlo. Ninguna parte de ella podía borrar un período tan cargado de violencia, pérdidas y sangre. Durante mucho tiempo, la idea de que en la oscuridad podía encontrarse un resquicio de luz le había parecido una frase vacía, un consuelo destinado a tragedias ajenas. Con el tiempo, sin embargo, había terminado por admitir que quizá contuviera algo de verdad. Maryland se había convertido, de algún modo, en ese lugar. No porque hubiera olvidado lo anterior —jamás podría hacerlo—, sino porque allí, por primera vez en siglos, había encontrado algo que no necesitaba sobrevivir para conservar.
Magnus, por ejemplo.
Su mente nunca había logrado desprenderse del hombre con el que se había amado en silencio mientras recorrían los pasillos oscuros de aquel burdel en 1921. Ahora despertaba cada mañana a su lado en una casa demasiado grande para alguien que había pasado siglos sin pertenecer a ningún sitio. Llevaba un sencillo listón de oro en el dedo anular, un detalle discreto que todavía, de vez en cuando, la obligaba a detener la mirada unos segundos para comprobar que seguía allí. Y, como si el destino hubiera decidido compensar siglos de pérdidas con una generosidad que aún le costaba aceptar, existía también una pequeña versión de ambos.
Alec Ravenscroft tenía dos años. Era un niño de cabellos rubios y sedosos como los de su padre, que caían en suaves ondas sobre su frente. Sus ojos eran verdes, del mismo tono profundo que compartían Magnus y ella, y brillaban con una curiosidad constante. Sin embargo, si Elaine debía ser sincera, el resto de su rostro pertenecía claramente a ella: la nariz fina, la boca bien dibujada y esa forma particular de fruncir el ceño cuando algo no terminaba de convencerlo. En sus rasgos faciales se reconocía a sí misma con una nitidez que a veces la desarmaba.
En temperamento, Alec era una mezcla extraña y fascinante de ambos. Risueño y curioso, charlaba sin descanso en su propio idioma de sonidos y palabras a medio formar, señalando todo lo que capturaba su atención con un entusiasmo que llenaba la casa. Al mismo tiempo, poseía una tranquilidad poco común para su edad; podía pasar largos ratos observando el movimiento de las hojas en el jardín o el fuego en la chimenea, absorto en un silencio sereno que parecía heredado de Magnus.
Elaine nunca se había imaginado, ni en un millón de años, haber traído un niño al mundo, estar con Magnus y simplemente tener esa vida tranquila que en muchas ocasiones había anhelado y guardado en un cajón porque ya no la veía posible. ¿Cómo había pasado de tener un penthouse en la Gran Manzana a preparar biberones y cambiar pañales en la madrugada? La pregunta cruzaba su mente con frecuencia, pero ya no la inquietaba. Simplemente estaba allí.
Ningún libro de maternidad que hubiera leído durante el embarazo la había preparado para la crisis de los dos años de Alec. De día era un ángel. De noche, en cambio, se convertía en un verdadero banshee. El llanto agudo, desesperado y casi ofendido por la mera existencia de la oscuridad resonaba por toda la casa. Las pataletas contra el suelo, los brazos rígidos, el cuerpo arqueándose con una indignación que parecía imposible de contener en un niño tan pequeño. Nada de lo que había leído —sobre berrinches, límites, paciencia y constancia— se parecía a la realidad que vivía cuando caía la noche.
Lo peor era que Alec la quería solo a ella. La necesitaba solo a ella. Podía estar Magnus sosteniéndolo con toda su paciencia, meciéndolo, hablándole en voz baja, ofreciéndole agua, un cuento o una manta. Bastaba con que el niño advirtiera la ausencia de Elaine para que el llanto regresara, más fuerte y desesperado, como si no verla fuera una injusticia intolerable. Había noches en las que lloraba hasta quedarse sin aliento, con las mejillas húmedas y los puños cerrados, extendiendo los brazos hacia ella con una urgencia que le partía el alma.
Por eso mismo, aquella noche había sido un pequeño milagro. Alec se había dormido casi al instante después de la cena y, lo mejor de todo, había aceptado quedarse en su cuna en lugar de terminar entre los dos en la cama grande. Elaine lo consideró una victoria silenciosa.
En cuanto vio caer al pequeño Goliat en su propia habitación, salió de allí con cuidado extremo. Cerró la puerta con lentitud, dejando solo una rendija, y mantuvo ese mismo ritmo sigiloso hasta llegar a su dormitorio. Entró a paso rápido, cerró la puerta tras de sí y no pudo evitar que una ligera sonrisa se dibujara en sus labios al ver a Magnus en la cama, recostado contra los almohadones, con aquellos malditos lentes de leer y el viejo libro de tapa gastada que devoraba cada noche. Elaine esbozó una pequeña sonrisa. No sabía si la imagen resultaba verdaderamente erótica o si era solo el efecto de meses de celibato forzoso, pero tampoco le importaba.
—Ravenscroft, te recomiendo que por tu propio bien que dejes ese jodido libro a un lado ahora mismo —murmuró, quitándose las botas justo en la entrada y lanzándolas a un costado sin ceremonia—. Llevo semanas con las ganas acumuladas y si no me follas como Dios manda ahora mismo, te juro que voy a enloquecer y quemar toda tu estantería de libros anticuados.
Elaine avanzó hacia la cama y desabotonó la blusa con gestos impacientes, dejándola caer al suelo.
Todavía riendo por lo bajo, se subió a la cama y gateó lentamente hacia él con la mirada fija. Al llegar, se sentó a horcajadas sobre sus caderas, le apartó el libro con un gesto brusco que lo hizo caer a un lado y, sin darle tiempo a reaccionar, le quitó los lentes con una mano. Con la otra, agarró el borde de su camiseta y se la subió con decisión, obligándolo a incorporarse ligeramente para quitársela del todo.
—Nuestro pequeño demonio se durmió casi solo, ¿puedes creerlo? Me costó la vida, pero se quedó en su cuna como un bendito —dijo, haciendo una pausa, tomando su rostro y propinándole un beso en los labios —. Así que vas a recompensarme por ese rapidito decadente de la semana pasada en el armario de la cocina. Ya sabes… el que duró menos que un suspiro.
Soltó una ligera risa contra su boca, deslizando con lentitud su mano por el pecho de Magnus. Se separó solo unos centímetros de su boca y continuó bajando hasta colarse dentro de sus bóxers, envolviéndolo con decisión.
—Se me ocurren muchas cosas. Quizás podamos retomar esa lección del baño de abajo, profesor, ¿mmh?
Ni bien terminó de pronunciar la última palabra, un fuerte estruendo resonó en la casa, como de vidrio rompiéndose en pedazos. Elaine supo de inmediato, por la cercanía y la dirección del sonido, que había provenido de la misma planta superior, directamente en el pasillo. Apenas un segundo después, Alec estalló en llanto en su habitación, un llanto agudo y desesperado que cortó el aire como una alarma.
Elaine se levantó casi de un salto del regazo de Magnus y de la cama. Sin perder tiempo, abrió la puerta del dormitorio y salió al pasillo con el corazón acelerado. Avanzó unos pasos decididos, pero se detuvo en seco al ver una luz tenue y extraña que provenía de la puerta entreabierta de la habitación de Hailey.
Lo que sintió no fue miedo. Su mente no se perdió en escenarios caóticos de ladrones, asesinos o mapaches irrumpiendo en la casa. Para su mala suerte, ya tenía una idea bastante clara de lo que podía ser aquello. Sin dudar ni un mísero segundo, se dirigió hacia la puerta y la abrió de un empujón.
Allí estaba. No era solo el vidrio de la ventana hecho añicos —eso vendría después—, sino Hailey Grant, de pie en medio de la habitación.
Si Elaine no terminaba de entender cómo su vida lujosa en Nueva York había mutado a lo doméstico en Maryland, aún menos comprendía cómo aquella niña dulce se había convertido en esta joven adulta amargada y universitaria con la que discutía más de lo que le gustaría admitir. Se suponía que debía estar en el campus. ¿Qué demonios había pasado?
Hailey era incorregible. Rebelde hasta la médula, ignoraba sistemáticamente todas las reglas de la casa. Lo que más indignaba a Elaine no era que fuera una mocosa malcriada con aires de grandeza, sino que esos aires se parecieran tanto a los de Logan Grant. No solo eran sus ojos. Era aquella actitud nebulosa y atractiva de quien se negaba a formar parte del sistema y se pasaba las reglas por el culo. La misma niñita que antes la miraba como si fuera lo más fascinante del mundo ahora era una joven desarrollada que disfrutaba recordarle con crueldad que no era su madre.
¿Cómo mierda se atrevía? Después de todo lo que había pasado... ¿cómo mierda se atrevía?
Elaine frunció el ceño con fuerza y levantó las manos en un gesto de absoluta incomprensión, mientras el llanto incesante de Alec desde la otra habitación se sumaba a su irritación.
—¿Ahora lo nuevo es que no uses una puta puerta como una puta persona normal? —soltó con voz tensa—. ¿Se puede saber qué demonios haces aquí y por qué acabas de romper la ventana de tu habitación cuando se supone que deberías estar en la universidad?
Hailey no lucía fastidiada ni enfadada por el caos que había ocasionado, pero tampoco precisamente sorprendida. Lucía, para ser exactos, muy decepcionada de sí misma. La idea original era no despertar a nadie y colarse en silencio, pero por lo que había alcanzado a ver a través del marco antes de que Elaine irrumpiera, hasta la señora Morrison de la casa de al lado se había asomado por la ventana de su alcoba para averiguar qué demonios había sido semejante escándalo.
Al principio, Hailey esbozó una sonrisita tensa dirigida a Elaine. Pero al escucharla quejarse sobre usar la puerta como una persona normal y exigir explicaciones sobre la universidad, soltó un resoplo gigante que pareció vaciarle los pulmones como si hubiera estado aguantando la respiración desde que cometió el desastre.
—¡Oh, mil perdones, vuestra majestad! —arrancó diciendo, acompañando las palabras con una reverencia tan exagerada y torpe que por poco pierde el equilibrio al incorporarse—. Os suplico clemencia por no haber mandado un digno emisario, o una maldita paloma mensajera con el sello real, para anunciar mi humilde llegada a vuestros dominios. Desgraciadamente, se me agotaron las reservas en las caballerizas del palacio, y sabréis que la burocracia para conseguir un mensajero a caballo a estas horas de la noche es jodIDAMENTE IMPOSIBLE!
Le echó una ligera mirada de arriba abajo a Elaine, sosteniéndole la frente con esa mezcla tan Grant de provocación y desgaste. Pero la verdad era que no tenía ganas de embarcarse en otra discusión. La energía se le escapaba por los poros, aplastada por la humillación del día.
—Escucha, Laine, lo siento, ¿de acuerdo? Olvidé mi teléfono y mis llaves en el campus —continuó, con un tono desgastado que no tardó en descarrilar en una verborrea atropellada y ansiosa mientras se apartaba el cabello de la cara de un manotazo—. No tenía forma de llamarte ni de entrar por la puerta como una persona normal. No quería despertar a nadie, sé que es tarde, sé que Magnus trabaja temprano y se que Alec duerme. Pero si quieres saber por qué estoy aquí, pues bien... es lo justo, te lo diré: discutí con Adam. Tenías razón, es un imbécil y, efectivamente, me estaba engañando con Veronica. Nos peleamos. Le grité en la cara, frente a todos, que era un deficiente mental, un producto defectuoso de la endogamia y un infeliz con la masa encefálica de un bagre. Él, por supuesto, no se quedó callado. Me dijo que yo era una egocéntrica psicótica, insoportable, que no me quería ni mi propio padre y que por eso me iba a quedar sola para siempre, porque ni siquiera ustedes me soportaban. Pero no se quedó ahí, no... ¿Sabes qué más dijo? Dijo que probablemente mamá prefería estar muerta antes que seguir aguantando a una hija como yo.
Hailey soltó una risa corta, pero fue una risa curiosa. Una mezcla amarga de ironía y furia que la hizo desviar la mirada unos segundos antes de continuar.
—Por supuesto que todo escaló. Nos empujamos, e Idris, Billie y Jonathan se metieron; supongo que tenían miedo de que nos matáramos a golpes. Le dije que al menos yo sé quiénes son mis padres y que él es un bastardo fruto del incesto entre un primo y una mula. Luego, sí, lo hice: le estampé un puñetazo en la cara, le arrebaté las llaves de su auto y conduje hasta aquí.
Justo en ese instante, al fondo del pasillo, los alaridos desgarradores de Alec cesaron de golpe, reemplazados por un silencio sepulcral que delataba la intervención milagrosa y sigilosa de Magnus en la otra habitación.
En medio de esa repentina calma, Hailey observó la expresión con la que Elaine la miraba.
—¿Qué? —soltó en un susurro audible—. No es para tanto. Adam es de un pueblo de mierda en las profundidades de Alabama donde se casan entre primos y la atracción turística principal es cazar caimanes mientras beben cerveza en lata, Elaine. Un puñetazo no es nada comparado con lo que vive los 4 de Julio en su casa, creeme.
Le dio la espalda para evaluar el desastre de la ventana y, mientras se agachaba con total parsimonia para recoger los primeros pedazos de cristal del suelo, añadió en un murmullo casi reflexivo:
—Probablemente en este momento esté pensando en cómo pedirme matrimonio.
Elaine permaneció inmóvil en su sitio.
La habitación, el silencio posterior a los llantos de Alec, la presencia de Hailey y ella a medio vestir: nada de aquello ocupaba su atención. Su mente se había cerrado en un solo pensamiento recurrente, el mismo que reservaba exclusivamente para la conducta de su hijastra. Observaba a la joven y se preguntaba, una vez más, de qué modo aquella niña dulce se había convertido en una versión femenina de su padre.
El sarcasmo idéntico, la inclinación del cuerpo como si ocupara un trono, el ceño frustrado que marcaba su rostro. Todo apuntaba a Grant con una precisión que la hacía sentir, en más de una ocasión, que estaba saldando alguna deuda pendiente.
Una parte mínima de ella —tan pequeña que apenas la escuchaba, y que solo afloraba de forma accidental frente a Magnus cuando Hailey mencionaba a su padre— había albergado la esperanza de que la mocosa no siguiera aquellos pasos. Logan Grant podía ser un hijo de puta y un imbécil, sí, pero Elaine sabía también que no era un mal tipo del todo. Por eso se había esforzado, en aquel acuerdo tácito por la custodia, en ofrecerle a Hailey todo aquello de lo que Grant había carecido. Quería evitar que la niña terminara como él.
Ahora resultaba malditamente evidente que era demasiado tarde. Así que hizo lo único que le quedaba: pasar por la verborragia característica de Hailey y esperar la peor parte, porque siempre la había.
Se pasó ambas manos por el rostro con un gesto lento, cansado, y escuchó. Escuchó el relato completo, la justificación del vidrio roto, la explicación de su llegada repentina a la casa. Mientras la voz de Hailey llenaba el aire, Elaine se masajeó los ojos con los nudillos, luego las sienes, con una impaciencia que no intentaba disimular. Cada detalle del monólogo la empujaba un poco más hacia la irritación contenida; cada pausa de la joven parecía invitarla a interrumpir, y sin embargo se contuvo, dejando que el torrente de palabras siguiera su curso.
Al final del relato, sin embargo, experimentó una pizca de satisfacción. Había tenido razón en una sola cosa: ese tal Adam era un idiota. No era alguien para Hailey. Tras semanas de oír el podcast improvisado de la cría sobre su novela amorosa mientras ella misma se ocupaba de los quehaceres, al menos la joven había llegado a la misma conclusión.
Pero entonces Hailey mencionó el auto.
Elaine levantó la vista de inmediato. La impaciencia se transformó en algo más agudo, casi incrédulo.
—¿Qué? ¿Qué mierda hiciste? —preguntó—. ¿Cómo que le robaste el auto a ese tipo?
Se movió de inmediato de su sitio. Con pasos medidos, esquivando los fragmentos de vidrio esparcidos por el suelo, se abrió camino hasta la ventana. Apoyó ambas manos en el alféizar frío y asomó la cabeza por el hueco irregular que su hijastra había abierto minutos atrás. Abajo, justo frente a la entrada de la casa, el automóvil estaba aparcado con una evidencia insultante. No era el suyo. No era el de Magnus. Pertenecía, evidentemente, a alguien más.
Se volvió hacia Hailey.
—Sí, tu exnovio puede ser un imbécil de mierda y tu amiga una zorra —dijo—, pero eso no te da derecho a robarle el auto, convertirte en una puta prófuga y, para colmo, estacionarlo aquí, en la casa de tu familia. ¿En qué mierda estabas pensando, delincuente? ¡Porque algo me dice que no piensas una mierda! Ni una. La policía puede aparecer en cualquier momento si reportan el robo. Magnus puede perder el jodido trabajo si medio vecindario se entera de que tenemos un vehículo robado frente a la puerta. ¿Tienes idea de lo jodido que está siendo todo esto o debo explicártelo de una forma más adecuada? No me jodas, Hailey... ¡Magnus!
Hailey frunció el ceño de una manera tan furiosa que sintió que la punta de sus dos cejas se unían en una contorsión horrible en el centro de su cara.
—¿Magnus? ¿En serio? Ay, por Dios. Eres una exagerada. ¿No me escuchas cuando te hablo? Adam es de Alabama, Elaine. ¡Alabama! Esto es un domingo cualquiera en su familia, no va a denunciarme. No se atrevería. Sabe perfectamente que soy capaz de incendiarle el auto si lo hace, ¿y sabés por qué lo sabe? Porque se lo dije en la cara.
Magnus apareció en el umbral de la puerta justo después de soltar un suspiro tan gigante como la paciencia que la situación requería. Se acomodó detrás de Elaine y le dio un mimo ligero en la espalda, deslizando la mano por encima de la tela de su piyama para intentar rebajar la marea de furia que recorría el cuerpo de su esposa. La había escuchado llamarlo. Es más, había escuchado absolutamente todo.
Antes de hablar, se tomó un segundo para evaluar el panorama con total templanza. Paseó la mirada del marco destrozado de la ventana a las astillas de vidrio en el suelo, y finalmente la fijó en Hailey. Ella le sostenía el contacto visual con los brazos cruzados, desafiante ante cualquier cosa que él pudiera recriminarle.
A diferencia de Elaine, Magnus no veía el fantasma de Grant en la muchacha. No había convivido lo suficiente con el como para buscar paralelismos en sus gestos o en su tono de voz. Cuando Magnus miraba a Hailey en medio de uno de sus desplantes, a quien veía en realidad era a Silas, su primer hijo, el primogénito de su primer matrimonio con Fiona. Hailey, con esa mezcla explosiva de herida abierta y rebeldía sin causa propia de los adolescentes, era la viva imagen de Silas en su peor época.
Sin embargo, había una diferencia sustancial entre ambos. Una que a Magnus le resultaba fascinante: la audacia.
Silas, en sus años más dificiles, solía dar la vuelta, dar un portazo y atrincherarse en su habitación con música a todo volumen. Jamás lo habría enfrentado con semejante desfachatez, sosteniéndole la mirada sin pestañear. Eso era territorio estrictamente femenino.
Magnus estaba convencido de que la audacia era un rasgo propio de las mujeres de su historia porque, si bien Morrigan, su segunda hija, había sido infinitamente más dócil y menos dada a los exabruptos, jamás le había temblado el pulso para plantársele de frente cuando consideraba que la razón la amparaba. Él siempre pensó que Morrigan había heredado ese carácter de Gillian, su abuela.
Gillian era inquebrantable, brillante y de emociones explosivas. Magnus encontraba a Elaine en esa misma clase de mujer, y Hailey, al fin y al cabo, había crecido bajo el ala de Elaine.
La ecuación era ridículamente simple.
—Amenazar con un incendio provocado no suele ser una estrategia legal demasiado sólida, Hailey —dijo Magnus. Su voz brotó pausada, grave y profundamente tranquila, sin la más mínima traza de enojo o alteración.
Hailey bufó.
—Es una estrategia de disuasión —soltó, remarcando la palabra como si fuera un concepto nuevo para Magnus. Lo era para ella. Se lo había escuchado a Bartosz apenas unos días atrás, durante la cena de cumpleaños de su padre—. Se llama guerra psicológica. Si el muy imbécil sabe de lo que soy capaz, va a pensarlo dos veces antes de llamar a la policía.
—O —intervino Magnus, manteniendo la mano apoyada en la espalda de Elaine para transmitirle calma— le das la excusa perfecta para denunciarte por dos delitos en lugar de uno. Robo de vehículo y extorsión con amenaza de daños a la propiedad.
—¡Me engañó con Veronica en la biblioteca! ¡En la sección de historia! —se quejó Hailey, alzando la voz, ansiosa e indignada por el hecho de que ninguno estuviera priorizando la magnitud del agravio moral de lo que había hecho Adam—. Me humilló y se burló de mí. ¡Tiene suerte de que no lo haya incendiado aún!
Magnus alzó de inmediato una mano en el aire con un gesto pausado de la palma hacia abajo, pidiéndole mesura en el volumen, e hizo un suave chasquido con los labios para cortarle el arrebato. Hailey, por supuesto, lo ignoró, sosteniéndole la mirada con la mandíbula apretada.
—Shhh... Alec acaba de dormirse —murmuró, sin perder un ápice de esa paciencia que parecía impenetrable—. Escúchame, cariño... Comprendo perfectamente que estés furiosa. Tienes todo el derecho de estarlo, Adam se comportó como un completo idiota. Pero en el mundo real, eso no te exime de terminar en una celda.
Hailey soltó una risotada ahogada, inclinando la cabeza con un gesto desafiante.
—Por favor... ¿En serio me vas a dar un discurso sobre la legalidad? ¿Justo ustedes dos? Que ridículo. Mírame a los ojos y dime que te importa un carajo la ley.
—La ley me importa un carajo —corrigió Magnus de inmediato, sin perder el eje ni elevar un solo tono de su voz—. Lo único que me importa es conservar la paz en esta casa y que, mientras tanto, no termines en la cárcel por un impulso estúpido. Así que la situación es esta... Me vas a dar las llaves del auto ahora mismo y mañana a primera hora veré cómo resolver todo de la manera menos escandalosa posible.
—No.
—Hailey...
—No.
—Dame las llaves.
—No —repitió Hailey, dando un paso atrás y cerrando el puño alrededor del llavero dentro del bolsillo de su chaqueta, como si temiera que Magnus fuera capaz de teletransportárselo de las manos.
—Hailey, no te estoy pidiendo permiso —insistió él.
—No —insistió ella—. Si se lo devuelvo, pensará que me asusté, que vine corriendo a pedirles ayuda y no voy a darle ese gusto. Antes prefiero que nos lleven en una patrulla a los dos.
—Nadie va a ir en patrulla a ninguna parte —dijo Magnus, dando un paso lento hacia adelante, dejando a Elaine detrás—. Entiendo el orgullo, créeme que lo entiendo mejor de lo que piensas, pero el orgullo no paga una fianza ni te salva del comité de la universidad si esto escala. Estoy seguro de que tu padre está pagando una fortuna en esa matrícula, Hailey, y esa gente no va a dudar ni un segundo en expulsarte si se entera de todos los problemas en los que te has metido este año. Dame la llave.
—No.
—Hailey...
Adelaine se pasó una mano por el rostro y decidió dejar que Magnus manejara la situación durante unos segundos.
De los dos, él siempre había parecido conservar el control cuando se trataba de Hailey. Ella, en cambio, necesitaba muy poco para sentir que la paciencia empezaba a agotársele. Bastaban unas cuantas palabras dichas con ese tono desafiante tan propio de la adolescencia para que tuviera que recordarse a sí misma que perder los estribos jamás resolvía nada.
Había vivido demasiado como para ignorar que el mundo cambiaba. Había visto reinos caer, fronteras modificarse, guerras empezar y terminar, costumbres desaparecer hasta convertirse en simples anécdotas de los libros de historia. Sabía que cada generación encontraba una forma distinta de desafiar a la anterior y que los adolescentes, sin importar el siglo, parecían compartir la misma capacidad para creer que eran invencibles.
Aun así, había ocasiones en las que no podía evitar pensar en su padre.
Si ella hubiese tenido la brillante idea de contestarle con la mitad del descaro con el que Hailey lo hacía, Duncan Mackenzie ni siquiera le habría dado tiempo a terminar la frase. Primero habría llegado el coscorrón detrás de la cabeza. Si insistía, unos doce azotes en la espalda. Si la insolencia persistía, probablemente habría acabado sentada durante horas con la dignidad hecha trizas después de recibir una paliza que ninguna mujer de las Tierras Altas encontraba extraordinaria para la época. Luego vendría el sermón, largo, severo y pronunciado con esa calma que siempre daba más miedo que los gritos. Y, por si todo aquello no bastaba, su madre se habría encargado de recordarle durante semanas que avergonzar a su padre delante de otros era una estupidez que solo una muchacha sin dos dedos de frente cometería.
Pensándolo bien, Hailey habría sobrevivido exactamente cinco minutos en la Escocia de 1700.
Después pensó en Alec.
Todavía era un niño pequeño, incapaz de quedarse quieto durante demasiado tiempo, siempre curioso y dispuesto a convertir cualquier rincón de la casa en una aventura. Sin embargo, tarde o temprano también crecería. Algún día llegaría esa etapa en la que estaría convencido de saber más que sus padres, discutiría por cualquier cosa y encontraría nuevas maneras de poner a prueba la paciencia de ambos. Solo imaginarlo bastó para hacerle sentir un cansancio anticipado.
Se frotó los ojos con los dedos, intentando aliviar la tensión que comenzaba a instalarse detrás de ellos. Apenas lo hizo, el tono de advertencia en la voz de Magnus llegó a sus oídos y levantó la vista de inmediato.
Frunció ligeramente el ceño. Negó una sola vez con la cabeza. Luego acortó la distancia que los separaba con un par de pasos tranquilos y volvió a negar, dejando que una sonrisa irónica curvara apenas una de las comisuras de sus labios.
—No, claro que no. Tú no vas a resolver ningún puto asunto relacionado con un automóvil robado de la forma menos jodida y escandalosa posible. Eres un maldito profesor, Magnus. Tienes un trabajo estable, una familia a la que perteneces y una vida construida. No eres un jodido delincuente ahora y mucho menos el encargado de ir limpiando los desastres que deja otra delincuente.
Se cruzó de brazos y se encogió ligeramente de hombros antes de volver la vista hacia Hailey.
—Pero claro... ya que has decidido demostrar con tanto empeño que eres una mujer completamente adulta, independiente, rebelde y absolutamente dueña de su vida...
El evidente sarcasmo en su voz hizo innecesario cualquier esfuerzo por ocultarlo.
—...entonces también tendrás que aceptar las responsabilidades de ser adulta. Felicidades, cariño. Son una porquería, pero así funciona la vida. Aunque, si soy completamente sincera... —entornó la mirada, burlona—. Sigo pensando que robar un automóvil porque tu ex decidió acostarse con una imbécil llamada Verónica no me parece precisamente una decisión muy adulta. Más bien como un berrinche propio de una novela adolescente y no de ti, pero oye... está bien, voy a dejar pasar ese pequeñito detalle.
Sin apartar la mirada de Hailey, comenzó a acercarse lentamente. No hubo prisa en sus pasos ni vacilación alguna en su expresión.
—Así que, vas a hacer exactamente lo que hace un adulto cuando comete una estupidez: vas a devolver el maldito automóvil. Porque esto ya dejó de afectarte únicamente a ti, ahora también afecta a todas las personas que vivimos en esta casa porque tuviste la maravillosa idea de traerlo a nuestro garaje y hacernos cómplices de tu ataque histérico.
Se detuvo frente a ella y la señaló con un dedo.
—Y después vas a afrontar las malditas consecuencias como la maldita adulta que tanto insistes en ser.
Su expresión perdió cualquier rastro de ironía. Verse en los ojos de Hailey le provocaban el mismo instinto que cuando solía verse en Grant: la jodida manía de amenazar a alguien que prefería ir por encima de toda regla.
—Porque, si no lo haces, Hailey... y te lo juro por Dios...
Dejó transcurrir apenas un segundo de silencio.
—...seré yo quien tome el maldito teléfono, marque a la policía ahora mismo y denuncie el robo. Tú decidirás cómo demonios termina esto. No me tientes, mocosa. Quizás a tu padre le importe un carajo, probablemente robar un auto sea lo mínimo en lo que puede llegar a dedicarse en un día laborable, pero _a mí_ no. Devuelve el puto auto o pasa una semana detrás de una celda y pierde tu puesto en la universidad.
HERE'S THE PERSONALITY !
A primera vista, Emerald Williams difícilmente encaje con la imagen que muchos esperarían de alguien que creció rodeada de abandono, adicciones y precariedad.
No es una chica silenciosa ni especialmente melancólica. Tampoco arrastra una actitud derrotista. Al contrario. Quienes la conocen suelen describirla como alguien increíblemente divertida, de conversación inagotable y con esa extraña capacidad de encontrar algo de humor incluso en los días más miserables. Tiene una respuesta para absolutamente todo. Habla rápido, cambia de tema con facilidad y posee un ingenio espontáneo que convierte cualquier intercambio cotidiano en una oportunidad para lanzar un comentario sarcástico. Su humor es ácido, a veces descarado y con frecuencia roza la insolencia, pero rara vez nace de la malicia. Emerald disfruta haciendo reír a los demás porque, de algún modo, aprendió hace mucho tiempo que una sonrisa siempre pesa menos que una tragedia.
Es una mujer sencilla, sin grandes pretensiones ni necesidad de aparentar aquello que no es. Nunca persiguió el lujo ni el reconocimiento; está demasiado acostumbrada a resolver problemas reales como para perder tiempo construyendo una imagen de sí misma. Se siente cómoda vistiendo ropa gastada, compartiendo una pizza barata con sus amigos o pasando horas hablando de películas en cualquier escalera del Bronx. Conserva una cercanía muy difícil de fingir. Tiene facilidad para relacionarse con personas completamente distintas entre sí, inicia conversaciones con desconocidos sin demasiado esfuerzo y suele generar confianza con una naturalidad que sorprende incluso a quienes acaban de conocerla. Emerald pertenece a ese tipo de personas que hacen sentir a los demás como si llevaran años formando parte de su vida.
Debajo de esa personalidad extrovertida existe, sin embargo, una mente extraordinariamente práctica. Emerald observa mucho más de lo que aparenta. Mientras habla y bromea, está registrando pequeños detalles, analizando el entorno y anticipando posibles problemas casi de manera inconsciente. Posee un fuerte instinto para improvisar y resolver situaciones sobre la marcha. No necesita elaborar grandes planes; prefiere adaptarse a lo que ocurre frente a ella, confiando en su rapidez mental y en su capacidad para encontrar soluciones incluso bajo presión. Esa forma de pensar, unida a la agilidad que desarrolló durante su adolescencia, la vuelve sorprendentemente hábil para salir de situaciones complicadas. Rara vez entra en pánico. Cuando todos los demás pierden la cabeza, Emerald suele ser la primera en encontrar una salida.
Es inteligente de una manera profundamente intuitiva. Siempre destacó en los estudios y posee una enorme curiosidad por comprender cómo funciona el mundo. Le fascina aprender, hacer preguntas y observar a las personas. Puede pasar horas hablando sobre una película, analizando por qué una escena funciona o desarmando un personaje hasta comprender cada una de sus motivaciones. Esa misma curiosidad también la lleva a explorar lugares, abrir puertas que probablemente debería dejar cerradas y aceptar desafíos únicamente por descubrir qué hay al otro lado. No soporta quedarse con la duda. Si algo despierta su interés, hará todo lo posible por entenderlo, incluso cuando el sentido común le aconseje exactamente lo contrario.
Aunque evita los conflictos innecesarios, tampoco es alguien que se deje intimidar con facilidad. Aprendió muy joven a defenderse sola. Sabe responder con palabras cuando es suficiente y con los puños cuando deja de serlo. No disfruta de la violencia, pero tampoco le teme. Tiene un fuerte sentido de la justicia y una tendencia casi automática a intervenir cuando presencia un abuso, especialmente si la víctima es alguien que no puede defenderse. Esa necesidad de proteger a otros nació mucho antes de Ruby; simplemente encontró en su hermana la razón más importante para no abandonarla nunca.
Su historia personal moldeó también su forma de entender la política. Haber crecido viendo cómo la pobreza, la desigualdad y las adicciones destruían familias enteras hizo que desarrollara una mirada profundamente crítica sobre el mundo que la rodea. Emerald sostiene convicciones de izquierda con absoluta naturalidad y jamás sintió la necesidad de esconderlas para evitar discusiones. Participa en marchas, acompaña reclamos sociales y suele involucrarse en causas relacionadas con los derechos laborales, la vivienda, la salud pública y la educación. No lo hace por moda ni por pertenecer a un grupo; lo hace porque conoce de primera mano lo que significa crecer en un sistema que muchas veces parece olvidarse de quienes menos tienen.
Su mayor virtud y, al mismo tiempo, su mayor defecto es esa necesidad casi compulsiva de hacerse cargo de todo. Emerald encuentra mucho más sencillo resolver los problemas de los demás que admitir los propios. Está acostumbrada a sostener, proteger y encontrar soluciones, incluso cuando eso implica ignorar su propio agotamiento. Le cuesta pedir ayuda porque durante demasiado tiempo sintió que no tenía derecho a hacerlo. Prefiere cargar sola con el peso antes que convertirse en una preocupación para quienes quiere.
Sin embargo, debajo de toda esa autosuficiencia existe una mujer que todavía conserva una enorme capacidad para ilusionarse. Se emociona con pequeños gestos, ríe con facilidad, encuentra belleza en los detalles más simples y mantiene una sensibilidad que ni los peores años de su vida consiguieron arrebatarle. Quizá esa sea su cualidad más admirable.
Emerald no sobrevivió porque el mundo fuera amable con ella. Sobrevivió porque, incluso después de todo lo que perdió, nunca permitió que la dureza de la vida le robara aquello que la hacía profundamente humana.
THE CURSED THIEF
Emerald Williams. American. 23 years. Capricornio. ISTP.
La historia de Emerald Williams comenzó en el South Bronx, Nueva York, uno de esos barrios donde crecer demasiado rápido nunca fue una elección, sino una necesidad.
Nació y pasó toda su infancia rodeada de edificios deteriorados, sirenas que parecían formar parte del paisaje y vecinos que aprendían desde muy pequeños que el mundo no iba a regalarles absolutamente nada.
Su padre abandonó el hogar cuando ella tenía apenas seis años para comenzar una nueva vida junto a otra mujer y formar otra familia, dejando atrás a dos hijas y a una esposa que ya entonces libraba una batalla perdida contra el alcohol y las drogas. Krista, su madre, nunca fue una mujer cruel, pero sí una mujer rota. Las adicciones la convirtieron en una presencia tan impredecible como inestable; había días en los que desaparecía durante horas y otros en los que apenas era capaz de levantarse de la cama. Fue en medio de ese caos donde Emerald entendió, siendo todavía una niña, que si alguien iba a cuidar de Ruby, su hermana menor, tendría que ser ella.
Mientras otras adolescentes descubrían quiénes querían ser, Emerald aprendía a preparar el desayuno, revisar tareas escolares, peinar a una niña antes de llevarla al colegio y esconderle aquellas escenas que ninguna hija debería presenciar jamás. Ruby terminó creciendo viéndola más como una madre que como una hermana mayor, y Emerald aceptó ese papel con una naturalidad que nunca le correspondió. Nunca dejó de querer a Krista, pero comprendió demasiado pronto que amar a una persona no siempre significaba poder confiar en ella.
Quizá precisamente por haber crecido observando las consecuencias del alcohol y las drogas desde tan cerca, desarrolló un rechazo casi instintivo hacia ese estilo de vida. Nunca sintió interés por consumir ni por repetir los errores que habían destruido a su familia. Sin embargo, eso no impidió que atravesara esa etapa de rebeldía adolescente donde la adrenalina parecía ser suficiente recompensa. Como muchos chicos del barrio, comenzó a salir con un pequeño grupo de amigos que encontraban diversión en desafiar los límites. Entraban en comercios para llevarse golosinas, billeteras olvidadas o cualquier objeto de poco valor únicamente por la emoción de conseguirlo sin ser descubiertos. Para Emerald jamás fue una cuestión de dinero. Era un juego. Uno en el que, además, descubrió que poseía un talento extraordinario. Era rápida, silenciosa y sorprendentemente hábil para pasar desapercibida. Mientras otros improvisaban, ella calculaba rutas de escape, observaba horarios y encontraba siempre la manera más sencilla de entrar y salir sin dejar rastro.
Aquella falsa sensación de invulnerabilidad terminó la noche en que aceptó participar en un robo dentro de una casa aparentemente vacía. Lo que debía ser una incursión rápida acabó convirtiéndose en una pesadilla cuando un incendio comenzó a propagarse por el interior de la vivienda. Emerald y sus amigos consiguieron escapar con vida por cuestión de segundos, pero el recuerdo de las llamas persiguiéndolos mientras buscaban una salida permaneció grabado en su memoria mucho después de que las heridas físicas desaparecieran. Por primera vez comprendió que aquella clase de juegos podía costarle la vida. Ese episodio marcó el final de una etapa. Se alejó por completo de los robos y decidió concentrar toda su energía en aquello que siempre había sido realmente importante para ella: estudiar.
Porque, detrás de la joven problemática que muchos creían conocer, existía una estudiante brillante. Emerald siempre fue una de las mejores alumnas de su clase. Inteligente, curiosa y con una facilidad extraordinaria para aprender, destacaba especialmente en literatura y análisis audiovisual. Desde muy pequeña encontró refugio en el cine. Mientras el caos dominaba su departamento, las películas le ofrecían la posibilidad de escapar durante un par de horas y descubrir vidas completamente distintas a la suya.
No tardó en enamorarse también de todo lo que ocurría detrás de la pantalla: la fotografía, la dirección, los guiones, la forma en que una historia era capaz de cambiar la mirada de quien la observaba. Aquella pasión la llevó a obtener una beca universitaria para estudiar cine, un logro que cualquiera habría considerado el comienzo de una vida mejor.
Pero Emerald nunca llegó a cruzar las puertas de la universidad.
Cuando llegó el momento de marcharse, Ruby seguía siendo una niña y Krista era cada vez más impredecible. La sola idea de dejar a su hermana viviendo a solas con una mujer completamente dominada por las adicciones le resultó insoportable. Renunció a la beca sin contárselo prácticamente a nadie. Abandonó el sueño que había perseguido durante años porque, para ella, la seguridad de Ruby siempre pesó más que cualquier proyecto personal.
Poco tiempo después, un episodio particularmente grave relacionado con el consumo de drogas de su madre terminó de romper el frágil equilibrio que todavía sostenía aquel hogar. Emerald tomó a Ruby de la mano, reunió las pocas pertenencias que realmente importaban y abandonó el departamento donde habían crecido. No volvió a mirar atrás. Desde entonces comenzó una nueva vida construida sobre sacrificios constantes, jornadas laborales interminables y la responsabilidad de sacar adelante un hogar siendo apenas una joven de poco más de veinte años.
La adultez nunca fue amable con ella. Encadenó empleos mal remunerados, turnos agotadores y trabajos que apenas alcanzaban para pagar un alquiler modesto, mantener comida sobre la mesa y garantizar que Ruby pudiera tener las oportunidades que ella misma había dejado escapar. Mientras su hermana crecía con una vida cada vez más estable, Emerald aprendió a convivir con el cansancio permanente, las cuentas impagas y la frustración silenciosa de ver cómo los meses pasaban sin que su situación mejorara.
Fue precisamente cuando sintió que había perdido por completo el control de su vida que los viejos hábitos comenzaron a regresar.
Al principio fueron pequeños robos casi insignificantes. Una billetera olvidada en un café. Un reloj caro durante una fiesta. Objetos fáciles de vender y lo suficientemente discretos como para no llamar la atención de la policía. Emerald jamás buscó hacerse rica. Solo necesitaba sobrevivir. Solo necesitaba llegar a fin de mes sin que Ruby tuviera que enterarse de todo aquello que ocurría a sus espaldas.
Entonces apareció el trabajo que cambió su vida.
Un hombre excéntrico ofrecía una suma ridículamente alta por recuperar un antiguo relicario. Para alguien con la habilidad de Emerald parecía un encargo sencillo. Entrar, tomar el objeto y marcharse. Nada más. Después de todo, había hecho cosas mucho más difíciles durante su adolescencia.
El robo salió exactamente como estaba planeado.
Lo que jamás imaginó fue que el verdadero problema comenzaría después.
Desde el momento en que el relicario pasó a sus manos, empezó a experimentar una serie de acontecimientos imposibles de explicar. Objetos que aparecían donde juraba no haberlos dejado, sombras que parecían moverse en el límite de su visión, sueños demasiado vívidos y una sensación constante de no encontrarse nunca realmente sola. Al principio atribuyó todo al agotamiento y al estrés. Después intentó convencerse de que simplemente estaba perdiendo la cabeza.
Pero el relicario parecía empeñado en demostrarle lo contrario.
Cada vez que intentaba venderlo, devolverlo o incluso deshacerse de él, el objeto terminaba encontrando el camino de regreso hasta sus manos. No importaba cuántas veces lo abandonara ni lo lejos que creyera haberlo dejado. Siempre volvía.
Como si algo, oculto en su interior, la hubiera elegido por una razón que todavía desconocía.
PERSONALITY / HEADCANONS / AESTETHIC / RELATIONS
HERE'S THE PERSONALITY !
Hablar de Adelaine Màiri Mackenzie es hablar de una mujer imposible de ignorar.
Hay personas cuya presencia llena una habitación por el volumen de su voz; la de Adelaine lo hace por la seguridad con la que ocupa cada espacio. Camina con la cabeza en alto, la espalda recta y la serenidad de quien jamás necesitó demostrar su valía para saber que la posee. Existe en ella una dignidad casi innata, heredada de una educación donde el apellido Mackenzie no era solo un nombre, sino un compromiso.
Desde pequeña creció escuchando el lema de su clan, "Luceo Non Uro" —"Brillo, no ardo"—, y terminó convirtiéndolo, quizá sin darse cuenta, en la forma en la que enfrentó toda su existencia. Nunca necesitó imponerse mediante la violencia o el miedo; le bastó con mantenerse firme incluso cuando todo a su alrededor parecía dispuesto a quebrarla.
Posee un carácter fuerte, decidido y extraordinariamente difícil de intimidar. No es el tipo de persona que retrocede ante una discusión ni que baja la mirada para evitar un conflicto. Si considera que algo es injusto, lo dirá sin rodeos, aunque eso implique enfrentarse a personas con más poder o autoridad. Tiene una lengua afilada y una facilidad casi natural para encontrar la respuesta exacta que desarma a cualquiera. Su humor es seco, inteligente y profundamente sarcástico; disfruta de la ironía tanto como de las conversaciones ingeniosas y rara vez deja pasar una oportunidad para responder con una observación mordaz. No busca humillar, pero tampoco siente la necesidad de suavizar cada palabra para hacer sentir cómodos a los demás. Si alguien espera una mujer dócil por el simple hecho de verla sonreír, suele descubrir demasiado tarde que acaba de subestimar a una Mackenzie.
Su inteligencia se manifiesta de una forma distinta a la de un académico. Adelaine no destaca por acumular conocimientos, sino por la rapidez con la que interpreta cuanto sucede a su alrededor. Es profundamente observadora. Analiza gestos, silencios, cambios en el tono de voz y pequeñas contradicciones que la mayoría pasa por alto. Tiene una facilidad extraordinaria para leer a las personas, detectar intenciones ocultas y comprender la dinámica de un lugar apenas unos minutos después de haber llegado. Rara vez toma decisiones impulsivas; incluso cuando parece actuar por instinto, su mente ya ha evaluado docenas de posibilidades antes de dar el siguiente paso. Esa capacidad analítica, unida a una confianza casi inquebrantable en su propio criterio, hace que muchas veces asuma el liderazgo de manera completamente natural, incluso sin proponérselo.
Detesta la pasividad. Necesita sentir que avanza, que construye, que resuelve problemas. Es una mujer de acción, convencida de que lamentarse demasiado tiempo nunca cambió el resultado de nada. Si existe una solución, irá a buscarla. Si no existe, encontrará la forma de crear una. Esa determinación la vuelve admirable, pero también terriblemente obstinada. Le cuesta pedir ayuda, delegar responsabilidades o admitir que algo la supera. Durante siglos aprendió a sobrevivir dependiendo únicamente de sí misma y esa autosuficiencia terminó convirtiéndose en una segunda naturaleza.
A pesar de su fortaleza, Adelaine jamás perdió la capacidad de disfrutar de las pequeñas cosas. Conserva un sentido del humor vivaz, una risa franca y una inclinación casi infantil por desafiar a quienes considera demasiado solemnes. Tiene el extraño talento de convertir una conversación seria en un duelo de ingenio, y no es raro verla responder con una sonrisa burlona cuando alguien intenta intimidarla. Hay una parte de ella que encuentra profundamente entretenido provocar a las personas arrogantes solo para comprobar cuánto tardan en perder la compostura.
Su atractivo nunca dependió únicamente de su belleza, aunque sería absurdo negar que la posee. Hay algo en ella que resulta difícil de explicar y todavía más difícil de ignorar. Su manera de sostener la mirada sin vacilar, la seguridad con la que habla, la elegancia natural de sus movimientos y esa confianza silenciosa que transmite hacen que su presencia tenga una cualidad casi magnética. No necesita esforzarse por seducir; simplemente existe con una intensidad que invita a observarla. Adelaine conoce el efecto que provoca y jamás sintió vergüenza de ello. Entiende la sensualidad como una expresión de libertad antes que como una herramienta para manipular a otros. Es coqueta cuando quiere serlo, descaradamente encantadora si la ocasión lo amerita y perfectamente consciente del poder que puede ejercer una sonrisa bien colocada o una respuesta pronunciada en el momento adecuado. Sin embargo, nunca utiliza ese magnetismo como sustituto de su inteligencia. Si alguien permanece a su lado únicamente por su apariencia, tarde o temprano descubrirá que su mente resulta mucho más peligrosa que su belleza.
Los siglos tampoco lograron apagar su curiosidad. Aunque el mundo haya cambiado incontables veces frente a sus ojos, continúa observándolo con el mismo interés que tenía la joven que recorría los bosques de las Highlands. Le fascina aprender, comprender cómo funcionan las cosas y descubrir aquello que permanece oculto para la mayoría. Esa curiosidad es precisamente lo que le permitió adaptarse a épocas completamente distintas sin perder nunca su identidad. Adelaine cambia con el mundo, pero jamás se deja moldear por él.
Debajo de toda esa seguridad existe, sin embargo, una mujer profundamente marcada por la pérdida. El tiempo le enseñó a despedirse demasiadas veces y eso volvió mucho más selectivo el acceso a su intimidad. No entrega su confianza con facilidad. Observa antes de acercarse, escucha antes de hablar y necesita comprobar que alguien merece ocupar un lugar en su vida antes de permitirle conocer la parte más vulnerable de sí misma. Quienes consiguen atravesar esa coraza descubren una lealtad prácticamente inquebrantable. Adelaine ama con la misma intensidad con la que protege y es capaz de desafiar cualquier peligro por quienes considera su familia.
Porque, al final, sigue siendo una Mackenzie.
THE TIME TRAVELER
Adelaine Mackenzie. Scottish. 400 years. Escorpio. INFJ.
Existen personas cuya vida queda dividida por una decisión. Otras, por una tragedia. La de Adelaine quedó partida por un paso.
La historia de Adelaine Màiri Mackenzie comenzó entre las Highlands escocesas, cuando el siglo XVIII todavía respiraba entre montañas cubiertas de brezo, castillos de piedra y aldeas donde el gaélico era la lengua de todos los días. Nació como hija del influyente jefe del Clan Mackenzie, en una familia orgullosa de sus raíces y profundamente arraigada a las tradiciones de las Tierras Altas.
Creció rodeada de relatos sobre héroes, batallas y linajes, pero también de historias mucho más antiguas que la propia memoria de los hombres. Desde niña aprendió que había lugares del bosque donde no debía caminar, colinas que pertenecían al Pueblo de las Hadas o (o mejor conocidad como Sìth) y noches en las que la frontera entre el mundo de los mortales y el Otro Mundo se volvía peligrosamente delgada. En su hogar nadie se reía de aquellas creencias; se respetaban con la misma seriedad con la que se respetaba a Dios.
Su infancia transcurrió en una Escocia marcada por las tensiones políticas que terminarían desembocando en el levantamiento jacobita. Mientras los hombres de su familia hablaban de lealtades, de los Estuardo y del futuro de las Highlands, Adelaine aprendía a leer, a montar a caballo, a hablar tanto en gaélico como en inglés y a reconocer cada rincón de la tierra que algún día creyó que le pertenecería para siempre. Nunca imaginó que la mayor guerra de su vida no sería la que estaba por comenzar, sino una contra el propio tiempo.
Fue durante una antigua festividad celta a sus veinticinco, cuando las viejas historias aseguraban que el velo entre ambos mundos se volvía más frágil, que su vida cambió para siempre. Nadie supo exactamente qué ocurrió aquella noche. Ni siquiera ella logró recordarlo con claridad. Conservó apenas fragmentos inconexos: una melodía imposible de olvidar, luces danzando entre la niebla, un círculo de hongos blancos creciendo alrededor de unas piedras antiguas y una sensación extraña de paz que la invitó a dar un paso más.
Después... nada.
Cuando volvió a abrir los ojos seguía en Escocia.
El viento seguía oliendo igual.
Las montañas seguían abrazando el horizonte.
El río continuaba su curso como si jamás hubiera dejado de existir.
Por un instante creyó que simplemente se había perdido o había sido un mal sueño, hasta que el mundo empezó a dejar de parecerse al que recordaba.
Los caminos habían cambiado. Los carruajes habían desaparecido. Las casas parecían distintas. Los hombres vestían de formas incomprensibles y enormes máquinas recorrían senderos donde antes solo transitaban caballos. Nadie reconocía el nombre de su padre. Nadie sabía dónde se encontraba el hogar de los Mackenzie que ella había dejado apenas unas horas atrás. Poco a poco comprendió una verdad imposible: no había despertado en otra parte.
Había despertado en otro tiempo.
Era el año 1948.
Mientras para ella apenas habían transcurrido unos instantes desde que atravesó aquel círculo, para el resto del mundo habían pasado más de dos siglos. La guerra que su familia se preparaba para librar pertenecía ya a los libros de historia. El levantamiento jacobita había terminado en derrota. Culloden se había convertido en un memorial. Los clanes habían perdido el poder que una vez definió a las Highlands y el apellido Mackenzie sobrevivía únicamente como el eco de una época extinguida.
Su aparición desconcertó a todos.
Fue encontrada caminando sola por las cercanías de Inverness, completamente desorientada, vistiendo prendas confeccionadas con técnicas desaparecidas hacía generaciones y hablando un gaélico tan antiguo que incluso los últimos hablantes nativos apenas lograban comprender algunos de sus giros. Durante semanas, médicos, policías, historiadores y lingüistas intentaron encontrar una explicación racional para aquella joven que afirmaba haber nacido dos siglos atrás. Los periódicos hablaron de ella como un misterio nacional. Algunos aseguraron que sufría un trastorno de identidad; otros defendieron la teoría de una elaborada impostura. Ninguno pudo explicar cómo conocía costumbres olvidadas, nombres de personas que realmente habían existido o detalles históricos que jamás habían sido publicados.
Con el paso de los años, Adelaine aprendió a vivir en un mundo que nunca sintió completamente suyo. Aprendió a utilizar objetos cuya existencia habría parecido magia en su época, vio nacer inventos capaces de desafiar cualquier lógica del siglo XVIII y asistió a la transformación constante de la sociedad mientras ella permanecía casi inalterable porque el tiempo jamás volvió a tratarla como a los demás. Las décadas comenzaron a deslizarse sobre su cuerpo con una lentitud antinatural. Mientras quienes conocía envejecían y morían, ella apenas cambiaba, quedándose en esa imagen joven pálida pelirroja de ojos verde aceituna.
Fue entonces cuando comprendió que las Sìth no solo la habían devuelto distinta.
También habían dejado algo de ellas en su interior.
No sabía si llamarlo un don o una condena. Nunca logró controlarlo ni entenderlo del todo. A veces despertaba con la certeza de haber presenciado acontecimientos que todavía no habían sucedido. Otras veces era capaz de percibir presencias invisibles para el resto, escuchar melodías que parecían surgir de ningún lugar o sentir que ciertos rincones del mundo todavía conservaban una grieta abierta hacia aquel reino imposible del que había regresado. Nunca aprendió a provocar aquellas visiones. Simplemente ocurrían, como si el Otro Mundo jamás hubiera terminado de soltarla.
Sin embargo, el mayor peso que cargó nunca fue la inmortalidad.
Fue la memoria.
Durante años buscó desesperadamente cualquier registro sobre su familia, aferrándose a la esperanza de descubrir que todo había sido un error y que existía alguna forma de regresar. Pero los libros de historia fueron implacables. Entre páginas dedicadas al levantamiento jacobita encontró los nombres de su padre y de sus hermanos convertidos en simples referencias históricas. Hombres que para los académicos eran soldados más entre cientos de combatientes, pero que para ella seguían siendo la familia que había dejado atrás aquella misma noche. Comprendió entonces que, mientras ella buscaba volver con ellos, ellos habían vivido el resto de sus vidas buscándola a ella. Su desaparición nunca tuvo explicación. Para su madre fue una hija que jamás regresó del bosque. Para sus hermanos, una ausencia que marchó con ellos hasta el campo de batalla. Para la historia, apenas una mujer cuyo nombre terminó perdiéndose entre generaciones.
Durante mucho tiempo creyó que su único propósito era encontrar nuevamente el camino hacia las Sìth. Necesitaba respuestas. Quería comprender por qué había sido elegida, qué ocurrió realmente en aquel tiempo imposible y si existía alguna manera de regresar al mundo que le fue arrebatado. Pero los siglos le enseñaron una verdad mucho más difícil de aceptar: quizá no todas las preguntas estaban destinadas a encontrar una respuesta.
Con el paso del tiempo, la vida volvió a sorprenderla donde menos lo esperaba. En Maryland encontró a Magnus, otro ser cuya existencia también desafiaba el paso de los años, y junto a él construyó aquello que creyó haber perdido para siempre: un hogar. Más tarde nació Alec, su hijo, recordándole que incluso después de siglos de desarraigo todavía era posible que la vida echara raíces nuevamente.
Aun así, cada vez que el viento trae consigo el olor de la lluvia sobre la piedra húmeda o la niebla cubre los bosques con el mismo silencio que recordaba de niña, una parte de Adelaine sigue regresando a las Highlands de 1745. No porque espere volver a encontrarlas, sino porque sabe que, mientras conserve el recuerdo de aquella Escocia desaparecida, habrá un mundo entero que seguirá existiendo únicamente dentro de ella.
PERSONALITY / HEADCANONS / AESTETHIC / RELATIONS
meet my muses !
The Time Traveler / Adelaine Mackenzie.
The Archaeologist / Polly Newman.
The Cursed Thief / Emerald Williams.
HERE'S THE PERSONALITY !
Hablar de Polly es hablar de una mujer cuya inteligencia jamás necesitó ser anunciada. Es de esas personas que hacen las preguntas correctas antes que dar las respuestas, que escuchan con genuino interés y cuya curiosidad parece no agotarse nunca. Posee una mente extraordinariamente analítica, capaz de establecer conexiones entre hechos aparentemente inconexos, recordar detalles leídos años atrás y reconocer patrones donde los demás solo ven coincidencias. Sin embargo, lejos de convertirla en alguien pretencioso o inaccesible, esa capacidad la volvió una mujer profundamente humilde. Polly es la primera en admitir cuando desconoce algo y la primera en entusiasmarse cuando alguien puede enseñarle una perspectiva distinta.
Su pasión por el conocimiento nunca estuvo impulsada por el deseo de demostrar que era la persona más inteligente de la habitación, sino por una necesidad casi infantil de comprender el mundo. Para ella, cada inscripción antigua, cada idioma olvidado o cada objeto desenterrado representa una conversación con personas que vivieron miles de años antes. No estudia el pasado porque esté muerto; lo estudia porque cree que todavía tiene mucho que decir.
Esa forma de entender la arqueología también define la manera en que se relaciona con los demás. Polly posee una calidez difícil de encontrar en ambientes académicos tan competitivos como el suyo. Tiene una sonrisa fácil, una paciencia inagotable para explicar conceptos complejos y una capacidad casi innata para hacer sentir cómodas a las personas. Nunca ridiculiza una pregunta, por más sencilla que sea, y suele contagiar su entusiasmo con una naturalidad que convierte cualquier conversación sobre historia en algo fascinante. Como profesora, prefiere despertar curiosidad antes que exigir memorización; cree que un buen docente no llena cabezas de información, sino que enseña a formular preguntas.
Tiene además un humor seco, inteligente y sorprendentemente oportuno. Es común que, incluso en los momentos de mayor tensión, deje escapar un comentario irónico o una observación mordaz que alivie la presión del ambiente. No utiliza el humor para burlarse de los demás, sino para recordarse a sí misma que incluso frente a lo inexplicable sigue siendo humana. Es una mujer que aprendió hace tiempo que reír, cuando todavía es posible hacerlo, también es una forma de resistencia.
Detrás de esa imagen amable existe una personalidad increíblemente perseverante. Polly rara vez abandona un problema sin resolver. Si una inscripción no tiene sentido, volverá sobre ella una y otra vez hasta encontrar la interpretación correcta. Si una teoría presenta una contradicción, no descansará hasta entender por qué. Esa persistencia, que durante años la convirtió en una arqueóloga excepcional, también terminó siendo una de las razones por las que sobrevivió después de perder a Charles. Mientras otros habrían aceptado la explicación oficial del accidente, ella se negó a ignorar todas las piezas que no encajaban. Su duelo se transformó en investigación, y la investigación terminó convirtiéndose en propósito.
A pesar de ello, Polly nunca desarrolló una personalidad fría ni distante. Continúa creyendo en la bondad de las personas incluso después de haber conocido lo peor del mundo. Le resulta natural cuidar de quienes la rodean, ofrecer una taza de café durante una madrugada de estudio, recordar pequeños detalles de quienes aprecia o permanecer horas escuchando los problemas de alguien sin mirar el reloj. Tiene un instinto protector muy marcado que suele aparecer incluso con desconocidos, especialmente si percibe miedo, confusión o vulnerabilidad. Quizá porque sabe mejor que nadie lo fácil que es sentirse completamente perdido cuando la realidad deja de tener sentido.
Sin embargo, desde la muerte de Charles existe una diferencia casi imperceptible para quienes no la conocen bien. Polly continúa sonriendo, continúa enseñando y continúa mostrando la misma amabilidad de siempre, pero rara vez permite que alguien vea el peso que carga. Se volvió experta en esconder el cansancio detrás de una conversación interesante y en transformar el dolor en trabajo. No es una mujer incapaz de llorar; simplemente aprendió que algunas pérdidas son demasiado grandes para detenerse en ellas todos los días. Prefiere seguir caminando porque quedarse quieta significaría aceptar que ya no queda nada por hacer.
En el fondo, Polly sigue siendo la misma joven que alguna vez soñó con descubrir civilizaciones perdidas. La diferencia es que ahora sabe que algunos secretos permanecieron enterrados durante siglos por una buena razón. Aun así, sería incapaz de dejar de buscarlos. La curiosidad continúa siendo su mayor virtud y, al mismo tiempo, el rasgo que más teme de sí misma, porque fue exactamente esa misma curiosidad la que terminó arrebatándole a la persona que más amó. Y, aun con ese miedo, sabe que si mañana apareciera un nuevo mapa señalando unas ruinas olvidadas, volvería a preparar su mochila sin pensarlo dos veces. No porque ignore el peligro, sino porque comprender el mundo siempre ha sido la forma que encontró de enfrentarlo.
THE ARCHAEOLOGIST & HUNTER
Polly Newman. American. 47 years. Sagitario. ENFP.
Mary "Polly" Elizabeth Newman nació hace cuarenta y dos años en Annapolis, Maryland, Estados Unidos, en el seno de una familia de clase media donde la curiosidad siempre encontró un lugar.
Su padre, historiador especializado en la Guerra Civil estadounidense, acostumbraba a llevarla de niña a museos, fuertes y yacimientos históricos; su madre, bibliotecaria, alimentó desde temprano una fascinación casi obsesiva por los libros, los mapas y las civilizaciones antiguas. Mientras otros niños soñaban con ser astronautas o veterinarios, Polly pasaba las tardes reconstruyendo cronologías, leyendo sobre Egipto, Mesopotamia y las expediciones de grandes arqueólogos. A una edad en la que la mayoría apenas comenzaba a descubrir el mundo, ella ya estaba convencida de que dedicaría su vida a desenterrar aquello que el tiempo había decidido ocultar.
Tras graduarse con excelentes calificaciones, ingresó a la Universidad Johns Hopkins, donde cursó la licenciatura en Arqueología e Historia Antigua. Su talento para la investigación la llevó a continuar con estudios de posgrado, especializándose en arqueología del Cercano Oriente y religiones antiguas. Años más tarde regresaría a las aulas, esta vez como profesora universitaria, impartiendo asignaturas vinculadas a Arqueología del Cercano Oriente, Metodología de la Investigación Arqueológica e Historia de las Religiones Antiguas, convirtiéndose en una académica respetada tanto por sus colegas como por sus estudiantes. Su trabajo siempre destacó por una combinación poco habitual de rigurosidad científica y entusiasmo contagioso; Polly era el tipo de profesora capaz de convertir una tablilla de arcilla en el centro de una clase apasionante.
Fue precisamente durante sus años universitarios cuando conoció a Charles Newman. Ambos coincidieron en un seminario sobre escritura cuneiforme y comenzaron compitiendo académicamente antes de descubrir que compartían una misma obsesión por los misterios del pasado. Lo que empezó como interminables discusiones sobre traducciones y excavaciones terminó convirtiéndose en una amistad inseparable, luego en una relación y, finalmente, en un matrimonio. Se casaron poco después de completar sus doctorados, convencidos de que el mayor lujo que podían darse era recorrer el mundo juntos.
Durante casi dos décadas fueron conocidos en el ámbito académico como los Newman. Compartieron investigaciones, publicaron artículos conjuntos y participaron en excavaciones financiadas por universidades, museos y organizaciones internacionales. Egipto, Turquía, Grecia, Italia, Perú, México, Jordania, Irak y decenas de otros destinos formaron parte de una vida construida entre campamentos arqueológicos, conferencias y bibliotecas. Para la comunidad científica eran simplemente dos arqueólogos brillantes cuya carrera parecía destinada a dejar una huella importante en la disciplina.
Sin embargo, hubo un descubrimiento que cambió el rumbo de sus vidas para siempre.
Mientras investigaban una serie de referencias dispersas sobre un antiguo culto prácticamente borrado de la historia, los Newman encontraron indicios de un santuario que no figuraba en ningún registro arqueológico. La expedición culminó con el hallazgo de un templo sellado durante siglos, en cuyo interior descansaba una pequeña estatuilla ceremonial rodeada de inscripciones imposibles de clasificar. Todo parecía indicar que se trataba de un objeto ritual de un valor histórico incalculable. Fascinados por las contradicciones entre los textos, la arquitectura y la antigüedad del lugar, decidieron estudiar el hallazgo con extrema cautela, convencidos de que estaban frente a una pieza capaz de reescribir parte de la historia conocida.
Lo que ninguno de los dos imaginaba era que aquella estatuilla no era un objeto de culto.
Era una prisión.
Charles decidió ingresar solo a la cámara principal mientras Polly permanecía documentando el sitio y supervisando el resto del equipo. Bastaron unos minutos para que todo cambiara. Al romper accidentalmente el sello que mantenía contenida a la entidad encerrada en la estatuilla, liberó una presencia ancestral incapaz de existir libremente por mucho tiempo. Para recuperar fuerzas, aquella entidad absorbió la esencia misma de Charles: sus recuerdos, su identidad y su energía vital. Cuando Polly logró reunirse con él, ya era demasiado tarde. Su esposo había muerto, mientras la criatura, todavía demasiado débil para poseer un cuerpo humano, encontraba refugio en un antiguo relicario ceremonial y desaparecía sin dejar más rastro que un templo devastado y un puñado de preguntas imposibles de responder.
La versión oficial habló de un accidente ocurrido durante una excavación. La comunidad científica lloró la pérdida de uno de sus arqueólogos más prometedores y el caso quedó archivado. Polly fue la única persona que conoció la verdad.
Desde entonces, su vida se dividió en dos.
De cara al mundo, continúa viviendo en Maryland, donde mantiene su puesto como profesora universitaria y conserva la reputación que ambos construyeron durante años. Sigue publicando investigaciones, asistiendo a congresos y formando nuevos arqueólogos, sosteniendo una apariencia de normalidad que pocos cuestionan.
En secreto, sin embargo, se ha convertido en una cazadora.
No una cazadora de monstruos en el sentido tradicional, sino de reliquias, cultos y entidades cuya existencia desafía toda lógica. Con el paso de los años aprendió a moverse entre coleccionistas clandestinos, sociedades ocultistas y cazadores veteranos, aportando aquello que ninguno de ellos posee: el conocimiento histórico necesario para comprender qué enfrentan. Mientras otros empuñan armas, Polly descifra lenguas muertas, interpreta rituales olvidados y reconstruye la historia de objetos malditos antes de que vuelvan a despertar aquello que una vez fue encerrado.
Toda su existencia gira ahora en torno a un único objetivo: localizar el relicario que sirvió como refugio para la entidad que acabó con Charles y encontrar la forma definitiva de destruirla antes de que consiga un recipiente humano desde el cual recuperar todo su poder.
PERSONALITY / HEADCANONS / AESTETHIC / RELATIONS
El complejo de moteles era un chiste de mal gusto, si. Cualquier infeliz con dos dedos de frente lo habría pensado. Pero la verdad era que un par de gramos de plomo en el cráneo curaban el esnobismo de cualquiera, así que Jax se tragó las opiniones y avanzó.
De todos modos, había dormido en sitios peores. El sótano de Miller, por ejemplo, donde había vivido los últimos dos años, era un auténtico asco, bendecido únicamente por una pátina de nostalgia que no lograba tapar del todo el olor a humedad. Pero la miseria era tolerable, y la miseria significaba que seguía respirando, así que al final del día, dormir en cualquier lado, era un lujo comparado con la alternativa: morirse.
O bueno, no morirse. Ser asesinado.
—Trato —dijo Jax.
Su voz no tuvo la menor pizca de la emoción aliviada de un niño al que acaban de perdonar una travesura. Al contrario, sonó baja, fría y sumamente seria. Sonó más parecido al tono de un hombre que acaba de firmar un contrato vinculante sobre un escritorio de roble, porque, en efecto, eso era exactamente lo que estaba haciendo. Negocios.
Jax sabía mejor que nadie en el mundo que mezclar afectos con negocios era la forma más rápida de terminar con una bala en la nuca o pudriéndose en una celda. Y de todos modos, siendo completamente honesto: lo que sentía por Em no era amor, ni nada que se le pareciera. Lo de esa noche había sido pura supervivencia, y tal vez su inconsciente buscando refugio en la nostalgia, pero nada más.
Eran negocios.
Y aunque él estuviera motivado por su propio y egoísta instinto de conservación, y Emerald por una mezcla rara de lástima y el deseo de no verlo flotando en el río con un tiro entre las cejas, Jax entendía a la perfección que ese no era un trato justo. Al menos no para ella.
Em estaba poniendo sobre la mesa lo poco que tenía, arriesgando su tranquilidad y el bienestar de la mocosa por cuidarle el culo a él. Por eso, estar limpio era lo mínimo que Jax podía ofrecer a cambio.
—No va a haber drogas en la casa —continuó, sosteniéndole la mirada, asegurando cada palabra—. Tampoco va a venir nadie. Mi teléfono está muerto y yo no existo para absolutamente nadie hasta nuevo aviso. Te doy mi palabra.
Y lo decía en serio.
Jax sabía perfectamente qué clase de escoria era. No se engañaba a sí mismo con discursos de redención ni pretendía ser un santo. Jax era un egoísta, un mentiroso, un ladrón y un drogadicto. Pero no era una rata.
Había un código de alcantarilla de la que venía, y era una regla tácita grabada a fuego en su cabeza desde que aprendió a sobrevivir en la calle: nunca muerdes la mano que te da de comer, y jamás, bajo ninguna circunstancia, traicionas a quien te abre la puerta de su casa.
Podía robarle a un extraño, estafar a un mafioso o mentirle a un rival para salvar el pellejo, pero jugar con la seguridad de la única persona que había decidido no dejarlo morir de hipotermia o de un balazo era un límite que su propio y retorcido sentido del honor no le permitía cruzar.
A partir de ahora, el límite era claro: con Em no se jodía.
Se incorporó despacio, cargando la mochila al hombro con un movimiento fluido y controlado. Luego, se quedó de pie un escalón abajo, esperando a que ella marcara el paso de regreso al departamento, listo para convertirse en el fantasma que le había prometido ser.
El trayecto de regreso fue un calvario de pasos repiqueteando sobre la piso gastado del pasillo.
Jax seguía a Em a un metro de distancia, arrastrando los pies con una parsimonia que no coincidía con la urgencia que traía dentro. Ella caminaba al frente, con la espalda recta y los hombros tensos, pero Jax no miraba su espalda; su atención estaba fija en el ritmo de sus caderas, en la oscilación de su cabello y en esa vibración eléctrica de la urgencia que le aceleraba el pulso más de lo debido.
La adrenalina del escape, mezclada con el calor residual de haber estado a punto de literalmente morir, se le había subido a la cabeza.
Jax tenía los sentidos demasiado alerta, los colores demasiado nítidos, la boca jodidamente seca.
Faltaban solo un par de metros para llegar a la puerta del departamento cuando decidió acortar la distancia.
Antes de que Em pudiera reaccionar o girar el picaporte, él dio un paso largo, plantó la palma de la mano contra la pared, justo al lado de la cabeza de ella, y usó su propio cuerpo para cortarle el paso, encerrándola contra la madera de los departamentos vecinos. El movimiento fue fluido, pero tuvo una fuerza tosca que lo dejó a escasos centímetros de su rostro.
Antes de hablar, clavó la vista en sus labios un segundo antes de subirla hacia sus ojos. Una sonrisa ladeada cargada de esa audacia descarada, se le dibujó en la boca.
—Oye... estás jodidamente buena despeinada y con esas ojeras de mapache, ¿sabías? —murmuró, con la voz un tono más baja de lo normal, arrastrando las eses. Recorrió el contorno de su rostro con la mirada, fascinado con la jodida resistencia de ella y volvió a insistir—. Te ves cansada, Em. Demasiado estresada. Un polvo rápido te vendría bien para bajarte las revoluciones... Estaba pensando... Podríamos meter una cláusula de alivio de tensión en el contrato. ¿Qué te parece la idea?
Emerald sintió el calor que emanaba del cuerpo de Jax golpeándola de frente, bloqueando de golpe la corriente fría que se colaba por el pasillo.
El corazón le dio un vuelco repentino, un latido fuerte y desbocado que la tomó completamente por sorpresa. Hacía meses que no lo tenía tan cerca, arrinconándola con esa mezcla de torpeza y magnetismo animal.
Su cuerpo, el muy traicionero, demostró tener una memoria física estúpida: reconoció su peso, su olor a nicotina y lluvia, y empezó a abrir grietas en la muralla que ella había levantado con esfuerzo desde que él desapareció.
Jackson sabía muy bien cómo ponerla nerviosa. Maldición, no era ninguna novedad que se viera cansada, cualquiera podía notarlo con solo mirarla. Pero Jax… Jax era un maldito genio en eso.
Emerald tragó saliva con lentitud, incapaz de apartar la mirada. Sus ojos bajaron un segundo hacia la comisura de sus labios, midiendo la distancia que los separaba, antes de subir de golpe y encontrarse con el azul de los suyos. La indignación y la tensión física chocaron dentro de ella, pero la balanza no se inclinó hacia el enfado.
Al contrario.
Se recompuso en un parpadeo, alzó el mentón con orgullo para no dejarse intimidar por su altura y dejó que una sonrisa perezosa, cargada de ironía, se extendiera lentamente por sus labios.
Entrecerró los ojos.
—No me lo puedo creer… —susurró, con la voz suave y burlona, manteniendo la distancia justa para que sus respiraciones se mezclaran—. _Julia Roberts_, ¿de verdad estás tan jodidamente desesperado que estás intentando prostituirte solo para ganarte el derecho a dormir en mi sofá?
Dejó caer la cabeza ligeramente hacia atrás contra la pared, sin borrar la sonrisa, disfrutando del descaro de toda la situación.
—Y lo peor de todo: ¿crees que voy a aprovecharme de ti por eso? ¿Crees que a tu conciencia le va a tranquilizar el hecho de que me estás follando y haciendo un favorcito al mismo tiempo?
La sonrisa de Emerald se ensanchó un poco más. Hizo una ligera pausa, chasqueó la lengua y negó lentamente con la cabeza. Para cuando quiso darse cuenta, su mano ya se había alzado hacia el rostro de Jax. Con los dedos delineó su mentón y subió hacia el hueso de la mejilla, analizándolo con calma.
—Tú también te ves del carajo.
El complejo de moteles era un chiste de mal gusto, si. Cualquier infeliz con dos dedos de frente lo habría pensado. Pero la verdad era que un par de gramos de plomo en el cráneo curaban el esnobismo de cualquiera, así que Jax se tragó las opiniones y avanzó.
De todos modos, había dormido en sitios peores. El sótano de Miller, por ejemplo, donde había vivido los últimos dos años, era un auténtico asco, bendecido únicamente por una pátina de nostalgia que no lograba tapar del todo el olor a humedad. Pero la miseria era tolerable, y la miseria significaba que seguía respirando, así que al final del día, dormir en cualquier lado, era un lujo comparado con la alternativa: morirse.
O bueno, no morirse. Ser asesinado.
Emerald estaba convencida de que los productos de limpieza del trabajo terminarían por dejarle alguna secuela. Si no eran los pulmones, sería el sueño.
Jax observó a Em y, lejos de sentirse alerta o despreciado, sintió una extraña puntada de alivio que le recorrió la espina dorsal y le relajó los hombros.
La hostilidad con la que ella lo estaba recibiendo era exactamente lo que esperaba y, curiosamente, fue esa frialdad tan predecible lo que lo hizo sentirse a salvo por primera vez en dos días.
Hubiese sido raro que Em lo recibiera de otra manera, especialmente después de cómo habían terminado las cosas entre ellos. No es que hubieran terminado mal, pero Jackson era plenamente consciente de que se había comportado como un imbécil. Y como era consiente de eso, también lo era de que si se hubiera tratado de otra chica, probablemente tendría la nariz rota en ese preciso momento.
Lo único que lo libraba de la culpa de sus actitudes era que a Em, en ese entonces, parecía no haberle importado en absoluto. Esa aparente indiferencia fue justo lo que a él le dio vía libre para, simplemente, un día desaparecer del mapa sin molestarse en dar explicaciones.
Y era justamente eso lo que ahora le pisoteaba esa pequeña pizca de alivio y comenzaba a pincharle el ego. ¿Le había dado vía libre porque de verdad no le importaba? ¿Porque no lo veía como material para algo serio, sino solo como un buen polvo y ya?
—Primero... tienes un pésimo sentido de la hospitalidad. La mocosa tiene mejores modales que tú, no sé de donde los aprendió —dijo, estirando las comisuras de los labios en una sonrisa de medio lado. Luego, entornó los ojos, atrapando los de ella con una intensidad magnética—. Y segundo... no subestimes las habilidades de un hombre con iniciativa. Memorizar tu número telefónico fue la parte difícil, no descubrir dónde vives. Eso fue pan comido.
Dio un paso adelante con el que invadió sutilmente el espacio de ella.
Y luego, la mentira.
—Además... te extrañaba. Quería verte —dijo, bajando la voz a un tono más cálido e íntimo, mientras sostenía su mirada—. Y de paso, quería devolverte esto.
Metió la mano libre en el bolsillo de la chaqueta y, tras un breve tintineo, sacó un objeto que extendió entre ambos.
Era su viejo encendedor. No era una pieza de lujo, tampoco era de oro u plata. Solo era un encendedor de metal gastado, raspado por los bordes por el uso diario, con el diseño aún reconocible en la superficie. Era una edición limitada con el grabado en relieve de la escena del baile de Pulp Fiction. Era eso, un juguete de culto que Em, seguramente, había dabo por perdido hacía meses.
Jax lo hizo girar entre sus dedos con una sonrisa pícara, intentando barrer la tensión del aire con ese descaro magnético que le salía sin esfuerzo. Pero en el instante preciso en que vio que Em reaccionaba y estiraba los dedos para tomarlo, él cerró el puño con un movimiento rápido, apartándolo de su alcance.
Antes de hablar, ladeó la cabeza con un brillo de diversión y osadía en los ojos.
—¿Dónde está mi abrazo de bienvenida? —dijo—. No voy a pedirte un beso, eso sería muy inapropiado si tu marido está ahí dentro dormido.
Lanzó el anzuelo con una ligereza ensayada, pero sus ojos, fijos en las facciones de Em, no se perdieron un solo milímetro de su reacción. Jax era un oportunista nato, lo que significaba que cada palabra, cada sonrisa y cada centímetro que invadía estaban meticulosamente calculados. Necesitaba saber, y rápido, dos cosas cruciales para su supervivencia esa noche: si el magnetismo que solía tener sobre ella seguía intacto, y si el apartamento estaba lo suficientemente despejado como para convertirse en su nueva casa por los proximos días.
Emerald dejó que la expresión «hombre con iniciativa» quedara suspendida unos segundos en su cabeza. No dijo nada. Solo sostuvo la leve curvatura de sus labios mientras mantenía sus ojos color ámbar fijos en Jackson, analizándolo desde el umbral de la puerta. Desde donde ella estaba, aquello no tenía una mierda que ver con iniciativa. Tenía que ver con desesperación, y punto.
Estaba casi segura de que Jackson era capaz de muchas cosas, pero reconocer su propia necesidad no figuraba entre ellas. Verse plantado ahí, después de tantos meses, no proyectaba seguridad ni encanto. Proyectaba urgencia. Y la diferencia era demasiado obvia como para ignorarla.
Su sonrisa se amplió apenas un poco más cuando le llegó claro aquel «te extrañaba». Tuvo que morderse fuerte el interior de la mejilla para no soltar una carcajada en plena cara del tipo. Después de meses follando a escondidas, desaparecer como si nunca hubiera existido y dejar un vacío incómodo, ahora reaparecía con esa sonrisa de nostalgia barata y encantadora. Emerald no se la creyó ni por un puto segundo.
¿En serio esperaba que ella tragara que su imagen había aparecido de golpe en su cabeza, tan fuerte como para levantarlo de la cama y traerlo hasta su edificio solo por los viejos tiempos? Por favor. La audacia del hijo de puta era admirable en su totalidad, y justamente eso era lo que lo volvía tan malditamente atractivo. Alzó una ceja.
No iba a fingir que Jackson nunca se le había cruzado por la mente después de que todo terminara. Sería mentira. Claro que lo había pensado, pero nunca por las razones idiotas que él acababa de lanzarle. No era nostalgia. No era un vacío sentimental. Y mucho menos un recuerdo melancólico de su cabeza entre sus piernas, aunque, siendo completamente honesta consigo misma, aquellos polvos nunca habían estado mal.
El nombre de Jackson solo aparecía cuando Morgan irrumpía en el trabajo quejándose con urgencia de que necesitaba hierba ya, antes de volverse loco. En esos momentos Emerald recordaba que en algún rincón de Nueva York existía un tipo llamado Jax al que solía follarse como desquiciada y que podía conseguir prácticamente cualquier cosa. Nada más. Había sido así desde el principio.
Jax cubrió una necesidad muy concreta y ella le estaba agradecida por eso. Con él podía apagar el ruido constante de su cabeza, deshacerse del agotamiento acumulado y encontrar una vía de escape que no le costaba un centavo. Ambos parecían entender el trato sin necesidad de ponerle nombre. Le agradaba pasar tiempo con él. Le gustaban las conversaciones después del sexo, el modo en que le pasaba el pulgar por el labio inferior mirándola satisfecho, como si hubiera cumplido con su trabajo. Jax era gracioso. Jax la hacía reír. Pero eso no significaba una mierda.
Emerald no tenía la cabeza para compromisos que fueran más allá de un buen polvo. Hacía demasiado tiempo que había dejado atrás la secundaria y las fantasías de convertir la atracción por el chico malo en alguna historia de amor. Por eso, cuando todo terminó entre ellos, apenas encogió los hombros y siguió con su vida. Sin reproches, sin llamadas, sin decepción y sin curiosidad.
Tenía asuntos infinitamente más importantes de los que ocuparse que un dealer con el ego inflado con helio.
Lo que sí consiguió sacarla, aunque fuera un poco, de aquella diversión silenciosa fue el destello metálico que apareció entre los dedos de Jackson.
Emerald reconoció la carcasa de su encendedor antes incluso de distinguir el dibujo.
La edición limitada de Pulp Fiction. El mismo por el que había pagado una cantidad absurda de dinero cuando todavía era una adolescente convencida de que gastar media quincena en un encendedor de colección era una decisión perfectamente razonable. El mismo que había dado por perdido hacía meses, probablemente en alguna de las tantas fiestas improvisadas en casa de JJ.
Sus ojos siguieron el movimiento casi por instinto y alzó la mano para recuperarlo. Jackson, sin embargo, lo retiró justo antes de que sus dedos alcanzaran a rozarlo. Aquello bastó para que Emerald detuviera el gesto a medio camino. Una ceja se arqueó lentamente.
Ahora sí. Ahora empezaba a sentir una curiosidad auténtica. No por el encendedor, sino por él. Porque la única pregunta que empezó a girarle en la cabeza fue una muy sencilla.
¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar para conseguir exactamente lo que había ido a buscar?
Emerald estaba convencida de que no era sexo. No tenía sentido. Jackson podía caminar dos calles, girar cualquier esquina y encontrar a alguien dispuesto a resolverle esa necesidad sin demasiado esfuerzo. No necesitaba hacer nada de lo que estaba haciendo en aquellos momentos.
Rodó los ojos.
Una risa baja, apenas nasal, escapó de entre sus labios mientras volvía a dejar descansar la mejilla contra la madera del marco, observándolo con una expresión que mezclaba entretenimiento y un cansancio evidente.
—Bueno... —dijo con calma—. Tengo que reconocer que te tomaste tu tiempo para devolverme el encendedor —hizo una pausa deliberada—. Y para darte cuenta de que me extrañabas, claro.
Con una exageración completamente intencional, levantó la muñeca frente a su rostro y fingió consultar un reloj inexistente. Frunció ligeramente el ceño, como si estuviera haciendo un cálculo complejo.
—Sí... —concluyó al cabo de unos segundos—. Meses. Te llevó meses.
Emerald bajo la mano y volvió a encontrar los ojos de Jax. La sonrisa regresó a su rostro con la misma facilidad.
—¿Qué pasó? ¿Las prostitutas de la otra calle tenían la agenda completa esta noche o directamente te quedaste sin dinero para pagar siquiera a la más barata?
Se incorporó despacio, abandonando el apoyo de la mejilla contra el marco. Esta vez dejó descansar un hombro sobre la madera mientras cruzaba los brazos sobre el pecho, acomodándose en una postura mucho más cómoda para sostener aquella conversación.
Encogió un hombro con una sonrisa burlona.
—No hay abrazo de bienvenida, tampoco un beso y con mucha más razón: mis problemas maritales no son asunto tuyo —murmuró, riéndose internamente ante la realidad de que ningún marido estaba esperándola dentro de su habitación.
Emerald tomó una respiración profunda y descendió su mirada con absoluta tranquilidad, recorriendo a Jax de arriba abajo antes de regresar a su rostro.
—Ahorrémonos las vueltas, Jackson, ¿sí? —su voz mantuvo el mismo tono burlón—. ¿Qué es lo que quieres? Espero que sea algo con suficiente sentido como para justificar la hora y el hecho de haberme despertado.
La punzada en el ego le dolió, claro que sí, pero el desprecio juguetón de Em tuvo un efecto secundario mucho más potente: le dio a Jax exactamente la información que necesitaba.
No había marido. Y mejor aún, esa forma tan suya de morder el anzuelo, devolviéndole el golpe con cinismo y repasándole el cuerpo con la mirada, le confirmó que el magnetismo seguía ahí.
Estaba clarísimo. Em no le había cerrado la puerta en las narices y le estaba prestando atención. Para un oportunista acorralado como Jackson, la atención era una rendija por la que colarse.
Jax solto una carcajada honesta e hizo bailar el encendedor una última vez entre sus dedos antes de guardárselo, sentenciando que el juego continuaba, solo porque él así lo quería.
—Ahhhh —soltó en un quejido bajito y arrastrado que subió directo desde su garganta, acompañado por un chasquido de dedos en el aire. Señaló a Em con el índice, balanceando la mano con lentitud como si acabara de tropezar con un recuerdo evidente y brillante—. Bien directa, por supuesto... Esa boquita...
A Jax le divertía muchísimo la situación.
Sabía, con total certeza, que Em no se estaba tragando ni una sola palabra de su verso de te extrañaba. Ella era demasiado lista para esa nostalgia de mierda y él cargaba con demasiada urgencia encima como para resultar creíble, pero verla seguirle la corriente le resultaba divertido. Le encantaba que ella supiera que mentía y que, aun así, decidiera quedarse ahí parada a mitad de la noche para ver hasta dónde era capaz de estirar la cuerda. Así que, lejos de acobardarse o confesar la verdad, decidió doblar la apuesta y profundizar en el engaño.
Dio otro paso hacia adelante, invadiendo la distancia que los separaba hasta quedar lo suficientemente cerca de Em como para obligarla a inclinar la cabeza hacia atrás si quería sostenerle la mirada. Apoyó una mano en el marco de la puerta, justo por encima del hombro de ella y, cercándola sutilmente, siguió el show.
—El tiempo es relativo, eso me lo enseñaste tú. Algunos tardan horas en darse cuenta y otros simplemente necesitan que la noche se ponga lo suficientemente jodida como para recordar dónde se estaba más... calentito. Vamos, Em, ¿o me vas a decir que no me extrañas, aunque sea un poquito?
La sonrisa volvió a aparecer en su rostro, pícara y descarada, mientras se inclinaba un milímetro más hacia ella. Su voz bajó a un susurro ronco, espeso, cargado de esa memoria corporal que ambos habían compartido y que sabía perfectamente cómo invocar.
—¿No extrañas poner tus piernas en mis hombros?
La miró fijamente desde esa distancia corta.
Estaba usando la vulgaridad y el recuerdo del sexo que solían tener como la mejor de las pantallas de humo. Em, sin embargo, nunca había sido una presa fácil. Así que Jax espero.
Un segundo, dos, tres, cuatro, cinco...
Pero ella no se movió ni mostró la más mínima fisura en su armadura.
Por eso, y solo por eso, Jax decidió ceder un poco de terreno.
—De acuerdo, juego limpio —dijo, alzando las manos a los costados en una falsa señal de rendición, aunque la chispa de provocación seguía intacta. Retrocedió medio paso, devolviéndole una pizca de aire y espacio personal y continuó—. Escucha, si me dejas entrar, te muestro qué más traigo en los bolsillos. Y si te portas bien conmigo... tal vez, solo tal vez, te cuente una buena historia. Pero honestamente, Em, estás siendo muy grosera con las visitas.
Emerald permaneció inmóvil en el umbral, sin retroceder ni un paso. La cercanía de Jax era directa, casi invasiva, y ella la sostuvo con esa mirada fija y la sonrisita burlona todavía pegada a los labios.
Por dentro, sin embargo, el calor que emanaba del cuerpo de él y el olor familiar de su aliento a nicotina golpearon de lleno sus sentidos, despertando cosas que habían estado dormidas durante meses.
El cuerpo recordaba demasiado bien. Cuando Jackson mencionó, aunque fuera de pasada, la imagen de sus piernas sobre sus hombros, Emerald tuvo que tomar una respiración profunda y deliberadamente lenta para no parecer una estúpida colegiala excitada. Sí, lo recordaba todo. Recordaba cada lugar donde habían follado como animales, las risas bajas después, la forma en que sus cuerpos encajaban con una sincronía cruda y eficiente que no necesitaba palabras. Jax siempre había sabido jugar con eso, usar esa memoria compartida como un arma silenciosa, pero ella no era tan desesperada.
Un buen polvo era solo eso: un buen polvo. No iba a dejar que el calor entre las piernas le nublara el juicio.
Sabía perfectamente que en ese momento Jackson apestaba a problemas. Olía a complicaciones serias. Aun así, la curiosidad por él seguía intacta, como siempre. Era atractiva, casi magnética. Ese era el efecto que Jax tenía sobre ella, o al menos el que solía tener. Esa necesidad enfermiza de querer saber siempre más, de hurgar en lo que ocultaba. Y en ese preciso instante moría por entender qué carajos le sucedía para aparecer con tanta urgencia en la puerta de su casa.
Después de cinco segundos exactos, Jackson abandonó el teatro. Emerald soltó una exhalación corta y divertida, elevó una ceja con lentitud y pasó la lengua por el interior de la mejilla, saboreando el momento.
—Ni siquiera un jodido vampiro insistió tanto por entrar a una casa —comentó con tono burlón, tras tomar otra respiración profunda.
Lo miró con calma, casi como si le estuviera explicando las reglas de un juego que él aún no entendía.
—Verás, Jackson… las cosas son jodidas y malditamente raras, ¿entiendes? Creo que no estás teniendo ni la más mínima dimensión de esto. Yo estoy en todo mi derecho de ser grosera con una visita que no esperaba en lo más mínimo y que, además, decidió esfumarse como humo hace meses sin dar explicaciones. Eso tampoco es muy bonito, eh. Así que...
Se enderezó por completo, frunció los labios un instante, lo recorrió de arriba abajo con la mirada una vez más y se encogió de hombros con total indiferencia. Sin agregar una palabra, simplemente le cerró la puerta en la cara con un golpe seco pero controlado.
En cuanto la madera se interpuso entre ellos, una sonrisa genuina, amplia y satisfecha se dibujó en su rostro. Se dio la vuelta con paso ligero, agarró la chaqueta de jean que colgaba del perchero cercano y se la puso con movimientos rápidos y eficientes. Luego buscó sus viejas botas, se las calzó sin perder tiempo en atarlas del todo y regresó a la puerta. La abrió de nuevo. Ahí seguía Jackson, todavía plantado en el mismo lugar. Emerald sonrió otra vez, esta vez con un toque más afilado, y le dedicó una mirada claramente burlona.
Salió del departamento, cerró la puerta detrás de sí con un clic suave y metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. Sacó una cajetilla de cigarrillos y se la mostró, agitándola ligeramente.
—La cosa va a ser así —dijo con voz tranquila pero firme—. Yo te invito los cigarrillos, tú me das ese encendedor que tan convenientemente trajiste, y bajamos a fumar a las escaleras. Ahí abajo me vas a escupir todo lo que tengas para decirme, sin adornos y sin vueltas.
Hizo una pausa breve, todavía con esa sonrisa juguetona en los labios, y agitó de nuevo la cajetilla frente a él.
—Y si el cuentito aventurero me resulta lo bastante convincente, puedes pasar la noche en el sofá ¿Trato?
El golpe seco de la madera contra el marco le vibró a Jax directo en la punta de la nariz.
Se quedó inmóvil, con la mano que antes apoyaba en el marco congelada en el aire, pestañeando contra la superficie descascarada de la puerta. ¿Qué carajo? La maldita perra le había cerrado la puerta en la cara. Literalmente.
Su ego, que ya venía golpeado y dando tumbos, terminó de hacerse trizas y desparramarse por el piso. Pero Jax no era un amateur que se dejaba arrastrar por una rabieta de orgullo, así que no se detuvo a recoger absolutamente nada. El pánico tomó el control de inmediato, obligándolo a hilar soluciones a la velocidad de un rayo mientras sus ojos escaneaban las paredes del corredor.
Opciones.
Necesitaba opciones ya.
Mierda, no tenía móvil para repasar sus contactos. Los pedazos debían estar flotando en el estómago de algún pez en el muelle. Tampoco es que recordara de memoria el número de nadie, así que su única moneda de cambio eran las direcciones. Su mente se convirtió en un mapa mental de Nueva York, trazando rutas desesperadas hacia puertas que, muy probablemente, también se le cerrarían en la cara.
¿Kim? Sí, Kim de Long Island podría ser una alternativa, pero llegar hasta allá era una locura y la última vez que se vieron él se había ido con su reproductor de vinilos sin querer. El sótano de Miller estaba descartado, volver ahí era entregarse con moño al matadero. ¿Holden? No, Holden probablemente estaría encerrado en su cuarto, viendo partidos mientras estudiaba su estúpida carrera universitaria con el buitre de su padre observando cada movimiento. ¿Lesley? No, Lesley se había puesto oficialmente en pareja con una lesbiana y la tenía con la correa corta desde que se enteró de que Jax la manoseaba en los baños del bar donde la banda de Miller tocaba. ¿Kal? No, a Kal le había contagiado gonorrea el verano pasado y todavía debía tener ganas de meterle un tiro en las pelotas.
Piensa, genio, piensa.
¿Las mellizas de Queens? No. Su madre lo odiaba y una de ellas juraba que el gato se había escapado por su culpa. ¿Marcus? Le debía trescientos dólares de póquer y el hermano quería romperle las piernas. ¿Aquella pelirroja del bar, cómo se llamaba... Janice? Janice le había pinchado los neumaticos a su ex, así que la estabilidad no era precisamente su fuerte. ¿Y Sam? No, mierda. A Sam le había robado el pase de metro el mes pasado. ¿Toby? Ni hablar. Toby seguía resentido porque Jax se había tirado a su mamá en su fiesta de cumpleaños.
Mierda, mierda, mierda...
Entonces, el pestillo giró, la puerta se movió y el alma le volvió al cuerpo de un solo golpe tan violento que casi le dobla las rodillas.
Hija de puta.
Maldita hija de puta listilla.
Al verla ahí, ya vestida con la chaqueta y las botas, Jax tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que el suspiro de alivio no lo delatara.
La vio salir, escuchó el clic de la puerta al cerrarse y observó la cajetilla de cigarrillos que ella agitaba frente a sus ojos.
En ese preciso instante, Jax recordó perfectamente por qué le gustaba tanto follar con ella. No era solo porque tuvieran una sincronía particular en la cama, no. Era porque Emerald era asquerosamente lista. Tenía esa astucia callejera que a él tanto lo encendía, y esa capacidad de leer las cartas sobre la mesa, mandar su ego al demonio y dar vuelta el juego para manejar los hilos ella misma.
Con Em, Jax no estaba seguro de controlar el juego. Pero le encantaba jugarlo.
El punto de la reunión no era muy lejos de la puerta de entrada del apartamento; eran las escaleras de acceso al complejo. Un tramo de escalones curiosamente bien cuidados bajo una arcada que bien podría servir de techo para refugiarse del frío y la lluvia. Jax se sentó al lado de Em, dejando la mochila bien apretada entre sus piernas, y tomó el cigarrillo que ella le ofrecía. Lo encendió con el encendedor con el que antes había estado jugueteando y luego encendió el de ella, solo que esta vez no se lo guardó en el bolsillo sino que lo dejó en el aire para que lo tomara.
Dio una calada honda y miró al frente.
Había un estacionamiento frente a ellos que estaba lleno de autos de segunda mano, cascajos abollados que apenas brillaban bajo la luz mortecina de los postes.
Jax exhaló el humo despacio, viendo cómo se disipaba, y decidió que era hora de soltar la cuerda, pero solo un poco. La farsa barata de seducción había quedado atrás y ahora tocaba negociar.
—Te diré la versión corta —comenzó, con la voz ya plana, raspada por la fatiga y libre de todo el teatro anterior—. Me metí en un lío de números.
Hizo una breve pausa, dándole otro tirón al cigarrillo. La brasa iluminó por un segundo la seriedad tensa de sus facciones, desnudando por primera vez la sombra real del miedo que le venía punzando el estómago.
—Necesito tiempo para mover unos hilos, hacer un par de llamadas y juntar el dinero sin que me estén amenazando cada dos horas.
Jax hizo un silencio largo, dejando que el murmullo lejano de la noche rellenara el vacío. No había rastro del farsante de hace unos minutos; la preocupación era genuina, se le notaba en la rigidez de los hombros y en la forma casi imperceptible en que le temblaba la mano al sostener el filtro. Pero bajo esa capa de agua, su mirada seguía teniendo un núcleo duro, una certeza ciega y obstinada. Él no creía, él sabía perfectamente que era capaz de levantar ese dinero; su mente ya estaba calculando movimientos, contactos y esquinas. No era una fantasía de perdedor; era un hecho. El único enemigo real era el reloj.
Volteó la vista hacia Em.
—Tú estás completamente fuera del mapa, Em. Nadie en su sano juicio te asocia conmigo, nadie supo nunca de lo nuestro y tú... tú estás limpia de toda esta mierda. No te voy a arrastrar a esto, te lo garantizo. Nadie sabe que estoy acá y nadie va a saberlo. Tu y la mocosa estarán a salvo.
Jax hizo un silencio largo, sosteniéndole la mirada con una fijeza pesada.
—Solo necesito un sillón donde dormir por unos días para moverme tranquilo y juntar el efectivo. Eso es todo —concluyó, bajando la voz a un susurro ronco, despojado de cualquier rastro de orgullo—. Te juro que sé cómo resolverlo, Em. Solo... necesito que no me maten antes del viernes.
Emerald exhaló lentamente el humo del cigarrillo recién encendido.
Una sonrisa cálida, aunque cargada de ironía, se dibujó en sus labios mientras extendía la mano y tomaba finalmente el encendedor de los dedos de Jax.
—Muchísimas gracias, señor —murmuró con tono burlón.
Mantuvo el cigarrillo entre los dedos de una mano y con la otra giró el encendedor, examinándolo con atención. Recordaba con claridad la fascinación casi infantil que había sentido por esa pieza limitada desde su adolescencia, el dinero que había gastado en ella y la tristeza profunda que la invadió cuando creyó que lo había perdido para siempre.
Lo observó unos segundos más, pasando el pulgar por el metal desgastado, sintiendo su peso familiar. Satisfecha, lo guardó en el bolsillo de su chaqueta de jean y volvió la mirada hacia Jackson.
Estaban sentados bastante apretujados en aquel escalón estrecho. El espacio reducido hacía que sus hombros se rozaran de vez en cuando. Emerald percibía con claridad la mezcla del olor a nicotina del cigarrillo con el aroma húmedo de la lluvia que aún impregnaba el ambiente.
Analizó el perfil de Jackson en silencio. No había cambiado tanto como esperaba. Cuando él empezó a hablar y confirmó que efectivamente se había metido en un lío, esa impresión se consolidó.
Por el momento no dijo nada. Solo fumaba de tanto en tanto, escuchándolo con atención, dejando que las palabras salieran sin interrumpirlo.
Un lío de números. Esa frase podía significar demasiadas cosas cuando provenían de la boca de Jackson, y casi ninguna terminaba bien. La versión vaga y floja que le estaba dando solo confirmaba que el agujero en el que se había hundido era mucho más profundo de lo que admitía. Emerald sintió una inquietud sutil instalarse en su estómago, algo imperceptible pero presente, como una sombra que se movía bajo la superficie.
Se relamió los labios con lentitud.
—¿Y a quién se supone que le debes tanto dinero? Porque es eso, ¿no? —preguntó finalmente, con voz calmada pero directa—. Según recuerdo, y según cómo tú solías alardear hasta el cansancio, tu propio jefe eras tú y nadie más.
Chasqueó la lengua con fastidio y desvió la mirada hacia el estacionamiento que se extendía frente a ellos, pensativa. Las luces amarillentas de las farolas se reflejaban en los charcos. Jackson había mencionado la muerte. No como una posibilidad lejana o exagerada, sino como un hecho concreto: alguien quería matarlo. La idea daba vueltas en su cabeza.
¿Era realmente una buena idea tenerlo allí, en su edificio, sin conocer toda la gravedad del asunto? Convertirse en cómplice de algo así no era algo que pudiera tomarse a la ligera, sobre todo cuando tenía a Ruby dependiendo de ella. Era peligroso. Era complicado. Demasiado complicado.
Sin apartar la vista del estacionamiento, Emerald murmuró por lo bajo:
—No sé, Jax…
El murmullo de Em quedó flotando en el aire húmedo, disipándose junto al humo de su cigarrillo.
Jax no apartó los ojos de su perfil, estudiando cada contracción milimétrica de su mandíbula, el leve entrecortar de sus cejas y esa fijeza casi protectora con la que miraba hacia la nada del estacionamiento. Él sabía leer los silencios; su supervivencia dependía de eso. Y el silencio de Em se traducía en una sola palabra: peligro.
Pero a Jax no se le escapó el matiz. A Em no le preocupaba él. No temía por la vida de Jackson, temía por la gravedad de la situación en la que Jackson pretendía meterla. Y, sobre todo, temía por lo que estaba dentro del apartamento.
Ruby.
Jax nunca había llegado a conocer en profundidad la rutina diurna de Emerald. Lo suyo siempre había sido un pacto nocturno de sexo, risas y huidas a las apuradas antes de que el mundo despertara. Excepto por los accidentes. El primero había sido una madrugada en la que Ruby se despertó de golpe y los encontró a los besos, a oscuras contra la mesada de la cocina. Con los pantalones a medio abrochar y la adrenalina a mil, Jax había tenido que improvisar sobre la marcha: le soltó a la mocosa la mentira de que era un compañero de trabajo que traía a su hermana para que no caminara sola de noche. Ese imprevisto arruinó los planes, obligándolo a volverse a su casa con las manos vacías, teniendo que arreglárselas solo en su cama pensando en las tetas de Em.
Después, las coincidencias empezaron a boicotear el pacto de solo sexo.
Se cruzó a Emerald en un supermercado comprando patatas fritas y leche; se saludaron de manera jodidamente incómoda mientras Ruby apuntaba con el dedo y preguntaba si era el chico del trabajo.
Pasó una vez más, y otra, hasta que las etiquetas se agotaron y la nena terminó por reconocerlo.
Jax era tosco, cínico y francamente desagradable con los adultos, pero tenía una facilidad asquerosa para encantar a los niños. Con Ruby era magnético; se ponía a su altura, le seguía las corrientes más ridículas y la nena terminó por adorarlo. Tal vez fue justamente eso, ver el contraste de ese lobo estepario domado por una nena de pocos años, lo que hizo que Em bajara la guardia y lo dejara colarse un poco más en su rutina diaria, y en su vida.
Y tal vez era eso también lo que ahora le dejaba a Jax un gusto agrio y amargo en la boca mientras la miraba de perfil.
Se preguntó si Ruby habría preguntado por él cuando decidió desaparecer sin dar explicaciones. Si habría extrañado sus chistes o si, simplemente, le había importado un carajo, exactamente igual que a Em.
Al notar que el eje de la duda era la seguridad de la niña, Jax supo que tenía que desactivar esa alarma antes de que lo dejara en la calle definitivamente. Sabía que la farsa ya no le servía; con Emerald, la única moneda que cotizaba en momentos así era la verdad, o al menos una parte lo bastante jugosa de ella.
—Fue un accidente —soltó de golpe para ganarse su confianza. Dejó caer el filtro del cigarrillo a las escaleras y lo aplastó con saña con la punta de la zapatilla—. Entré a una cueva en Long Island y me topé con una bolsa llena de... cosas. Mucha mercancía, Em, tu sabes de lo que hablo. Obviamente sabía que tenía dueño, pero el lugar parecía abandonado, era una maldita cueva en un chatarrero, no sabía de quién carajo era y me la llevé. No pensé en las consecuencias, solo vi la oportunidad y me cegué. Pensé que podía vender todo rápido, hacer un dinero y listo. Y en parte lo hice.
Jax bajó las manos hacia el suelo, tiró del cierre de la mochila que tenía apretada entre las piernas con un crujido seco y la abrió lo justo para que ella espiara el fondo. Allí, junto a un par de mudas de ropa, descansaba un unico fardo de billetes, todos apretados y asegurados una liga elástica.
—Logré mover una parte en la calle —continuó en un susurro, apurando las palabras—. El problema es que cometí el error de usar otra parte para consumo propio y, bueno... le regalé algunos gramos a un par de imbéciles para pagar viejos favores. También un par de pastillas a Holden, y a Miller. No mucho, no soy tan idiota, pero... Bueno, los números no cuadran.
Cerró la cremallera de un tirón y volvió a clavarle los ojos a Em, con una mueca amarga distorsionándole la boca.
—Me están pidiendo una cifra de locos, Em, y estoy seguro de que es una trampa. Sí, había mucha mercancía en esa bolsa, pero el número que me tiraron sobre la mesa es una puta locura. Quieren cobrarme el triple de lo que valía todo junto. El viejo miserable está usando esto de excusa para, no lo sé... quedarse con mi cabeza o volverme su maldita mula. Pero no estoy precisamente en posición de ponerme a negociar el precio de costo, ¿sabes? No después de haberles robado y menos con un cañón apuntándome entre las cejas. Solo necesito...
Jax se interrumpió a sí mismo, tragándose las palabras mientras soltaba una exhalación honda, ruidosa, que le tembló en los labios y se pasó la mano libre por el pelo, exasperado, con la adrenalina disparándosele bajo la piel.
—Solo necesito un maldito lugar para mover los contactos correctos y estirar este efectivo hasta llegar a lo que piden. Eso es todo. Es eso, o terminaré flotando en el East River antes del viernes, porque no hay forma, Em, no hay una puta forma en este mundo de que me vuelva la maldita mula de alguien más. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Emerald entendía. Claro que entendía.
Su capacidad para comprender situaciones como esa se remontaba a los primeros nueve años de su vida, cuando su padre abandonó la casa después de embarazar a la mujer de la otra calle y su madre se hundió en una especie de locura que la convirtió en cómplice al obligarla a quemar todas las pertenencias de él en el porche. O a los trece, cuando tuvo que arrastrar a su madre borracha y destrozada desde el porche hasta el sofá para que no muriera de hipotermia bajo la nieve. O a los catorce, cuando se despertaba a mitad de la noche para alimentar a una Ruby rechoncha y llorona en su cuna. Emerald entendía demasiado bien el peso de las consecuencias y las decisiones de mierda que terminaban por arrastrar a otros.
Y ahora entendía el punto de Jackson.
No era algo muy complicado. Jax se había metido en un lío, como era habitual en él, porque tenía un imán natural para los problemas y ahora se ahogaba en las consecuencias. Emerald no necesitaba hacer cálculos complejos. El dinero que había visto en esa mochila, entre la ropa revuelta, habría alcanzado para pagar la renta que Bobby le exigía con tanta insistencia y hasta para comprarle a Ruby aquellas zapatillas con luces que la niña pedía cada vez que pasaban frente a la vidriera del centro camino a la escuela.
Lo único que no terminaba de cuadrarle en toda la historia era lo de la cueva en Long Island repleta de drogas, como una mala versión del cuento de Ali Babá. Sinceramente, no iba a ponerse a analizarlo con lupa. El mundo de las drogas siempre había sido así de absurdo. Si había gente capaz de tragarse cápsulas de cocaína en el estómago para traficarlas y luego expulsarlas por el culo, ¿por qué no podía haber un depósito improvisado en una cueva de Long Island? Era ridículo, pero no imposible.
Aun así, Emerald sabía que no debía confiar en un dealer adicto, y ahora también ladrón, como lo era Jackson en ese momento. No debía confiar en un adicto, punto. El primero había sido Krista, y ya sabía cómo le había ido con eso.
Recordaba con claridad las adicciones de su madre. Los golpes en la puerta a cualquier hora, los tipos exigiendo el dinero que ella claramente no tenía. Recordaba cómo su madre recurría a escondidas a los ahorros que Emerald guardaba con tanto esfuerzo para pagarles. Llegaba a casa y se encontraba el lugar hecho trizas, con olor a alcohol rancio y cigarrillos apagados en el suelo. Emerald nunca había terminado de entender a los adictos. No del todo. Con Jax el tiempo siempre había sido agradable, tan agradable que a veces se le olvidaba por completo a qué se dedicaba o qué sustancias se metía en el cuerpo. Quería creer que con ella nunca había estado drogado. Quería creerlo con fuerza.
Pero en el fondo era como Krista. Al final, todos terminaban siendo iguales.
Hizo un esfuerzo enorme por apartar esos pensamientos. Con todas sus fuerzas intentó quitarle esa etiqueta a Jackson, al menos por esa noche. No quería verlo bajo esa luz. No en ese momento. Porque la forma en que la miraba y le pedía ayuda con esos ojos azules le revolvió algo en el estómago. La llevó nuevamente a esas pocas charlas profundas que tenían post-sexo. La llevó a aquella vez donde Jackson le había contado la mierda de convivencia que tenía con su tío. La llevó a aquella vez donde ella le había confesado lo sola que se sentía la mayor parte del tiempo.
Era una pésima idea. Mala, muy mala, pero Emerald tragó saliva y suspiró pesadamente, lanzando lo poco que le quedaba del cigarrillo frente a ella, dejando que las gotas de la lluvia lo apagaran en el asfalto húmedo.
—Dos noches —murmuró sin mirarlo, solo bajando la vista hacia sus manos, jugueteando con uno de sus anillos—. Solo dos noches. Organizas tu mierda y te largas, Jax. No drogas aquí, no extraños en el puto departamento. Tengo suficiente con el encargado pisándome los talones como para que note movimientos extraños aquí. Es el lugar de Ruby, no un puto lugar para tus trabajos.
Silencio. Emerald se mordisqueó el labio inferior con inquietud.
—Y te quiero limpio.
El complejo de moteles era un chiste de mal gusto, si. Cualquier infeliz con dos dedos de frente lo habría pensado. Pero la verdad era que un par de gramos de plomo en el cráneo curaban el esnobismo de cualquiera, así que Jax se tragó las opiniones y avanzó.
De todos modos, había dormido en sitios peores. El sótano de Miller, por ejemplo, donde había vivido los últimos dos años, era un auténtico asco, bendecido únicamente por una pátina de nostalgia que no lograba tapar del todo el olor a humedad. Pero la miseria era tolerable, y la miseria significaba que seguía respirando, así que al final del día, dormir en cualquier lado, era un lujo comparado con la alternativa: morirse.
O bueno, no morirse. Ser asesinado.
Emerald estaba convencida de que los productos de limpieza del trabajo terminarían por dejarle alguna secuela. Si no eran los pulmones, sería el sueño.
Jax observó a Em y, lejos de sentirse alerta o despreciado, sintió una extraña puntada de alivio que le recorrió la espina dorsal y le relajó los hombros.
La hostilidad con la que ella lo estaba recibiendo era exactamente lo que esperaba y, curiosamente, fue esa frialdad tan predecible lo que lo hizo sentirse a salvo por primera vez en dos días.
Hubiese sido raro que Em lo recibiera de otra manera, especialmente después de cómo habían terminado las cosas entre ellos. No es que hubieran terminado mal, pero Jackson era plenamente consciente de que se había comportado como un imbécil. Y como era consiente de eso, también lo era de que si se hubiera tratado de otra chica, probablemente tendría la nariz rota en ese preciso momento.
Lo único que lo libraba de la culpa de sus actitudes era que a Em, en ese entonces, parecía no haberle importado en absoluto. Esa aparente indiferencia fue justo lo que a él le dio vía libre para, simplemente, un día desaparecer del mapa sin molestarse en dar explicaciones.
Y era justamente eso lo que ahora le pisoteaba esa pequeña pizca de alivio y comenzaba a pincharle el ego. ¿Le había dado vía libre porque de verdad no le importaba? ¿Porque no lo veía como material para algo serio, sino solo como un buen polvo y ya?
—Primero... tienes un pésimo sentido de la hospitalidad. La mocosa tiene mejores modales que tú, no sé de donde los aprendió —dijo, estirando las comisuras de los labios en una sonrisa de medio lado. Luego, entornó los ojos, atrapando los de ella con una intensidad magnética—. Y segundo... no subestimes las habilidades de un hombre con iniciativa. Memorizar tu número telefónico fue la parte difícil, no descubrir dónde vives. Eso fue pan comido.
Dio un paso adelante con el que invadió sutilmente el espacio de ella.
Y luego, la mentira.
—Además... te extrañaba. Quería verte —dijo, bajando la voz a un tono más cálido e íntimo, mientras sostenía su mirada—. Y de paso, quería devolverte esto.
Metió la mano libre en el bolsillo de la chaqueta y, tras un breve tintineo, sacó un objeto que extendió entre ambos.
Era su viejo encendedor. No era una pieza de lujo, tampoco era de oro u plata. Solo era un encendedor de metal gastado, raspado por los bordes por el uso diario, con el diseño aún reconocible en la superficie. Era una edición limitada con el grabado en relieve de la escena del baile de Pulp Fiction. Era eso, un juguete de culto que Em, seguramente, había dabo por perdido hacía meses.
Jax lo hizo girar entre sus dedos con una sonrisa pícara, intentando barrer la tensión del aire con ese descaro magnético que le salía sin esfuerzo. Pero en el instante preciso en que vio que Em reaccionaba y estiraba los dedos para tomarlo, él cerró el puño con un movimiento rápido, apartándolo de su alcance.
Antes de hablar, ladeó la cabeza con un brillo de diversión y osadía en los ojos.
—¿Dónde está mi abrazo de bienvenida? —dijo—. No voy a pedirte un beso, eso sería muy inapropiado si tu marido está ahí dentro dormido.
Lanzó el anzuelo con una ligereza ensayada, pero sus ojos, fijos en las facciones de Em, no se perdieron un solo milímetro de su reacción. Jax era un oportunista nato, lo que significaba que cada palabra, cada sonrisa y cada centímetro que invadía estaban meticulosamente calculados. Necesitaba saber, y rápido, dos cosas cruciales para su supervivencia esa noche: si el magnetismo que solía tener sobre ella seguía intacto, y si el apartamento estaba lo suficientemente despejado como para convertirse en su nueva casa por los proximos días.
Emerald dejó que la expresión «hombre con iniciativa» quedara suspendida unos segundos en su cabeza. No dijo nada. Solo sostuvo la leve curvatura de sus labios mientras mantenía sus ojos color ámbar fijos en Jackson, analizándolo desde el umbral de la puerta. Desde donde ella estaba, aquello no tenía una mierda que ver con iniciativa. Tenía que ver con desesperación, y punto.
Estaba casi segura de que Jackson era capaz de muchas cosas, pero reconocer su propia necesidad no figuraba entre ellas. Verse plantado ahí, después de tantos meses, no proyectaba seguridad ni encanto. Proyectaba urgencia. Y la diferencia era demasiado obvia como para ignorarla.
Su sonrisa se amplió apenas un poco más cuando le llegó claro aquel «te extrañaba». Tuvo que morderse fuerte el interior de la mejilla para no soltar una carcajada en plena cara del tipo. Después de meses follando a escondidas, desaparecer como si nunca hubiera existido y dejar un vacío incómodo, ahora reaparecía con esa sonrisa de nostalgia barata y encantadora. Emerald no se la creyó ni por un puto segundo.
¿En serio esperaba que ella tragara que su imagen había aparecido de golpe en su cabeza, tan fuerte como para levantarlo de la cama y traerlo hasta su edificio solo por los viejos tiempos? Por favor. La audacia del hijo de puta era admirable en su totalidad, y justamente eso era lo que lo volvía tan malditamente atractivo. Alzó una ceja.
No iba a fingir que Jackson nunca se le había cruzado por la mente después de que todo terminara. Sería mentira. Claro que lo había pensado, pero nunca por las razones idiotas que él acababa de lanzarle. No era nostalgia. No era un vacío sentimental. Y mucho menos un recuerdo melancólico de su cabeza entre sus piernas, aunque, siendo completamente honesta consigo misma, aquellos polvos nunca habían estado mal.
El nombre de Jackson solo aparecía cuando Morgan irrumpía en el trabajo quejándose con urgencia de que necesitaba hierba ya, antes de volverse loco. En esos momentos Emerald recordaba que en algún rincón de Nueva York existía un tipo llamado Jax al que solía follarse como desquiciada y que podía conseguir prácticamente cualquier cosa. Nada más. Había sido así desde el principio.
Jax cubrió una necesidad muy concreta y ella le estaba agradecida por eso. Con él podía apagar el ruido constante de su cabeza, deshacerse del agotamiento acumulado y encontrar una vía de escape que no le costaba un centavo. Ambos parecían entender el trato sin necesidad de ponerle nombre. Le agradaba pasar tiempo con él. Le gustaban las conversaciones después del sexo, el modo en que le pasaba el pulgar por el labio inferior mirándola satisfecho, como si hubiera cumplido con su trabajo. Jax era gracioso. Jax la hacía reír. Pero eso no significaba una mierda.
Emerald no tenía la cabeza para compromisos que fueran más allá de un buen polvo. Hacía demasiado tiempo que había dejado atrás la secundaria y las fantasías de convertir la atracción por el chico malo en alguna historia de amor. Por eso, cuando todo terminó entre ellos, apenas encogió los hombros y siguió con su vida. Sin reproches, sin llamadas, sin decepción y sin curiosidad.
Tenía asuntos infinitamente más importantes de los que ocuparse que un dealer con el ego inflado con helio.
Lo que sí consiguió sacarla, aunque fuera un poco, de aquella diversión silenciosa fue el destello metálico que apareció entre los dedos de Jackson.
Emerald reconoció la carcasa de su encendedor antes incluso de distinguir el dibujo.
La edición limitada de Pulp Fiction. El mismo por el que había pagado una cantidad absurda de dinero cuando todavía era una adolescente convencida de que gastar media quincena en un encendedor de colección era una decisión perfectamente razonable. El mismo que había dado por perdido hacía meses, probablemente en alguna de las tantas fiestas improvisadas en casa de JJ.
Sus ojos siguieron el movimiento casi por instinto y alzó la mano para recuperarlo. Jackson, sin embargo, lo retiró justo antes de que sus dedos alcanzaran a rozarlo. Aquello bastó para que Emerald detuviera el gesto a medio camino. Una ceja se arqueó lentamente.
Ahora sí. Ahora empezaba a sentir una curiosidad auténtica. No por el encendedor, sino por él. Porque la única pregunta que empezó a girarle en la cabeza fue una muy sencilla.
¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar para conseguir exactamente lo que había ido a buscar?
Emerald estaba convencida de que no era sexo. No tenía sentido. Jackson podía caminar dos calles, girar cualquier esquina y encontrar a alguien dispuesto a resolverle esa necesidad sin demasiado esfuerzo. No necesitaba hacer nada de lo que estaba haciendo en aquellos momentos.
Rodó los ojos.
Una risa baja, apenas nasal, escapó de entre sus labios mientras volvía a dejar descansar la mejilla contra la madera del marco, observándolo con una expresión que mezclaba entretenimiento y un cansancio evidente.
—Bueno... —dijo con calma—. Tengo que reconocer que te tomaste tu tiempo para devolverme el encendedor —hizo una pausa deliberada—. Y para darte cuenta de que me extrañabas, claro.
Con una exageración completamente intencional, levantó la muñeca frente a su rostro y fingió consultar un reloj inexistente. Frunció ligeramente el ceño, como si estuviera haciendo un cálculo complejo.
—Sí... —concluyó al cabo de unos segundos—. Meses. Te llevó meses.
Emerald bajo la mano y volvió a encontrar los ojos de Jax. La sonrisa regresó a su rostro con la misma facilidad.
—¿Qué pasó? ¿Las prostitutas de la otra calle tenían la agenda completa esta noche o directamente te quedaste sin dinero para pagar siquiera a la más barata?
Se incorporó despacio, abandonando el apoyo de la mejilla contra el marco. Esta vez dejó descansar un hombro sobre la madera mientras cruzaba los brazos sobre el pecho, acomodándose en una postura mucho más cómoda para sostener aquella conversación.
Encogió un hombro con una sonrisa burlona.
—No hay abrazo de bienvenida, tampoco un beso y con mucha más razón: mis problemas maritales no son asunto tuyo —murmuró, riéndose internamente ante la realidad de que ningún marido estaba esperándola dentro de su habitación.
Emerald tomó una respiración profunda y descendió su mirada con absoluta tranquilidad, recorriendo a Jax de arriba abajo antes de regresar a su rostro.
—Ahorrémonos las vueltas, Jackson, ¿sí? —su voz mantuvo el mismo tono burlón—. ¿Qué es lo que quieres? Espero que sea algo con suficiente sentido como para justificar la hora y el hecho de haberme despertado.
La punzada en el ego le dolió, claro que sí, pero el desprecio juguetón de Em tuvo un efecto secundario mucho más potente: le dio a Jax exactamente la información que necesitaba.
No había marido. Y mejor aún, esa forma tan suya de morder el anzuelo, devolviéndole el golpe con cinismo y repasándole el cuerpo con la mirada, le confirmó que el magnetismo seguía ahí.
Estaba clarísimo. Em no le había cerrado la puerta en las narices y le estaba prestando atención. Para un oportunista acorralado como Jackson, la atención era una rendija por la que colarse.
Jax solto una carcajada honesta e hizo bailar el encendedor una última vez entre sus dedos antes de guardárselo, sentenciando que el juego continuaba, solo porque él así lo quería.
—Ahhhh —soltó en un quejido bajito y arrastrado que subió directo desde su garganta, acompañado por un chasquido de dedos en el aire. Señaló a Em con el índice, balanceando la mano con lentitud como si acabara de tropezar con un recuerdo evidente y brillante—. Bien directa, por supuesto... Esa boquita...
A Jax le divertía muchísimo la situación.
Sabía, con total certeza, que Em no se estaba tragando ni una sola palabra de su verso de te extrañaba. Ella era demasiado lista para esa nostalgia de mierda y él cargaba con demasiada urgencia encima como para resultar creíble, pero verla seguirle la corriente le resultaba divertido. Le encantaba que ella supiera que mentía y que, aun así, decidiera quedarse ahí parada a mitad de la noche para ver hasta dónde era capaz de estirar la cuerda. Así que, lejos de acobardarse o confesar la verdad, decidió doblar la apuesta y profundizar en el engaño.
Dio otro paso hacia adelante, invadiendo la distancia que los separaba hasta quedar lo suficientemente cerca de Em como para obligarla a inclinar la cabeza hacia atrás si quería sostenerle la mirada. Apoyó una mano en el marco de la puerta, justo por encima del hombro de ella y, cercándola sutilmente, siguió el show.
—El tiempo es relativo, eso me lo enseñaste tú. Algunos tardan horas en darse cuenta y otros simplemente necesitan que la noche se ponga lo suficientemente jodida como para recordar dónde se estaba más... calentito. Vamos, Em, ¿o me vas a decir que no me extrañas, aunque sea un poquito?
La sonrisa volvió a aparecer en su rostro, pícara y descarada, mientras se inclinaba un milímetro más hacia ella. Su voz bajó a un susurro ronco, espeso, cargado de esa memoria corporal que ambos habían compartido y que sabía perfectamente cómo invocar.
—¿No extrañas poner tus piernas en mis hombros?
La miró fijamente desde esa distancia corta.
Estaba usando la vulgaridad y el recuerdo del sexo que solían tener como la mejor de las pantallas de humo. Em, sin embargo, nunca había sido una presa fácil. Así que Jax espero.
Un segundo, dos, tres, cuatro, cinco...
Pero ella no se movió ni mostró la más mínima fisura en su armadura.
Por eso, y solo por eso, Jax decidió ceder un poco de terreno.
—De acuerdo, juego limpio —dijo, alzando las manos a los costados en una falsa señal de rendición, aunque la chispa de provocación seguía intacta. Retrocedió medio paso, devolviéndole una pizca de aire y espacio personal y continuó—. Escucha, si me dejas entrar, te muestro qué más traigo en los bolsillos. Y si te portas bien conmigo... tal vez, solo tal vez, te cuente una buena historia. Pero honestamente, Em, estás siendo muy grosera con las visitas.
Emerald permaneció inmóvil en el umbral, sin retroceder ni un paso. La cercanía de Jax era directa, casi invasiva, y ella la sostuvo con esa mirada fija y la sonrisita burlona todavía pegada a los labios.
Por dentro, sin embargo, el calor que emanaba del cuerpo de él y el olor familiar de su aliento a nicotina golpearon de lleno sus sentidos, despertando cosas que habían estado dormidas durante meses.
El cuerpo recordaba demasiado bien. Cuando Jackson mencionó, aunque fuera de pasada, la imagen de sus piernas sobre sus hombros, Emerald tuvo que tomar una respiración profunda y deliberadamente lenta para no parecer una estúpida colegiala excitada. Sí, lo recordaba todo. Recordaba cada lugar donde habían follado como animales, las risas bajas después, la forma en que sus cuerpos encajaban con una sincronía cruda y eficiente que no necesitaba palabras. Jax siempre había sabido jugar con eso, usar esa memoria compartida como un arma silenciosa, pero ella no era tan desesperada.
Un buen polvo era solo eso: un buen polvo. No iba a dejar que el calor entre las piernas le nublara el juicio.
Sabía perfectamente que en ese momento Jackson apestaba a problemas. Olía a complicaciones serias. Aun así, la curiosidad por él seguía intacta, como siempre. Era atractiva, casi magnética. Ese era el efecto que Jax tenía sobre ella, o al menos el que solía tener. Esa necesidad enfermiza de querer saber siempre más, de hurgar en lo que ocultaba. Y en ese preciso instante moría por entender qué carajos le sucedía para aparecer con tanta urgencia en la puerta de su casa.
Después de cinco segundos exactos, Jackson abandonó el teatro. Emerald soltó una exhalación corta y divertida, elevó una ceja con lentitud y pasó la lengua por el interior de la mejilla, saboreando el momento.
—Ni siquiera un jodido vampiro insistió tanto por entrar a una casa —comentó con tono burlón, tras tomar otra respiración profunda.
Lo miró con calma, casi como si le estuviera explicando las reglas de un juego que él aún no entendía.
—Verás, Jackson… las cosas son jodidas y malditamente raras, ¿entiendes? Creo que no estás teniendo ni la más mínima dimensión de esto. Yo estoy en todo mi derecho de ser grosera con una visita que no esperaba en lo más mínimo y que, además, decidió esfumarse como humo hace meses sin dar explicaciones. Eso tampoco es muy bonito, eh. Así que...
Se enderezó por completo, frunció los labios un instante, lo recorrió de arriba abajo con la mirada una vez más y se encogió de hombros con total indiferencia. Sin agregar una palabra, simplemente le cerró la puerta en la cara con un golpe seco pero controlado.
En cuanto la madera se interpuso entre ellos, una sonrisa genuina, amplia y satisfecha se dibujó en su rostro. Se dio la vuelta con paso ligero, agarró la chaqueta de jean que colgaba del perchero cercano y se la puso con movimientos rápidos y eficientes. Luego buscó sus viejas botas, se las calzó sin perder tiempo en atarlas del todo y regresó a la puerta. La abrió de nuevo. Ahí seguía Jackson, todavía plantado en el mismo lugar. Emerald sonrió otra vez, esta vez con un toque más afilado, y le dedicó una mirada claramente burlona.
Salió del departamento, cerró la puerta detrás de sí con un clic suave y metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. Sacó una cajetilla de cigarrillos y se la mostró, agitándola ligeramente.
—La cosa va a ser así —dijo con voz tranquila pero firme—. Yo te invito los cigarrillos, tú me das ese encendedor que tan convenientemente trajiste, y bajamos a fumar a las escaleras. Ahí abajo me vas a escupir todo lo que tengas para decirme, sin adornos y sin vueltas.
Hizo una pausa breve, todavía con esa sonrisa juguetona en los labios, y agitó de nuevo la cajetilla frente a él.
—Y si el cuentito aventurero me resulta lo bastante convincente, puedes pasar la noche en el sofá ¿Trato?
El golpe seco de la madera contra el marco le vibró a Jax directo en la punta de la nariz.
Se quedó inmóvil, con la mano que antes apoyaba en el marco congelada en el aire, pestañeando contra la superficie descascarada de la puerta. ¿Qué carajo? La maldita perra le había cerrado la puerta en la cara. Literalmente.
Su ego, que ya venía golpeado y dando tumbos, terminó de hacerse trizas y desparramarse por el piso. Pero Jax no era un amateur que se dejaba arrastrar por una rabieta de orgullo, así que no se detuvo a recoger absolutamente nada. El pánico tomó el control de inmediato, obligándolo a hilar soluciones a la velocidad de un rayo mientras sus ojos escaneaban las paredes del corredor.
Opciones.
Necesitaba opciones ya.
Mierda, no tenía móvil para repasar sus contactos. Los pedazos debían estar flotando en el estómago de algún pez en el muelle. Tampoco es que recordara de memoria el número de nadie, así que su única moneda de cambio eran las direcciones. Su mente se convirtió en un mapa mental de Nueva York, trazando rutas desesperadas hacia puertas que, muy probablemente, también se le cerrarían en la cara.
¿Kim? Sí, Kim de Long Island podría ser una alternativa, pero llegar hasta allá era una locura y la última vez que se vieron él se había ido con su reproductor de vinilos sin querer. El sótano de Miller estaba descartado, volver ahí era entregarse con moño al matadero. ¿Holden? No, Holden probablemente estaría encerrado en su cuarto, viendo partidos mientras estudiaba su estúpida carrera universitaria con el buitre de su padre observando cada movimiento. ¿Lesley? No, Lesley se había puesto oficialmente en pareja con una lesbiana y la tenía con la correa corta desde que se enteró de que Jax la manoseaba en los baños del bar donde la banda de Miller tocaba. ¿Kal? No, a Kal le había contagiado gonorrea el verano pasado y todavía debía tener ganas de meterle un tiro en las pelotas.
Piensa, genio, piensa.
¿Las mellizas de Queens? No. Su madre lo odiaba y una de ellas juraba que el gato se había escapado por su culpa. ¿Marcus? Le debía trescientos dólares de póquer y el hermano quería romperle las piernas. ¿Aquella pelirroja del bar, cómo se llamaba... Janice? Janice le había pinchado los neumaticos a su ex, así que la estabilidad no era precisamente su fuerte. ¿Y Sam? No, mierda. A Sam le había robado el pase de metro el mes pasado. ¿Toby? Ni hablar. Toby seguía resentido porque Jax se había tirado a su mamá en su fiesta de cumpleaños.
Mierda, mierda, mierda...
Entonces, el pestillo giró, la puerta se movió y el alma le volvió al cuerpo de un solo golpe tan violento que casi le dobla las rodillas.
Hija de puta.
Maldita hija de puta listilla.
Al verla ahí, ya vestida con la chaqueta y las botas, Jax tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que el suspiro de alivio no lo delatara.
La vio salir, escuchó el clic de la puerta al cerrarse y observó la cajetilla de cigarrillos que ella agitaba frente a sus ojos.
En ese preciso instante, Jax recordó perfectamente por qué le gustaba tanto follar con ella. No era solo porque tuvieran una sincronía particular en la cama, no. Era porque Emerald era asquerosamente lista. Tenía esa astucia callejera que a él tanto lo encendía, y esa capacidad de leer las cartas sobre la mesa, mandar su ego al demonio y dar vuelta el juego para manejar los hilos ella misma.
Con Em, Jax no estaba seguro de controlar el juego. Pero le encantaba jugarlo.
El punto de la reunión no era muy lejos de la puerta de entrada del apartamento; eran las escaleras de acceso al complejo. Un tramo de escalones curiosamente bien cuidados bajo una arcada que bien podría servir de techo para refugiarse del frío y la lluvia. Jax se sentó al lado de Em, dejando la mochila bien apretada entre sus piernas, y tomó el cigarrillo que ella le ofrecía. Lo encendió con el encendedor con el que antes había estado jugueteando y luego encendió el de ella, solo que esta vez no se lo guardó en el bolsillo sino que lo dejó en el aire para que lo tomara.
Dio una calada honda y miró al frente.
Había un estacionamiento frente a ellos que estaba lleno de autos de segunda mano, cascajos abollados que apenas brillaban bajo la luz mortecina de los postes.
Jax exhaló el humo despacio, viendo cómo se disipaba, y decidió que era hora de soltar la cuerda, pero solo un poco. La farsa barata de seducción había quedado atrás y ahora tocaba negociar.
—Te diré la versión corta —comenzó, con la voz ya plana, raspada por la fatiga y libre de todo el teatro anterior—. Me metí en un lío de números.
Hizo una breve pausa, dándole otro tirón al cigarrillo. La brasa iluminó por un segundo la seriedad tensa de sus facciones, desnudando por primera vez la sombra real del miedo que le venía punzando el estómago.
—Necesito tiempo para mover unos hilos, hacer un par de llamadas y juntar el dinero sin que me estén amenazando cada dos horas.
Jax hizo un silencio largo, dejando que el murmullo lejano de la noche rellenara el vacío. No había rastro del farsante de hace unos minutos; la preocupación era genuina, se le notaba en la rigidez de los hombros y en la forma casi imperceptible en que le temblaba la mano al sostener el filtro. Pero bajo esa capa de agua, su mirada seguía teniendo un núcleo duro, una certeza ciega y obstinada. Él no creía, él sabía perfectamente que era capaz de levantar ese dinero; su mente ya estaba calculando movimientos, contactos y esquinas. No era una fantasía de perdedor; era un hecho. El único enemigo real era el reloj.
Volteó la vista hacia Em.
—Tú estás completamente fuera del mapa, Em. Nadie en su sano juicio te asocia conmigo, nadie supo nunca de lo nuestro y tú... tú estás limpia de toda esta mierda. No te voy a arrastrar a esto, te lo garantizo. Nadie sabe que estoy acá y nadie va a saberlo. Tu y la mocosa estarán a salvo.
Jax hizo un silencio largo, sosteniéndole la mirada con una fijeza pesada.
—Solo necesito un sillón donde dormir por unos días para moverme tranquilo y juntar el efectivo. Eso es todo —concluyó, bajando la voz a un susurro ronco, despojado de cualquier rastro de orgullo—. Te juro que sé cómo resolverlo, Em. Solo... necesito que no me maten antes del viernes.
Emerald exhaló lentamente el humo del cigarrillo recién encendido.
Una sonrisa cálida, aunque cargada de ironía, se dibujó en sus labios mientras extendía la mano y tomaba finalmente el encendedor de los dedos de Jax.
—Muchísimas gracias, señor —murmuró con tono burlón.
Mantuvo el cigarrillo entre los dedos de una mano y con la otra giró el encendedor, examinándolo con atención. Recordaba con claridad la fascinación casi infantil que había sentido por esa pieza limitada desde su adolescencia, el dinero que había gastado en ella y la tristeza profunda que la invadió cuando creyó que lo había perdido para siempre.
Lo observó unos segundos más, pasando el pulgar por el metal desgastado, sintiendo su peso familiar. Satisfecha, lo guardó en el bolsillo de su chaqueta de jean y volvió la mirada hacia Jackson.
Estaban sentados bastante apretujados en aquel escalón estrecho. El espacio reducido hacía que sus hombros se rozaran de vez en cuando. Emerald percibía con claridad la mezcla del olor a nicotina del cigarrillo con el aroma húmedo de la lluvia que aún impregnaba el ambiente.
Analizó el perfil de Jackson en silencio. No había cambiado tanto como esperaba. Cuando él empezó a hablar y confirmó que efectivamente se había metido en un lío, esa impresión se consolidó.
Por el momento no dijo nada. Solo fumaba de tanto en tanto, escuchándolo con atención, dejando que las palabras salieran sin interrumpirlo.
Un lío de números. Esa frase podía significar demasiadas cosas cuando provenían de la boca de Jackson, y casi ninguna terminaba bien. La versión vaga y floja que le estaba dando solo confirmaba que el agujero en el que se había hundido era mucho más profundo de lo que admitía. Emerald sintió una inquietud sutil instalarse en su estómago, algo imperceptible pero presente, como una sombra que se movía bajo la superficie.
Se relamió los labios con lentitud.
—¿Y a quién se supone que le debes tanto dinero? Porque es eso, ¿no? —preguntó finalmente, con voz calmada pero directa—. Según recuerdo, y según cómo tú solías alardear hasta el cansancio, tu propio jefe eras tú y nadie más.
Chasqueó la lengua con fastidio y desvió la mirada hacia el estacionamiento que se extendía frente a ellos, pensativa. Las luces amarillentas de las farolas se reflejaban en los charcos. Jackson había mencionado la muerte. No como una posibilidad lejana o exagerada, sino como un hecho concreto: alguien quería matarlo. La idea daba vueltas en su cabeza.
¿Era realmente una buena idea tenerlo allí, en su edificio, sin conocer toda la gravedad del asunto? Convertirse en cómplice de algo así no era algo que pudiera tomarse a la ligera, sobre todo cuando tenía a Ruby dependiendo de ella. Era peligroso. Era complicado. Demasiado complicado.
Sin apartar la vista del estacionamiento, Emerald murmuró por lo bajo:
—No sé, Jax…
El complejo de moteles era un chiste de mal gusto, si. Cualquier infeliz con dos dedos de frente lo habría pensado. Pero la verdad era que un par de gramos de plomo en el cráneo curaban el esnobismo de cualquiera, así que Jax se tragó las opiniones y avanzó.
De todos modos, había dormido en sitios peores. El sótano de Miller, por ejemplo, donde había vivido los últimos dos años, era un auténtico asco, bendecido únicamente por una pátina de nostalgia que no lograba tapar del todo el olor a humedad. Pero la miseria era tolerable, y la miseria significaba que seguía respirando, así que al final del día, dormir en cualquier lado, era un lujo comparado con la alternativa: morirse.
O bueno, no morirse. Ser asesinado.
Emerald estaba convencida de que los productos de limpieza del trabajo terminarían por dejarle alguna secuela. Si no eran los pulmones, sería el sueño.
Jax observó a Em y, lejos de sentirse alerta o despreciado, sintió una extraña puntada de alivio que le recorrió la espina dorsal y le relajó los hombros.
La hostilidad con la que ella lo estaba recibiendo era exactamente lo que esperaba y, curiosamente, fue esa frialdad tan predecible lo que lo hizo sentirse a salvo por primera vez en dos días.
Hubiese sido raro que Em lo recibiera de otra manera, especialmente después de cómo habían terminado las cosas entre ellos. No es que hubieran terminado mal, pero Jackson era plenamente consciente de que se había comportado como un imbécil. Y como era consiente de eso, también lo era de que si se hubiera tratado de otra chica, probablemente tendría la nariz rota en ese preciso momento.
Lo único que lo libraba de la culpa de sus actitudes era que a Em, en ese entonces, parecía no haberle importado en absoluto. Esa aparente indiferencia fue justo lo que a él le dio vía libre para, simplemente, un día desaparecer del mapa sin molestarse en dar explicaciones.
Y era justamente eso lo que ahora le pisoteaba esa pequeña pizca de alivio y comenzaba a pincharle el ego. ¿Le había dado vía libre porque de verdad no le importaba? ¿Porque no lo veía como material para algo serio, sino solo como un buen polvo y ya?
—Primero... tienes un pésimo sentido de la hospitalidad. La mocosa tiene mejores modales que tú, no sé de donde los aprendió —dijo, estirando las comisuras de los labios en una sonrisa de medio lado. Luego, entornó los ojos, atrapando los de ella con una intensidad magnética—. Y segundo... no subestimes las habilidades de un hombre con iniciativa. Memorizar tu número telefónico fue la parte difícil, no descubrir dónde vives. Eso fue pan comido.
Dio un paso adelante con el que invadió sutilmente el espacio de ella.
Y luego, la mentira.
—Además... te extrañaba. Quería verte —dijo, bajando la voz a un tono más cálido e íntimo, mientras sostenía su mirada—. Y de paso, quería devolverte esto.
Metió la mano libre en el bolsillo de la chaqueta y, tras un breve tintineo, sacó un objeto que extendió entre ambos.
Era su viejo encendedor. No era una pieza de lujo, tampoco era de oro u plata. Solo era un encendedor de metal gastado, raspado por los bordes por el uso diario, con el diseño aún reconocible en la superficie. Era una edición limitada con el grabado en relieve de la escena del baile de Pulp Fiction. Era eso, un juguete de culto que Em, seguramente, había dabo por perdido hacía meses.
Jax lo hizo girar entre sus dedos con una sonrisa pícara, intentando barrer la tensión del aire con ese descaro magnético que le salía sin esfuerzo. Pero en el instante preciso en que vio que Em reaccionaba y estiraba los dedos para tomarlo, él cerró el puño con un movimiento rápido, apartándolo de su alcance.
Antes de hablar, ladeó la cabeza con un brillo de diversión y osadía en los ojos.
—¿Dónde está mi abrazo de bienvenida? —dijo—. No voy a pedirte un beso, eso sería muy inapropiado si tu marido está ahí dentro dormido.
Lanzó el anzuelo con una ligereza ensayada, pero sus ojos, fijos en las facciones de Em, no se perdieron un solo milímetro de su reacción. Jax era un oportunista nato, lo que significaba que cada palabra, cada sonrisa y cada centímetro que invadía estaban meticulosamente calculados. Necesitaba saber, y rápido, dos cosas cruciales para su supervivencia esa noche: si el magnetismo que solía tener sobre ella seguía intacto, y si el apartamento estaba lo suficientemente despejado como para convertirse en su nueva casa por los proximos días.
Emerald dejó que la expresión «hombre con iniciativa» quedara suspendida unos segundos en su cabeza. No dijo nada. Solo sostuvo la leve curvatura de sus labios mientras mantenía sus ojos color ámbar fijos en Jackson, analizándolo desde el umbral de la puerta. Desde donde ella estaba, aquello no tenía una mierda que ver con iniciativa. Tenía que ver con desesperación, y punto.
Estaba casi segura de que Jackson era capaz de muchas cosas, pero reconocer su propia necesidad no figuraba entre ellas. Verse plantado ahí, después de tantos meses, no proyectaba seguridad ni encanto. Proyectaba urgencia. Y la diferencia era demasiado obvia como para ignorarla.
Su sonrisa se amplió apenas un poco más cuando le llegó claro aquel «te extrañaba». Tuvo que morderse fuerte el interior de la mejilla para no soltar una carcajada en plena cara del tipo. Después de meses follando a escondidas, desaparecer como si nunca hubiera existido y dejar un vacío incómodo, ahora reaparecía con esa sonrisa de nostalgia barata y encantadora. Emerald no se la creyó ni por un puto segundo.
¿En serio esperaba que ella tragara que su imagen había aparecido de golpe en su cabeza, tan fuerte como para levantarlo de la cama y traerlo hasta su edificio solo por los viejos tiempos? Por favor. La audacia del hijo de puta era admirable en su totalidad, y justamente eso era lo que lo volvía tan malditamente atractivo. Alzó una ceja.
No iba a fingir que Jackson nunca se le había cruzado por la mente después de que todo terminara. Sería mentira. Claro que lo había pensado, pero nunca por las razones idiotas que él acababa de lanzarle. No era nostalgia. No era un vacío sentimental. Y mucho menos un recuerdo melancólico de su cabeza entre sus piernas, aunque, siendo completamente honesta consigo misma, aquellos polvos nunca habían estado mal.
El nombre de Jackson solo aparecía cuando Morgan irrumpía en el trabajo quejándose con urgencia de que necesitaba hierba ya, antes de volverse loco. En esos momentos Emerald recordaba que en algún rincón de Nueva York existía un tipo llamado Jax al que solía follarse como desquiciada y que podía conseguir prácticamente cualquier cosa. Nada más. Había sido así desde el principio.
Jax cubrió una necesidad muy concreta y ella le estaba agradecida por eso. Con él podía apagar el ruido constante de su cabeza, deshacerse del agotamiento acumulado y encontrar una vía de escape que no le costaba un centavo. Ambos parecían entender el trato sin necesidad de ponerle nombre. Le agradaba pasar tiempo con él. Le gustaban las conversaciones después del sexo, el modo en que le pasaba el pulgar por el labio inferior mirándola satisfecho, como si hubiera cumplido con su trabajo. Jax era gracioso. Jax la hacía reír. Pero eso no significaba una mierda.
Emerald no tenía la cabeza para compromisos que fueran más allá de un buen polvo. Hacía demasiado tiempo que había dejado atrás la secundaria y las fantasías de convertir la atracción por el chico malo en alguna historia de amor. Por eso, cuando todo terminó entre ellos, apenas encogió los hombros y siguió con su vida. Sin reproches, sin llamadas, sin decepción y sin curiosidad.
Tenía asuntos infinitamente más importantes de los que ocuparse que un dealer con el ego inflado con helio.
Lo que sí consiguió sacarla, aunque fuera un poco, de aquella diversión silenciosa fue el destello metálico que apareció entre los dedos de Jackson.
Emerald reconoció la carcasa de su encendedor antes incluso de distinguir el dibujo.
La edición limitada de Pulp Fiction. El mismo por el que había pagado una cantidad absurda de dinero cuando todavía era una adolescente convencida de que gastar media quincena en un encendedor de colección era una decisión perfectamente razonable. El mismo que había dado por perdido hacía meses, probablemente en alguna de las tantas fiestas improvisadas en casa de JJ.
Sus ojos siguieron el movimiento casi por instinto y alzó la mano para recuperarlo. Jackson, sin embargo, lo retiró justo antes de que sus dedos alcanzaran a rozarlo. Aquello bastó para que Emerald detuviera el gesto a medio camino. Una ceja se arqueó lentamente.
Ahora sí. Ahora empezaba a sentir una curiosidad auténtica. No por el encendedor, sino por él. Porque la única pregunta que empezó a girarle en la cabeza fue una muy sencilla.
¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar para conseguir exactamente lo que había ido a buscar?
Emerald estaba convencida de que no era sexo. No tenía sentido. Jackson podía caminar dos calles, girar cualquier esquina y encontrar a alguien dispuesto a resolverle esa necesidad sin demasiado esfuerzo. No necesitaba hacer nada de lo que estaba haciendo en aquellos momentos.
Rodó los ojos.
Una risa baja, apenas nasal, escapó de entre sus labios mientras volvía a dejar descansar la mejilla contra la madera del marco, observándolo con una expresión que mezclaba entretenimiento y un cansancio evidente.
—Bueno... —dijo con calma—. Tengo que reconocer que te tomaste tu tiempo para devolverme el encendedor —hizo una pausa deliberada—. Y para darte cuenta de que me extrañabas, claro.
Con una exageración completamente intencional, levantó la muñeca frente a su rostro y fingió consultar un reloj inexistente. Frunció ligeramente el ceño, como si estuviera haciendo un cálculo complejo.
—Sí... —concluyó al cabo de unos segundos—. Meses. Te llevó meses.
Emerald bajo la mano y volvió a encontrar los ojos de Jax. La sonrisa regresó a su rostro con la misma facilidad.
—¿Qué pasó? ¿Las prostitutas de la otra calle tenían la agenda completa esta noche o directamente te quedaste sin dinero para pagar siquiera a la más barata?
Se incorporó despacio, abandonando el apoyo de la mejilla contra el marco. Esta vez dejó descansar un hombro sobre la madera mientras cruzaba los brazos sobre el pecho, acomodándose en una postura mucho más cómoda para sostener aquella conversación.
Encogió un hombro con una sonrisa burlona.
—No hay abrazo de bienvenida, tampoco un beso y con mucha más razón: mis problemas maritales no son asunto tuyo —murmuró, riéndose internamente ante la realidad de que ningún marido estaba esperándola dentro de su habitación.
Emerald tomó una respiración profunda y descendió su mirada con absoluta tranquilidad, recorriendo a Jax de arriba abajo antes de regresar a su rostro.
—Ahorrémonos las vueltas, Jackson, ¿sí? —su voz mantuvo el mismo tono burlón—. ¿Qué es lo que quieres? Espero que sea algo con suficiente sentido como para justificar la hora y el hecho de haberme despertado.
La punzada en el ego le dolió, claro que sí, pero el desprecio juguetón de Em tuvo un efecto secundario mucho más potente: le dio a Jax exactamente la información que necesitaba.
No había marido. Y mejor aún, esa forma tan suya de morder el anzuelo, devolviéndole el golpe con cinismo y repasándole el cuerpo con la mirada, le confirmó que el magnetismo seguía ahí.
Estaba clarísimo. Em no le había cerrado la puerta en las narices y le estaba prestando atención. Para un oportunista acorralado como Jackson, la atención era una rendija por la que colarse.
Jax solto una carcajada honesta e hizo bailar el encendedor una última vez entre sus dedos antes de guardárselo, sentenciando que el juego continuaba, solo porque él así lo quería.
—Ahhhh —soltó en un quejido bajito y arrastrado que subió directo desde su garganta, acompañado por un chasquido de dedos en el aire. Señaló a Em con el índice, balanceando la mano con lentitud como si acabara de tropezar con un recuerdo evidente y brillante—. Bien directa, por supuesto... Esa boquita...
A Jax le divertía muchísimo la situación.
Sabía, con total certeza, que Em no se estaba tragando ni una sola palabra de su verso de te extrañaba. Ella era demasiado lista para esa nostalgia de mierda y él cargaba con demasiada urgencia encima como para resultar creíble, pero verla seguirle la corriente le resultaba divertido. Le encantaba que ella supiera que mentía y que, aun así, decidiera quedarse ahí parada a mitad de la noche para ver hasta dónde era capaz de estirar la cuerda. Así que, lejos de acobardarse o confesar la verdad, decidió doblar la apuesta y profundizar en el engaño.
Dio otro paso hacia adelante, invadiendo la distancia que los separaba hasta quedar lo suficientemente cerca de Em como para obligarla a inclinar la cabeza hacia atrás si quería sostenerle la mirada. Apoyó una mano en el marco de la puerta, justo por encima del hombro de ella y, cercándola sutilmente, siguió el show.
—El tiempo es relativo, eso me lo enseñaste tú. Algunos tardan horas en darse cuenta y otros simplemente necesitan que la noche se ponga lo suficientemente jodida como para recordar dónde se estaba más... calentito. Vamos, Em, ¿o me vas a decir que no me extrañas, aunque sea un poquito?
La sonrisa volvió a aparecer en su rostro, pícara y descarada, mientras se inclinaba un milímetro más hacia ella. Su voz bajó a un susurro ronco, espeso, cargado de esa memoria corporal que ambos habían compartido y que sabía perfectamente cómo invocar.
—¿No extrañas poner tus piernas en mis hombros?
La miró fijamente desde esa distancia corta.
Estaba usando la vulgaridad y el recuerdo del sexo que solían tener como la mejor de las pantallas de humo. Em, sin embargo, nunca había sido una presa fácil. Así que Jax espero.
Un segundo, dos, tres, cuatro, cinco...
Pero ella no se movió ni mostró la más mínima fisura en su armadura.
Por eso, y solo por eso, Jax decidió ceder un poco de terreno.
—De acuerdo, juego limpio —dijo, alzando las manos a los costados en una falsa señal de rendición, aunque la chispa de provocación seguía intacta. Retrocedió medio paso, devolviéndole una pizca de aire y espacio personal y continuó—. Escucha, si me dejas entrar, te muestro qué más traigo en los bolsillos. Y si te portas bien conmigo... tal vez, solo tal vez, te cuente una buena historia. Pero honestamente, Em, estás siendo muy grosera con las visitas.
Emerald permaneció inmóvil en el umbral, sin retroceder ni un paso. La cercanía de Jax era directa, casi invasiva, y ella la sostuvo con esa mirada fija y la sonrisita burlona todavía pegada a los labios.
Por dentro, sin embargo, el calor que emanaba del cuerpo de él y el olor familiar de su aliento a nicotina golpearon de lleno sus sentidos, despertando cosas que habían estado dormidas durante meses.
El cuerpo recordaba demasiado bien. Cuando Jackson mencionó, aunque fuera de pasada, la imagen de sus piernas sobre sus hombros, Emerald tuvo que tomar una respiración profunda y deliberadamente lenta para no parecer una estúpida colegiala excitada. Sí, lo recordaba todo. Recordaba cada lugar donde habían follado como animales, las risas bajas después, la forma en que sus cuerpos encajaban con una sincronía cruda y eficiente que no necesitaba palabras. Jax siempre había sabido jugar con eso, usar esa memoria compartida como un arma silenciosa, pero ella no era tan desesperada.
Un buen polvo era solo eso: un buen polvo. No iba a dejar que el calor entre las piernas le nublara el juicio.
Sabía perfectamente que en ese momento Jackson apestaba a problemas. Olía a complicaciones serias. Aun así, la curiosidad por él seguía intacta, como siempre. Era atractiva, casi magnética. Ese era el efecto que Jax tenía sobre ella, o al menos el que solía tener. Esa necesidad enfermiza de querer saber siempre más, de hurgar en lo que ocultaba. Y en ese preciso instante moría por entender qué carajos le sucedía para aparecer con tanta urgencia en la puerta de su casa.
Después de cinco segundos exactos, Jackson abandonó el teatro. Emerald soltó una exhalación corta y divertida, elevó una ceja con lentitud y pasó la lengua por el interior de la mejilla, saboreando el momento.
—Ni siquiera un jodido vampiro insistió tanto por entrar a una casa —comentó con tono burlón, tras tomar otra respiración profunda.
Lo miró con calma, casi como si le estuviera explicando las reglas de un juego que él aún no entendía.
—Verás, Jackson… las cosas son jodidas y malditamente raras, ¿entiendes? Creo que no estás teniendo ni la más mínima dimensión de esto. Yo estoy en todo mi derecho de ser grosera con una visita que no esperaba en lo más mínimo y que, además, decidió esfumarse como humo hace meses sin dar explicaciones. Eso tampoco es muy bonito, eh. Así que...
Se enderezó por completo, frunció los labios un instante, lo recorrió de arriba abajo con la mirada una vez más y se encogió de hombros con total indiferencia. Sin agregar una palabra, simplemente le cerró la puerta en la cara con un golpe seco pero controlado.
En cuanto la madera se interpuso entre ellos, una sonrisa genuina, amplia y satisfecha se dibujó en su rostro. Se dio la vuelta con paso ligero, agarró la chaqueta de jean que colgaba del perchero cercano y se la puso con movimientos rápidos y eficientes. Luego buscó sus viejas botas, se las calzó sin perder tiempo en atarlas del todo y regresó a la puerta. La abrió de nuevo. Ahí seguía Jackson, todavía plantado en el mismo lugar. Emerald sonrió otra vez, esta vez con un toque más afilado, y le dedicó una mirada claramente burlona.
Salió del departamento, cerró la puerta detrás de sí con un clic suave y metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. Sacó una cajetilla de cigarrillos y se la mostró, agitándola ligeramente.
—La cosa va a ser así —dijo con voz tranquila pero firme—. Yo te invito los cigarrillos, tú me das ese encendedor que tan convenientemente trajiste, y bajamos a fumar a las escaleras. Ahí abajo me vas a escupir todo lo que tengas para decirme, sin adornos y sin vueltas.
Hizo una pausa breve, todavía con esa sonrisa juguetona en los labios, y agitó de nuevo la cajetilla frente a él.
—Y si el cuentito aventurero me resulta lo bastante convincente, puedes pasar la noche en el sofá ¿Trato?
El complejo de moteles era un chiste de mal gusto, si. Cualquier infeliz con dos dedos de frente lo habría pensado. Pero la verdad era que un par de gramos de plomo en el cráneo curaban el esnobismo de cualquiera, así que Jax se tragó las opiniones y avanzó.
De todos modos, había dormido en sitios peores. El sótano de Miller, por ejemplo, donde había vivido los últimos dos años, era un auténtico asco, bendecido únicamente por una pátina de nostalgia que no lograba tapar del todo el olor a humedad. Pero la miseria era tolerable, y la miseria significaba que seguía respirando, así que al final del día, dormir en cualquier lado, era un lujo comparado con la alternativa: morirse.
O bueno, no morirse. Ser asesinado.
Emerald estaba convencida de que los productos de limpieza del trabajo terminarían por dejarle alguna secuela. Si no eran los pulmones, sería el sueño.
Jax observó a Em y, lejos de sentirse alerta o despreciado, sintió una extraña puntada de alivio que le recorrió la espina dorsal y le relajó los hombros.
La hostilidad con la que ella lo estaba recibiendo era exactamente lo que esperaba y, curiosamente, fue esa frialdad tan predecible lo que lo hizo sentirse a salvo por primera vez en dos días.
Hubiese sido raro que Em lo recibiera de otra manera, especialmente después de cómo habían terminado las cosas entre ellos. No es que hubieran terminado mal, pero Jackson era plenamente consciente de que se había comportado como un imbécil. Y como era consiente de eso, también lo era de que si se hubiera tratado de otra chica, probablemente tendría la nariz rota en ese preciso momento.
Lo único que lo libraba de la culpa de sus actitudes era que a Em, en ese entonces, parecía no haberle importado en absoluto. Esa aparente indiferencia fue justo lo que a él le dio vía libre para, simplemente, un día desaparecer del mapa sin molestarse en dar explicaciones.
Y era justamente eso lo que ahora le pisoteaba esa pequeña pizca de alivio y comenzaba a pincharle el ego. ¿Le había dado vía libre porque de verdad no le importaba? ¿Porque no lo veía como material para algo serio, sino solo como un buen polvo y ya?
—Primero... tienes un pésimo sentido de la hospitalidad. La mocosa tiene mejores modales que tú, no sé de donde los aprendió —dijo, estirando las comisuras de los labios en una sonrisa de medio lado. Luego, entornó los ojos, atrapando los de ella con una intensidad magnética—. Y segundo... no subestimes las habilidades de un hombre con iniciativa. Memorizar tu número telefónico fue la parte difícil, no descubrir dónde vives. Eso fue pan comido.
Dio un paso adelante con el que invadió sutilmente el espacio de ella.
Y luego, la mentira.
—Además... te extrañaba. Quería verte —dijo, bajando la voz a un tono más cálido e íntimo, mientras sostenía su mirada—. Y de paso, quería devolverte esto.
Metió la mano libre en el bolsillo de la chaqueta y, tras un breve tintineo, sacó un objeto que extendió entre ambos.
Era su viejo encendedor. No era una pieza de lujo, tampoco era de oro u plata. Solo era un encendedor de metal gastado, raspado por los bordes por el uso diario, con el diseño aún reconocible en la superficie. Era una edición limitada con el grabado en relieve de la escena del baile de Pulp Fiction. Era eso, un juguete de culto que Em, seguramente, había dabo por perdido hacía meses.
Jax lo hizo girar entre sus dedos con una sonrisa pícara, intentando barrer la tensión del aire con ese descaro magnético que le salía sin esfuerzo. Pero en el instante preciso en que vio que Em reaccionaba y estiraba los dedos para tomarlo, él cerró el puño con un movimiento rápido, apartándolo de su alcance.
Antes de hablar, ladeó la cabeza con un brillo de diversión y osadía en los ojos.
—¿Dónde está mi abrazo de bienvenida? —dijo—. No voy a pedirte un beso, eso sería muy inapropiado si tu marido está ahí dentro dormido.
Lanzó el anzuelo con una ligereza ensayada, pero sus ojos, fijos en las facciones de Em, no se perdieron un solo milímetro de su reacción. Jax era un oportunista nato, lo que significaba que cada palabra, cada sonrisa y cada centímetro que invadía estaban meticulosamente calculados. Necesitaba saber, y rápido, dos cosas cruciales para su supervivencia esa noche: si el magnetismo que solía tener sobre ella seguía intacto, y si el apartamento estaba lo suficientemente despejado como para convertirse en su nueva casa por los proximos días.
Emerald dejó que la expresión «hombre con iniciativa» quedara suspendida unos segundos en su cabeza. No dijo nada. Solo sostuvo la leve curvatura de sus labios mientras mantenía sus ojos color ámbar fijos en Jackson, analizándolo desde el umbral de la puerta. Desde donde ella estaba, aquello no tenía una mierda que ver con iniciativa. Tenía que ver con desesperación, y punto.
Estaba casi segura de que Jackson era capaz de muchas cosas, pero reconocer su propia necesidad no figuraba entre ellas. Verse plantado ahí, después de tantos meses, no proyectaba seguridad ni encanto. Proyectaba urgencia. Y la diferencia era demasiado obvia como para ignorarla.
Su sonrisa se amplió apenas un poco más cuando le llegó claro aquel «te extrañaba». Tuvo que morderse fuerte el interior de la mejilla para no soltar una carcajada en plena cara del tipo. Después de meses follando a escondidas, desaparecer como si nunca hubiera existido y dejar un vacío incómodo, ahora reaparecía con esa sonrisa de nostalgia barata y encantadora. Emerald no se la creyó ni por un puto segundo.
¿En serio esperaba que ella tragara que su imagen había aparecido de golpe en su cabeza, tan fuerte como para levantarlo de la cama y traerlo hasta su edificio solo por los viejos tiempos? Por favor. La audacia del hijo de puta era admirable en su totalidad, y justamente eso era lo que lo volvía tan malditamente atractivo. Alzó una ceja.
No iba a fingir que Jackson nunca se le había cruzado por la mente después de que todo terminara. Sería mentira. Claro que lo había pensado, pero nunca por las razones idiotas que él acababa de lanzarle. No era nostalgia. No era un vacío sentimental. Y mucho menos un recuerdo melancólico de su cabeza entre sus piernas, aunque, siendo completamente honesta consigo misma, aquellos polvos nunca habían estado mal.
El nombre de Jackson solo aparecía cuando Morgan irrumpía en el trabajo quejándose con urgencia de que necesitaba hierba ya, antes de volverse loco. En esos momentos Emerald recordaba que en algún rincón de Nueva York existía un tipo llamado Jax al que solía follarse como desquiciada y que podía conseguir prácticamente cualquier cosa. Nada más. Había sido así desde el principio.
Jax cubrió una necesidad muy concreta y ella le estaba agradecida por eso. Con él podía apagar el ruido constante de su cabeza, deshacerse del agotamiento acumulado y encontrar una vía de escape que no le costaba un centavo. Ambos parecían entender el trato sin necesidad de ponerle nombre. Le agradaba pasar tiempo con él. Le gustaban las conversaciones después del sexo, el modo en que le pasaba el pulgar por el labio inferior mirándola satisfecho, como si hubiera cumplido con su trabajo. Jax era gracioso. Jax la hacía reír. Pero eso no significaba una mierda.
Emerald no tenía la cabeza para compromisos que fueran más allá de un buen polvo. Hacía demasiado tiempo que había dejado atrás la secundaria y las fantasías de convertir la atracción por el chico malo en alguna historia de amor. Por eso, cuando todo terminó entre ellos, apenas encogió los hombros y siguió con su vida. Sin reproches, sin llamadas, sin decepción y sin curiosidad.
Tenía asuntos infinitamente más importantes de los que ocuparse que un dealer con el ego inflado con helio.
Lo que sí consiguió sacarla, aunque fuera un poco, de aquella diversión silenciosa fue el destello metálico que apareció entre los dedos de Jackson.
Emerald reconoció la carcasa de su encendedor antes incluso de distinguir el dibujo.
La edición limitada de Pulp Fiction. El mismo por el que había pagado una cantidad absurda de dinero cuando todavía era una adolescente convencida de que gastar media quincena en un encendedor de colección era una decisión perfectamente razonable. El mismo que había dado por perdido hacía meses, probablemente en alguna de las tantas fiestas improvisadas en casa de JJ.
Sus ojos siguieron el movimiento casi por instinto y alzó la mano para recuperarlo. Jackson, sin embargo, lo retiró justo antes de que sus dedos alcanzaran a rozarlo. Aquello bastó para que Emerald detuviera el gesto a medio camino. Una ceja se arqueó lentamente.
Ahora sí. Ahora empezaba a sentir una curiosidad auténtica. No por el encendedor, sino por él. Porque la única pregunta que empezó a girarle en la cabeza fue una muy sencilla.
¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar para conseguir exactamente lo que había ido a buscar?
Emerald estaba convencida de que no era sexo. No tenía sentido. Jackson podía caminar dos calles, girar cualquier esquina y encontrar a alguien dispuesto a resolverle esa necesidad sin demasiado esfuerzo. No necesitaba hacer nada de lo que estaba haciendo en aquellos momentos.
Rodó los ojos.
Una risa baja, apenas nasal, escapó de entre sus labios mientras volvía a dejar descansar la mejilla contra la madera del marco, observándolo con una expresión que mezclaba entretenimiento y un cansancio evidente.
—Bueno... —dijo con calma—. Tengo que reconocer que te tomaste tu tiempo para devolverme el encendedor —hizo una pausa deliberada—. Y para darte cuenta de que me extrañabas, claro.
Con una exageración completamente intencional, levantó la muñeca frente a su rostro y fingió consultar un reloj inexistente. Frunció ligeramente el ceño, como si estuviera haciendo un cálculo complejo.
—Sí... —concluyó al cabo de unos segundos—. Meses. Te llevó meses.
Emerald bajo la mano y volvió a encontrar los ojos de Jax. La sonrisa regresó a su rostro con la misma facilidad.
—¿Qué pasó? ¿Las prostitutas de la otra calle tenían la agenda completa esta noche o directamente te quedaste sin dinero para pagar siquiera a la más barata?
Se incorporó despacio, abandonando el apoyo de la mejilla contra el marco. Esta vez dejó descansar un hombro sobre la madera mientras cruzaba los brazos sobre el pecho, acomodándose en una postura mucho más cómoda para sostener aquella conversación.
Encogió un hombro con una sonrisa burlona.
—No hay abrazo de bienvenida, tampoco un beso y con mucha más razón: mis problemas maritales no son asunto tuyo —murmuró, riéndose internamente ante la realidad de que ningún marido estaba esperándola dentro de su habitación.
Emerald tomó una respiración profunda y descendió su mirada con absoluta tranquilidad, recorriendo a Jax de arriba abajo antes de regresar a su rostro.
—Ahorrémonos las vueltas, Jackson, ¿sí? —su voz mantuvo el mismo tono burlón—. ¿Qué es lo que quieres? Espero que sea algo con suficiente sentido como para justificar la hora y el hecho de haberme despertado.