-Perdón –te dice y es el primer contacto cuerpo a cuerpo del día. ¿Qué tul? ¿Qué me contás? ¿Se siente tan bien como parece?
-No es nada – respondes algo confusa y agarras las dos bolsas (la de las verduras y la de las milongas) con una mano y con la otra el celular y las llaves. Él te espera afuera.
-¿No cerras las ventanas?
-No, mejor que se ventile… con esto de la fiebre –y los dos ríen. Entonces ves, mientras él abre la puerta de su casa, que de su mano cuelga una bolsa con una botella de agua mineral. ¡Qué amable!
-¿Y la cerveza? – ironizas.
-No, me dijo el chino que venía sólo si tomábamos agua –y te surge una carcajada estrepitosa.
-¿Viste? Era una excusa lo de los remedios –y le guiñas el ojo cuando cerras la puerta (porque sorprendentemente no te dejó sola en la sala y salió a caminar por su departamento. Esta vez te siguió con la mirada, incluso luego de guardar el agua en la heladera).
-¿Cocino yo? –pregunta y vos asentís mientras te acercas al sillón.
-Yo pongo y vos dispones. Es así – respondes estirada en el mueble acolchonado.
-“Vos la pones”, dice el dicho –responde irónicamente entrando a la cocina y no sabes si reírte. Y te quedas dos segundos en silencio y vuelve a salir decepcionado (como si hubiese querido que lo siguieras)– ¿ Pones música? –pregunta y vos miras a los costados y no hay ningún equipo de música.
-¿En la compu? –y él asiente con la cabeza y desaparece, entonces te paras y caminas a la pieza sigilosamente, cual fiera atrapando a su presa.
Y cuando entras ves la compu encendida en una mesita al lado del ventanal que da al balcón y para llegar tenes que bordear la cama matrimonial. “Matrimonial” pensás y un escalofríos te atraviesa. Te sentás y como está abierto el Winamp, seleccionas algunos archivos de audio y entonces emerge una ventana del msn. Chequeas y está el muñequito en gris así que no está conectado. “Amor, te extraño. Falta poco para que estemos juntos. ¿Y si faltas mañana y te venís a pasar el finde conmigo? Te amo Nico”. Uh, qué densa. Enseguida se te representa la imagen de una rubia hueca y un nudo en la garganta. Qué mal trago por Dios. Y sentís que eso fue una señal de que no tenías que estar ahí. Le das play a un tema de la Bersuit y salís caminando con una velocidad mayor a la que entraste.
-Te hablaron por msn –le decís entrando a la cocina. Te sentás en una banquetita en el único espacio libre del lavadero.
-¿Quién? –te cuestiona sin mirarte (está sacando la segunda milanga del aceite hirviendo).
-No sé, no miré – respondes y agarras el jabón en polvo sin abrir que está apoyado en la repisa. Y te sorprendes de su silencio entonces lo miras y él te está mirando– ¿Qué? –preguntas moviendo un hombro.
-Sos mujer –y te habla con la cabeza inclinada, una sonrisa y te señala con la espumadera negra de teflón– soy hombre –se señala– y sé que sabes quién me habló –y no escondes tu risa. Pones el paquete en su lugar y seguís riendo aunque avergonzada. Qué capo este flaco.
-Tu novia, supongo o algún filito – respondes con gracia pero él está serio (dejó de mirarte porque tuvo que dar vuelta las milanesas).
-¿Qué fue eso? –dice cuando vuelve a mirarte.
-Sí, ese tono de voz… tan… celoso –y no podes creer que te diga todo eso mirándote a los ojos.
-¿“Tono de voz celoso”? – cuestionas haciendo un gesto de confusión– Mmm, para mí que tomaste una birra con el chino… –y los dos ríen y por suerte él cede espacio y no vuelve a mencionar eso.
Saca la milanesa que queda en la sartén y recién ahí se da cuenta de que no hizo la ensalada y levanta la bolsa de las verduras y te mira con cara de víctima y vos sonreís. Bajas de la banqueta y en silencio (ejem, con música de fondo) te pones a su lado y cortas un tomate y después una lechuga con la mano. Claro que él (que está “secando” las milanesas en servilletas de papel) te mira extrañado pero no omite comentario. Y cuando ambos terminan (vale decir que como toda mujer encontraste el aceite, el vinagre y la sal sin necesidad de preguntarle) llevan todo a la mesa y hacen dos viajes para llevar los platos, los cubiertos, los vasos y el agua mineral.
-Mmm riquísimo –dice exageradamente comiendo la milanesa.
-¿Sandwich? – preguntas y te mira extrañado nuevamente– ¿Estuviste a sandwich todos estos días? –y ambos ríen.
-Obvio… soy hombre –y entonces un silencio. Un silencio más una sonrisa más ruido de cubiertos cortando y golpeando contra la cristalería. Y entonces él o vos tararean la canción de Calamaro que viene la computadora de la pieza. Y así… ¿diez minutos?
-¿Pasa algo? – preguntas por fin. Acabas de apoyar tus cubiertos cruzados en el plato (tu abuela te enseñó que eso significa que no comes más).
-No… ¿por? –y él hace lo mismo que vos y mientras toma su vaso de agua te mira.
-Por el silencio – respondes con lentitud, como si te hubieras dado cuenta que tu pregunta no tiene sentido. ¿Es malo el silencio? ¿Señal de que algo pasa?
-¿Qué tiene? –dice mirando a los ojos (qué fucking forma de mirarte a los ojos tiene), encogiendo los hombros mientras apoya el vaso en la mesa.
-Nada, por eso pregunto –y los dos ríen. Seguro que los dos releyeron el dialogo: qué pasa, nada por qué, por el silencio, y qué tiene, nada… por eso pregunto.
-¿Y qué me contas? –y vos sonreís no muy abiertamente. Recién se percata de que no llevas una prenda íntima y sus ojos clavados en esa parte de tu anatomía resultan hasta desagradables.
-Eu, ¿estás acá? –decís chasqueando tus dedos en sus ojos, se despabila y asiente.
-¿Terminaste? –vuelve a preguntar y agarra su plato y lo imitas y caminan en silencio a la cocina.
-¿Te pasa algo? –preguntas porque hace algunos minutos todo cambió (obviando que se colgó de tus…).
-Eu –y tomas su brazo para evitar que se escape de la cocina, de vos. “Y tomas su brazo…”. ¿Es verdad lo de los músculos, no? Las apariencias no engañan señores– ¿Estás bien, Nico?
-No, perdona, me colgué –dice e incorpora su cuerpo para quedarse en la cocina hablando con vos. Y aprovechas y te pones a lavar sus platos. “Decime” le pedís para que no piense que el lugar es una excusa– Creo que caí de lo que pasa con Male –y esta vez su nombre en su boca resulta un tanto… ¿rasposo?
-¿Qué pasa con Male? – preguntas porque sabes que a los hombres hay que darles cuerda cada tanto. Él te mira un tanto desconfiado. ¿Sos la persona justa para conocer sus pensamientos?
-Y… no sé. No quiero que venga, me irrita cualquier cosa que me dice, veo todo negativo lo que me dice… estoy…
-A la defensiva – completas y lo miras de perfil mientras cerras la canilla (sólo tuviste que lavar dos pares de cubiertos).
-Exactamente –responde algo triste y entonces espera a que te seques las manos y van a la sala y se tiran los dos en el sillón (siempre fue de dos cuerpos pero él antes sólo quiso sentarse frente a vos).
-Un año y pico –responde y te mira. Y te mira. ¿Por qué Dios le dio ojos así a alguien que sólo puede mirarte de vez en cuando? Y como vos te quedas en silencio porque sos más bien de no meterte en asuntos ajenos por una cuestión de no enquilombarte, él te vuelve a hablar– No sé qué onda. Será cuestión de bancarla un mes.
-O llamarla y cortar mañana –decís en un rapto de sinceridad y él te mira extrañado (obviamente)– Sí, digo. Es otra opción. Soy de las personas que piensan que uno tiene que hacer lo que le haga bien, feliz… –y pensás en voz alta– Y seguro que si hay otras personas comprometidas es más difícil, pero… pero a la larga todos comprenden que es para mejor.
-¿Vos decís? –cuestiona él y realmente considera la opción. Y vos asentís con la cabeza, él la ladea y se cierra el tema. Toma el control remoto y enciende el televisor (como si ése hubiese sido un paso obligatorio o lógico).
-A ver deja eso –decís y él obedece. Un documental o algo así.
-Ah, pero son increíbles estas minas –opina (críticamente) sin escrúpulos. La tele cuenta la historia de algunas mujeres que desconocen el paradero de los padres de sus hijos o algo así.
-Sí, mejor cambia – respondes riendo.
Y pasa otra media hora y ustedes se entretienen con un programa que critica a la televisión nacional y la ironiza. A veces comentan en voz alta algunas escenas o se ríen, pero nada muy importante.
-¿ Queres te? –pregunta en el corte.
-Dale, te ayudo –y entonces ambos caminan a la cocina pero obviamente te sentás en la banqueta y todo lo hace él.
-Che… hoy antes de dormirme la siesta vi que mañana estrenan una peli re copada… ¿vamos? –¿Eh? ¿Una peli? ¿“Vamos”?
-Mmm ¿a qué hora? –y no me sorprende que no preguntes cuál porque sos así: espontánea.
-Al mediodía… me fije y no quedan entradas para después –y entonces saca los saquitos de té de la alacena.
-No puedo. Otro día, ¿dale? –y medio que no te cree.
-Dale, después no arreglamos más sino… –y habla como si te conociera de siempre.
-Después vemos, che – respondes con gracia y él se avergüenza por la insistencia. Cree que se equivocó y no te animas a decirle que no. Pero sos tan buena onda…
Pone agua en las tazas, las agarra por las asas y las lleva a la mesa ratona. Se sientan ambos en el sillón y se quedan mirando un videoclip en el televisor. Un homenaje a Michael Jackson por su muerte. Terminan el té justo cuando finaliza el segundo vídeo.
-No, no. Empiezo en un mes. Pero en quince días empiezo a laburar en el departamento de asuntos estudiantiles – respondes como si reprodujeras un casette, y él responde amablemente asintiendo con la cabeza.
-¿ Tenes que empezar a pagarle a los chinos? –y vos sonreís.
-Sí, me dijo que ya no le servía que le pagara en especias –y los dos sonríen. Claro que en un día en el que compartiste más del cincuenta por ciento del tiempo con un tipo, en algún momento todos los caminos iban a llevar a Sexo.
-Y claro… ahora que lo pienso me dijo algo de vos… –y le seguís el juego esbozando la carcajada que va a venir cuando se vaya al pasto– “su cuerpo no paga la luz ni el agua” –y lo dijo en chino básico. Y obvio que los dos explotan en risas.
-No… tengo que empezar a conseguir un ingreso extra –y él sigue distraído imaginando chistes y tu cuerpo (porque seguro imagina tu cuerpo desnudo) y vuelve a mirar esa parte de tu cuerpo a la que le falta una prenda– Bueno, ahora sí… me voy – comentas luego de verificar en el reloj de la pared que ya son casi las doce. ¿Las doce? ¿Ya? Wow.
-Dale –y los dos se paran y caminan hacia la puerta– pero mañana te toco timbre a las doce y vamos al cine.
-No, en serio… –y él tiene la puerta agarrada por el picaporte y no te deja ir– Dale –y le reís, entonces afloja y te deja pasar.
-Tengo turno para una eco –decís sonriendo de costado y te esfumas por el hall del primero.