Apoyado en un viejo árbol que daba un rústico toque al jardín, su vista recorría la pantalla de su teléfono móvil, táctil y costoso. Una sonrisa inquieta apareció en su rostro mientras la información que leía era rápidamente procesada por el galés, y su felicidad aumentaba sin demasiado empeño. Unos ruidos lo distrajeron, pensó que continuaba acompañado, pues lo había estado hace algunos minutos, sin embargo, se hallaba en una soledad perpetua del momento —Es tu día de suerte. ¿Te interesaría ir a Gales este fin de semana? Gratis, por supuesto —lamentablemente, se dirigió a una persona equivocada, pero la invitación ya estaba pronunciada. Se limitó a curvar la comisura de sus labios, enseñando una discreta sonrisa. A veces, sólo a veces, agradecía esas aparatosas fiestas que su padre daba en la mansión donde antiguamente Leonard vivía.
Últimamente el jardín se había convertido para la pequeña rubia en uno de sus mayores refugios, un lugar en el que podía evadirse fácilmente de todo y de todos. Frankie era una chica muy social, claro que sí, pero también necesitaba tiempo para si misma, para disfrutar de esa tranquila soledad que tanto placer producía en la susodicha. Sin embargo, estando de camino a su rincón favorito, se vio interrumpida por una grave voz. Observó a ambos lados, en busca de la persona a la que el contrario se había dirigido, pero en aquel lugar solamente estaban presentes ambos chicos. Frunció ligeramente su ceño, y cómo no hacerlo si estaba ciertamente extrañada ante tal invitación—. ¿Me lo preguntas a mí? —no evitó interrogar, aún desconfiada de si realmente se había dirigido a ella o no—. Quiero decir, apenas te conozco —agregó a sus palabras, esperando que comprendiese su sorpresa.












