El agua para su café hirviendo detrás de ella cumplía la tarea de “musicalizar” las palabras que el joven emitía sobre lo ocurrido con su planta de albahaca. Después de recapitular un poco, claramente, no tenía ni la menor de las ideas. — Oh, no. Lo siento. Cuando llegué no había ninguna planta en la mesada. — explicó haciendo una ligera mueca. Que se estuviese poniendo tan nervioso le daba cierta inquietud a ella también. — ¿Quieres un vaso de agua? Tengo miedo de que explotes aquí o algo. — dijo mirándolo como quien mira una bomba, o bueno, no tan literal. — No sé si ya les hablé de mi no fanatismo por la limpieza. Pero las tripas, sangre y todo eso entran en el combo de cosas que ensucian. — agregó y aunque se trataba de una especie de broma sonó bastante en serio. En realidad, tal vez lo era. — Luego de que te calmes un poco puedo ayudarte a buscar por el resto de la casa. — sugirió.
¿Cómo que no había ninguna planta cuando llegó? Era imposible, él no estaba loco, la planta había estado ahí hasta hacía algunos minutos, esto ya no resultaba gracioso. Bueno, en ningún momento había resultado gracioso, pero si alguien le estaba haciendo una broma, era hora que parara. --Quiero mi planta, mi planta es lo que quiero. --Dijo a modo de rechazo al agua, él no necesitaba nada más que la albahaca para volver a mantenerla a salvo en el jardín. --¿Fanatismo por la limpieza? ¿Y no habrá sido en ese momento de fanatismo en el que llevaste la planta a algún lado? Piensa un poco, no es tan difícil. --Le pide, ahora masajeándose la sien y pasándose la mano por el rostro mientras la impaciencia aumento. --Estoy calmado, estoy calmado. --Se apresura a decir de forma algo violenta, claro que sin querer. --Pero si tienes la planta es hora que me lo digas.















