La italiana llevaba varios días sin ver a su mejor amigo. Desde el momento en el que habían salido de Marsella no había visto ni el más mínimo rastro del ucraniano. Al principio lo tomó con calma, porque sabía que su relación se mantenía intacta como siempre y el monarca no tenía razones para molestarse con ella. No obstante, bastó que la noticia de la llegada de Tessa llegara a los oídos de la rubia para que los celos se propagaran en todo su interior, además de una incredulidad que consideraba vanos los días en los que denominó a la castaña como una muertita más. Aquella razón la tenía varios minutos dentro de la habitación del príncipe, esperando por su llegada para reclamar lo que le pertenecía. Al escuchar el sonido de la puerta, se paró firme frente a la misma, cruzándose de brazos con cierto recelo reflejado en sus orbes. “Pero, ¿Qué tenemos aquí? El hombre que me ha estado evitando a toda costa.” Inició, avanzando unos pasos hacia él. “¿Podría saber la razón por la que te has estado escondiendo de mí?” Exigió, hasta terminar por rodear el cuello del mayor con ambos brazos. “Y, mi amor, de antemano te advierto que si me dices que esto tiene algo que ver con cierta filipina, te juro que es la última vez que sabrás de mí, Vladyslav.”
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