Encogió los hombros. “Soy una mujer segura de sí misma” admitió, sin miramientos. Y era cierto. Cualquiera que la conociera un poco sabía lo decidida que podía llegar a ser y lo mucho que defendía sus ideas y principios, por alocadas que estas fueran. Esbozó una media sonrisa, quizá divertida por la manera en la que había respondido, inesperadamente. “No podemos vernos al rato si ni siquiera sabemos con quién tratamos. ¿Cómo habrá forma de volver a encontrarse? Todo podría ser cosa del destino” algo en lo que no solía confiar mucho, ciertamente. No le incomodaba la forma en la que la observaba, si bien era cierto que usualmente le molestaban aquel tipo de atrevimientos, por algún motivo desconocido, con aquel moreno no le sucedía. Puede que simplemente se debiera a que como ninguno de los dos se conocía, como era la primera vez que charlaban, tuviera que hacer algún tipo de análisis para hacerse a la idea de con quién trataba, igual que le pasaba a ella. Una pequeña risa, divertida, escapó de sus labios. Era verdad, no podía seguir viendo a aquella empalagosa pareja, pero aquel no era el motivo principal. “De hecho no estoy apurada, pero tengo club de Canto. Siempre podemos encontrarnos alguna vez, en un sueño.”
Poniéndose de pie, formando un cilindro con aquel pequeño cuerpo de apuntes, la cabeza se movió con suavidad hacia la derecha, buscando un nuevo ángulo por parte de las facciones femeninas— No me digas que crees en esas gilipolleces—se mordisqueó el labio inferior con una mueca intrigante pintándose, ojos entrecerrados. No era creyente de la suerte, el destino y todas sus aristas, no se quejaba de lo que le tocaba ni de lo que perdía o ganaba. Poniéndose la mochila al hombro, le dedicó una mirada de soslayo, el estudio había pasado a un segundo mapa de importancias— La chica además tiene talentos, mira tú—pausó, con una pequeña sonrisa curvándose, dando un paso de distancia, quedó ahora adelantado y al camino contrario de la fémina— O en pesadillas —acentuó la burla, la forma de luna menguante dibujada, dedicada a su interlocutora, chasqueando su lengua con suavidad, un sonido casi imperceptible. Y así, sin mucho más que un gesto de fingida caballerosidad, le dio la espalda para seguir el ritmo de caminata en dirección a dormitorios, le sobraba cansancio, pero dudaba ser visitado por la boca roja de aquella muchacha.

















