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@cassalois
La rutina del joven Falkenhorts siempre tendía a ser la misma, ir por un café a las 6:00 AM y dirigirse a sus entrenamientos como capitán del equipo de natación; sin embargo, ese día había preferido tomar otro camino, cuando se encontró con la joven arqueó una ceja. —¿No se supone que ya deberías estar cambiada y en la alberca? Si te gusta más bailar te recomiendo que te cambies de equipo—. Roló los ojos y negó un par de veces, acercándose a ella y moviéndose de lado a lado evitando reír. —Estaba bromeando, vamos Cass el último en llegar pagará el café del otro—.
Y cuando la canción se acabó, la alemana detuvo su baile y tomó su ipod, buscando otra cosa que pudiera animarla cuando escuchó detrás de sí la voz de su capitán. Girándose con rapidez, clavó sus ojos en él al tiempo que enrojecía, un poco avergonzada por ser descubierta justo en esos momentos. “Eh...” no supo que responder ante sus palabras, así que desvió la mirada al mismo tiempo que el joven volvía hablar. “Nunca sé cuando bromeas o no, Derek” se quejó. “¿Qué planeas, capitán? ¿Una carrera?” preguntó, divertida.
Al observar el rostro de Cassie fue casi imposible que su sonrisa no se hiciera aún más evidente, siempre le había gustado la forma de ser tan espontanea que tenía y era algo que no cambiaría por nada en el mundo. —Cass—. Dijo cuándo la contraria ya estaba entre sus brazos y correspondió aquel gesto gustoso, besando su mejilla. —Mi hobbit con pelo, ¿cómo has estado? Yo también te echaba de menos—.
“Eh, no comiences a burlarte de mi estatura” lo regañó, soltándolo para poder verlo directo a los ojos. “Bien... sí, bien” respondió, encogiéndose de hombros para restarle importancia. “¿Cómo es que no has venido a verme o no me has buscado, Alex? ¿Acaso te escondías de mi, grandullón?” preguntó en broma, ladeando su cabeza para verlo. “No puedo creer que estés aquí...”
“No era mi intención asustarte,” le dijo con una sonrisa en labios. “Sólo que tenía que alcanzarte para decirte que tenías que detenerte porque sino tendré la maldita canción pegada por el resto del día.” Ante lo nuevo dicho por la castaña sólo atinó a negar con la cabeza porque bailar no se le daba muy bien, (o al menos eso creía). “No, no. No quiero dejar con traumas a la gente.”
“¿Y eso es malo?” preguntó, un poco sorprendida. “Siempre puedes escucharla hasta que te canses y la termines odiando” propuso, encogiendo los hombros. “Oh vamos, no se te puede dar tan mal bailar. Yo no soy una experta tampoco” comentó, volviendo a encoger sus hombros. La verdad es que no era mucho de bailar, pero aquello había sido espontáneo, no lo había podido detener.
Maia Mitchell
Alexander se encontraba caminando en dirección a la biblioteca, debía entregar los libros que había sacado la semana pasada; sin embargo, al alzar la mirada se encontró con su mejor amiga, una sonrisa evidente se forjó en sus labios comenzando a reír. —La mujer más guapa bailando solo para mí, debo tener demasiada suerte—. Bromeó desconectando los audífonos.
Y de un momento a otro, en mitad de un giro, la música paró repentinamente y una conocida voz masculina llenó el silencio. Se trataba de Alexander, aquel castaño que era su mejor amigo desde que tenía uso de razón; hacia tanto que no lo veía... Estuvo a punto de sonreír, pero su usual negación se lo impidió. Sin embargo, sus ojos brillaban de emoción por verlo. “¡Alex!” exclamó y, sin poder evitarlo, se tiró para abrazarlo. “Idiota, te he echado de menos”.
¿Sangre y qué..? —las palabras flotaron por el aire, incompletas y adornadas por una sonrisa que se dibujaba más por incredulidad que por gracia, sin saber de qué lado tomar las palabras ajenas, broma o simple mala suerte de encontrarse con una loca más del montón— Peculiares gustos los tuyos, no sé si es peor morirme de diabetes o en manos de una relación de asesinos, pero vale…—soltó, elevando sus hombros, clara era la ausencia de seriedad en su tono, desbordaba la divagación y distracción en la tarea de encontrar el paquete de cigarros en el bolsillo trasero del pantalón junto a una plegaría silenciosa de no haberse olvidado el mechero, accidente que siempre la ocurría.
“Tripas” repitió con calma, como si fuera natural hablar de la muerte que deseaba si algún día llegaba a tener pareja; cosa que, verdaderamente, dudaba. “Aunque morir a manos de alguien a quien supuestamente quiero no me parece una buena forma de acabar. Creo que prefiero morir de una manera mejor” comentó, encogiendo los hombros con despreocupación. “Una manera que lleve sangre y tripas” concluyó, asintiendo para sí mientras volvía a desplazar su mirar a la pareja que ahora se besaba apasionadamente. “Asqueroso” farfulló en voz baja.
Caminaba en dirección a la cancha de fútbol cuando escuchó a una muchacha cantando aquella canción que últimamente invadía toda la universidad. Al ser un conocedor de la música, no podía decir que le agradaba, pero siendo sinceros, le causaba gracia el entusiasmo de la castaña, por lo que la siguió imitando su baile mientras fingía seriedad.
Siguió su camino con la música sonando en sus oídos, deteniéndose cada poco para interpretar algún paso que recordaba del videoclip que acompañaba a la canción. “Dale una vueltica otra vez” cantó, girándose al compás solo para tener la visión de que alguien a sus espaldas la seguía. Deteniéndose, encaró a la persona, encontrándose a Matthew que parecía estar imitándola. “¿Están buenas las vistas?” preguntó, su ceja enarcada con diversión.
Intentó llamar la atención de la bailirina con palabras, pero al parecer la música se sobreponía a su voz. Se acercó a ella, tocando su brazo. “Creo que se te ha caído esto”, mostró el llavero en su mano. “¡Conozco esa canción!”, agregó divertida.
Un leve roce en su hombro, fue lo único que le sirvió para arrastrarla de su distracción, obligándola a quitarse el auricular para poder enfrentarse a una muchacha de cabellos rubios. “Gracias” dijo, tomando las llaves de su habitación. “Es pegajosa, ¿verdad?”
Apoyó el costado de su cuerpo contra el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre el pecho. Aquella era una escena cuanto más curiosa y, para qué mentir, satisfactoria para sus amarronadas orbes. Una picaresca sonrisa hizo aparición en sus comisuras, no queriendo hacer ni un solo sonido para incomodar a la contraria. Bajo ninguna circunstancia osaría interrumpir tan gratificante visión.
Siguió moviendo su cuerpo al ritmo de la canción, sus caderas conectadas con la melodía como si tuvieran vida propia. Le gustaba la pieza, demasiado movida para lo que estaba acostumbrada a escuchar, pero entretenida a fin y al cabo. “Terremoto, terremoto” cantó de manera un poco torpe, haciendo el conocido twerking antes de alzar sus manos por encima de su cabeza y girar; estaba completamente absorbida en el momento.
“Tienes que enseñarme esos pasos de baile.” Dijo, quitando un audífono del oído de la muchacha, sin siquiera preguntarle. Intentó imitar sus movimientos, pero fue gracioso porque no le salían como a la castaña. “Por cierto, te harás daño en los oídos si escuchas la música así de alto.” Agregó, divertida.
“Erin” saludó, un tanto avergonzada ante la manera en la que había sido descubierta bailando. “Puedo enseñarte…” añadió con rapidez. Estaba desconcertada, pero rápidamente intentó cambiar de expresión y de relajarse. “¿Estaba alta?” preguntó después. “No me he dado cuenta”.
Iba caminando hacia la piscina para los entrenamientos cuando miro a una de sus compañeras un poco más delante de ella, bailando mientras cantaba, haciéndola reír suavemente. “¿Qué canción es esa?” pregunto curiosa mientras llegaba a su lado.
Si no fuera porque uno de sus audífonos estaba colgando por encima de su hombro, no hubiese escuchado las palabras que venían de sus espaldas y eran dirigidas a ellas. Girándose, se topó con una de sus compañeras de nado y, enrojeciendo, dijo: “una de eh…” vio en su ipod, “Daddy Yankee”.
Calum apretó los labios con suavidad al ver a la castaña bailar de aquel modo. Había notado que llevaba puestos los audífonos, por lo que decirle algo desde su posición sería una pérdida de tiempo. Por esa razón caminó hacia ella, por detrás, y le retiró uno de los auriculares al llegar a su lado. —Vaya, vaya… no sabía que te movías así—. Murmuró cerca de su oído, apartándose segundos después. —Te veo bien, Cassssiopea—.
Se mantuvo concentrada en el baile, moviendo su delgada anatomía mientras la música inundaba sus oídos, ignorando completamente su entorno. No era de mucho bailar ni de cantar, pero precisamente ese día estaba de un humor especialmente bueno como para hacerlo, por lo que no se rehusó a dejarse llevar. Por eso, cuando alguien detrás suyo retiró de su canal auditivo uno de sus blancos audífonos, su cuerpo se detuvo y se tensó, relajándose después cuando reconoció la voz masculina de Calum. “Creo que hay muchas cosas que no sabes de mí, Calum” replicó, girándose para encararlo con sus ojos marrones llenos de diversión, pero su rostro impasible. “Estoy bien. ¿Qué tal tú?”
Tirado en los jardines evadiendo la tarea que le esperaba en su habitación, se sorprendió de ver a una chica caminando cerca suyo moviéndose al ritmo de esa nueva molesta canción, viró los ojos pero con una sonrisa en los labios dio un salto y corriendo hasta alcanzar a la desconocida la detuvo para que se quitara los audífonos momentáneamente. “¡Por favor, no!” Suplicó en un tono exagerado. “Si la sigues cantando la tendré pegada todo el día.”
El ritmo era de las cosas más pegajosas que había escuchado en su vida, por lo que no bailar esa canción era casi imposible mientras la escuchaba. ¿Cómo había llegado eso a su reproductor de música? Pues por el simple hecho de que le gustaba la música en español. Por eso, mientras bailaba y tarareaba, se sorprendió cuando sintió una mano en su hombro, deteniéndose abruptamente al mismo tiempo que se giraba, retirando de sus oídos sus auriculares. “Me has asustado” replicó. “Es buena, deberías escucharla. Y bailarla”.
—Dude, ese es el estilo— comentó la morena mientras observaba a la chica bailar. —Deberías enseñarme ese paso para el próximo juego, ya sabes, ahora soy la mascota de la uni, debo tener el ritmo— le sonrió.
Se sobresaltó ante una nueva voz que la acompañaba, deteniendo su baile para así encarar a Ariel. “Eh…” no sabía muy bien qué decir pues no esperaba estar siendo observada en pleno momento que consideraba poco propio de ella. “Supongo que puedo” se encogió finalmente de hombros.