De repente sientes que estás en la cima del mundo y al instante que se te cae encima todo el peso de él.
Pierdo el control, me escondo entre mil sonrisas, me creo la mentira de que “todo está bien”, sigo adelante, o al menos lo intento, tropiezo y cierro los ojos entonces todo vuelve a empezar.
Vuelvo a ser pequeña, insuficiente, incapaz, vulnerable. El cristal se rompe y mi cuerpo descansa entre cristales rotos, pequeños cortes que ya no duelen.
No sé dónde está el optimismo, la alegria, la esperanza, la expectativa, la valentía, no están, solo estoy yo y me siento perdida. Sombras grises nublan mi vista y entonces me siento en el suelo y cierro los ojos, siento que caigo, pero no me muevo del lugar.
¿Qué está pasándome? No dejo de preguntarme una y otra vez, a qué se debe tanta dependencia, tanta fragilidad, ¿qué ha tenido que ocurrir dentro para que me sienta así? Pierdo el control y todo se vuelve a repetir.
Estoy constantemente pendiendo de un hilo, demasiado fino, demasiado largo, demasiado elástico. No me deja caer pero sé que no aguantará mucho más. No puedo respirar, tengo un nudo en mi garganta cada vez que estoy aquí y en mi cuerpo hay unas cosquillas que no me hacen sonreír. Quiero desaparecer de mi misma, quiero irme de mi propio cuerpo, de mis propios sentimientos, de mi propio caos, no me aguanto. ¿Cómo voy a querer estar en mi cuando todo lo que hay es oscuridad? No me deja respirar o no quiero respirar.
¿Cómo puedes un día sentirte la mujer más feliz del universo y al día siguiente querer desaparecer sin más?
















