—No, Nadia, no pienso llamarla —alzó la voz más de lo necesario para gritar por el teléfono a su hermana—. Me da igual que tenga a Lissa, por mí que haga lo que quiera con ella, y como si se quiere mudar a la otra punta del mundo —habló con sequedad y dureza, pero la verdad era que no le era indiferente a dónde su “esposa” (todavía seguían casados a pesar de que hubiera pasado casi un año desde que ella se marchó) se llevara a su hija de apenas dos años. La mujer ya no le importaba, pero Abele quería a su niña y quería más que nada en el mundo volver a verla. El joven Russo cortó bruscamente la llamada tras las palabras más dolorosas que podrían haberle dicho, y más siendo provenientes de su hermana: “eres igual que Riccardo”. Con una mueca de disgusto y dolor se apoyó en el poste de la línea del autobús y pronto notó una mirada sobre él. —¿Qué? —espetó, mirando fijamente a dicha persona.
Terció sus labios al escuchar todo aquello, mas cuando le descubrió mirándole, se alarmó de una manera inimaginable, mas aún así aún estaba dignada a contestarle algo que no fuere demasiado duro o siquiera que llegase a decirle algo al respecto a su conversación; no quería meter el dedo en la yaga. Inspeccionó su aspecto, en busca de algo que pudiere hacerle cambiar de conversación, y al encontrarlo, no tardó en darle una contestación— Tenías el cierre del pantalón abierto —señaló con timidez.














