La culpa es mía por querer como amigo a quien me quiere de adeveras...

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La culpa es mía por querer como amigo a quien me quiere de adeveras...
Inmortal
El fin de semana en que lo iban a matar, Pepe caminaba junto a nosotras riendo estruendosamente, mientras la noche estallaba en llanto. Era viernes y acabábamos de salir de clase. Él insistía en que fuéramos por una cerveza pero a las mujeres nos vencía el cansancio. Le prometimos que iríamos la siguiente semana y corrimos hacia nuestros respectivos autos para no mojarnos. Ninguno de los cuatro pudimos vislumbrar el presagio. Y es que a los veintitantos, cuando piensas en muerte, piensas en tu abuelo de ochenta y tantos y no en tu amigo, ese de los que cuentas con los dedos de las manos, y que apenas tiene veinticuatro.
Muerte, ¿qué es la muerte? ¿Por qué arrastra una marejada de desconcierto a su paso, si es la única certeza que se le otorga a la condición humana? La tormenta de ese fin de semana trajo consigo una serie infinita de cambios que se desbordan por los bordes de mi limitada memoria. Sábado, suena mi celular; mensajes de Pepe haciendo alarde de la diversión que nos habíamos perdido por no haberlo acompañado, todo seguía siendo bromas y risas.
Domingo por la mañana, los rumores de la tragedia se expanden por el aire de la ciudad. Yo me mantengo incrédula. Tomo mi teléfono y selecciono el nombre de mi amigo mientras un sudor frío corre por mis manos. El corazón me late al compás del tono de llamada. “Por favor contesta” repetía en mi mente. Tras unos segundos infinitos se escucha una voz masculina. “¿Pepe?” me aventuro a pronunciar. La voz de su padre comienza a entrecortarse con cada frase que pronuncia al comunicar la fatal noticia. Los medios locales confirman el accidente con una foto macabra en el encabezado de la nota. Dos horas más tarde, mi amiga y yo nos encontramos depositando un arreglo de flores blancas sobre un ataúd barnizado de quien pudo haber sido nuestro amigo por toda la vida. Domingo por la noche, sigue lloviendo, pero esta vez el diluvio sale de mis ojos e inunda mi almohada.
El lunes que llegué al posgrado, mi mirada recorrió el estacionamiento buscando desesperadamente la camioneta de mi amigo. No había nada que deseara más que verlo bajarse con su mochila al hombro y con una sonrisa culposa confesarnos a mí y a nuestras amigas que la fiesta le había ganado todo el fin de semana y que la persona a la que habían atropellado la madrugada anterior no era más que un impostor que le había robado su cartera al salir del antro. Pero Pepe nunca llegó y en el salón de clase nadie hablaba.
Martes, tres de la madrugada. Algo me despierta. Dicen que a esa hora se abre en la tierra el mundo de los muertos. Mis pies descalzos tocan el piso y camino hacia mi ventana. Miro al cielo. Nunca he sido muy creyente de nada pero esta causa lo amerita. ¿Dónde está la tan mentada fe que mueve montañas? ¿Y si en verdad existe el libre albedrío? ¿Y si los científicos tienen razón y el tiempo es relativo? ¿Hasta qué punto exacto de la historia debía retroceder para cambiar lo sucedido? Aprieto los ojos y pido un deseo desde el fondo de mis entrañas. Supongo que así es como funciona esto. Me mareo. Cuando los abro estoy con mis amigas en un bar y Pepe entre ellos, con un vaso de mezcal entre sus dedos alargados. Pregunto qué día es y me responde que viernes. Alarmada le suplico que no salga el sábado por la noche de su casa porque lo quiero vivo. Él rompe a reír y me pregunta con preocupación genuina si me siento bien. Después de obligarlo a prometerme que haría caso, nos despedimos todos y quedamos de vernos el lunes. Domingo en la mañana, marco el número de Pepe. De nuevo me contesta su padre llorando. El accidente se repite en el mismo lugar por causas distintas.
Que cruda es la verdad, que jodida la negación. No importa lo que haga o a qué momento del tiempo vuelva, entonces me percato de que no soy más que un punto perdido entre una serie de aparentes casualidades que siempre llevan al mismo destino y no hay nada que pueda hacer para cambiar lo sucedido. Un día escuché una frase que decía que “algún día todos moriremos, pero los demás días no”. Entonces mi mente se abrió por un instante hacia una comprensión más allá de las limitaciones humanas. Aún no estoy segura si lo que alcancé a percibir fue el Aleph de Borges o un atisbo inconcebible del universo, sin principio visible ni final existente. Entonces me di cuenta que quien necesitaba ser salvada era yo y no Pepe. Nosotros los mortales tan afligidos permanentemente por estúpidas nimiedades, olvidándonos de lo verdaderamente importante. En cambio Pepe ya estaba mucho más allá, en un lugar seguro. Pleno y eterno; siendo todo y nada; espejo y reflejo. Pepe ya no volvería a morir y formaba parte del Universo en todo su esplendor. Tenía toda la sabiduría y la paz que los pobres mortales no alcanzamos siquiera a concebir y lo que más deseaba era que dejáramos de derramar lágrimas por él y honráramos su memoria con todos esos sueños por mejorar el planeta que ya no había alcanzado a concretar.
Han pasado ya dos meses. Hoy Pepe ya no escucha pero me habla y no a través de un espectro, como la ficción nos hace creer que nos hablan los muertos. Me habla a través de su ausencia, de la silla en la que ya no se sienta, del cuaderno en el que ya no escribe, del celular que ya no recibe sus mensajes, del mezcal que ya no bebe, de la camioneta que ya no maneja. Y es que si me siento en otra mesa del salón o frecuento lugares distintos a los que íbamos o pretendo que nunca lo conocí, entonces me hablará el vacío. La ausencia de sus rasgos me obligará a imaginarlo. A recordarlo como lo recordaba cuando sabía que lo vería al día siguiente o ese fin de semana. Cuando aún era efímero como yo. Antes de que me mostrara que se puede ser sin estar; y que lo verdaderamente trágico y absurdo no es la muerte, sino que pasamos lo poco que tenemos de vida otorgándole valor a lo azaroso y a lo irrecuperable. Su existencia en el plano mortal no fue en vano, pues dejó huella en la vida de muchas personas incluidas nosotras. Y cada día que pasa, me siento afortunada de ver salir el Sol un día más. Y cuando las cosas se ponen duras, recuerdo que hay que sonreírle siempre a la vida, como él solía hacerlo. Porque ahora Pepe descansa en paz, allá donde no se extraña y donde nadie, nunca, vuelve a morir.
*I
En memoria de Pepe Méndez
Para quien lo ame después que yo
Entrégale, pero sin olvidarte de tí y de tus sueños. No vivas para hacerlo feliz, él puede solo. Detrás de su egoísmo y narcisismo se oculta un niño carcomido por la inseguridad y sus miedos. Empatiza, pero no lo justifiques, o terminarás haciendo concesiones que te harán un poco menos feliz cada día. Recuerda que no eres su mamá para hacerlo madurar.
Por tentadora que resulte la idea de salvarlo, no seas tú quien libre sus batallas, toda mujer merece un guerrero que pelee a su lado. No te subas a su montaña rusa emocional o terminarás mareada. Si entiendes que en su naturaleza está ser más discurso que acciones, te ahorrarás muchas decepciones. Disfruta mientras quieras y pide, no temas pedir. No te aferres a él sino al poder de quedarte con todo lo que eres. Cuando sientas que te está robando toda tu luz, reconoce que es tiempo de separarse.
Perdónate y perdónalo, pues en el fondo tiene un buen corazón, sólo que aún no ha aprendido a compartirlo. Pero sobre todo, recuerda que tú eres la única imprescindible para seguir adelante. Y sonríe, pues ten la certeza de que el camino te depara cosas mejores.
* I
Conclusiones sobre el Amor Platónico
Del dualismo ontológico: porque entiendo como mundo sensible al sabor de su boca de tarde y vino roseé qui va avec tout; a la dialéctica de nuestras miradas cuando se cruzan en esta realidad tan mutable. Y es que se me pone la piel chinita tan solo de pensar en los pocos segundos que tiene una vida para tantos matices de sus ojos. Pero entonces las yemas de sus dedos me recorren la espalda y ese poder únicamente suyo de leerme en Braille es lo que viene a constituir el mundo ideal.
Del dualismo antropológico: porque su reminiscencia ha quedado incrustada en mi cuerpo y aunque la vida nos separe, él siempre me vuelve a encontrar. Conocer es recordar y cada día que pasa, mi ser se maravilla ante todo lo que va descubriendo en esta realidad de volver a tenerlo a mi lado. Confieso que desde el primer beso, la palabra respirar fue sustituida en mi léxico por suspirar, y cada que lo vuelve a hacer reafirmo que su alma y la mía embonan a la perfección.
En síntesis, he venido a concluir que no es doxa cuando digo que mi corazón es suyo sino episteme. Que sus brazos fuertes de tierra apaciguando mis mares son resultado de ese dualismo que compartimos. Lo único que Platón no supo explicar fue como hacer la distinción entre lo ideal y lo sensible ante la manera que él tiene de romperme por igual los miedos y los labios a mordidas.
* I
Año 1 d.C. (Después de tí, Cariño)
8 de abril del 2014. 363 días con 5 horas y 12 minutos después del abrazo de despedida que me perforó los pulmones y me dejó impávida sintiendo como se me escapaba la vida al compás de Wonderwall acompañando tu salida. Están las personas que dejan huella y luego estás tú, que dejas el socavón del impacto de un meteorito. Confieso que tras aquel día fui la canción desesperada de Neruda, el grito de Münch y lloré tres océanos Atlánticos. Perdí mi cabello largo y Me vi forzada a exiliarme a una ciudad más grande, una que no estuviera llena de rincones que fueron testigos de besos con cafeína, tardes de motel y noches envueltas en poesía; una ciudad donde hubiera tanta gente que fuera improbable ver tu rostro entre la multitud, con edificios de estructuras a prueba de sismos, para poder aprender como reconstruir la mía. Bukoswki tenía razón, uno empieza a perdonar a los lugares una vez que los ha dejado atrás. Ahora puedo volver sin miedo. Lo peor ha pasado ya. Lo único que se torna intolerable es escuchar los versos de Sabines o leer los plumazos filosos de Benedetti, ambas cosas resultan como quebrar un foco con mis propias manos, el vidrio y la sangre se hunden en agujeros en el tiempo, de esos que ni cosiendo se curan. A veces camino por una cuerda floja y ya no siento vértigo. Como cuando mis dedos se enredan entre las manos de otro y solo encuentro vacío donde antes hubo mariposas o como cuando me sumerjo en otro cuerpo y una vez consumado el fuego me doy cuenta de que me faltan esas caricias en el país de las maravillas y tantas otras cosas que olvidé sobre el tuyo. No tienes idea de las veces que he intentado ahogar tus memorias en otras bocas pero las muy putas saben aguantar la respiración. Es entonces cuando dejo de resistirme ante lo evidente y la realidad se torna clara: La gente dice que es posible morir por amor, pero si algo me ha enseñado esta odisea es que de amor verdadero no se ha muerto nadie. Se muere de ausencia continua, de vacío impostergable, de eternidad interrumpida. Existe gente que jamás tendrá la fortuna de conocerlo Y sin embargo yo estoy viva y mi pluma puede contarle al mundo como testigo de primera mano que amor es esa especie de condena que te reforma de cualquier mal que le hayas hecho al mundo. Es amanecer a cada instante, encontrar la verdad debajo de las sábanas y tu casa entre unos brazos; amor es que tiemble la Tierra y aun así sentirte en el sitio más seguro. Amor es trascender más allá de la efímera condición humana cuyos caprichos unen senderos y luego los separan. Infinito, le llaman, como ese firmamento que alberga estrellas para honrar epopeyas como la nuestra. Y cada que miro esa estrella, la esperanza me susurra que todavía velas mis sueños en la madrugada, aunque ya no sea bajo mi ventana. * I
¿Cuánto dura una pena?
¿Cuánto tiempo dura una pena?
¿7 días, 7 meses o 7 años?
¿Hasta cuándo puede andar uno por la vida con el pecho reventado
esquivando recuerdos punzantes que se te clavan en el miocardio?
Que venga el que dijo que el tiempo lo cura todo para preguntarle
¿A los cuántos inviernos deja el viento de tejer el silencio de un nombre sordo
y el sol al ponerse se llevará al fin consigo la ausencia que
noche tras noche, te devora las entrañas?
¿Cuántas lágrimas se pueden verter sin que el océano del alma termine seco
y la cruda aridez termine por quebrarte el cuerpo?
Que venga el que dijo que el tiempo es la mejor medicina para preguntarle
Si aún me da esperanzas o ¿es que la eutanasia es el único remedio eficaz
para aniquilar la nostalgia?
* I
"Pecado Original"
Porque Eva lo supo antes que Newton, la manzana cae y también hace caer. El verano me convirtió en el fruto rojo que la gravedad arroja irremediablemente al abismo que separa mi boca de su piel. Y no existe plegaria que me salve del fuego que se enciende cuando el límite de su cuerpo se funde con el mío. Tan seductor es el lado oscuro, pues no importa cuántas veces sucumba a la tentación de beber el néctar de sus ojos color miel, al contrario de lo que sucede con el amor, el pecado me brinda la certeza de que no me voy a romper.
* I
"Escribo para matarnos"
Porque un tiro en la frente
me devanará los sesos, más no las memorias.
Escribo para matarnos
porque no basta con arrasar cada lugar
que atestiguó nuestro amor y quedarme sin ciudad,
si una parte tuya decidió hacer de mi interior,
su hogar.
Escribo para matarnos
Porque por más labios que me besen
Tu lugar en mi boca ha quedado intacto.
Porque ya he sido fuego en otros brazos
y los vestigios de tu amor sobre mi piel.
no se han reducido a cenizas.
Y es que escribo para matarnos,
Porque no puedo mandar triturar cada libro, cada verso, ni cada palabra que hicimos nuestra.
Ni detener mi marcha para dejar de tropezar
con pedacitos de nuestros sueños que quedaron regados por aquí y por allá.
Escribo para matarnos
porque ir a arrancar de tus manos la parte de mi alma con la que te quedaste
implicaría tener que volver a buscarte.
Y la sequía no está como para andar desperdiciando lágrimas.
La escritura viene siendo entonces mi única salida
que se derramen pues los ríos de tinta
Y que tras el combate encarnizado
entre sentimientos, demonios y recuerdos
es mi único deseo
que mi alma venga a encontrar
esa anhelada paz.
* I
"Lo más difícil de morir por amor es tener que vivir para asumirlo" * I
Te daría café con Borges, un cigarro y Cortázar. Te daría Lorca envuelto en rosas y a Sabines, en cálidas hojas. Tú eliges amor, tú eliges.
Missael P. Montaño (via fuckoffd)
Segundo Veinticinco, 9:13 p.m.
Si tuviera que arriesgar una definición de nosotros, diría que somos dos fragmentos cuyo estado natural es la integridad, pero me preparo de todas formas para romperme en mil trocitos si te vuelves a alejar. Somos obra de Picasso, audífonos en el bolsillo, soluto y solvente ¿Sabes que cuando pones tu cabeza sobre mi pecho, provocas que toda la piel se me ponga chinita? Cierra los ojos, y recórreme entera con tus manos al tiempo que me lees en braille. ¿Sabes que la mantequilla es inútil sola y no provoca apetito? Mejor quédate para seguir inventando juntos el sexo tanrico. Otro segundo de estos y bajo las mismas circunstancias, recordé la dificultad de verte completo estando tan cerquita; pero puedo asegurarte que esta vez me tienes entera. Mis manos son ahora los ojos de la cercanía, si bien nunca está de más que mi pupila se enrede en tus pestañas juntas mientras sueñas.
Inhalar lo que exhalas es saber de tí una reciprocidad chiquita, es un poema y una canción que escucho mientras ensayo cómo decirte que lo que se regala ya no se regresa, para que en cada beso ya dejes de devolverme mi boca. Despacio quiero acercarme a tu cara incendiada para redibujarla con mi dedo, quedito, porque lo que menos quiero es interrumpir tu perfección quieta y que descubras cómo frunzo el ceño al no dejar de preocuparme por los pocos segundos que tiene una vida para tantos matices de tus ojos.
El crujido de mis párpados se riega por la oscuridad de la noche mientras conduces hacia mi casa; voy a ahogarte entre mis ojos para cerrarlos y que amanezcas conmigo, como si fuera eterno el segundo veinticinco.
* I
Guía para sobrevivir a un amor perdido
Así es cómo sucederá: él volverá a aparecer en tu vida
con su elegante silueta en el umbral de tu puerta
Te tomará en sus brazos y su boca desembocará en la tuya
llena de ímpetu,
luego enjugará tus lágrimas y te revivirá con palabras.
No se te ocurra pensar ni por un segundo que te extraña
o que llegó para reescribir la historia, que aún te ama.
Como él mismo te lo dirá, su único interés era asegurarse de que te encontraras bien.
Una tormenta comenzará a vertirse a través de tus ojos
No seas grosera, aprieta los párpados,
agradece que él sea contigo tan considerado.
No le mortifiques, no intentes contarle que durante su ausencia no fuiste más que un muerto andante.
Cuando vuelva a llamarte, ignora la soga estrujando en un nudo tu garganta
y acepta fácilmente la invitación de volver a verse.
Ten en mente que no se trata de algo especial, es sólo un café. Cualquiera necesita por la tarde de un “tentempie”.
No pienses que eres la causa de ese brillo en su mirada
ni la razón por la que decidió usar esa loción.
Este no será más que el principio de una serie de encuentros.
Sé cauta, no creas que sus besos dulces contienen un significado Confórmate con ser el lugar donde él está practicando.
Algunas veces te llamará con la deliciosa sorpresa de una nueva anécdota.
No te emociones, no significa nada
Sólo necesitaba que alguien lo escuchara.
Habrá días en que querrás desesperadamente llamarlo,
recitarle el poema entero que le guardas por dentro,
decirle que no sabes qué son, pero que siguen latiendo,
que tu cuerpo es un lenguaje que sólo él pronuncia perfecto
y que piensas amarle hasta el final de los tiempos.
Sé fuerte, guarda el teléfono, él no quiere ser el primer número en tu teclado.
Ocasionalmente aparecerás en sus conversaciones
Se regodeará de su gran amistad y de lo mucho que te aprecia
Esboza una sonrisa, como si estuvieran hablando simplemente del clima.
A fin de cuentas lo único que los une son los años y los daños, las risas, las conversaciones sui generis, sus secretos, los más excepcionales momentos
y ese monstruo catártico al que llaman corazón.
Ni se te ocurra que eso te da derecho a que te dedique sus sentimientos.
Ya te lo ha dicho más que claro, te aprecia
como se aprecia una corbata o la buena ortografía.
Cuando hagan el amor, ten mucho cuidado de no dejar escapar un “te amo”
muérdete los labios para no gritarlo, hasta que sangren si es necesario. No le dejes bucear en tu mirada o descubrirá que aún lo encuentras hermoso,
que su calor te hace sentir que podrías vencer cualquier obstáculo. Entonces te dirá que no está listo para entregarse a nadie.
Respira, no tiembles. Respóndele amablemente que lo comprendes. Pretende que no recuerdas que acaba de recitar una frase clave,
que la última vez que la recitó en realidad quiso decir que buscaba un refugio nuevo,
una mujer con muebles reacomodados y sabor a pintura fresca. Prepárate para la debacle,
no falta mucho para que tu corazón vuelva a romperse.
No pierdas tu tiempo, él jamás se dará cuenta que eres lo que había estado buscando.
Serás tú quien se dará cuenta que algo dentro de él ha cambiado
Ya no es esa maravilla literaria, ahora se ha vuelto más mundano.
No juzgues sus miedos, quizá deberías imitarlo,
Piensa mucho, siente poco.
Entonces sabrás que cómo él, has madurado.
* I
"Un trozo de mundo entre mis manos"
Enero 4 del 2013
New York City
Son apenas las 10 de la noche, pero aquí el cielo se tornó oscuro desde hace las 5, engalanando a la ciudad con el mágico hálito que la caracteriza, como un resplandeciente vestido de lentejuelas que se refleja en los vidrios del pequeño Café -en la esquina de Park Avenue con la 42 St- donde estoy sentada refugiándome del envolvente frío mientras escribo. Una melodía de jazz complementa este cuadro tan clásico que llega a resultar incluso cómico.
Pero más cómico quizá sea la forma en la que este lugar transforma hasta la acción más estúpidamente cotidiana en un fragmento extraído de una novela de Truman Capote o una escena de alguna película barajeada a través de las épocas. Es ahí donde radica el secreto de lo que vuelve a Nueva York tan seductora. Con su arquitectura colosal y sus rascacielos franqueando un Imperio del siglo XXI que roban el aliento; sus barrios de mosaicos étnicos que concentran en una isla a la población del mundo entero; con el convite de paisajes que ofrece Central Park, tan deliciosos que uno desearía tatuarlos para la posteridad en sus pupilas; con sus noches eléctricas llenas de música y colores que te hacen no querer despertar nunca de aquél sueño ; con el estremecimiento de los rieles del metro como el susurro de quienes alguna vez llegaron ahí en busca de un futuro o un pasado, el cansancio del que trabaja, la pobreza anquilosada sobre las baldosas de la estación, como cruce de los vientos que mezclan realidad con ensueño.
No queda duda alguna de por qué tantos artistas han venido a encontrar la inspiración entre estas calles, desde Fitzgerald hasta Warhol, inmortalizando su obra en el aire que se respira. Y yo lo saboreo y me deleito, y quiero absorber en cada poro de mi piel un pedazo de este sueño porque no quiero olvidar nunca la sensación que me provoca. Y sé que cuando vuelva a casa, será tiempo de despertar y volver a trabajar para conseguir mis anhelos; por fuera seré la misma, pero por dentro una parte de mí habrá cambiado: volveré a saber cómo apreciar las cosas más pequeñas, llevaré un “si puedo” incrustado firmemente en mi pecho y un trozo del mundo entre mis manos.
* I
Detrás de todo este espectáculo de palabras, tiembla indeciblemente la esperanza de que me leas, de que no haya muerto del todo en tu memoria…
(Julio Cortázar)
Yo esquivaba balas por ti, pero fuiste tú quien me disparó.
* I
"No morirme por ti, sino contigo".
R.Ch.T "Perdóname en Silencio" -fragmento-
"Rojo"
Conozco bien el color del otoño
ese dorado que se torna más intenso
en el instante previo
a perderlo todo.
Amarlo fue color rojo,
como un puñado de cerezas,
más apasionado
que cualquier pecado.
Perderlo fue color caos,
más negro que el negro
de la rosa
cuando ha muerto.
Extrañarlo fue color tristeza,
más azul que el azul
descrito en la literatura.
Olvidarlo fue como intentar arrancar la pintura
impregnada en un lienzo que ya ha secado.
Pero amarlo fue color rojo,
brillante ardiente rojo.
Tocarlo con los dedos fue color verano
más verde que el verde que produce
palpar el más bello océano.
Besarlo fue color poema
más blanco que el blanco
del más puro lexema.
Pelear con él fue color amargo,
más gris que el gris
de la respuesta errada
en un crucigrama.
Dejarlo ir fue color infausto,
más bistre que el bistre
de cambiar de idea
cuando uno va ya
en caída libre.
Mi arrepentimiento fue color púrpura,
más púrpura que el púrpura
del deseo de no haber conocido
lo que era amor verdadero nunca,
pues lo he perdido.
Pero amarlo fue color rojo
valiente intenso rojo.
Recordarlo es color destello,
como flashbacks con eco
Y me repito que ha llegado el tiempo
de dejarlo ir con el viento,
pero en mi cabeza
lo sigo viendo todo color rojo.
Brillante ardiente valiente intenso indeleble rojo
Ardiente valiente intenso indeleble rojo
Valiente intenso indeleble rojo
Intenso indeleble rojo
Rojo
* I