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Leí que uno no está totalmente despierto por dentro si no escribe. Y entonces entendí porqué hace tiempo que no lo hago: por matarme un poco. O iba a empezar a rebosar flores por la boca. Pero hoy me han dicho que paso por la vida como si fuese Liesel Meminger. He hervido por dentro. Y he tenido que dejarme derramar por todo el suelo. Ojalá tú no hayas olvidado lo que soy capaz de ser.
Pues eso, que ya lo sabemos.
Y ya sabemos lo que hace la música con el corazón.
Una vez al mes haremos un día de piratas: investigar artistas en directo que guardaremos como tesoros. Vino sin copas, luces amarillas, tiburones en las nalgas.
Para seguir creciendo. Para no permitir que nuestras vísceras se atrofien hace falta que la sangre bombee fuerte,
y ya sabemos lo que hace la música con el corazón.
Y Shimmy, shimmy, ko-ko-bop. O Beirut.
Conozco a más muertos de pena con las papeleras llenas de cartas, que a heridos pasando página. Eso es un error.
Amar con memoria de elefante.
El mundo se pone a girar, a dar volteretas, se mete los dedos hasta los epicentros, se revuelve en su eje y se invierte de polo a polo. El mundo nos pone en direcciones opuestas para que nos encontremos de cara al darle la vuelta.
Ya lo supe cuando me conocí: la magia que yo comprendo está en la calle. Está en un tejado con vistas a una gran ciudad, en un barrio viejo, en el personaje de medianoche que puede darte miedo o la vida, o en cualquier imitación a América la del centro o la de más abajo.
El tiempo, sustantivo incontable, está después de lo que estoy pisando. El tiempo está después del impulso que tuvimos por ser felices. El tiempo se cree consecuencia. Y… ¡ay! podemos mirarlo con compasión y recordar los besos en la puerta del tren con la ciudad girando dentro de nuestro pelo y los maquinistas aplaudiendo.
Cuando tú agitabas la mano y yo sonreía hacia la izquierda todos se comían las uñas. Pobres, jamás tendrán el tiempo que duramos.
Y ahora, nuestras ciudades han decidido cambiar de estación para concedernos el placer de volver a aprenderlas y hacernos rejuvenecer buscando en el nuevo otoño todo lo que no tuvimos el anterior.
Qué bien que nos creímos tan creyentes el tiempo que está después.
Enamórate de quien haga florecer tus colores.
Hay personas que
además de ser canciones
son salvavidas.
Y que,
aún libres,
deciden quedarse.
Ven, bestia, ven.
Quítate los zapatos al entrar, que no te oiga bailarme y me sorprendas girándome en el ombligo. Después grítame en la cara que no podía ser de otra forma, que prefieres el miedo y la tormenta a la vida muerta. Yo te protegeré de tus golpes y te acercaré por la cintura con cuidado mientras nos va floreciendo la cara. Verás cómo los pájaros se nos quedan a vivir.
Tú aún no lo sabes, pero tengo una constelación en la barriga y mi piel diseñada para vestirte.
Y tú, fugaz. Estréllate.
Pídete un deseo. Con fe. Pídelo con las alas apretadas. Y venga, va, ahora empieza a girar.
Gira, gira, sonríe y gira. Mírate los colores, las luces, los miedos salpicándose por la casa decorando las paredes. Bailemos la danza de la lluvia delante de nuestra sed. Míralos a todos con pánico al futuro y al cambio de estación, y míranos sintiendo de entretiempo con los pies fríos y el corazón caliente.
No vamos a quedarnos a medias,
vamos a multiplicar la mitad.
He hecho un pacto con la luz: jamás iremos más rápido que tú.
Ave Fénix.
Benjamin Francis Leftwich – Atlas Hands
William Fitzsimmons – Beautiful Girl