edithxxteufel:
La ciudadela parecía un hervidero. Varios focos de fuego se habían unido, provocando incendios en algunas zonas. No solo los soldados corrían por las calles, también había cundido el pánico entre los ciudadanos que trataban de huir, pero los guerreros samarkandeses sabían quién era el verdadero enemigo, por lo que respetarían sus vidas y solo tendrían por objetivo a los soldados y solo porque era estrictamente necesario, ya que la verdadera meta era obtener la cabeza del rey.
Wanda continuaba luchando. Le asestó una patada a su contrincante para impulsarse hacia atrás y giró sobre sus talones para que su espada trazara un giro mortal que alcanzó al siguiente enemigo que se le acercaba a plena carrera por la izquierda. De un fuerte tirón, la sacó del cuerpo de aquel moribundo y acudió a por el anterior, que aún le aguantó con fiereza algunos ataques. Tras esquivar su ofensiva deslizándose hacia un lado, ella tomó nuevamente la iniciativa, blandiendo con firmeza su arma para llevar a cabo una finta. Como esperaba, el contrario creyó que atacaba y se deslizó de nuevo hacia un lado para esquivar el filo, por lo que ella saltó en el aire y con un nuevo giro su espada acabó por encontrar el cuello antes de que llegara a herirla, queriendo aprovechar aquellas milésimas en las que había quedado su cuerpo expuesto . No llegó a decapitarle, pero la hoja se hundió profundamente, hiriéndole de muerte.
La guerrera dejó escapar un resoplo, cansada por el esfuerzo, pero justo en ese momento escuchó otro grito a algunos metros de ella. “¿Derka?” miró a su alrededor con nerviosismo “¡Derka!” la llamó. Como jefa de guerra, Wanda no solo actuaba como la mano ejecutora de su comandante, sino que en ella también recaía la responsabilidad y formación de las siguientes generaciones de guerreros y Derka era una de las últimas pupilas asignadas a su cargo. Sus ojos la encontraron tendida en el suelo luchando por respirar. Un hilo de sangre caía por una de sus comisuras y sus ojos parecían los de un animal asustado. Envainó su espada y corrió hacia ella, agachándose a su lado. “Tranquila, aquí estoy, no voy a permitir que te pase nada” quiso tranquilizarla, pero lo cierto era que lucía bastante grabe. La bárbara apretó los dientes, resistiéndose a la idea de dejarla morir, por lo que decidió que la llevaría de vuelta al campamento, del que no había debido salir. No entendía cómo lo había hecho, pero no había marcha atrás, la cargó en su espalda y corrió hacia la puerta, ordenando a los suyos que continuaran. Fuera de la muralla, la avisaron de que habían visto a un jinete cabalgando en dirección al campamento y aquello la enfureció. Mandó a un pequeño grupo a que exploraran alrededor de la muralla para que descubrieran la puerta dónde se encontraba la otra salida y que atacaran si era preciso y tras esto, continuó su camino al campamento. Procuraba hablarle a la joven Derka todo lo posible para mantenerla consciente. Sabía que estaba perdiendo sangre pero lucharía por su vida todo cuanto pudiese.
Finalmente encontró el campamento de guerra que habían preparado días antes y acudió directamente a la carpa donde se encontraban los curanderos. Pidió que hicieran cuanto fuese posible por salvar su vida y marchó a la carrera hacia la carpa principal donde se encontraba su comandante. Reconoció a muchos de los suyos en la puerta y también dentro, rodeando a una mujer de ropajes extraños. Bueno, no eran tan extraños, en realidad le recordaba a como vestían los personajes de algunas historias que le contaba su madre cuando era pequeña. Clavó los ojos en ella como si se tratasen de alfileres y no retiró su escrutinio hasta postrarse delante de su superior.
“Katxa” la nombró, inclinando la cabeza con respeto “¿Podría saber qué es lo que está ocurriendo aquí?”. La comandante ofreció como respuesta una pequeña risa, como si riera un chiste privado. “Dice que viene en son de paz y que es la reina Nereida, supongo que es la descendiente de el malhechor que nos arrastró a esta vida” le explicó con desaire y Wanda apretó los puños “¡Miserable! ¿Cómo se atreve a venir aquí?” exclamó, encarando a la desconocida, le daba igual que fuese la reina, para ella no era nadie. Dio algunos pasos hacia ella para intimidarla, pero Katxa le pidió que se retirara, así que no tuvo otra que hacerlo. “¡Pues que hable de una vez!” protestó.
No podía parar de pensar en lo que estaba ocurriendo en el campo de batalla, cuanto más lo pensaba, más se enfurecía y más quería decapitar a su padre, pero no, no debía. Ella debía ser distinta al resto de sus predecesores, enorgullecerse de sus actos, hacer todo con suma inteligencia y empatía, siempre teniendo presentes a sus ciudadanos y reinos vecinos con los que debía convivir y esperaba hacerlo en paz. Cada vez su alrededor se llenaba más de gente curiosa por saber quién era, mientras continuaba con la vista al frente y las manos entrelazadas delante de ella, recta, digna de una reina bajo el punto de vista de sus educadores, por lo que algo se le pasó por la cabeza, ¿tal vez esa postura, a sus ahora enemigos, le pareciera una tontería? No lo sabía, no sabía nada de esas gentes, de su cultura, ni de su educación, si es que la tenían, pensó Nereida, a lo que sacudió la cabeza, no quería pensamientos prejuiciosos antes de conocer algo de ellos. Las palabras de su padre hacían mella en ella, toda la vida escuchando verborrea acerca de otras culturas, otros reinos que no se parecían a lo que ellos conocían, eso quería erradicarlo, demostrar que realmente todos podían convivir en paz, olvidar todo lo malo y dar paso a nuevas generaciones con mejor talante que los anteriores. Un silencio sepulcral se estableció en aquella carpa, sabía que alguien importante se acercaba por la actitud de los presentes y así era. No dejó de mirar a aquella mujer, sin siquiera disimulo, le daba igual. Se mantuvo callada, pese a escuchar todo lo que decían, pese a que esa joven se le acercara intimidante, más de lo que tuvo que pasar con su padre ya no le asustaba nada. La mirada estaba fija en los ojos de la contraria, su pelo, su rostro, vestimenta... Estudiaba cada centímetro de ella, intentando averiguar qué ocurría, a parte de lo evidente por las manchas de sangre y barro. “Mi nombre es Nereida.” Hizo una pausa para ver qué reacción tenían los presentes al descifrar su nombre frente a ella. Tras eso, retomó. “Quiero firmar un tratado de paz para nuestros reinos. No quiero seguir con esta guerra absurda, lejos de una paz que debería haberse impuesto hace tiempo y que nadie quiso comenzar. Me hallo aquí para ese propósito, sin más muertes. ¿Aceptáis?” Anduvo unos pasos hacia ella para acortar distancias, para no sentir aquello tan frío, que razón no le sobraba al momento para sentirse de tal forma. Volvió a haber silencio por su parte, tal vez la cabeza de la contraria estaría dando vueltas a todo aquel asunto, nadie en mucho tiempo se había decido a hacer aquello, o tal vez, simplemente, la mandarían ejecutar, pues estaba ella sola y no había quien la socorriera.














