Sus ojos miel, ahora apagados e inundados de lágrimas, estaban clavados en el suelo, ya que no podía levantar su mirada del mismo por vergüenza; estaba avergonzado de haberlo abandonado, estaba avergonzado de pensar que podía tener una segunda oportunidad y se odiaba por ello. Su mente era traviesa y siempre le jugaba las peores pasadas, haciéndole creer cosas que cualquier persona racional sabía que no pasarían. Y ésta era una de ellas, porque, ¿cómo iba a Aaron a perdonarlo? Él lo había dejado, yendose lejos por una decisión que si bien su madre había impuesto, él no se había tomado ni un segundo para pelear por lo que realmente deseaba, que era quedarse junto a su rubio favorito, junto a su rayo de sol. Pero es que el miedo lo había aprisionado, dejándolo desorientado, sin saber qué hacer o cómo empezar a hacerse oír, ya que aquel demonio disfrazado de inseguridad y temor a ser juzgado, estaba presente en su vida más que nunca antes. Un sollozo roto escapó de sus labios al oír su pedido, y rápidamente cubrió su rostro con sus manos, llorando en las mismas, sin querer dar pena ni mucho menos: no quería que lo viese llorar por un error que él mismo había cometido. Un error que Joshua podía haber evitado, pero simplemente fue demasiado cobarde como para hacerlo. Sus sentidos se paralizaron cuando los brazos del rubio lo cubrieron, haciéndolo sentir en casa. Aquel calor que emanaba era singular y Josh estaba consciente de que no podría reemplazarlo, ni encontrar uno igual jamás. Correspondió el gesto con mucha más fuerza, sintiéndose derrumbar. Su pecho subía y bajaba irregularmente, ya que le costaba respirar con normalidad a causa de las lágrimas que no dejaban de caer y colarse por entre sus labios─. Lo siento. Lo siento. Lo siento ─sollozó una vez más, mientras intentaba calmarse, tomando una gran bocanada de aire, aunque sin despegarse del ojiazul.
Su corazón y su cuerpo habían cedido mucho antes de que su mente lo hiciera. No podía dejarlo ahora. De hecho, no iba a hacerlo. Fue en el momento en el que sintió a Josh entre sus brazos una vez más, cuando se dio cuenta que había soportado demasiado al estar lejos del rubio, y que no lo haría más. Lo quería de regreso, y lo iba a recuperar. No le interesaba si ya no había lugar para él en la vida del chico con aquellos hermosos ojos avellanados. Lo que le interesaba era que él lo amaba como a nadie más y que no lo dejaría ir de nuevo, porque no era justo, porque no era sano, porque ambos merecían más, ambos necesitaban una segunda oportunidad. Su cuerpo se estremecía con cada nuevo sollozo, suyo como de su acompañante, y Aaron se encontró a sí mismo hecho un mar de lágrimas, mientras intentaba consolar a su amado sin mucho éxito. Suspirando, solamente hundió el rostro en su cuello, y lo aferró con fuerzas a su cuerpo, antes de que el aroma del chico lo embriagara haciéndolo sentirse plenamente perdido. —Te amo, Josh, te amo...y no me interesa lo que pasó, no me interesa por qué pasó. Te perdono. ¿Me estás escuchando?—. Le instó al tomarle de las mejillas. —Te perdono, pero por favor no me dejes de nuevo que no sé vivir sin ti—.













