Being Human
Estoy sentado al lado de una pareja. El tipo es un im be ci lí sí sí sí mo. Ella no sólo no lo nota, sino que permanece a su lado, escuchando su presuntuoso discurso arrogante; toda una sarta de pedantería y porquería, sale de su boca.
Ahora me espejeo en él. En ella.
La estupidez, el sinsentido, entran por cada poro de mi piel.
Comienzo a sudar.
Sudo... de forma profusa.
Siento pena de mí, de ellos, del mundo, de sus absurdos discursos. De sus formas.
Respiro.
Vuelvo a ser yo, ajeno al tiempo, al espacio, a las circunstancias.
Soy la tormenta qué cae.
La suave brisa.
El aire qué golpea.
La luz dorada, menguante, de una lámpara al fondo.
El sonido de unos zapatos al pisar un gigantesco charco de agua de lluvia.
El inclemente sonido del tick y el tack de un reloj de pulso que percibo lejano
pero hiriente.
Risas. Charlas. Discursos.
Música...
El inminente espéculo del sol, en el crepúsculo, al atardecer.
Me escurro como las gotas del sudor. Del mar. Como las gotas de lluvia que resbalan por un empañado cristal, un pasamanos.
Leche... Blanca. Espesa. Resbalando. Escurriendo.
Me espejeo nuevamente en los discursos de los otros.
Ajeno al tiempo.
Soy viento -el vago aliento; hilo de humo de un café cualquiera-.
Anochece.
Sudo, tiemblo. Me confieso endeble, frágil, enfermo -igual que todos los demás-.
Ahora mi pasado se reduce a un recuerdo. Un recuerdo que día con día va nublandóse, distorsionando o cambiando. Es como si todo lo que estuviera atrás, hubiera muerto y se hubiera transformado a tal grado, de que ahora parece haber sido sólo sueño. Como un eco. El eco, tal vez, tejido en el recuerdo de otra vida, en otro tiempo, en otro espacio y en otro momento.
Uno en el que alguna vez fui un pájaro. Fui un avión. Fui un tren en movimiento. Una carreta. Una estrella. La menguante luz de un rojo atardecer en el que añoro volver a casa, mi hogar.
Nada de lo ahora aquí presente es real, ni siquiera yo. Soy la construcción de ese eco residual, distorsionado, qué alguna vez se sintió amado por unos padres, antaño, cando tenía apenas 3 o 4 años. Y todo era perfecto en modo alguno. Y todo era feliz.
Las estrellas bailan por las noches. Mis padres se toman por los brazos y comienzan a danzar al ritmo de aquella aguja, en aquel acetato rayado en la alteración del tiempo. El espacio.
La música yendo y viniendo, regresa al mismo lugar. Atrapado en ese bucle mental, todo vuelve a ser gris. Y estoy aquí, sentado. Contemplando esas fotografías de alguien qué, al igual que yo, alguna vez existió. Y ahora el gris de esas viejas hojas, vuelven a tomar color. Y no sé si sigo soñando, tampoco sé si aquella realidad de mis recuerdos, fue en algún momento auténtica.
Lo que sé de cierto es que ahora soy, unicamente, los cristales de ese fino polvo qué entra en el cuerpo, en los ojos, que cala, y que poco a poco, me conducen inevitablemente a mi muerte.
Hoy termina la semana, aunque para algunos apenas comienza. Ha sido una semana difícil, he descubierto una gran oscuridad que habita dentro de mí. Es una electrizante fuerza, como un vórtice, o un agujero negro, con una gran densidad y cierta tendencia hacia la autodestrucción.
Emerge en momentos de angustia, ansiedad y termina en profundo sentimiento de abandono y desesperanza. Es contradictorio, porque ese abandono se extrapola con el ferviente deseo de permanecer aquí, encarnado.
El peso de su magnetismo me lo ha recordado, mis más oscuros días, cuando en el descenso hacía el propio abismo interno, sentí por vez primera la muerte, respirando cerca de mi oído y susurrando a distintas voces, la aniquilación de mi propia carne.
Sus palabras producían tal estremecimiento y la fuerza con que reclamaba mi alma, me guiaba por la senda del delirio y la aparente locura.
Algunas corrientes espirituales afirman, que para vivir eternamente hay que morir una y otra vez. Así que pienso que sólo quien ha podido adentrarse en los rincones más oscuros de su alma, ha conocido el miedo, ese miedo irracional que se torna más allá de la mente y de la carne y que se percibe como una muerte lenta, profunda y dolorosa.
La angustia de no poder dormir, atrapado en el delirio, la perturbación de su propia alma y de los demonios de todas sus posibles encarnaciones pasadas, lo habitan, como el fantasma de un eco.
Es el hábito de la existencia, reducido a un único momento, el aquí, el ahora, eterno presente. Una única sentencia qué cobra aspecto y dimensión, prevalece a través de los tejidos del tiempo, de la carne y del espejo del espacio, mientras existo.
Me cobijo. Soy alguien. Un reloj en descomposición me abriga.
Cuando era niño íbamos a este sitio a volar cometas y a jugar fútbol. Había muchos terrenos similares por toda esa zona. Se podía ver el estadio Jalisco libremente y como una nave espacial que esta en medio de su proceso de despegue. Es peligroso ir a jugar allá, pensaba mi madre. Y cuando eres niño una llanura parece tan amplia y vasta que parece no tener final. Ahora solo hay obras y construcciones por doquier. Y un gigante al fondo que está por nacer. El dolor de ver aprisionada la libertad que tuvimos cuando eramos niños no debe significar nada para ellos, los que obstruyen las vías de un progreso real y construyen caminos y casas en el corazón de la nada y se apoderan de los arboles, el aire, y en general de los seres vivos (hasta tienen mascotas) . Me duele no poder más mirar al horizonte y ver el cielo sin cables ni torres ni espectaculares. Y tener que vadear entre el absurdo mar de la humanidad y de sus máquinas que sin darse cuenta los absorben y los controlan. Pero sobre todo, duele la ignorancia que se usa como moneda de cambio y, en la mayoría de los casos, para exterminar la autenticidad y la belleza de este mundo, que es perfecto por sí mismo y sin el hombre, inagotable fuente de vida y de evolución.
La certeza de la incertidumbre nos despeja frente al abismo de la realidad, que nos es imposible controlar. El reconocimiento de dicha incertidumbre como un principio de verdad es pues un ancla y al mismo tiempo un propulsor; nos impulsa en la medida que surgeamos en las bastas aguas de lo incomprensible y nos ancla a esa unica verdad posible. Somos insignificantes ante lo inconmensurable; estamos completamente desnudos.
"Un chimpancé coge un plátano, ignorando una sandia abierta.
No existes para vivir. Sólo existes para cumplir esa función, esa responsabilidad que nadie te ha asignado y, que sin embargo, tienes ya encima de tus hombros. No, no quieras esa responsabilidad. Piensa. No evolucionas por llevar ropa. No dejas de oler mal por conducir un coche caro. No dejas de ser una mierda por tener un cuerpo perfecto. Acepta que eres el residuo más tóxico de la ambición del hombre y piensa. Piensa. Piensa. Como destruir para crear. Como infectar al mundo con la marginalidad que él mismo crea. No reivindiques tu sitio en esta sociedad y destrúyela, a ella y a ti mismo.
El chimpancé está en una jaula. Bonita libertad" Chuck P.
En ese ir y venir por la escala de los olores me perdía, era incapaz de discernir ya en qué dirección debía seguir mi recuerdo, sólo sabía que en un punto de la gama se abría un vacío, un pliegue oculto donde anidaba el perfume que era para mí toda una mujer. Calvino I.
Incluso cuando estamos dormidos y se está llevando a cabo un sueño que no es de nuestro agrado o se torna en pesadilla, tenemos la elección de despertar y corregir su rumbo.
He tenido que dejar morir una parte de mí. Cada día que transcurre éste extraño mar de incertidumbre; el mundo, los lugares que suelo amar o solía amar, recordar o reconocer. Las personas. He recordado, por ejemplo, a mi madre. Lo injusto que fue la vida con ella y el mal hijo que fui. La extraño tanto que su ausencia cala tanto en mí que duele, y duele, que termino por sentir que no puedo respirar. Incluso más allá de esta enfermedad; ha sido el infierno de no poder tocar, de no poder sentir, de no poder empezar o, comenzar a olvidar.
Una parte se conforma de olvidarme de quién solía ser yo. La otra, de las personas que quiero o que he querido a lo largo de mi vida, que me han roto el corazón o me han abandonado.
Mi padre murió cuando yo era aún muy joven. Siempre me consideré fuerte y superior, creí que podía con eso y con muchas cosas más, pero me he dado cuenta de que siempre estuve enojado con él por haberme abandonado cuando más lo necesitaba. Los recuerdos emergen como los restos de los cuerpos ya sin vida de un naufragio, por cada dolor de esta llamada enfermedad, mientras ardo y me consumo lentamente y profundizo en el desvarío de esta incertidumbre cotidiana. De si estoy bien o estoy mal.
Sueño con un lugar en el que soy libre. En el que puedo explorar aquél sueño que antaño consideraba posible, real. En él, los recuerdos son siempre los de un tiempo presente; mamá acaba de irse y mi padre está presente en el orden del caos y de las cosas. En los cuadros en casa, en el acomodo de los muebles e, incluso, en los lugares que me resultan extraordinariamente diferentes a la realidad que en un momento consideré como ordinaria. Este extrañar se compone de mí consumir diario.
Pienso que a una parte de mí le conviene morir, está muriendo y que la otra, ha de renacer de estas cenizas. Y que entonces, este mal cobra un propósito, un sentido y una enorme responsabilidad: ardo desde las cenizas del infierno, ardo desde mi agonía. Desde el abandono de mis padres, de mis hermanos. Desde mi propio abandono. Quién no soy. Quien nunca fui. Quien nunca pretendí ser. Me consumo en los relojes de este tiempo sin tiempo. En el sinsentido y sin forma. Alimento este mundo con la discordante melodía de mi pensamiento, la danza, la desazón de la irrealidad ahora intransigente y cotidiana; la incertidumbre y el caos son más que mi dolor; fieles compañeros convincentes, como el Ángel de la guarda, de mis noches, mis días, no me desamparan.
Alimento la codicia de la inexperiencia con la desazón de la incertidumbre en busca de respuestas. En busca de sentido. Ahondo. Ahondo. Contengo el aire. Lo retengo. Profundizo. Respiro. Ahondo en la profundidad que no abarca todas las explicaciones. Soy una espiral en onda decreciente. La fiebre, el dolor, la incertidumbre, curten esta piel de algún modo ininteligible, de forma irresistible.
Cortejo los tugurios del mundo en mi mente, en mi dolor. Soy el viento que choca contra los muros, las paredes de esta casa. La áspera, prolongada respiración de un eco en duelo. La danza fúnebre, funesta, de la noche sin luna ni esperanza. Soy nadie. Me acompaño de la nada, mas que éste profundo dolor.
Estoy sólo al fondo de mi infierno (todos los infiernos son personales). La gente me pasa por un lado. Parece no verme. O no existo. Me contagio de la nada. De la noche. De la oscuridad. Madre y padre contemplan mi recuerdo. Yo, contemplo el dolor. Los relojes, la existencia de quien existe alguna vez, se consume en el ardiente eco del fuego y de su tiempo. Allí dónde no existe, hay una nada atemporal. Sólo existe.
Soy un niño. El recuerdo duele. Papá mira el televisor. Ríe. Sonríe. Está cansado. Siempre está cansado. Mamá es feliz de servirle. Yo, extraño un abrazo. Un beso. Me duele no estar ahí con ellos. No estar aquí. La fiebre no cesa y los relojes continúan fundiéndose en aquél eco lejano en donde el tictac de sus manecillas es, el de la arena fundiéndose en el rojo reloj del amanecer. Como un intimo parlamento, acontece el mundo.
Mi hermana Alma está conmigo. Juntos caminamos observando las reliquias que dejó en casa papá. Hay que deshacerse de ellas –me dice–. Y miro la casa. Su pintura cae. Sus relojes se derriten. Sus paredes son de arena. Nuestros recuerdos son de arena. Nosotros somos de arena.
Hay cierto dejo de esperanza y de tristeza, si tiramos esas tablas inservibles, esos recuerdos viejos que a nadie favorecen.
Tiemblo, sudo. Otra vez tiemblo o sudo.
Me falta el aire. Contengo la respiración en un acto a veces voluntario y, otras, involuntario. Un suplicio. Un calvario. Un reloj en pausa, sin batería, sobre el descolorido mueble de una pared inexistente mientras el eco juega a ser Dios.
Pienso en Mamá. En su enorme corazón. En su bellísima sonrisa y su mano tibia sujetándome.
Sí existe Dios, debe estar contento de tenerla a su lado, rendirle culto, iluminarse con su gracia, su luz. Y papá, debe estar sonriendo como siempre, al fondo, mientras contempla toda la escena puesta en curso y en acción. Se deleita.
Soñé que el mundo era de una forma similar a éste lugar.
Caminé entre la gente. Atravesé pasillos, subí algunos pisos. Parecía buscar algo.
A veces en mi andar, me encontraba con adultos o niños. Y en algún momento, debí darme cuenta de que era incapaz de percibir mi propio reflejo en los cristales de las estanterías ni en los espejos.
Comencé a correr. A medida que corría, el lugar parecía cobrar un aspecto oscuro y de una superficie cónica; se hacía más prolongado y estrecho.
Los rostros de las personas comenzaron a distorsionarse y terminé por confundirlos con en el dialecto del espectro de una llamada casa de los espejos.
El esperpento de mi mundo era pues, una especie de respiración áspera, agitada y dolorosa. En algún momento de éste lugar, traté de acercarme a un niño.
Me di cuenta de que él era incapaz de verme. Mi corazón había comenzado a agitarse. A latir fuera de su ritmo.
Me horroricé tanto qué sentí como si algo dentro de mí se desparramara. Como si mi corazón hubiera explotado.
No sé sí abrí los ojos o los cerré y los apreté tanto, como si quisiese sellarlos, que sentí una humarada salir por mis oídos. O si fue el impacto de un cambio repentino en la continuidad del espacio/tiempo propio de los sueños qué, de pronto, el entorno se tornó oscuro. Luego se tiñó de sangre. Sangre líquida, caliente, espesa. Se estampó en vidrios, cristales, espejos, mamparas.
En los rostros de quienes frente a mí, se hallaban incapaces de verme.
Ante la comprobación del irremediable suceso de mi existencia, grité en vano, desamparado, aún más horrorizado. Incapaz de escuchar mi propia voz. Incapaz de lograr hacerla externar.
Me hallaba parado al borde, en el centro de este lugar, a punto de… justo dónde todo había comenzado.
Con la mirada desenfocada, perdida, sudando de manera profusa, sombras de indefinible aspecto reptaban sobre mi cuerpo o me recorrían. De manera paulatina, cobraron la apariencia de espectros del color y de la forma de espaguetis a medio cocer; flácidos, delgados, invertebrados, descerebrados, pero con vida propia. Parecían andar y desandar mis pasos.
Fractales de luces y colores comenzaron a envolverme, a abrazarme al borde de la asfixia y la irresolución de un yo.
Escuché entonces la áspera voz de un guardia de seguridad en turno, quién sin la menor de las vacilaciones, parecía intentar hacer un esfuerzo por advertirme respecto al uso correcto del cubrebocas.
Me tocó levemente el hombro. Su toque me hizo reaccionar, volver. Lo miré directamente a la zona en donde por lógica y naturaleza, debía encontrarse su rostro. No encontré sino el latente movimiento de un cuerpo que parece estar bajo la piel en búsqueda de una salida. Pegué un brinco hacia atrás y entonces terminé o, mejor dicho, comencé a caer.
Condicionado… sumido por el espectro de mi dolor. En la miseria de un cuerpo ardiente en fiebre, en dolor, sufrimiento y una especie de deseo, desesperanza, me hallé de pronto al pie del suicidio. Mi fantasía constante, recurrente. Mi sombra. El delirio. Un delirio que suplicaba por algún tipo de perdón o de consuelo.
Totalmente empapado en sudor, en las incontenibles lágrimas de la desesperación ó, en el agresivo chorro de agua fría que alguien debió arrojarme a cubetazo, me hallaba nuevamente recostado en cama.
Aquí, desde donde estoy, puedo ver varios planetas alineados. Ahí esta mi hogar, al centro. Es como un borroso sueño del que apenas puedo acordarme. Un puntito lejano. Una mancha ligeramente visible en mi memoria. A la distancia.
Ya no recuerdo cómo se sienten los atardeceres, ni las nubes, ni el sabor de la tarde, ni la densidad del aire.
Apenas recuerdo un lejano pigmento que colorea los rostros de esos seres a quienes no puedo ver porque el sol da justo en sus rostros y los difumina u oscurece.
Todo es un sueño y no sé si algún día lograré despertar.
No sé si mi madre me aguarde ahí con su amor y su cariño.
Si los ecos del tiempo en mi memoria y en mi corazón son reales.
Ahora, en este momento, todo es tan confuso. Todo se mezcla y nada parece real, ni papá ni mamá ni yo mismo. Es como si me viera a esa hora incierta en que anochece, a la distancia parezco un cuerpo borroso, de vapor. Lo único real es lo que soy capaz de sentir.
Extraño a mis padres y a mi hogar.
La vida, esa vida que un día fue mía. Y, aunque incierta, parecía real.
Sé que para algunos soy como un gigante. Así me he visto yo también algunas veces. Pero extraño tanto a mamá.
La extraño mucho y en el fondo sé, que sólo soy un niño que extraña la pureza del amor.