Desmenucé uno a uno tus silencios buscando una respuesta a todas las preguntas que dejas en cada ausencia.
Y me econtré en el abismo de tu olvido en el que me vas enterrando centímetro a centímetro.
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Desmenucé uno a uno tus silencios buscando una respuesta a todas las preguntas que dejas en cada ausencia.
Y me econtré en el abismo de tu olvido en el que me vas enterrando centímetro a centímetro.
Fui el desayuno en tu cama que querías repetir, con la saliva en las mejillas y mal aliento al despertar. Fui el café soluble, barato y tibio de todas las mañanas en calzones, brindando entre risas en tu comedor.
Fui las canciones que gritamos por la ventana de tu auto, mientras fumábamos y bailábamos con los cinturones puestos. Fui todas las noches de antibióticos y besitos en tu frente, cuando las noches más frías te pegaban sin piedad.
Fui yo y fui toda tuya…
Hasta el día que decidiste irte.
Y tuve que seguir siendo yo… Incompleta y rota.
Pasaban de las 12am cuando enredaba mis dedos entre sus cabellos y recargaba mi nariz sobre su nuca.
Dormía sobre mi pecho y mientras más lenta sentía su respiración, más se me aceleraba el corazón.
Pero ¿qué demonios es eso? Me acaba de hacer suya y no termino de desearlo. Rodeaba mi cintura con su brazo izquierdo y de vez en vez, me pellizcaba suavemente la piel.
Estaba velando sus sueños y, aun así, parecía no ser suficiente. Apretaba los ojos intentando dormir, pero cuando me encontraba en la oscuridad, más habitaba mis pensamientos.
Recordaba como minutos antes me tenía arrodillada mientras me penetraba por la boca hasta llegar a mi garganta.
Y me mordí los labios, y salivaba repitiendo su nombre, y froté mi pie sobre su pierna, en tanto sentía escurrir fluidos de mi vagina.
Estaba excitadísima con su recuerdo y con su presencia, con solo olerle el cabello, con solo sentirlo entre mis brazos.
Y entonces le besé la frente y dormí, profundamente deseando que esto volviera a suceder de ser posible, al amanecer.
Quémalo todo
Cuando tus manos ya no chispeen al hacer contacto con mi piel, cuando encuentres la cordura al mirar mi cuerpo desnudo, cuando el deseo de sentir mis labios sobre tu espalda desaparezca cuando tus ojos no busquen perderse entre los míos, cuando las ganas de imaginarme eternamente tuya, se esfumen…
Cuando ya no necesites mis caricias, cuando ya no extrañes mis besos, cuando ya no te guste mi sabor, cuando no te importe la textura de mis dedos, cuando olvides el olor de mi cabello y los hoyuelos en mis mejillas, cuando ya no puedas pronunciar mi nombre, ni recorrer de memoria todo mi cuerpo…
Entierra todos los recuerdos que dolerán. Entierra todas las noches en que nos volvimos uno mismo, y las risas que compartimos al volver a ser dos en tu habitación. Entierra los abrazos de consuelo y la forma en como dormíamos juntos, los besos inesperados, las noches agitadas y las mañanas en calma. Entierra todas las veces que te dije te quiero y todos lo regalos que te di, entierra la melancolía que se quedó en cada lugar y en cada recuerdo…
Entiérralo todo y olvida donde lo dejas. Vuelve y quema lo que falta, quémalo todo, no importa si soy yo. Quémame hasta hacerme cenizas, calcíname y tírame al mar mientras me miras caer hasta lo más profundo, que no podría vivir con el infierno de saber que alguna vez te tuve, y al otro día te perdí.
Siento que mis noches son más largas. Siento como me pica la piel desde que no sienten tus manos, me falta más el aire desde que no tengo tus besos.
¡Dios mío! ¿Qué me hiciste? ¿Qué me diste?
Desde que no encuentro tu cuerpo, me hundo más en la obscuridad, tratando de no olvidar tu olor, ni tu sabor, ni el roce de tus labios con los míos cuando nos dimos ese ultimo beso, ni el color de tus ojos cuando le pegó ese rayito de sol al despertar.
Y necesito pellizcarte los bíceps, lamerte el abdomen, morderte los labios y beber de tu saliva...
Para así, alargarme un poquito más la vida.
Antes de que empiece a sentir algo, escúpeme en la boca, apriétame las tetas y jálame del cabello.
Antes de que empiece a sentir algo, remoja tu pulgar sobre mi lengua mientras me penetras hasta la garganta y escúchame gemir.
Recórreme todo el cuerpo con tus uñas, pellízcame las caderas y pégame a ti. Castígame, hazme recordar que no me perteneces y que yo sí, soy toda tuya.
Mastícame los labios, antes de que pueda decir una sola palabra. Continua y no pares, para que este último orgasmo me haga olvidar lo que alguna vez creí sentir por ti.
Te quería para mí, pero no soportaba la idea de no mirarte libre. Porque no pensaba perder esa mirada atrevida, esa sonrisa osada ni tus palabras rebeldes.
Quería que solo fuéramos nuestros, pero me excitaba saberte celoso, que perdías la cabeza cada que te decía que no.
Encontré una clase de placer en ser toda tuya solo una noche a la semana, y no pertenecerte el resto de los días.
Me gustaba pensar que llegabas a imaginar hasta el color de las bragas que usaba a diario, pero que simplemente, no te atrevías a preguntar.
Y quise parar el juego, porque estaba a punto de perderlo todo pero recordé cómo y porqué empezó. La conexión y la complicidad. La cura y el gozo. El silencio y la fragilidad.
Entonces entendí que, si nos pertenecemos, pero justo como nos merecemos: independientes e incorrectos, llenos de dulzura, ternura y cariño, dispuestos a convertir todo en una furia que solo compartiremos debajo de las sábanas.
No quisiera morir sin sentir, aunque sea una vez más la humedad de tu cabello entre mis dedos, sentir como se te acelera el pulso cuando raspo mi lengua sobre tus dientes.
Sentir como se entierra tu espalda sobre mis uñas. Y sentirte los muslos contraídos mientras resbalo mis labios sobre tu pelvis.
No pienso morir, sin antes volver a sentir tu pecho erguido y el temblar de tus piernas cuando estoy a punto de llevarte al clímax.
Sentir como te desarmas cuando, finalmente, terminas sobre mis pechos. Y sentir como te vuelves a armar cuando tratas de recuperar el aliento mientras me abrazas.
Por favor, no me dejes morir sin antes poder inmortalizar tu cuerpo, porque quizás algún día no podamos volver y no quiero olvidarte nunca.
Me arranque el corazón con mis propias manos y en un mar de llanto, le pregunte ¿cómo era posible que no pudiera quererme ni siquiera tantito? sí le estaba ofreciendo mi corazón…
Cuando recordé que estaba maldita, que nadie podía quererme, ni yo me sportaba.
Así que me sequé las lágrimas, me clavé de nuevo el corazón, lo puse en su lugar y sin mirar atrás, continué mi camino, deseando que muy pronto esta maldición termine de consumirme, que termine con mi existencia para siempre.
Pensé que te olvidaría fácil, que te olvidaría rápido, hasta que descubrí que todas mis habitaciones están repletas de ti.
Quería enterrarte para siempre, pero te encontré atrapado entre las cuatro paredes de mi corazón.
Entonces te me metiste entre los ojos, derramaste un mar en ellos y entendí que esta sería una guerra difícil de ganar.
Quería olvidar hasta tu nombre, pero te descubrí invadiendo los pensamientos diarios de mi tonta cabeza.
Y te quise gritar todo el dolor que estaba sintiendo, pero me rendí rápido ante el revelamiento que no te sacaría tan fácil de mi sistema.
Quería dejar de soñarte, pero te me clavaste tan profundo, que, para dejar de pensarte, tenía que arrancarte junto con mi alma.
Entonces entendí que todo esfuerzo sería en vano. Que tu esencia me habita, que yo te pertenezco, quizás para siempre.
Era el fuego puro.
Podía verle llamas vivas en sus pupilas mientras me hacía suya.
Le ardía la piel, pero mientras más la tocaba, más quería arder.
Sentía el incendio, justo en medio de las piernas y yo estaba dispuesta a morir calcinada, de un orgasmo que me quemaría hasta las entrañas.
Yo siempre recordaré el 2025 como el año que me arrebató a mi mejor amigo, así que ya se puede ir al carajo.
Llegó el 2019 y mi papá me regaló un chihuahua, la raza perruna que menos me gustaba -después de los pugs, claro-, un perrito que cabía en mi mano y se perdía en cualquier rincón de la casa. Le puse Jesús, para decirle “Chucho” y fue fácil encariñarse de él. A diferencia de los de su especie, este chihuahua, ladraba y temblaba poco, movía mucho la cola, lamía mucho tu carita, era muy amigable y disfrutaba que le hablaras bonito y le acariciaras la pancita. Pasaron solo 3 meses de su existencia cuando lo peor le paso: Chucho tuvo un accidente que lo dejó en estado de shock, pero después de ser atendido a la brevedad y como el guerrero que siempre fue, se recuperó en un abrir y cerrar de ojos… O eso creímos.
De poco en poco, Chucho se convirtió en mi compañero de vida. No importaba que tan silenciosa estaba la casa, porque de repente aparecía un cascabelito que interrumpía lo incomodo y te hacía recordar que nunca más estarías sola. Pero llegó el 2020 y las consecuencias de aquel accidente, no nos perdonaron. Chucho comenzó a presentar una clase de ataques que no entendíamos muy bien, que no nos supieron explicar y que además “no pudieron medicar”; por fortuna eran muy pocos y muy leves, hasta ese tiempo.
La vida dio muchos giros inesperados y a finales del 2022 y principios del 2023, tuve la peor crisis, la peor versión de mí, la peor caída que he tenido en años. Sentía mucho dolor, un dolor que no podía explicar y que no podía calmar. Fueron muchas noches en silencio, de insomnio y hundida en llanto. Noches en las que lloraba hasta quedarme dormida (cuando podía). Por fortuna estaba ese ser maravilloso que, al verme en ese estado, se recostaba sobre mi pecho y lamía todas mis lagrimas hasta que paraban, aunque sea por un momento. No se movía de ahí y se acomodaba justo del lado de mi corazón para darme un poquito de calma, un poquito de compañía. Y así pasaron muchas noches, hasta que fui mejorando.
Habíamos creado un vínculo hermoso. Yo sentía que yo era Mando y él mi pequeño Grogu. A todos lados a donde iba, él siempre me acompañaba y creí que así sería por siempre. Pero la condición de Chucho empezó a empeorar, los ataques cada vez eran más fuertes y largos, a pesar de vivir medicado, a veces parecían no parar.
Y llegó el 8 de marzo del 2025, el día que su corazoncito y su cuerpecito ya no resistieron más y un paro cardiorrespiratorio causado por un ataque, terminó con su vida. Se fue mientras lo tenía en mis brazos, y pienso que no hay dolor más fuerte que ese, mirarlo partir mientras cargaba su cuerpo sin pulso ni respiro.
Me preguntaba, ¿quién calmará mi dolor ahora que él no está? ¿quién lamerá mis lágrimas y se recostará sobre mi pecho hasta quedarme dormida? Y comenzó el verdadero duelo, vivir los días sin él. Tratar de acostumbrarte a no verlo, a no escucharlo, a no besarlo, a no acariciarlo. Tratar de seguir tu camino sin su forma física, porque Chucho seguía siempre en mi mente y mi corazón. Tratar de entender porque me lo habían arrebatado tan pronto y de esa manera…
Y así se me han pasado los días, extrañándolo. Cada vez duele un poquito menos, no miento. Y cada vez me “acostumbro” un poquito más a ya no tenerlo de forma física. Y aunque sé que algún día nos volveremos a encontrar, quizás en otra forma, en otro tiempo, en otro espacio; mientras eso sucede, te mantendré vivo, aquí siempre cerquita de mi corazón. Me prometí no volver a ese lugar tan oscuro del que tú me ayudaste a salir y así será, Chucho, no volveré a caer de esa manera, ¡promesa!
Hasta nunca 2025, hasta siempre Chuchito.
Nací con un caminito de lunares justo sobre mi cuello, que parecen una pequeña constelación que brilla más fuerte cuando los miras detenidamente.
Nací con un caminito de lunares justo sobre mi cuello, para que los sigas todos con tus labios, para que los muerdas suavemente. Para que los cuentes uno a uno con la yema de tu dedo derecho y me preguntes si se siente bien.
Nací con un caminito de lunares justo sobre mi cuello, para que los numeres y memorices, y con tu saliva los juntes bajo una línea imaginaria que dibuje el camino de vuelta y puedas regresar a mí, cada que te sientas perdido.
Su cuerpo se convirtió en mi templo. El era mi Dios y yo, su creyente más devota.
Tenía fuego por sangre, y cada que rozaba mi piel prendía todas las velas de mi ofrenda, convirtiendo hasta mi fantasía más profunda, en algo que parecía ser un milagro.
Me provocaba gritar su nombre, cada que me ponía de rodillas y me bendecía cuando terminaba llenándome de él. Y yo sentía que volaba, porque lo estaba sintiendo, lo podía oler, lo podía mirar, lo podía besar…
Y gozaba de ser la elegida de Dios, de mi Dios. Y me di cuenta que, el se había hecho mi religión.
Todo empezó con un café.
El que compartimos aquella noche, el mismo que escupí por un chiste rancio que me susurro al oído. Por el café de mi piel que tanto le gustó, que acaricio suavemente, mientras me hablaba de sus autores favoritos.
Todo empezó con una mirada.
La que se cruzó entre los dos, justo después de que me aproximé a él, para tomarle la mano que me extendió y ponernos un beso en las mejillas. Con la mirada que se apagó para acercar mis labios con los suyos y culminar la noche con un beso muy apasionado.
Y de pronto, todo estaba:
Las llamadas nocturnas que terminaban siempre en risas, los textos que le escribía en word en pleno horario laboral, los detalles que llegaban hasta la puerta de mi casa.
Los besos húmedos y las caricias cálidas; las pláticas incomodas y las historias que contaban nuestras cicatrices; los gritos en la cama y los silencios cómodos en el desayuno; las metas en común y el tiempo a nuestro favor.
Pero no nos pertenecíamos. Y lo notamos demasiado tarde.
Mi cabeza no alcanzaba a entender como podíamos ser lo que eramos cuando estábamos juntos y aún así no debíamos permanecer el uno con el otro.
Lo soñaba a diario, después de las lágrimas y el dolor de cabeza. Dolía tanto, a cada segundo, en cada respiro.
Era la pieza que completaba mi rompecabezas, era esa forma, la que embonaba a la perfección, pero tenía otro color, otra textura que nos recordaba que no debía seguir ahí.
Y de pronto, ya nada era…
Corazón no te marchites
¿Qué es la vida sin un poquito de dolor?
Pero aquí ya no se siente solo “un poquito”, se siente tal vez más de lo que debería, porque te juro que normalmente aguanto, pero esta vez me está venciendo. Porque, estaba segura de que este año sería más fuerte, estaba segura de que podía contra cualquier cosa que intentara siquiera rozarme el corazón…
Pero llego marzo, y no solo fue un golpe duro; fue duro, preciso, conciso y fue un golpe muy bajo. Ahí imaginé que estaba a punto de perder una batalla, cuando no estaba ni cerca, pues ese fue el primer ataque para iniciar una guerra dentro de mi corazón.
Resiliencia, Jaque, resiliencia y continua – Me decía. Pero mientras más trataba de recuperarme, más sentía que perdía la cabeza. Resiliencia, puta madre. Y me agarré de lo primero que pude, del primer lugar que me dio paz, del primer lugar que logró parar un ratito, todas las vueltas que daba mi cabeza.
Se sintió bien al principio, no voy a mentir, pero vinieron preguntas, muchas preguntas y algunas muy abrumadoras. La cabeza volvió a girar, de noche y de día, mareada, aturdida y perdida, muy perdida me detuve a mirar atrás: ¿qué fue? ¿cómo fue? ¿por qué fue? Y vinieron muchísimas más preguntas…
¿En donde estoy? ¿y en dónde debería estar ya? ¿qué he hecho todo este tiempo y por que no me he enfocado? Y desperté como de un coma que se sintió bastante largo. Resiliencia, Jaque – Me dije casi como un murmullo. Tomé mis piezas y como pude, seguí caminando.
Resiliencia, Jaque – Me volví a decir en un tono más duro y firme - que este corazoncito sigue latiendo muy fuerte, buscando el lugar preciso en donde pueda lograr sentirse en total plenitud y en total calma.
Pecas y pecados
Yo siempre quise tener un puñito de pecas entre mis mejillas y mi nariz, por eso me conquistaron las tuyas y la forma en cómo se arrugan cuando te ríes.
Y después me encandilé de tu sonrisa, de esos labios rosados, grandes y carnosos, de los hoyuelos que se te dibujan en los cachetes y la forma en cómo se encoje tu entrecejo cuando me sonríes.
Y luego me perdí en ese par de ojos marrones, en la manera en como me miraban bailar y como destellaron cuando, finalmente, mi mirada se perdió en la tuya.
Fue entonces cuando te noté, y ya no pude dejar de contarte todas las pecas, de hacerte sonreír después de comerte los labios, de sonrojarte porque no pude dejar de mirarte esos ojos.
Fue entonces cuando me derretí de amor por ti, fue entonces cuando me enamoré, cuando de ti me enamoré.