Yo siempre recordaré el 2025 como el año que me arrebató a mi mejor amigo, así que ya se puede ir al carajo.
Llegó el 2019 y mi papá me regaló un chihuahua, la raza perruna que menos me gustaba -después de los pugs, claro-, un perrito que cabía en mi mano y se perdía en cualquier rincón de la casa. Le puse Jesús, para decirle “Chucho” y fue fácil encariñarse de él. A diferencia de los de su especie, este chihuahua, ladraba y temblaba poco, movía mucho la cola, lamía mucho tu carita, era muy amigable y disfrutaba que le hablaras bonito y le acariciaras la pancita. Pasaron solo 3 meses de su existencia cuando lo peor le paso: Chucho tuvo un accidente que lo dejó en estado de shock, pero después de ser atendido a la brevedad y como el guerrero que siempre fue, se recuperó en un abrir y cerrar de ojos… O eso creímos.
De poco en poco, Chucho se convirtió en mi compañero de vida. No importaba que tan silenciosa estaba la casa, porque de repente aparecía un cascabelito que interrumpía lo incomodo y te hacía recordar que nunca más estarías sola. Pero llegó el 2020 y las consecuencias de aquel accidente, no nos perdonaron. Chucho comenzó a presentar una clase de ataques que no entendíamos muy bien, que no nos supieron explicar y que además “no pudieron medicar”; por fortuna eran muy pocos y muy leves, hasta ese tiempo.
La vida dio muchos giros inesperados y a finales del 2022 y principios del 2023, tuve la peor crisis, la peor versión de mí, la peor caída que he tenido en años. Sentía mucho dolor, un dolor que no podía explicar y que no podía calmar. Fueron muchas noches en silencio, de insomnio y hundida en llanto. Noches en las que lloraba hasta quedarme dormida (cuando podía). Por fortuna estaba ese ser maravilloso que, al verme en ese estado, se recostaba sobre mi pecho y lamía todas mis lagrimas hasta que paraban, aunque sea por un momento. No se movía de ahí y se acomodaba justo del lado de mi corazón para darme un poquito de calma, un poquito de compañía. Y así pasaron muchas noches, hasta que fui mejorando.
Habíamos creado un vínculo hermoso. Yo sentía que yo era Mando y él mi pequeño Grogu. A todos lados a donde iba, él siempre me acompañaba y creí que así sería por siempre. Pero la condición de Chucho empezó a empeorar, los ataques cada vez eran más fuertes y largos, a pesar de vivir medicado, a veces parecían no parar.
Y llegó el 8 de marzo del 2025, el día que su corazoncito y su cuerpecito ya no resistieron más y un paro cardiorrespiratorio causado por un ataque, terminó con su vida. Se fue mientras lo tenía en mis brazos, y pienso que no hay dolor más fuerte que ese, mirarlo partir mientras cargaba su cuerpo sin pulso ni respiro.
Me preguntaba, ¿quién calmará mi dolor ahora que él no está? ¿quién lamerá mis lágrimas y se recostará sobre mi pecho hasta quedarme dormida? Y comenzó el verdadero duelo, vivir los días sin él. Tratar de acostumbrarte a no verlo, a no escucharlo, a no besarlo, a no acariciarlo. Tratar de seguir tu camino sin su forma física, porque Chucho seguía siempre en mi mente y mi corazón. Tratar de entender porque me lo habían arrebatado tan pronto y de esa manera…
Y así se me han pasado los días, extrañándolo. Cada vez duele un poquito menos, no miento. Y cada vez me “acostumbro” un poquito más a ya no tenerlo de forma física. Y aunque sé que algún día nos volveremos a encontrar, quizás en otra forma, en otro tiempo, en otro espacio; mientras eso sucede, te mantendré vivo, aquí siempre cerquita de mi corazón. Me prometí no volver a ese lugar tan oscuro del que tú me ayudaste a salir y así será, Chucho, no volveré a caer de esa manera, ¡promesa!
Hasta nunca 2025, hasta siempre Chuchito.